lunes, 20 de octubre de 2014

JEAN RACINE [13.752]


Jean Racine

Jean Racine, Poeta y dramaturgo francés.
Jean Racine (La Ferté - Milon, 21 de diciembre de 1639 - París, 21 de abril de 1699) fue un dramaturgo francés del neoclasicismo, padre del poeta Louis Racine. Es considerado uno de los tres grandes dramaturgos del siglo XVII junto con Pierre Corneille y Molière. Racine fue principalmente un dramaturgo de obras trágicas, en las cuales destacan Fedra, Andrómaca y Atalía, aunque también escribió una comedia, Los Litigantes, y una tragedia para niños llamada Esther.

Formación Jansenista

Al quedar huérfano a los cuatro años de edad, su educación queda a cargo de sus abuelos, quienes la confían a las religiosas de las escuelas de Port - Royal de 1655 a 1658. Allí recibirá una educación jansenista y humanista muy sólida, estudiando las tragedias de Sófocles y Eurípides en su lengua original, y publica sus primeras poesías. Bajo la influencia de Malherbe hay que situar El paseo de Port - Royal, de tipo pastoral. Pero le atraen más las tragedias, lo que provocó una violenta ruptura con sus antiguos maestros de Port - Royal, que consideraban el teatro como un instrumento de corrupción de las costumbres. Más tarde cursa estudios de filosofía en el Colegio D'Harcourt de París. En un primer momento, tratará de conciliar sus aspiraciones literarias con los deseos de su familia de que siguiese la carrera eclesiástica, por lo que permaneció hasta 1663 en Uzès. Escribe une interesante oda, La Ninfa del Sena, en 1660, así como varias obras más que no consigue que sean puestas en escena.

Sus inicios literarios

Finalmente, decide consagrarse por completo a la literatura y lleva entre 1664 y 1677 una vida mundana en París. En 1662, recibe una pensión del rey gracias a una obra basada en la convalecencia del rey Luis XIV, La fama de las Musas. Consigue que la compañía de Molière represente dos de sus obras, La Tebaida en 1664, y Alejandro Magno en 1665. Sin embargo, al no quedar satisfecho con el montaje de la segunda, Racine la encargó a una compañía teatral rival de la de Molière, lo que enemistó a ambos.

Las grandes tragedias

El éxito que consigue en 1667 con la tragedia Andrómaca le proporciona una gran reputación. Después de escribir una comedia, Los Litigantes en 1668, vuelve a consagrarse ya definitivamente a la tragedia y compone sucesivamente Británico (1669), Berenice (1670), Bayaceto (1672), Mitrídates (1673), Ifigenia (1674) y Fedra (1677). Hay que señalar su posible implicación en el llamado asunto de los venenos, en el que fue sospechoso de haber envenenado a la Du Parc, una de sus actrices y amantes, para recuperar una joya que ésta llevaba en un dedo. En realidad se trataba de un proceso por aborto provocado.

Las obras religiosas

Casado con una dama honesta que le dio siete hijos, Catherine de Romanet, y miembro de la Academia francesa desde 1673, es nombrado historiógrafo del rey Luis XIV, lo que le hace, junto al éxito de la que hoy se considera su mejor obra, Fedra, renunciar al teatro para consagrarse por entero a sus funciones de cronista. Sin embargo, a petición de Madame de Maintenon, aún escribirá para las alumnas del internado o Colegio de Saint-Cyr las tragedias bíblicas Esther (1689) y Atalía (1691). A pesar de las persecuciones de las que son víctimas los jansenistas, Racine se reconcilia con ellos, tras una época de disputas, y escribe una Breve Historia de Port-Royal que se publicará póstuma.

Muerte

Fue enterrado en el cementerio de Port-Royal y sus restos fueron trasladados en 1711 junto con los de Blaise Pascal al presbiterio de Saint-Étienne-du-Mont.

