miércoles, 11 de febrero de 2015

MARGARITA HICKEY PELLIZONI [14.818]


Margarita Hickey Pellizoni 

(Barcelona, 1753 - 1793), escritora, traductora y poetisa feminista española de la Ilustración

Se casó muy joven con un hombre de edad avanzada; cuando este murió, como viuda, pudo dedicarse a su gran vocación, la literatura. Publicó el primer volumen de sus obras, Poesías varias sagradas, morales y profanas o amorosas: con dos poemas épicos... (Madrid, Imprenta Real, 1789) y tradujo algunas tragedias de Racine y Voltaire. En todo lo que escribió se declaró como una gran defensora del feminismo, como su contemporánea Josefa Amar y Borbón, y de la libertad de pensamiento; a la primera de estas causas dejó versos memorables. La mayoría de sus poemas van dirigidos a mujeres.

Obra

Poesías varias sagradas, morales y profanas o amorosas: con dos poemas épicos... (Madrid, Imprenta Real, 1789)



Al oído

Déjame penetrar por este oído,
camino de mi bien el más derecho,
y, en el rincón más hondo de tu pecho,
deja que labre mi amoroso nido.

Feliz eternamente y escondido,
viviré de ocuparlo, y satisfecho...
¡De tantos mundos como Dios ha hecho,
este espacio no más a Dios le pido!

Ya no codicio fama dilatada,
ni el aplauso que sigue a la victoria,
ni la gloria de tantos codiciada...

Quiero cifrar mi fama en tu memoria;
quiero encontrar mi aplauso en tu mirada;
y en tus brazos de amor toda mi gloria.



De bienes destituidas...

De bienes destituidas,
víctimas del pundonor,
censuradas con amor,
y sin él desatendidas;
sin cariño pretendidas,
por apetito buscadas,
conseguidas, ultrajadas;
sin aplausos la virtud,
sin lauros la juventud,
y en la vejez despreciadas.





Definiendo el amor y sus contrariedades

Borrasca disfrazada en la bonanza,
engañoso deleite de un sentido,
dulzura amarga, daño apetecido,
alterada quietud, vana esperanza.

Desapacible paz, desconfianza,
desazonado gozo, mal sufrido,
esclava libertad, triunfo abatido,
simulada traición, fácil mudanza.

Perenne manantial de sentimientos;
efímera aprehensión que experimenta
dolorosas delicias y escarmientos.

Azarosa fortuna; cruel, violenta
zozobra; sinsabor, desabrimientos,
risa en la playa y en el mar tormenta.




Que el verdadero sabio, donde quiera...

Que el verdadero sabio, donde quiera
que la verdad y la razón encuentre,
allí sabe tomarla, y la aprovecha
sin nimio detenerse en quién la ofrece.

Porque ignorar no puede, si es que sae,
que el alma, como espíritu, carece de sexo.
Pues cada día, instantes y momentos,
vemos aventajarse las mujeres
en las artes y ciencias a los hombres,
si con aplicación su estudio emprenden.




Romance

Aprended, flores, de mí,
lo que va de ayer a hoy...;
de amor extremo ayer fui,
leve afecto hoy aún no soy.
Ayer, de amor poseída
y de su aliento inflamada,
en los ardores vivía:
del fuego me alimentaba.
Y, a pesar de la violencia
con que sus voraces lamas
cuanto se opone a su furia
arden, consumen y abrasan,
como pábilo encendido,
cual cantada salamandra,
solamente hallaba vida
entre sus ardientes ascuas,
y hoy, en tan tibios ardores
yace o desfallece el alma,
que el frío carbón apenas
da señas de que fue brasa.
Ayer, los fieros volcanes
de amor no solo halagaban
el pecho, sino que amante
fuera de ellos no se hallaba;
y, sin ellos, decadente
y exánime, desmayaba
y moría, y parecía
como el pez fuera del agua.
Y hoy, no solo, temeroso
y pavoroso, se espanta
de la más leve centella
que en el aire corre, vaga,
sino que el horror y miedo
que a la luz la fiera brava
tiene imitando, a cualquiera
resplandor vuelve la cara.
Ayer, por poco, el incendio
en que amante me abrasaba
vuelve en pavesas el mundo
todo, y en humo le exhala;
y en una hoguera la hermosa
máquina del transformada,
por poco vuela en cenizas
de mi ardor comunicadas.
Y hoy, apenas de que ha habido
lumbre dan señas escasas
tibios rescoldos: ¡tan muertas
yacen ya, y tan apagadas!



