domingo, 24 de marzo de 2013

MANUEL ALTOLAGUIRRE [9.533]


El poeta Manuel Altolaguirre.

Manuel Altolaguirre
Manuel Altolaguirre Bolín (Málaga; 29 de junio de 1905 - Burgos; 26 de julio de 1959) fue un poeta español.

Estudió bachillerato en el colegio de los jesuitas San Estanislao en Málaga y Derecho en la Universidad de Granada, carrera que nunca ejerció. Su vocación más temprana fue la de impresor y editor. Aparte de la revista "Litoral", publicó en otras revistas importantes y junto con su mujer, la poetisa Concha Méndez editó, en la colección Héroe, libros fundamentales de poesía. En 1933 obtuvo el Premio Nacional de Literatura.
Desde la Guerra Civil Española vivió en París, Cuba y México. Su actividad más destacada en este último país fue el cine. Como guionista consiguió en 1952 el Premio de la Crítica al mejor argumento en el Festival de Cine de Cannes y el "Águila de plata" de México por la película Subida al cielo, dirigida por su amigo y compañero en la Residencia de Estudiantes, Luis Buñuel. Como productor trabajó en Misericordia, basada en la obra de Benito Pérez Galdós y en "Las estrellas" de Arniches. Fue guionista, productor y director de cine. Como director firmó la película Cantar de los Cantares basado en la versión de Fray Luis de León.
En 1959 volvió a España para presentar en Adamuz (Córdoba) su película en el Festival de Cine de San Sebastián y fallece en Burgos víctima de un accidente de automóvil.

Poesía

Es posiblemente el poeta más espiritual e intimista de la Generación del 27. En sus composiciones se observa la huella de San Juan de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas.
Aunque su producción es breve y desigual, supo crear un mundo intimista pero rico en matices. Su poesía es cálida, cordial, transparente. Canta el amor, la soledad, la muerte, con tonos románticos. Según él, su poesía se siente hermana menor de la de Salinas.
Rasgo sobresaliente de su producción es su musicalidad, con predominio de los versos cortos y las estrofas de raíz tradicional.

Títulos

Entre sus obras destacan:
Las islas invitadas (1926)
Poemas del agua (1927)
Soledades juntas (1931)
La lenta libertad (1936)
Las islas invitadas (1936)
Nube temporal (1939)
Poemas de las islas invitadas (1944)
Nuevos poemas de las islas invitadas (1946)
Fin de un amor (1949)
Poemas en América (1955).


Además de su poesía, Altolaguirre escribió un libro de memorias, El caballo griego, numerosos artículos de crítica literaria, algunas traducciones y obras de teatro.
Tampoco debemos olvidar su labor como editor: en 1926 funda en Málaga (junto a Emilio Prados) Litoral, revista en la que publicará buena parte de la generación del 27, y durante su exilio cubano creó la imprenta La Verónica dedicada, también, a la edición de textos literarios.






Abandono

¡Qué dulce dolor de ancla 
en el corazón sentías! 
Tu corazón reteniendo, 
duro coral, mi partida.

Ahogada en amor, tu amor 
como un mar me sostenía. 
Altos vientos me empujaron 
solitario a la deriva.

Si mi nave se fue lejos 
más profunda quedó hundida 
tu dura rama de sangre, 
rota el ancla de mi vida.

Solo, entre las grises nubes 
que mis sienes acarician, 
sin ti voy por entre nieblas 
recordando tu agonía.







Al ver por donde huyes...

Al ver por donde huyes
dichoso cambiaría
las sendas interiores de tu alma
por la de alegres campos.
Que si tu fuga fuera
sobre verdes caminos
o sobre las espumas
y te vieran mis ojos,
seguirte yo sabría.
No hacia dentro de ti.
donde te internas,
que al querer perseguirte
me doy contra los muros de tu cuerpo.
No hacia dentro de ti,
porque no estemos:
tú, pálida, escondida;
yo, como ante una puerta
ante tu pecho frío.