Características de su teatro

La fatalidad del amor

Frente a la dramaturgia de Corneille, que exalta la voluntad, el teatro de Racine muestra la pasión como una fuerza fatal que destruye al que la posee, y escoge principalmente argumentos griegos para representarla, mientras que Corneille prefería la historia de Roma. Respetando los ideales de la tragedia clásica, presenta una acción simple, clara, en la que las peripecias nacen de las propias pasiones de los personajes. Las tragedias profanas (es decir, si excluimos Esther y Atalía) presentan a una pareja de jóvenes inocentes, unidos y a la vez separados por un amor imposible, porque la mujer está dominada por el rey (Andrómaca, Británico, Bayaceto, Mitrídates) o por pertenecer a un clan rival (Aricia en Fedra). Esta rivalidad se complementa a menudo con una rivalidad política, sobre la que Racine apenas se fija.

La crisis raciniana

En este aristocrático cuadro que, a partir de Bayaceto se convierte en un lugar común que sirve de pretexto para desencadenar una crisis, los personajes descubren que el rey ha muerto o ha sido derrotado: este hecho hace que se sientan liberados y desencadena sus pasiones. Sin embargo, la información se ve pronto desmentida. El retorno del rey pone a todos los personajes ante sus propias faltas y les empuja, dependiendo de su naturaleza, a arrepentirse o a llevar su rebeldía hasta las últimas consecuencias.

Estilo

Racine escribía antes sus tragedias en prosa, y luego las pasaba a pareados de alejandrinos sonoros y de rima perfecta. Su estilo es claro, de léxico reducido, pero siempre elevado; carece de la desmesura retórica de Corneille, y alcanza sin embargo un mayor grado de lirismo. Su lenguaje es rico en imágenes.

Obras principales

Racine escribió una comedia, Les Plaideurs (Los Litigantes), 1668 y once tragedias que pueden clasificarse así:

Tragedias de asunto griego

La Tebaida (1664)
Alejandro Magno (1665)
Andrómaca (1667)
Ifigenia (1674)
Fedra (1677)

Tragedias inspiradas en historia romana

Británico (1669)
Berenice (1670)
Mitrídates (1673)
Una pieza en que la acción se desarrolla en la Turquía del siglo XVII[editar]
Bayaceto (1672)

Tragedias de asunto bíblico

Esther (1689)
Atalía (1691)

Racine se encontraba más cómodo en las de tema griego, y solo cultivaba los temas romanos para competir con Corneille, que tenía en esos asuntos su fuente de inspiración principal. La más corneliana de sus tragedias es precisamente una de las de tema romano, Mitrídates.




Invocación a Cristo

El sol disipa la tiniebla oscura,
Y penetrando el ámbito profundo,
El velo rasga que cubrió á Natura,
Y vuelve los colores y hermosura
 Al universo mundo.

¡Oh, de las almas, Cristo, única lumbre!
¡A ti solo el honor y adoraciones!
Nuestra humilde oración llegue á tu cumbre;
Ríndanse á tu dichosa servidumbre
 Todos los corazones.

Si hay almas que vacilen, fuerza dales;
Y haz que uniendo las manos inocentes.
Dignamente tus glorias inmortales
Cantemos, y los bienes que á raudales
 Dispensas á las gentes.


Nota: Traducción de Miguel Antonio Caro incluída en el libro Traducciones poéticas (1889). 




Jean Racine y Gaspar Melchor de Jovellanos

En mayo de 2007 el padre Juan Bautista Olarte, bibliotecario de San Millán de la Cogolla, descubrió, en la biblioteca del célebre monasterio, el manuscrito, ignorado hasta entonces, de una traducción de la Iphigénie de Jean Racine. Se trataba, en realidad, de una muy lograda obra de juventud de Gaspar Melchor de Jovellanos.


Ifigenia Acto I Escena I

AGAMENÓN
Sí, el mismo Agamenón, tu soberano
es quien te ha despertado y quien te habla.

ARCAS
¿Vos sois, Señor? ¿Qué súbito cuidado
os conduce hasta aquí tan de mañana?
La luz del día apenas nos alumbra,
Todo duerme en Aulide, en esta playa
sólo están en vigilia nuestros ojos.
¿Oís algún rumor? ¿Os sobresalta
la esperanza del viento? Pero el viento,
el ejército, el mar ... : todo está en calma.

AGAMENÓN
¡Feliz aquel que en la fortuna humilde
vive sin los cuidados de un monarca,
contento y escondido en su miseria!