Su producción poética resulta un caso insólito en la literatura del siglo XVIII, y tal vez de la poesía femenina española de todos los tiempos. No sabríamos si definirla como feminista o como tenaz militante contra el varón, actitud que ha provocado un oscuro silencio de la crítica hasta olvidarla casi por completo. Como la poetisa gaditana María Gertrudis Hore, la Hija del Sol, es personaje de ascendencia extranjera, y también como ella tuvo una biografía difícil, aunque con una solución vital diferente. Hija de Domingo Hickey, militar irlandés (de Dublín) al servicio de la corte española, y de Ana Polizzoni nacida en Milán, cantante de ópera italiana cuyo apellido familiar sonaba todavía a finales de siglo en el coliseo de los Caños del Peral, nació en Palma de Mallorca hacia 1740393. Todavía niña de pocos años, la familia se trasladó a vivir a Madrid, ciudad en la que residirá hasta el final de sus días. Conocemos poco de su formación y vivencias juveniles, pero era todavía muy muchacha cuando contrajo matrimonio con el maduro Juan Antonio de Aguirre394, militar retirado de ascendencia navarra próximo a la corte. Por documento notarial fechado en 1763 sabemos «que nos damos el uno al otro recíprocamente todo nuestro poder cumplido». Por el testamento que hizo la autora antes de morir recuperamos algunos detalles desconocidos de su biografía, como que tuvieron un hijo que murió:

Que del matrimonio que tuve con mi difunto marido don Juan Antonio de Aguirre tuvimos y procreamos un hijo que ha fallecido, y con tal motivo y para que sirviera de consuelo determinamos traer a nuestra casa y compañía a una niña de muy tierna edad, que ya está casada y se llama María Teresa, a quien por haberla adoptado por hija estimamos de un acuerdo mi difunto y yo el que estará como una de nuestros apellidos.


Sabemos que perteneció al círculo de Montiano y Luyando en momentos difíciles de la política española con las peleas soterradas entre los reformistas y el conservador partido ensenadista, que explotarían de manera definitiva en el famoso Motín de Esquilache (1766). Quizá en la tertulia literaria que aquél organizaba en su casa, conoció e inició una amistad íntima con el poeta Vicente García de la Huerta, recién separado de su mujer. Con él se siguió relacionando durante su etapa de exilio en París a causa de su auxilio a la sublevación. Por este motivo se le inició un Informe Fiscal, en el que consta que también fue interrogada nuestra escritora, con quien se había estado carteando durante estos años. El vate extremeño, abandonado en el presente por su antiguo protector el duque de Alba, hubo de permanecer extrañado hasta 1777. A la vuelta, intentó retomar su antiguo trabajo en la Biblioteca Real, participar en las reuniones de las Academias y seguir con sus actividades literarias publicando unas Obras poéticas (Madrid, 1778, 2 vols.). Dentro de las mismas se encuentran unos sonetos amorosos dirigidos al nombre poético de una tal Lisi, que Deacon identifica acertadamente con nuestra poetisa. Escritos siguiendo los tópicos de la tradición petrarquista, serán recogidos con ligeras variantes en la obra de nuestra bella enamorada atribuidos «a un anónimo caballero». Otros versos galantes de Huerta compuestos por estas fechas debieron tener idéntica destinataria («Tristes expresiones de un desconsolado»).