Amor

Mi forma inerte grande como un mundo
no tiene noche alrededor ni día
pero tiniebla y claridad por dentro
hacen que yo, que tú, vivamos.
Mares y cielos de mi sangre tuya
navegamos los dos. No me despiertes.
No te despiertes, no, sueña la vida.
Yo también pienso en mí cuando te sueño
y robo al tiempo todas mis edades
para poblar mis íntimas moradas
y acompañarte siempre, siempre, siempre.







Amor oscuro

Si para ti fui sombra
cuando cubrí tu cuerpo,
si cuando te besaba
mis ojos eran ciegos,
sigamos siendo noche,
como la noche inmensos,
con nuestro amor oscuro,
sin límites, eterno...
Porque a la luz del día
nuestro amor es pequeño.








Amor, sólo te muestras...

Amor, sólo te muestras
por lo que de mí arrancas,
aire invisible eres
que despojas mi alma
manchando el limpio cielo
con suspiros y lágrimas.
Al pasar me has dejado
erizado de ramas,
defendido del frío
por espinas que arañan,
cerradas mis raíces
el paso de las aguas,
ciega y sin hojas la desnuda frente
que atesoró verdores y esperanzas.








Beso

¡Qué sola estabas por dentro!

Cuando me asomé a tus labios 
un rojo túnel de sangre, 
oscuro y triste, se hundía
hasta el final de tu alma.

Cuando penetró mi beso, 
su calor y su luz daban 
temblores y sobresaltos 
a tu carne sorprendida.

Desde entonces los caminos 
que conducen a tu alma 
no quieres que estén desiertos.

¡Cuántas flechas, peces, pájaros, 
cuántas caricias y besos!







Cerrando los ojos

Huyo del mal que me enoja
buscando el bien que me falta.
Más que las penas que tengo
me duelen las esperanzas.

Tempestades de deseos
contra los muros del alba
rompen sus olas. Me ciegan
los tumultos que levantan.

Nido en el mar. Cuna a flote.
La flor que lucha en el agua
me sostiene mar adentro

y mar afuera me lanza.
Cierro los ojos y miro
el tiempo interior que canta.








Como un ala negra

Como un ala negra de aire 
desprendida de hombro alto, 
cuerpo de un muerto reflejo 
en duras tierras ahogado, 
la sombra quieta, tendida, 
flota sobre el liso campo. 

La nube, sombra en el viento 
de la sombra, flor sin tallo, 
de la amplia campana azul 
adormecido badajo, 
techo azul y suelo verde 
tiene en la tarde de mayo. 

Como una rama de almendro 
el horizonte nublado. 

La sombra quieta, tendida, 
flota sobre el liso campo, 
cuerpo de un muerto reflejo 
en duras tierras ahogado.







Contigo

No estás tan sola sin mí.
Mi soledad te acompaña.
Yo desterrado, tú ausente.
¿Quién de los dos tiene patria?

Nos une el cielo y el mar.
El pensamiento y las lágrimas.
Islas y nubes de olvido
a ti y a mí nos separan.

¿Mi luz aleja tu noche?
¿Tu noche apaga mis ansias?
¿Tu voz penetra en mi muerte?
¿Mi muerte se fue y te alcanza?

En mis labios los recuerdos.
En tus ojos la esperanza.
No estoy tan solo sin ti.
Tu soledad me acompaña.







Desnudo

El cielo de tu tacto
amarillo cubría
el oculto jardín
de pasión y de música.
Altas yedras de sangre
abrazaban tus huesos.
La caricia del alma
-brisa en temblor- movía
todo lo que tú eras.
¡Qué crepúsculo bello
de rubor y cansancio
era tu piel! Estabas
como un astro sin brillo,
recibiendo del sol 
la luz de tu contorno.
Sólo bajo tus pies era de noche.
Eres cárcel de música
de la música presa,
que intentaba escapar
en cada gesto tuyo,
pero que no podía salir
y se asomaba como un niño
a los cristales de tus ojos claros.







El alma es igual que el aire...

El alma es igual que el aire.
Con la luz se hace invisible,
perdiendo su honda negrura.

Sólo en las profundas noches 
son visibles alma y aire.
Sólo en las noches profundas.

Que se ennegrezca tu alma
pues quieren verla mis ojos.
Oscurece tu alma pura.

