sábado, 18 de abril de 2015

EDUARDO LANTIGUA [15.664]


Eduardo Lantigua

Narrador, poeta y ensayista. Nació en Villa Altagracia, República Dominicana, y vive en Nueva York. En 2007 publicó el libro de cuentos Un pez atrapado en el desierto. Su libro de poesía, La inagotable lectura del amor, se publicó en 2010.


LECTURA

Una sombrilla atraviesa la ciudad y no deliro
o mis ojos tiemblan fríos como graffitis en las paredes.
Una rata se mueve impune entre las rocas
o la hermosa mujer festeja desde el arrecife:
Cicatriz y anillo certifican en mí lo inevitable.
Lectura de mi tumba (arrogante),
esta ciudad emerge de huesos y vergüenzas,
ruidos y cenizas, heridas y metales. Sedienta, la bestia,
con sus alas de plomo sobre ruinas aletea:
Deseo que acomoda el insomnio
certificando esta soledad y frío en mi cuerpo
(las manos vacías y pájaros ensangrentados
que limpian con estilo sus picos en medio de la calle).
Una sombrilla atraviesa la ciudad y no deliro, madre,
¿No escuchas cómo las noticias espantan mariposas?



CIFRA

La lluvia fría rebota en la ventana y la ciudad me reduce a cero.
La fuerte brisa me sacude el trapecio y certifica el miedo
(lo que lentamente fluye).
Nada que les recuerde el perfil de mañana fresca,
el olor de la pequeña ciudad acariciada por la pregunta
que surge de mi vigilia,
el malecón y el vuelo del viento
que besa fugaz el rostro y organiza sonrisas,
los niños hurgando una moneda entre colores y turistas.
Signo que aletea como un pájaro de plomo en mi cabeza,
(recurso que no admite sueños).
El peso de la isla, anclado en mis pulmones, que me hace toser,
que hace temblar al trapecio y perder mi equilibrio.
Este cuerpo, mi cuerpo, donde la muerte organiza su estatura,
extraña los fragmentos de alguna risa antigua,
una risa que certifique si acaso la falsedad de la noticia:
transcurre, madre, una muerte que día tras día.



DELIRIO

Habrán olvidado mi rostro, mi manera de besarles la frente,
el filo de mi risa, el calor de mis palabras con la ausencia.
Yo, mirando al mundo por la ventana, escucho el aullido feroz
y una memoria que tiembla, fugaz, me reconoce inevitable.
(“Ala que arde”, me susurra tibiamente al oído).
¿Lo equívoco lo perdido, ya consumado el espanto,
el jarrón sin agua, sin flores, los muebles podridos en la sala,
esta ciudad con sus trenes subterráneos, aullidos de sirenas,
maniquíes de pechos erectos y culos levantados,
los anhelos innombrables al borde de la fosa?
Escucho el aullido feroz como sombra que transita, madre:
Delirio del sujeto que al sujeto destruye.



BROMISTA

Un bromista se desangra en medio de la calzada y todos ríen.
Esta ciudad, con sus misas de domingos y cagadas de pájaros,
trenes subterráneos y aullidos de sirenas,
maniquíes de pechos erectos y culos levantados,
chillidos de ratas que danzan entre rieles y sombras,
el frío que acomoda su filo en el costado de mi herida,
su puerta, que abre en mi pecho,
por donde fluye el miedo y este silencio de memorias
(como un terrible vaso de agua en mis labios).
Delicados y religiosos gusanos que certifican sigilosamente.
Un bromista se desangra en medio de la calzada y todos ríen:
Como eructos de cerdos que vomitan, madre.



ANCIANO

Un anciano da de comer a las palomas en el parque y hace frío.
Esta ciudad, donde tantas veces abro la ventana
para escupir al mundo,
aletea sigilosa como un enorme pájaro de piedra.
Aquí, en el Bronx, pegadito al Yankee Stadium,
en mi fosa húmeda, exhausto,
sin poder descifrar signos que se aprovechan de amantes ciegos,
arrojo este festín del cobarde que tiende al único destino.
Un anciano da de comer a las palomas en el parque y hace frío.
Nada les hace imaginar, que les palpo fríos
en esta temperatura de seis grados Celsius bajo cero.
Desde mis ojos, vuelan trocitos de melancolía.
No te miento, madre. Te aseguro que mañana, tempranito,
abriré de nuevo la ventana para escupir al mundo.