Margarita Hickey enviudó siendo joven, en todo caso antes de 1779. Serrano y Sanz, que desconocía su relación con Huerta, afirma sin demasiado fundamento: «Debió entonces, ser galanteada y corresponder con entusiasmo, cual suelen las mujeres que en la flor de su juventud sólo han conocido el invierno del amor, representado en un marido viejo». No tenemos constancia de que esto fuera así, sino que al parecer hubo una reorientación de su vida dedicándose la literata al cuidado de su hija adoptiva María Teresa y a un cultivo más sosegado de las letras, un interés por los temas geográficos. Siguiendo esta nueva vocación escribió una Descripción geográfica e histórica de todo orbe conocido hasta ahora (1790), en versos octosílabos claros e inteligibles que, a pesar de que uno de los revisores supuso «que puede ser muy útil por lo muy conducente que es a facilitar esta ciencia tan importante», acabó siendo desautorizada por la censura. El 3 de agosto de 1801 hizo testamento, estando ya muy enferma. En el mismo fijaba ser enterrada «de secreto» en la iglesia de san Lorenzo de la corte de la que había sido feligresa, hacía heredera universal a su hija adoptiva María Teresa de Aguirre y Hickey, «esto no obstante de los sentimientos que me ha ocasionado, poca subordinación que conmigo ha tenido y otros motivos que en mí reservo»401. El mismo documento nos aclara que los últimos cinco años había sido asistida por su sobrina Josefa Morfi, «que en dicho tiempo me había servido y consolado en mis aflicciones y enfermedades», a la que deja algunos muebles, ropa y una alhaja. También, al margen de las fórmulas piadosas que solían tener estos documentos, manifiesta por estas fechas una notable sensibilidad religiosa. Murió, por lo tanto, después de este año una vez iniciado el nuevo siglo.

Quiero dejar constancia de que Margarita Hickey es una poetisa con cierta calidad en su creación literaria. Editó un abultado libro titulado Poesías varias sagradas, morales y profanas o amorosas en la Imprenta Real en 1789, que se anunciaba como primer tomo que luego no tuvo continuidad. Iba precedido de un meditado Prólogo en el que exponía sus ideas ilustradas sobre el teatro, destacando su valor moral y educativo, que estudiaremos más adelante. Lo concluía con esta afirmación:


Con la traducción de la Andrómaca, presento al público algunas Poesías líricas, en cuya composición he divertido a veces mi genio y ociosidad, a falta de ocupaciones y diversiones adaptadas a mi gusto: no he pretendido herir a nadie en ellas, y solamente la variedad de casos y de sucesos que me ha hecho ver, conocer y presenciar el trato y comunicación del mundo y de las gentes, han dado motivo y ocasión a los diferentes asuntos y especies que en ellas se tocan.


En realidad, estas composiciones poéticas rondaban por la censura desde 1779 a nombre de Doña Antonia de la Oliva, por lo que hubo de justificarse la escritora con una carta dirigida al Consejo: «La causa de llevar estas octavas al fin de ellas otro nombre supuesto y no el verdadero de la que las ha compuesto, es que por natural y debida modestia, su autora desea publicarlas en nombre que no sea el suyo propio, por cuya razón tiene pedido el permiso o licencia del Consejo de imprimirlas en el insinuado que está al pie de las octavas. [...] Pero si esto puede ser estorbo para que no pueda lograr el gusto que desea, de dedicarla a Su Majestad, desde luego mudará de intento por lograrle, y pondrá su nombre, aunque sea a costa de lo que en eso debe padecer su debida modestia». En realidad sabía que sus composiciones rehuían lo convencional para convertirse en expresión de una experiencia personal, negativa según se deduce de los versos, y por lo tanto necesitaba enmascarar su personalidad. También se ocultó con el anónimo Una dama de esta corte, apenas disimulado luego en las siglas M. H. Sin embargo, todos los informes censores que precedieron a su publicación, que aporta Serrano y Sanz, son positivos, incluso el de Nicolás Fernández de Moratín que escribe: «Las Poesías de doña Antonia de la Oliva, además de no incluir cosas contra la fe ni las leyes, tienen suficiente mérito para que V. A. conceda la licencia». Y la reseña que publicó el Memorial Literario sólo sirve para hacer glosa de la instrucción de las mujeres sin entrar a analizar los temas como era su costumbre.