Déjame que sea tu noche,
que enturbie tu transparencia.
¡Déjame ver tu hermosura!







El ciego amor no sabe de distancias...

El ciego amor no sabe de distancias
y, sin embargo, el corazón desierto
todo su espacio para mucho olvido
le da lugar para perderse a solas
entre cielos abismos y horizontes.
Cuando me quieres, al mirarme adentro, 
mientras la sangre nuestra se confunde, 
una redonda lejanía profunda 
hace posible nuevas ilusiones. 
Ser tuyo es renacerme porque logras 
borrar, hundir, que se retiren todos 
los espejos, los muros de mi alma.
Blancura del amor. Con cuánto fuego 
se anunció tu presencia. Tengo ahora 
la luz de aquel incendio y un vacío 
donde esperar, donde temer tu vida.







Encuentro nocturno

Profeta de mis fines no dudaba
del mundo que pintó mi fantasía
en los grandes desiertos invisibles.
Reconcentrado y penetrante, solo,
mudo, predestinado, esclarecido,
mi aislamiento profundo, mi hondo centro,
mi sueño errante y soledad hundida,
se dilataban por lo inexistente,
hasta que vacilé cuando la duda
oscureció por dentro mi ceguera.
Un tacto oscuro entre mi ser y el mundo,
entre las dos tinieblas, definía
una ignorada juventud ardiente.
Encuéntrame en la noche. Estoy perdido.








Estoy perdido

Profeta de mis fines no dudaba 
del mundo que pintó mi fantasía 
en los grandes desiertos invisibles. 

Reconcentrado y penetrante, solo, 
mudo, predestinado, esclarecido, 
mi aislamiento profundo, mi hondo centro, 
mi sueño errante y soledad hundida, 
se dilataban por lo inexistente, 
hasta que vacilé cuando la duda 
oscureció por dentro mi ceguera. 

Un tacto oscuro entre mi ser y el mundo, 
entre las dos tinieblas, definía 
una ignorada juventud ardiente. 
Encuéntrame en la noche. Estoy perdido. 









Fin de un amor

No sé si es que cumplió ya su destino,
si alcanzó perfección o si acabado
este amor a su límite ha llegado
sin dar un paso más en su camino.

Aún le miro subir, de donde vino,
a la alta cumbre donde ha terminado
su penosa ascensión. Tal ha quedado
estático un amor tan peregrino.

No me resigno a dar la despedida
a tal altivo y firme sentimiento
que tanto impulso y luz diera a mi vida.

No es su culminación lo que lamento,
su culminar no causa la partida,
la causará, tal vez, su acabamiento.








Fuga

Al ver por dónde huyes 
dichoso cambiaría 
las sendas interiores de tu alma 
por las de alegres campos.

Que si tu fuga fuera 
sobre verdes caminos 
y sobre las espumas, 
y te vieran mis ojos, 
seguirte yo sabría.

No hacia dentro de ti, 
donde te internas, 
que al querer perseguirte 
me doy contra los muros de tu cuerpo.

No hacia dentro de ti, 
porque no estemos: 
tú, pálida, escondida, 
yo como ante una puerta 
ante tu pecho frío.









Hice bien en herirte...

Hice bien en herirte,
mujer desconocida.
Al abrazarte luego
de distinta manera,
¡qué verdadero amor,
el único, sentimos,
y qué besos eléctricos
se dieron nuestras nubes!
Como el mueble y la tela, tus denudo
no tenía importancia bajo el aire,
bajo el alma, bajo nuestras almas.
Nosotros ya no entendíamos de aquello.
Era el suelo de un ámbito
celeste, imponderable.
Éramos transparencias
altísimas, calientes.








Hoy puedo estar contigo...

Hoy puedo estar contigo. He deseado
para ti todo el bien y me acompaña
la bondad del amor. A ti te debo
gozar en soledad la compañía
más difícil del hombre, la que tiene
consigo mismo. No me causa miedo
reconocerme, ni busco a nadie, no.
Le has dado a mi semblante sin saberlo
una luz interior que me hace fuerte,
para vencer mayores soledades.