ARCAS
¿Desde cuándo, Señor, o por qué causa
habláis de esta manera? ¿Por qué golpes
las Deidades que os fueron siempre gratas,
os hacen olvidar sus beneficios?
Nada, Señor, a vuestra dicha falta:
rey, esposo feliz e hijo de Atreo
poseéis en la Grecia la más vasta
y más fértil provincia. Descendiente
del mismo Jove, unís vuestra prosapia
a los Dioses también por Clitemnestra.
El valeroso Aquiles, de quien tantas
maravillas anuncia el mismo Cielo,
os pide a vuestra hija, y con las llamas
que producen las teas de Himeneo
va a poner fuego a Troya. ¿En estas playas
no miráis el más grande, el más pomposo
espectáculo? Ved esos monarcas,
ved esas tropas, ved esos bajeles
que, prontos e impacientes, sólo aguardan
para partir vuestra orden y los vientos.
Yo conozco, Señor, que una gran calma
retarda la conquista: hace tres meses
que esperamos el viento y que, cerrada
está la ruta que conduce a Troya;
pero nunca una dicha bien colmada
ofrece la Fortuna a los mortales:
todo cambia en un día y nuestra armada
bien presto ...
Pero, ¡oh Dios!, ¿qué triste aviso
os hace suspirar? ¿Pues qué? Esa carta ...
¿Acaso el tierno Orestes ha expirado?
¿Lloráis a Clitemnestra? ¿A vuestra amada
Ifigenia ...? Señor, ¿qué os han escrito?

AGAMENÓN
¡No! Tú no morirás. ¡Ah, desdichada!
Yo no consentiré ...

ARCAS
¡Señor!

AGAMENÓN
Amigo,
tú ves mi turbación: oye la causa
y juzgarás si con razón me aflijo.
Tú te acuerdas del día en que aprestaban
su partida en Aulide nuestras naves:
la conmoción y gritos que en la playa
produjo la alegría; desde lejos
las riberas de Troya amenazaban.
Un prodigio turbó nuestro alborozo:
nos paró el viento, y la tranquila calma
nos detuvo en el puerto: en vano el remo
fatigaba del mar las quietas aguas.
Éste, súbito, acaso nos condujo
al templo, a la Deidad que nos ampara.
Junto con Menelao, con Ulises
y con Néstor, ensangrenté sus aras.
¿Mas cual fue su respuesta? ¡Cruel momento!
Oye las voces que nos dijo Calcas:
“En tanto que de Diana no se aplaque
recibiendo la sangre de la raza
de Elena derramada en sus altares
la empresa contra Troya será vana.
Para obtener el viento de los cielos
debe Ifigenia ser sacrificada”.

ARCAS
¿Vuestra hija?

AGAMENÓN
Yo entonces, sorprendido,
sentí un hielo en mi sangre, en la garganta,
se detuvo la voz y los suspiros
estorbaron el paso a las palabras.
Baldonando a los Dioses de crueles,
no obedecerles prometí en sus aras
y quedé al fin tan ciego, tan furioso
que despedir las tropas intentaba.
Astuto, Ulises permitió al principio
libre curso al torrente de mis ansias,
pero dentro de poco su destreza
me hace presente el lustre de la patria:
un pueblo altivo, veinte ilustres reyes
sujetos a mi orden; la palabra
me recordó del cielo que a los griegos
el imperio ofreció de toda el Asia.
Suponía que mi desobediencia
a los ojos del mundo me mostraba
como un rey sin honor y un rey cobarde.
Yo mismo, envanecido con mi fama,
con el nombre de rey de veinte reyes
y caudillo de Grecia, me culpaba
la resistencia al gusto de los Dioses.
Y estos Dioses, vengando de sus aras
el ultraje, colmaron mis angustias,
pues apenas del sueño en las calladas
tinieblas de la noche, alguna tregua
imponía al dolor cuando miraba
que venían, crueles, a argüirme
mi sacrílego error y me mostraban
en su brazo tremendo preparados
los rayos que en su cólera vibraban.
Al fin, aunque a pesar de mi ternura,
el respeto a los Dioses y la instancia
de Ulises me arrancaron la sentencia:
yo condené a Ifigenia, ¡ah, desgraciada!
¿Más quién podrá arrancarla de los brazos
de una madre que, tierna, la idolatra
en esta turbación? Arcas querido,
yo acudí al artificio. La fiel llama
de Aquiles dio el pretexto: a Clitemnestra
escribí que en el punto abandonara
a Argos y viniese a estas orillas;
que Aquiles impaciente deseaba
unirse a nuestra hija y que este héroe
sólo vería de Troya las murallas
después de ser su esposo.