En este libro recogía la autora creaciones poéticas que pertenecían a distintas épocas y propósitos. Las referencias internas nos permiten aseverar que se refieren a un amplio arco temporal de más de veinticinco años. Los distintos informes que se van sucediendo en el Consejo de Castilla para su publicación hacen referencia a varias fechas, en las que ella presentó su libro a censura, ampliándolo cada vez con alguna producción nueva. El volumen está dividido orgánicamente en tres partes, aunque no se enumeren las mismas materialmente. La primera recoge la traslación de la Andrómaca de Racine, cuyo estudio acometeremos en su lugar correspondiente. Viene a continuación una segunda sección que incluye el poema épico titulado «Diálogo entre la España y Neptuno», que debió de tener una aprobación independiente. Va precedido de un Prólogo en el que refiere su intención de agasajar al militar heroico y unas Aprobaciones, en las que los censores valoran este tipo de poemas «tanto más en las señoras de la clase de usted» que ha demostrado «gran juicio y talento». Desconfía en la introducción si tendrá fuerzas suficientes para llevar adelante su proyecto que «aunque no toda, ni tan dignamente como sus grandes méritos lo requerían, dejando el desempeño de esta empresa a las plumas varoniles, que son a las que principalmente corresponde y no a las mujeriles y débiles como la mía», como efectivamente llevarían a cabo las voces patrióticas de Moratín, Trigueros, o Gregorio de Salas. El trabajo y la entrega, sigue con el mismo tono de modestia, suplirán «mi poca habilidad y suficiencia». Y aprovecha para señalar su manera de proceder como escritora y constatar los problemas inherentes a su condición femenina:

Prevengo y confieso ingenuamente que no he querido sujetar esta mi obrita al juicio y corrección de nadie; y que solamente me he dejado llevar en ella para disponerla del modo que está de mi gusto, genio o capricho, y de las tales cuales luces que ha podido comunicarme la afición que siempre he tenido a leer buenos libros en prosa y en verso; conozco, trato y comunico algunos sujetos a cuya inteligencia y buen juicio pudiera, y debiera acaso, haberla sujetado; pero unos por haberlos contemplado muy afectos, otros por poco, y a los más por suponerlos llenos de preocupación contra obras de mujeres, en las que nunca quieren éstos hallar mérito alguno, aunque esté en ellas rebosando, he desconfiado de la crítica de todos, y he escogido por mi único juez al público, el que sin embargo y a pesar de la ceguedad e ignorancia que se le atribuye, hace, como el tiempo, tarde o temprano justicia a todos.


El «Diálogo entre la España y Neptuno» se abre con una explicación del contenido argumental en los siguientes términos: «Llora España la pérdida de Ceballos, y Neptuno movido de sus lamentos sale de las aguas a preguntarle la causa». Se trata, en efecto, de una composición en elogio al capitán general Pedro de Ceballos con motivo de su fallecimiento, suceso que ocurrió en Córdoba el 26 de diciembre de 1778. El «valor, notorio celo y señalada conducta» del egregio militar al servicio de la patria le inclinaron a su escritura para recordar su amplio y valeroso servicio a los dos últimos monarcas Fernando VI y Carlos III, y en «testimonio de la buena voluntad que tuve siempre a sus relevantes prendas y recomendaciones particulares y personales». Está compuesto por cincuenta y cinco octavas reales, versificación que es la adecuada a los poemas épicos neoclásicos según recomendaban las poéticas, por más que haya tenido que superar con valentía algunos problemas métricos, como explica en la introducción. A pesar de estar dialogado, el poema no tiene un carácter teatral ya que se desarrolla por medio de largos parlamentos monólogos, salvo el final de la fábula que se anima algo más. Ha probado la autora hacer un ejercicio literario en el que quiere demostrar el dominio de este género y de esta estrofa métrica, del empleo de un lenguaje artístico, siguiendo de lejos varios modelos que ha repasado para inspirarse (Lope de Vega, Rufo, Ercilla). El uso armonioso del lenguaje, la escasez de imágenes, la decoración mitológica le acercan a las experiencias neoclásicas, salvo en la utilización del diálogo. También hace gala de un acendrado espíritu patriótico, haciendo una alabanza sostenida de la figura de Carlos III, sobre quien dirige esta pregunta retórica:

¿Carlos, cuyas virtudes, cuyas glorias,
lo justiciero uniendo a lo piadoso,
será materia digna a las historias?



La tercera parte del libro comienza bajo el título genérico de «Poesías varias de una dama de esta corte, dalas a luz doña M. H.», que recoge composiciones de distinta índole. El primer poema «Novela pastoril, puesta en verso», parece de escritura más antigua. Compuesta en romances agudos, es una aportación de la autora a la bucólica clasicista, de tono menor al no ser una égloga, pero interesante por su denso contenido argumental.

