domingo, 30 de octubre de 2016

MAXIMILIANO SPREAF [19.413]


Maximiliano Spreaf

(Capital Federal, 1975) Publicó Arrojado en 2013 y Objetos interiores en 2015 (ganador del Primer Concurso de Poesía de las Sierras Chicas, Municipalidad de Unquillo y Dinamo Poético Editora). Participó de las antologías Poesía 2.0 (El Mensú) y Buscador de poesía 2 (Llanto de Mudo). Escribe para las revistas La hora azul de México, Nevando en la Guinea de Colombia, La Fanzine de España, Desterradxs y Polosecki de Córdoba. Vive actualmente en la localidad de La Granja. 



si la sangre llena de brujos
goteara sobre lo que fue
un vaso tan vacío
de lo que es
lo que soy

porque esta carne?



*


cuando no hay nadie atrapado en mi jaula
te extraño

doy golpecitos al ataúd
escucho tu promesa

dejo las pastillas en la mesa de luz
duermo con tu vestido puesto


*


pone su navaja en mi cuello 
hinca despacio y dice 
soy tu flor nublada 
nací de los murales católicos del norte 
quiero ver si tu sangre 
merece habitar mi tierra 

su carcajada y su beso duraron seis meses 

hice el cálculo de su risa 
vertí mi lágrima post medianoche 
en el umbral de su espalda 
sople el puro viento de oriente 

punk not dead dijo el sepulturero 
y partió de un hachazo la tapa de su ataúd 


*


¿no somos acaso esclavos de vientres secos?
¿no es la soledad odio y nada más?
¿un golpe de aquél que no esperábamos? 
la humanidad es niebla
y los demás un monstruo de mil cabezas
y cientos de miles de mujeres huyen a Lesbos
y muchos más hombres veneran a Dioniso
la locura ritual arrastra al silencio
solo queda eternizado el golpe

la libertad no sos vos ni el barrilete
la libertad es el hilo que te quema las manos




Silencio

Pájaros enredándose en las ramas
que salen de mi espalda, brillantes
soy un árbol, seco en medio de nada
soy silencio y frío, soy nostalgia.
Mueren de a poco los animales
que se acercan a mi amparo
estoy cubierto de helada, de noches
sin madrugadas. Mojadas.

Abro mis brazos y caen lentos
no hay fuerzas que los eleven
ni altura que los soporte
ni sol que los sustente.

Agua! ¿Por qué estás lejana?
¿Por qué nací aquí, abandonado?
Ya no recuerdo desde cuándo
terminé con las mañanas.

(del libro inédito “Un lugar para enterrar extraños”).




Everglades

Los flamencos se llevaron aquel día parte de mi cuerpo
lo arrastraron por los fangales de los Everglades
y luego se lo dieron de merendar a los lagartos.
No recuerdo la hora que era cuando sentí tus dientes
atenazados a uno de mis bíceps, crujientes y arrebatados.
No me muerdas ese brazo, te dije, que tengo la esperanza
de tatuarlo con el nombre de alguna princesa rusa algún día.
Te reíste, me mirabas, mordiste otra vez en el mismo lugar,
esta vez con mas ímpetu, como en desquite a mis palabras.

La tarde pasaba lánguida y arremolinaba mis pensamientos
en torno al sol centelleante que nos abrasaba, como en piedra.
Tu piel ya no era piel, sino cascadas de sangre burbujeante, hirviente
y no sé si era el sol que la quemaba, o eras vos deslumbrada.
Las uñas de mi mano libre arrullaban tu espalda
¿Era tu odio tan bruto que no pensabas en nada?
¿O patrullabas mi dolor pensando que nunca acabará?
Tardaste mucho en desmembrarme, las mandíbulas prensadas.
Llorabas, vi que llorabas.

(del libro inédito “Un lugar para enterrar extraños”).





Rebaños
Nublas el sol del mediodía, pariendo estrellas,
sin bocas, sin ojos, sin manos, ¡¡qué astucia la tuya!!
¡Dejarnos mudos, ciegos y profanos!
Roja sangre en los canales, acueductos, manantiales,
víboras negras, amarillas, azules, rojas y verdes,
casas muertas de tanta mierda suelta, de hijos de padres,
de lectores, de rebaños que corren para el mismo lado siempre.
Mangas cortas, pechos helados, puntiagudos, icebergs
quebrados, mustios, quemados, cortados, manchados.