La nube

Oh libertad errante, soñadora,
desnuda de verdor, libre de venas,
arboleda del mar, errante nube;
si en lluvia el desengaño te convierte,
la forma de mi copa podrá darte
una pequeña sensación de cielo.

Vuelve a la tierra, oh mar, vuelve a la vida,
a las cadenas de los largos ríos,
a las prisiones de los hondos lagos;
vuelve afiliada a penetrar mil veces
angostos laberintos vegetales.

¡Oh libertad, tus puertas son heridas!
No las quieras abrir, sigue encerrada
en la sedienta piel o te sostenga
el inclinado cauce del torrente.

Todo sueño que es nube se deshace.
Vuelva a brillar el sol, pues la blancura
de esa ilusión de libertad celeste
es tan sólo una sombra hecha jirones.

No sueñe más el agua, y tenga vida
en la savia o la sangre, tenga sólo
en mí su libertad, libre en mis lágrimas.







La voz cruel

A Octavio Paz 

Alzan la voz cruel 
quienes no vieron el paisaje, 
los que empujaron por el declive pedregoso 
la carne ajena, 
quienes debieron ser almas de todos 
y se arrancaban de ellos mismos 
cuerpos parásitos 
para despeñarlos. 

Mil muertos de sus vidas brotaban, 
mil muertos solitarios 
que miraban desde el suelo, 
durante el último viaje, 
la colosal estatua a la injusticia. 

No eran muertos, 
eran oprimidos, 
seres aplastados, 
ramas cortadas de un amante o de un padre, 
seres conducidos por un deseo imposible, 
topos de vicio 
que no hallarán la luz 
por sus turbias y blandas galerías. 

Alzan la voz cruel 
quienes no vieron el paisaje, 
los que triunfaron 
por la paz interior de sus mentiras. 

¡Oh mundo desigual! 
Mis ojos lloren 
el dolor, la maldad: 
la verdad humana.







Las caricias

¡Qué música del tacto 
las caricias contigo!
¡Qué acordes tan profundos! 
¡Qué escalas de ternuras, 
de durezas, de goces! 
Nuestro amor silencioso 
y oscuro nos eleva 
a las eternas noches 
que separan altísimas 
los astros más distantes. 
¡Qué música del tacto 
las caricias contigo!










Las sendas que me obligo a recorrer por ti...

Las sendas que me obligo
a recorrer por ti,
no las borra la vida,
y en vez de flores, una venda,
dura como una máscara,
va dividiendo el campo.
Quisiera haber nacido junto a ti,
vivir de rama en rama, sin caminos,
pero veo la distancia, el no alcanzarte
y peregrina el corazón pisando rosas
y llega al tuyo cuando sueña
dentro de una ciudad donde aplastado
quedó el verdor, la risa, las colmenas.
En ellas se enredaron los caminos
y la tierra ofendida quedamente
lanza leves suspiros, sus jardines;
sus torres que desprecios a la brisa
hacen inmóviles
voces de bronce dan
para anunciar las nuevas tumbas.
Yo sé por qué la tierra enfurecida
a veces tiembla y rompe las ciudades:
alguien responde al llanto de las yerbas
que no pueden nacer bajo las losas.
Las pisadas del hombre van dejando
su estéril huella, firme que divide
con una seca herida el prado verde
y más endurecido y seco implora
sostén a sus pisadas, que se calle
el color, que no pronuncie
en tallos de alegría
su gesto el campo;
mas impasible quiere su dominio,
con mármol sueña lapidar llanuras.
No así mi amor, tu mundo, otro planeta,
la flor intacta con ocultos ríos:
por sus venas iré sin ser notado,
soy de tu corazón dócil corriente.










Maldad

El silencio eres tú. 
Pleno como lo oscuro,
incalculable 
como una gran llanura 
desierta, desolada, 
sin palmeras de música, 
sin flores, sin palabras. 
Para mi oído atento 
eres noche profunda 
sin auroras posibles. 
No oiré la luz del día, 
porque tu orgullo terco, 
rubio y alto, lo impide. 
El silencio eres tú: 
cuerpo de piedra.