La relación con el poeta extremeño, insuficientemente conocida todavía, podía ser la clave para la interpretación de la poesía de Margarita Hickey. Podemos suponer el resto de las composiciones como si formaran parte de un Cancionero, al estilo de Petrarca o del Renacimiento, en el que se describieran las vicisitudes del proceso amoroso: un loco enamoramiento y mutua correspondencia, en situación complicada por estar ambos casados, que se alimenta de manera ideal en el exilio; el fracaso de la historia amorosa, con explicaciones insuficientes («por un motivo frívolo»); la sorda venganza por un amor mal correspondido, con el consiguiente desprecio y aun odio no sólo a su amigo, sino a los hombres en general (el soneto «A la venganza de un amor mal correspondido»); el arrepentimiento por el pecado cometido que da paso a la poesía religiosa y moral.

La aventura amorosa se inicia con el poema «Definiendo el amor o sus contrariedades», texto de gran calidad que descubre los problemas de su enamoramiento clandestino, como reflejan estas sentidas paradojas:

Borrasca disfrazada en la bonanza,
engañoso deleite de un sentido,
dulzura amarga, daño apetecido,
alterada quietud, vana esperanza.


Utiliza el soneto renacentista para expresar el tema amoroso dentro de los cánones neoclásicos. Esta misma estrofa da cuerpo a «Ocho sonetos» que vienen a continuación, los que antes mencionaba Deacon, que le «fueron remitidos por un caballero a una dama», en realidad por García de la Huerta a la propia autora. Muchos de estos poemas se deben leer en clave autobiográfica por más que estén puestos en boca de otros personajes poéticos (Nise, Clori, Fénix, Amarilis, Clori, Fenisa, Celaura, Isabela...), ¿sus otras voces? Sincera autoconfesión deben ser las «Endechas expresando las contradicciones, dudas, y confusiones de una inclinación en sus principios y el plausible deseo de poder amar y ser amada sin delito», dirigidas a Favio. Tampoco son ficciones amatorias algunos de los poemas dedicados a Lelio o Clelio (como en las melancólicas «Endechas a la ausencia de un amante»), que pudieron tener al mismo destinatario extremeño si no olvidamos que en su correspondencia parisina Huerta utilizaba el seudónimo de don Francisco Lelio Barriga. Esta misma relación explican «Las octavas a la muerte de la actriz Josefa Huertas» ya que la cómica era amiga de entrambos pues fue la protagonista femenina en el estreno de la Raquel.

Los poemas eróticos rechazan, por propia voluntad, lo deshonesto y ovidiano, frente a lo que confiesa una cierta integridad moral como se lee en el romance «Elogios y encomios al amor verdadero, decente, lícito y honesto». Presenta el amor con una gama muy variada de matices temáticos: el hecho amoroso, dudas y contradicciones del amor, desconfianzas, «juguetes amorosos», esquiveces, desengaños, celos, volubilidad del amor, inconsciencia de ciertas enamoradas... En todo caso siempre es poesía femenina, es decir el amor está visto desde la mujer, con inquietudes y matices femeninos, con sensibilidad de dama, como se manifiesta en las doloridas «Endechas respondiendo una amada a las satisfacciones que su amante quería darla de haberla nombrado por equivocación con el nombre de otra Dama, a quien antes había querido, estando en conversación con ella».

Desconocemos la fecha y las causas explícitas de la ruptura sentimental de la pareja, que sin embargo dejó en este supuesto cancionero algunos poemas significativos de este doloroso suceso: «Soneto a la venganza de un amor mal correspondido», «Romance a la despedida de un amante que ya disfrutaba», entre otros. Lo cierto es que al gozo siguió el desengaño y a éste un resquemor profundo del que hizo profesión poética. A partir de este momento la producción lírica de la escritora afincada en Madrid se torna radicalmente feminista, con maduro raciocinio. De manera positiva, porque defiende sin desmayo a la mujer y su integración social, acorde con las propuestas ilustradas; y de manera negativa, porque recrimina con severidad al hombre acusándole de las relaciones dominantes e injustas con la mujer. En otro lugar se ha hecho notar su defensa del acceso de la mujer a la creación literaria y a la cultura. Y apoya el raciocinio femenino, de la misma manera que censura a las mujeres insustanciales y frívolas.