ARCAS
Pero Aquiles
al ver, Señor, que en esta odiosa trama
se abusa de su nombre, ¿en su defensa
no armará la razón? ¿Y la constancia
de este héroe mirará tranquilo y mudo
que va su amante a ser sacrificada?

AGAMENÓN
Él no estaba en Aulide. Tú no ignoras
que a la sazón Peleo recelaba
la invasión de un contrario harto temible;
hizo llamar a este hijo, cuya espada
voló en socorro suyo. En aquel tiempo
creímos que su ausencia fuera larga.
Pero ¿quién detendrá de este torrente
el impetuoso curso? Sus hazañas
le ganaron bien pronto una victoria
y, lleno al fin de gloria soberana,
este ilustre guerrero volvió a Aulide.
Ayer llegó al ejército. Pero, Arcas, 
no es éste solo estorbo que detiene
el brazo de tu rey: la desdichada
triste Ifigenia que ahora mismo ignora
el funesto recibo que prepara
a su inocente amor un padre ingrato, 
esta hija dulce, esta desventurada
hija, su tierna edad, su amor, su ilustre
conocida virtud, son la tirana
causa de la zozobra en que me miras.
No. Yo no creeré que tu venganza
exige este holocausto, ¡oh justo cielo!,
tu oráculo examina la constancia
de mi pecho infeliz, mas tus piedades
le vieran con horror si consumara
tan negro sacrificio.
Al fin, amigo,
yo la quiero librar, y a tu confianza
voy a encargar ahora que asegures
tan piadosa intención: toma esta carta,
ve a encontrar a la reina en el camino
de Micenas. La orden soberana
de Agamenón le intima. Haz que se vuelva
y entrégale ese pliego. Cuida, Arcas,
de llevar quien te guíe en el camino:
no equivoques la ruta.
Si sus plantas
pone en Aulide esta infelice hija
es forzoso que muera. El fiero Calcas
usurpará la voz de las Deidades
y en desprecio de nuestras tiernas ansias
inspirará a los griegos el recelo
de la ira divina; los que afanan
por adquirir el mando de las tropas
encubriendo su envidia con la capa
de celo insultarán a mi familia.
Con que, amigo, cuidado, corre, marcha:
libra a Ifigenia de su mismo padre.
Pero de esta secreta confianza
nada sepa la reina ni su hija:
vivan siempre ignorando la desgracia
a que un rey infeliz las había expuesto.
Ve en un todo conforme con mi carta.
Sólo porque se vuelvan ofendidas
les digo que de Aquiles la inconstancia
ha variado de idea y que pretende
no encender de Himeneo las sagradas
teas hasta que vuelva victorioso;
y añade tú que acaso esta mudanza
nace de que a la joven Erifile
que hizo en Lesbos cautiva alguna llama
conservará en secreto. Esto es bastante.
Parte al punto: ya es tiempo, la mañana
ya nos anuncia el lleno de las luces
y alguno llega:
¡el mismo Aquiles!
Marcha.





Iphigénie Acte I Scène I

AGAMEMNON
Oui, c'est Agamemnon, c'est ton Roi qui t'éveille.
Viens, reconnais la voix qui frappe ton oreille.

ARCAS
C'est vous-même, Seigneur ! Quel important besoin
Vous a fait devancer l'aurore de si loin ?
A peine un faible jour vous éclaire et me guide,
Vos yeux seuls et les miens sont ouverts dans l'Aulide.
Avez-vous dans les airs entendu quelque bruit ?
Les vents nous auraient-ils exaucés cette nuit ?
Mais tout dort, et l'armée, et les vents, et Neptune.

AGAMEMNON
Heureux qui satisfait de son humble fortune,
Libre du joug superbe où je suis attaché,
Vit dans l'état obscur où les Dieux l'ont caché !