 
  Manuel Altolaguirre y Concha Méndez en Cuba




Noche a las once

Éstas son las rodillas de la noche. 
Aún no sabemos de sus ojos. 
La frente, el alba, el pelo rubio, 
vendrán más tarde. 
Su cuerpo recorrido lentamente 
por las vidas sin sueño 
en las naranjas de la tarde, 
hunde los vagos pies, 
mientras las manos 
amanecen tempranas en el aire. 
En el pecho la luna. 
Con el sol en la mente. 
Altiva. Negra. Sola. 
Mujer o noche. Alta.








Para alcanzar la luz

Dicen que soy un ángel
y, peldaño a peldaño,
para alcanzar la luz
tengo que usar las piernas.
Cansado de subir, a veces ruedo
(tal vez serán los pliegues de mi túnica),
pero un ángel rodando no es un ángel
si no tiene el honor de llegar al abismo.

Y lo que yo encontré en mi mayor caída
era blando, brillante;
recuerdo su perfume,
su malsano deleite.
Desperté y ahora quiero
encontrar la escalera,
para subir sin alas
poco a poco a mi muerte.









Recuerdo de un olvido

Se agrandaban las puertas. Yo gigante, 
con el recuerdo de mi olvido dentro, 
atravesaba las estancias, 
golpeando las paredes sordas.

¡Qué collar interior en mi garganta 
de palabras en germen, de lamentos 
que no podían salir, que se estorbaban 
en su gran muchedumbre!

¡Cuánto tiempo de olvido incomprensible! 
Siempre ella en su ventana. 
Su ventana entre dos nubes 
-una y ella- siempre.

Y yo distante, agigantado, loco, 
con el recuerdo de mi olvido dentro, 
pesándome en el alma su naufragio, 
agarrándose, hundiéndome, 
en un espeso mar de cielos grises.








Retrato

Estabas sola y alta. 
Yo miraba cómo todos los pájaros 
debajo de tu frente se escondían. 
¡Qué ir y venir y qué volver! 
Cómo todas las cosas 
quedándose se iban 
a entrarse por tus ojos. 
Cómo yo mismo no sabía 
si estaba junto al árbol 
bajo aquel cielo tan azul, 
o si los verdes límites del parque 
estaban encerrados en tu frente. 
Si de tanto entrar ya 
dentro de ti las cosas, 
eras el mundo donde estábamos. 
Si para que brillaran las estrellas 
bastaba que cerrases tus dos ojos. 
Estabas sola y alta, 
pero también dentro de ti.









Romance

Se levantó sin despertarme.
Andaba lenta, aplastándose tanto
hasta pasar bajo imposibles
sitios huecos,
o estirándose fina como un ala
atravesando puertas entreabiertas.
No tenía vista,
pero salvaba los obstáculos
con previsora maestría.
Ni tacto,
pero evitaba las esquinas
sin recibir un golpe.
Ni oído,
pero cuando el portazo aquél,
sobresaltada,
corriendo vino a mí,
en mí escondiéndose
y despertando en mí,
su cuerpo.









Soledad sin olvido

¡Qué pena ésta de hoy! 
Haberlo dicho todo,
volcando por completo 
lo que pesaba tanto, 
y ver luego que todo 
se queda siempre dentro,
que las palabras fueron 
espejos engañosos, 
cristales habitados 
por fantasmas sin vida; 
que todo queda dentro 
con sus negras presencias, 
insistentes, doliendo.









Tanto mundo que he visto...

Tanto mundo que he visto, todo el cielo, 
ahora cuando estoy solo no me basta 
para mi vida ni para mi sueño. 
Y sin embargo, cuando estoy contigo, 
a flor de esa imprecisa superficie 
que es el tiempo pasado sin gozarte, 
un anhelo cortándome las alas
reduce los lejanos horizontes 
a un pequeño cristal pronto a perderse
como la sal en el profundo olvido.
Junto a ti, frente al mar, nada recuerdo
y dan la luz y el aire molde cóncavo
a mi presente, a la inmutable y firme
roca de amor. Que nadie nunca diga:
«Ayer la vi» o «la veré mañana».