Muestra, en primer término, su desacuerdo con los tópicos amorosos de la poesía varonil. No es el hombre quien sufre de amor, sino la mujer quien tiene que soportar abandonos, altiveces, ausencias, celos, maledicencias, atrevimientos, engaños e inconstancia. En las «Seguidillas en que una dama da las razones porque no gustaba o no le habían gustado los hombres en general», la discreta Esmaradga desgrana todos sus defectos, sin encontrar a ningún varón que sea digno de aprecio. Es menester, pues, dar la vuelta a las tradicionales palabras de amor de los hombres. Ella misma rectifica a Góngora, «dulce plectro cordobés», y donde el poeta barroco ponía

Guarda corderos zagala,
zagala no guardes fe,
que quien te hizo pastora
no te excusó de mujer,



ella corrige con nuevos criterios:

Guarda corderos zagala,
zagala no guardes fe,
que los hombres comúnmente
no lo saben merecer.



La poesía de Margarita Hickey se convierte en aviso de mareantes en el mar del amor. Haciendo gala de una experiencia en estos asuntos, mostrando un sagaz conocimiento de la sicología y de la sensibilidad femenina, les adereza a las mujeres oportunos consejos: previene a las jóvenes para que no entren «en la carrera del amor», desaconseja el matrimonio («a nadie tu fe destina, / conserva libre tu mano, / huye del loco inhumano, / que el amante más rendido / es, transformado en marido / un insufrible tirano»), recomienda a una monja que quiere casarse que se mantenga en religión, desengaña a las féminas de los falsos e inconstantes amantes... Se mantiene firme en su defensa de las mujeres, en la nueva valoración de sus virtudes humanas y sociales, superiores intelectualmente a los hombres. Leemos en una «Décima definiendo la infeliz constitución de las mujeres en general»:

De bienes destituidas,
víctimas del pundonor,
censuradas con amor
y sin él desatendidas:
sin cariño pretendidas,
por apetito buscadas,
conseguidas ultrajadas,
sin aplausos la virtud,
sin lauros la juventud,
y en la vejez despreciadas.

Y como la mejor defensa es un buen ataque no se reprime en recriminar a los varones una inacabable retahíla de defectos: falsos, inconstantes, incapaces de amar verdaderamente, orgullosos, de torpes deseos, fingidores, ambiciosos... En las «Seguidillas al desengaño de una enamorada» no sale muy bien parado el amigo de Amarilis:

Amarilis hermosa
vio que su amante
era falso, engañoso,
vario y mudable;
y que quería,
no amándola, alevoso,
fingir caricias.



Los zahiere con sus propias armas, es decir con las que habitualmente emplean para menospreciar a las damas, y los desnuda sin piedad de sus vicios más íntimos. Coloca a los hombres insustanciales al mismo nivel que a las mujeres frívolas que censuran los de su sexo, ya que no ejercen demasiado la inteligencia y se entretienen con banalidades de modas y peinados. Les advierte de que no se hagan demasiadas ilusiones en las relaciones amorosas porque la mujer también puede despreciarle, abandonarle: «recela cuerdo, / mudanzas de la suerte, / envidia o celos». O desconfía de la sinceridad de ciertos enamoramientos que se basan en lo meramente físico, «el amor y el apetito», sin que exista una sensibilidad auténtica y profunda. Leemos en una «Décima en la que respondiendo a una amiga que le pedía porfiadamente la hiciese una definición de los hombres, en punto al género y manera de su querer cuando aman o dicen que aman» lo siguiente:


Son monstruos inconsecuentes,
altaneros y abatidos,
humildes si aborrecidos,
si amados, irreverentes,
con el favor insolentes.

Desean pero no aman,
en las tibiezas se inflaman:
sirven para dominar,
se rinden para triunfar,
y a la que los honra infaman.



Y en otro lugar, al trazar una «Definición moral del hombre», escribe este soneto:


Es el hombre, entre todos los vivientes,
el que mayor malignidad alcanza,
excediendo en fiereza y en venganza
a los tigres, leones y serpientes.

Son sus torpes deseos tan impacientes,
de él la simulación y la mudanza,
la traición, el engaño, la asechanza,
que no se halla en las fieras más rugientes.

De él la loca ambición con que quisiera
vejar y avasallar a sus antojos
todos sus semejantes, si pudiera.