ARCAS
Et depuis quand, Seigneur, tenez-vous ce langage ?
Comblé de tant d'honneurs, par quel secret outrage
Les Dieux, à vos désirs toujours si complaisants,
Vous font-ils méconnaître et haïr leurs présents ?
Roi, père, époux heureux, fils du puissant Atrée,
Vous possédez des Grecs la plus riche contrée.
Du sang de Jupiter issu de tous côtés,
L'hymen vous lie encore aux Dieux dont vous sortez.
Le jeune Achille enfin, vanté par tant d'oracles,
Achille à qui le ciel promet tant de miracles,
Recherche votre fille, et d'un hymen si beau
Veut dans Troie embrasée allumer le flambeau.
Quelle gloire, Seigneur, quels triomphes égalent
Le spectacle pompeux que ces bords vous étalent,
Tous ces mille vaisseaux, qui chargés de vingt Rois,
N'attendent que les vents pour partir sous vos lois ?
Ce long calme, il est vrai, retarde vos conquêtes,
Ces vents depuis trois mois enchaînés sur nos têtes
D'Ilion trop longtemps vous ferment le chemin.
Mais parmi tant d'honneurs, vous êtes homme enfin :
Tandis que vous vivrez, le sort, qui toujours change,
Ne vous a point promis un bonheur sans mélange.
Bientôt... Mais quels malheurs dans ce billet tracés
Vous arrachent, Seigneur, les pleurs que vous versez ?
Votre Oreste au berceau va-t-il finir sa vie ?
Pleurez-vous Clytemnestre, ou bien Iphigénie ?
Qu'est-ce qu'on vous écrit ? Daignez m'en avertir.

AGAMEMNON
Non, tu ne mourras point, je n'y puis consentir.

ARCAS
Seigneur ...

AGAMEMNON
Tu vois mon trouble ; apprends ce qui le cause,
Et juge s'il est temps, ami, que je repose.
Tu te souviens du jour qu'en Aulide assemblés
Nos vaisseaux par les vents semblaient être appelés.
Nous partions. Et déjà par mille cris de joie,
Nous menacions de loin les rivages de Troie.
Un prodige étonnant fit taire ce transport.
Le vent qui nous flattait nous laissa dans le port.
Il fallut s'arrêter, et la rame inutile
Fatigua vainement une mer immobile.
Ce miracle inouï me fit tourner les yeux
Vers la divinité qu'on adore en ces lieux.
Suivi de Ménélas, de Nestor, et d'Ulysse,
J'offris sur ses autels un secret sacrifice.
Quelle fut sa réponse ! Et quel devins-je, Arcas,
Quand j'entendis ces mots prononcés par Calchas !
Vous armez contre Troie une puissance vaine,
Si, dans un sacrifice auguste et solennel,
Une fille du sang d'Hélène
De Diane en ces lieux n'ensanglante l'autel.
Pour obtenir les vents que le ciel vous dénie,
Sacrifiez Iphigénie.

ARCAS
Votre fille !

AGAMEMNON
Surpris, comme tu peux penser,
Je sentis dans mon corps tout mon sang se glacer.
Je demeurai sans voix, et n'en repris l'usage
Que par mille sanglots qui se firent passage.
Je condamnai les Dieux, et sans plus rien ouïr,
Fis voeu sur leurs autels de leur désobéir.
Que n'en croyais-je alors ma tendresse alarmée ?
Je voulais sur-le-champ congédier l'armée.
Ulysse, en apparence approuvant mes discours,
De ce premier torrent laissa passer le cours.
Mais bientôt, rappelant sa cruelle industrie,
Il me représenta l'honneur et la patrie,
Tout ce peuple, ces rois à mes ordres soumis,
Et l'empire d'Asie à la Grèce promis :
De quel front immolant tout l'État à ma fille,
Roi sans gloire, j'irais vieillir dans ma famille !
Moi-même (je l'avoue avec quelque pudeur),
Charmé de mon pouvoir et plein de ma grandeur,
Ces noms de Roi des Rois et de chef de la Grèce
Chatouillaient de mon cœur l'orgueilleuse faiblesse.
Pour comble de malheur, les Dieux toutes les nuits,
Dès qu'un léger sommeil suspendait mes ennuis,
Vengeant de leurs autels le sanglant privilège,
Me venaient reprocher ma pitié sacrilège,
Et présentant la foudre à mon esprit confus,
Le bras déjà levé, menaçaient mes refus.
Je me rendis, Arcas ; et, vaincu par Ulysse,
De ma fille, en pleurant j'ordonnai le supplice.
Mais des bras d'une mère il fallait l'arracher.
Quel funeste artifice il me fallut chercher !
D'Achille, qui l'aimait, j'empruntai le langage.
J'écrivis en Argos, pour hâter ce voyage,
Que ce guerrier, pressé de partir avec nous,
Voulait revoir ma fille, et partir son époux.