(del libro inédito “Un lugar para enterrar extraños”).





Miércoles / Abrigo
Acá se caen las hojas de los árboles que descuide toda mi vida.
Las hojas de los árboles que tapaban mi tristeza.
La tristeza que me provoca ver a la gente.
La gente que mira pasar de largo su historia.
La historia que revolea verdades ocultas.
Las verdades que lastiman a los rostros adustos.
Los rostros adustos de los que planean ser felices.
Los felices que no planean nada.
La nada que invade esta ciudad.
La ciudad que te ignora de día.
El día que pasa y deja cicatrices.
Las cicatrices de los que nos gusta subirnos a los árboles.
Los árboles que te ven pasar y lloran sobre ti sus hojas.
Que son mías.

(del libro inédito “Un lugar para enterrar extraños”).




Malgaste

Es difícil escribir
con la cabeza cuadrada
las aristas afiladas,
y correoso el jazmín.
Débil soy, y me pliego
al ruego de tu hambre lectora,
caminante de líneas
por las auroras.
Cuánto silencio nos traba el amor.
Nos garantiza el retiro,
por el pensar pensador.
Puta soy, de nívea pluma,
Puta soy, más puta sola.
Y aunque la rabia entró
y explotó sobre el tapiz,
aún aprieta la nostalgia
donde un día hundimos
la nariz.
Llevas el pelo retorcido
de pensamientos monocordes,
de silencios obligados,
de malquerencia y hastío.
No mires más mi interior
Que allí no encontraras nada
Mira esta vez tu demencia
Que todo dirá de mí.




Parábola de tiempos hediondos

Ave y Pez están recostados
sobre un grueso poste de cemento
frente al templo musical que los aturde
y embelesa
con sus gritos de guerra marginal.
Ave y Pez salieron abrazados
las lenguas azules
los corazones manchados
de desidia y soledad.
Juntaron sus manos al son
de ritmos africanos
de tambores tropicales y lenguaje de señas.
Ave tiene el vientre hinchado
de sexo adolescente
de hambruna y peste
de cartón y chapas.
Pez no mide consecuencias
a la hora del afano
el gladiador químico hace de las suyas
el cuchillo siempre en sus manos.
Adentro todo es jolgorio
se disfrutan las tragedias
cotidianas que los unen
los presos, los drogones y cornudos
abundan en las letras.
Ave y Pez no ven la noche
solo entrecruzan sus lenguas
sueñan que ya no son
que los lleva la corriente de ese río
que los observa.



Lis

Lírica azul desnuda ante tu ausencia
Una sola vez podría esperar tanto,
Cada cosa en su sitio, aguardando,
Inertes, tu llegada, tu presencia.
Ausencia que dibuja la tortura,
Noche gris perlada, incandescente,
Arrobada de tu luz indiferente,
Imagino mi dolor y mi locura.
Río, lloro, me espanto de mi mismo,
Entre lágrimas te miro obnubilado,
Nostálgico, furioso, arrebatado,
En tus brazos caigo, ensombrecido
Solo quiero quedarme así dormido,
Ante tanta soledad que se avecina.
Sin querer mis manos ya lo afirman
Tiemblan al saber de esa agonía,
Rozan el sudor que hay en tu frente,
Enmiendan indulgentes tu osadía.




Jeringas

Me diste la nada para que la envuelva en celofán
Y te la reenvíe por mail a tu cuenta inexistente.
Mi chica, eras, dijiste. Cerremos esta historia de la peor forma.
Odiándonos.
Caliento motores ahora.
Traigan jeringas que venas sobran.
Las venas que admirabas.
De las que bebiste mis palabras, que boyan en mi sangre, por
ellas.
No me gusta la gente tranquila. No me gustan los cobardes.
Ni los que dedican 20 años a ser alguien que no serán nunca.
Y se pierden lo mejor de pasar por este lugar de tristeza oral.
Yo así te suelto los dedos, no sos nada. Ni corres ni flotas.
Traigan jeringas que Belfast me queda a la vuelta de mi casa.
Vos podes seguir de snob en Leiden, perdiendo.






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