CIUDAD

Esta ciudad, con sus maniquíes de pechos erectos,
que recurre a un hechizo de jarrón sin agua y sin flores,
luces y sirenas y muebles rotos y pesadillas de inmigrantes.
Mar oscuro, donde algún viajero sin equipaje naufraga en silencio,
como un ahogado,
que en la superficie azulada del mar ya felizmente flota.
Esta ciudad y su artificio de distancia y soledad y domingo,
precipita en mí lo que esconde en sus graffitis y edificios de paredes sucias:
¡Abandono los números modernos!
Sumerjo cansado, madre, mi herida en la cloaca.




ELEGÍA

A ti, vieja.

No hay flores en tu mirada. Solo tu carne y jarrones
sin agua y muebles pudriéndose entre las paredes vacías.
Signo frío sobre dos sillas, memoria de ti equilibrando lo finito;
terrible contacto de bestia que aletea, vigilia en mis huesos
que certifica. ¿Desacierto del silencio? ¿Triunfo de pájaros
ensangrentados que limpian sus picos ardientes y levantan
con estilo sus garras? No hay flores en tu mirada.
Sólo tu carne y jarrones sin agua y muebles pudriéndose
en medio de la sala. ¿Quién, madre mía,
como Blanca flor de agua te bebe, mariposa
como de luz Blanca te apaga?



NEW YORK, NEW YORK


A César Zapata y Amable Mejía.

1.

Ahora que esta ciudad deposita en mi costado tu herida
(yo náufrago en un mar de maniquíes de pechos erectos,
trenes subterráneos y chillidos de ratas que danzan),
invento algún madero que mantenga a flote el horizonte,
la orilla confidente poblada de graffiti y ternura
que guarde en mi cicatriz la isla
y la memoria que colecta mis muertos.


2.

Ahora que esta ciudad me repite en tu cuerpo
y el viento frío traspasa mi ventana
(como un cuchillo que agota la fosa),
respira mis huesos esta capilla solitaria
como una muerte clandestina, yo tirado al mar infinito
aleteando como un faro sin nombre
y este signo de acero que forma mi ausencia.


3.

Ahora que el signo alado me mira a la garganta,
abriendo en carne viva la oscura fosa oscura.
(Este miedo espantoso enredando cercando
el perímetro), yo de espaldas contra el muro,
toco esta distancia como si tocara tu puerta
con nudillos adoloridos y nadie escucha mi muerte:
veo la sombra que transita de tu pecho a mi pecho.


4.

Ahora que viudos lánguidos se ahogan en su vaso de fe
y que madres solteras equilibran nuestra isla en este abismo,
escucho cánticos ancianos que repiten su culto matinal,
(depositando entre los huesos negros signos,
gemidos pálidos extraviados), yo sediento
con mi garganta aferrada a la pared.


5.

Ahora que mendigos ciegos mueren en tren,
burlados por la certera punzada de la cruz,
me toco el espanto germinando en mi costado
(como una infinita cicatriz que insiste), la mano torpe,
esquivando la sórdida puñalada.
Toco al inmigrante sin equipaje ni retorno,
(frío como la piel de una serpiente), despoblado,
como el grito de un graffiti en las paredes sucias.
Y toco esta densidad amarga sorprendida en el aire,
como una muerte crecida, creciéndote, creciéndome,
anticipada, pudriendo.


6.

Ahora que esta ciudad habitante
se masturba en el goce de misiles y números,
y eterno festeja el signo deleitando su copa de whisky
(con sus pupilas fijas en el engaño
y la miseria en mis labios como un terrible vaso de agua).
Ahora que a nadie se le ocurre decir buenos días,
y sonreír sin miedo a tropezar con los escombros,
¿a quién estos signos y pájaros ensangrentados
que limpian sus picos en medio de la ciudad
y levantan con estilo sus garras?
¿A quién este paisaje de miserias?


7.

Desde lo frágil, reinvento tu rostro a pesar del espanto,
el jarrón sin agua y sin flores, los muebles podridos
en medio de la sala (oxido y cementerio de símbolos muertos).
Reinvento tu equilibrio contra este signo que gira
como un pájaro de plomo en mi cabeza.
Reinvento la agonía y el misterio y la cama funeral
donde otro homínido soñará mi sueño.


8.

Ahora que esta ciudad clava en mis pulmones
trocitos filosos de negros diamantes,
me toco la herida aun caliente alojada en mis ojos,
como un trapecista ciego y derrotado, mutilado en la fe:
Sombrío hospital oscuro eterno y eterno
(acomodando el luto y el abismo),
o ese modo sordo de lo ciego me toco.


9.

Ahora que esta ciudad deposita en mi costado tu herida
como un terrible vaso de agua en mis labios,
(trapecista caído a lo profundo del templo),
miro la nieve fina rebotar como un espejo vacío,
y a mi lado alguien tose, madre, y me duele la garganta.







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