ARCAS
Et ne craignez-vous point l'impatient Achille ?
Avez-vous prétendu que, muet et tranquille,
Ce héros, qu'armera l'amour et la raison,
Vous laisse pour ce meurtre abuser de son nom ?
Verra-t-il à ses yeux son amante immolée ?

AGAMEMNON
Achille était absent. Et son père Pélée,
D'un voisin ennemi redoutant les efforts,
L'avait, tu t'en souviens, rappelé de ces bords ;
Et cette guerre, Arcas, selon toute apparence,
Aurait dû plus longtemps prolonger son absence.
Mais qui peut dans sa course arrêter ce torrent ?
Achille va combattre, et triomphe en courant.
Et ce vainqueur, suivant de près sa renommée,
Hier avec la nuit arriva dans l'armée.
Mais des nœuds plus puissants me retiennent le bras ;
Ma fille qui s'approche et court à son trépas,
Qui loin de soupçonner un arrêt si sévère,
Peut- être s'applaudit des bontés de son père ;
Ma fille... Ce nom seul, dont les droits sont si saints,
Sa jeunesse, mon sang, n'est pas ce que je plains.
Je plains mille vertus, une amour mutuelle,
Sa piété pour moi, ma tendresse pour elle,
Un respect qu'en son cœur rien ne peut balancer,
Et que j'avais promis de mieux récompenser.
Non, je ne croirai point, ô Ciel, que ta justice
Approuve la fureur de ce noir sacrifice.
Tes oracles sans doute ont voulu m'éprouver,
Et tu me punirais si j'osais l'achever.
Arcas, je t'ai choisi pour cette confidence :
Il faut montrer ici ton zèle et ta prudence.
La Reine, qui dans Sparte avait connu ta foi,
T'a placé dans le rang que tu tiens près de moi.
Prends cette lettre. Cours au-devant de la Reine ;
Et suis sans t'arrêter le chemin de Mycène.
Dès que tu la verras, défends-lui d'avancer ;
Et rends-lui ce billet que je viens de tracer.
Mais ne t'écarte point. Prends un fidèle guide.
Si ma fille une fois met le pied dans l'Aulide,
Elle est morte. Calchas, qui l'attend en ces lieux,
Fera taire nos pleurs, fera parler les Dieux ;
Et la religion, contre nous irritée,
Par les timides Grecs sera seule écoutée.
Ceux mêmes dont ma gloire aigrit l'ambition
Réveilleront leur brigue et leur prétention,
M'arracheront peut-être un pouvoir qui les blesse...
Va, dis-je, sauve-la de ma propre faiblesse.
Mais surtout ne va point, par un zèle indiscret,
Découvrir à ses yeux mon funeste secret.
Que s'il se peut, ma fille, à jamais abusée,
Ignore à quel péril je l'avais exposée.
D'une mère en fureur épargne-moi les cris,
Et que ta voix s'accorde avec ce que j'écris.
Pour renvoyer la fille et la mère offensée,
Je leur écris qu'Achille a changé de pensée,
Et qu'il veut désormais jusques à son retour
Différer cet hymen que pressait son amour.
Ajoute, tu le peux, que des froideurs d'Achille
On accuse en secret cette jeune Ériphile,
Que lui-même captive amena de Lesbos,
Et qu'auprès de ma fille on garde dans Argos.
C'est leur en dire assez. Le reste, il le faut taire.
Déjà le jour plus grand nous frappe et nous éclaire ;
Déjà même l'on entre, et j'entends quelque bruit.
C'est Achille. Va, pars. Dieux ! Ulysse le suit.


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