Te quiero

Un lago en una isla
eso es tu amor por mí,
y mi amor te rodea
como un inmenso mar
de silencios azules;
pero tienen también
tus grandezas ocultas.
Soy un niño de sal
sobre tu falda;
me sostienen tus prados
submarinos,
eres frondosa cumbre,
eminencia visible
de tu tierra profunda.
Me enriquecen los ríos,
y tu amor, ese lago
corazón de la isla,
es la fuente de todas
las líquidas comarcas.
Te haces querer. Te quiero.
Mira mis blancas olas.










Transparencias

Hice bien en herirte, 
mujer desconocida. 
Al abrazarte luego 
de distinta manera, 
¡qué verdadero amor, 
el único, sentimos! 
Como el mueble y la tela, tu desnudo 
ya no tenía imponencia bajo el aire, 
bajo el alma, bajo nuestras almas. 
Nosotros ya no entendíamos de aquello. 
Era el suelo de un ámbito 
celeste, imponderable. 
Éramos transparencias
altísimas, calientes.











Trino

Quiero vivir para siempre
en torre de tres ventanas,
donde tres luces distintas
den una luz a mi alma.

Tres personas y una luz
en esa torre tan alta.

Aquí abajo, entre los hombres,
donde el bien y el mal batallan,
el dos significa pleito,
el dos indica amenaza.

Quiero vivir para siempre
en torre de tres ventanas.







Tu soledad te defiende...

Tu soledad te defiende,
te limitan tus miradas,
que yo sé que tu alma llega
adonde tu vista alcanza,
adonde llegan tus sueños,
adonde tu amor acaba.
Este viento no es el viento,
es tu soledad alterada,
es tu aire que revuela,
es que alborota tu gracia.
Son tus ojos que acarician
transparencias y esperanzas,
agua de lagos y ríos,
verdores de esbeltas ramas.
Es tu soledad valiente,
defensora de tu alma.









Tus palabras

Apoyada en mi hombro 
eres mi ala derecha. 
Como si desplegaras 
tus suaves plumas negras, 
tus palabras a un cielo 
blanquísimo me elevan.

Exaltación. Silencio. 
Sentado estoy a mi mesa, 
sangrándome la espalda, 
doliéndome tu ausencia.









Tuvo mi amor la forma de tu vida...

Tuvo mi amor la forma de tu vida.
Nunca el olvido le cerró los labios
a la estela ni al cauce, ni a la gruta
que atravesabas tú; límite era
que se quedaba estático afirmando
contra el tiempo engañoso una perenne
honda oquedad tan fiel a tu persona
que más que ausencia un alma parecía.
Ven a buscarme. Tengo yo la entrada
de tus recuerdos, quietos, encerrados
en mis caricias: forma de tu vida.








Vete

Mi sueño no tiene sitio 
para que vivas. No hay sitio. 
Todo es sueño. Te hundirías. 
Vete a vivir a otra parte, 
tú que estás viva. Si fueran 
como hierro o como piedra 
mis pensamientos, te quedarías. 
Pero son fuego y son nubes, 
lo que era el mundo al principio 
cuando nadie en él vivía. 
No puedes vivir. No hay sitio. 
Mis sueños te quemarían.









Viaje

¡Qué golpe aquel de aldaba 
sobre el ébano frío de la noche! 
Se desclavaron las estrellas frágiles. 

Todos los prisioneros percibimos 
el descoserse de la cerradura. 
¿Por quién? ¿Adónde? 

El sol su página plisada 
entró por la rendija oblicuamente, 
iluminando el polvo. 

Descorrió su cortina el elegido, 
y penetró en los ámbitos sonoros 
del Triángulo y la espuma. 

Nos dejó la burbuja de su ausencia 
y la conversación de sus elogios.







Yo y la luz

Yo y la luz te inventamos,
ciudad que ahora en un alba
de fantasía y de sol
naces al mundo;
ciudad aún imprecisa,
con sangre, luz y ensueño
en tus blancas fachadas.
No sé qué madrugada
sobre los edificios voy dejando,
ni qué sol mañanero
ilumina la vega, el mar, las calles,
interiores en mí.
Hemos cambiado 
mundo y yo nuestras luces.









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