Éste es el hombre: mira sin enojos,
si es que puedes, mortal, tanta quimera,
y para tu gobierno abre los ojos.



El largo romance «Dedicado a las damas de Madrid, y generalmente a todas las del mundo» está plagado de sentidas alabanzas a las mujeres, y también de graves reservas al comportamiento de los varones:

Altas y nobles beldades,
discretas y hermosas damas,
que al humilde Manzanares
ilustráis con vuestras gracias;
cuyo sazonado chiste,
cuyo garbo, cuya gala,
cuya viveza, donaire
y disposición bizarra,
os han hecho tan famosas
en las regiones extrañas,
que entre todas las del mundo
sois mantuanas celebradas.
Sexo hermoso, combatido
sin piedad, con furia tanta,
a pesar y sin embargo
de creer vuestras fuerzas flacas,
por continuos enemigos
que con soberbia arrogancia
y aun cobardes, pues que
lidian con tan desiguales armas,
continuamente os acechan
y, suponiéndoos incautas,
de la buena fe abusando
os sitian, cercan y asaltan.



No conozco otra literata que escriba con tanta dureza contra el varón, actitud que parece nacer no de un simple desengaño sino de un resentimiento profundo. Pero este camino acaba bruscamente, dando paso a una actitud de sincero arrepentimiento. Como si la autora hubiera tomado conciencia de su situación de pecado, la poesía amorosa es reemplazada por composiciones religiosas y morales. Sirvan de ejemplo las endechas endecasílabas tituladas «Afectos del alma al amor divino, y desengaño y reconocimiento de la fealdad del amor profano», que suena a devota oración después de una confesión general:



Divino Jesús mío,
quien a conocer llega
lo que vuestro amor vale,
¿cómo hay otro ninguno que apetezca?
¿Qué finezas igualan
vuestras grandes finezas,
ni dónde hay en el mundo
ternura y voluntad como la vuestra?
Por liberarme amante
de la justa sentencia,
que por mi grave culpa
fulminó contra mí la ley suprema,
os miro amartelado
con una cruz a cuestas,
cargado de baldones,
de oprobios, de calumnias y de afrentas,
llevando amante y tierno
por mí las duras penas,
que yo por mi delito
padecer y sufrir debería acerbas.
Tres veces el cruel peso
de mis graves ofensas,
en cruz simbolizadas
os abatió hasta el suelo de flaqueza.



El arrepentimiento da fin a unos intensos años de su biografía personal: retorno a una vida privada, escritura de otras composiciones menos comprometidas. Aquí caben también los poemas morales de reflexión sobre la vida, la formación, la sociedad, las virtudes morales, la sensibilidad religiosa e incluso piadosa. Muy curioso el largo «Romance moral joco-serio, en elogio de la indiferencia, con cuyo motivo se reprehenden y motejan algunos vicios y defectos en general, con el buen fin solamente de corregirlos y de no satirizar a nadie en particular»: avarientos, jugadores, ambiciosos, codiciosos, viejos, petimetres metidos en olor, coquetos, falsos sabios. En esta nueva etapa el amor divino queda claramente por encima del humano.

Una de las piezas más acertadas de este nuevo tipo de obra religiosa son unos «Villancicos» que le encargaron a la autora para celebrar la Navidad, y que presenta dramatizados. Una nota advierte que, discutiendo en una tertulia sobre la futilidad de muchos villancicos navideños según ya había señalado el padre Feijoo en un ensayo, pretendía dar mayor categoría intelectual a unos textos, personajes y temas que provenían de la tradición. Casi se trata de una breve pieza dramática de Navidad, una especie de auto de Navidad, para cuya escritura ha podido utilizar un texto tradicional de los que se escenificaban en las iglesias. La Voz es el discurso del narrador ordenando la representación. Las personas dramáticas son Gil y Pascuala, que alternan sus palabras para describir plásticamente una escena navideña con su portal, con sus pastores, con el tipismo propio de estas composiciones de Navidad, dialogando también con la Voz. La acción se entrevera con el villancico cantado en varias ocasiones, que sirve para cerrar también el pequeño auto de Navidad:

Bendito sea el que vino
en el nombre del Señor,
mil veces sea bendito,
bendita sea su Madre,
bendito el Padre y el Hijo,
bendito con ellos
sea el Espíritu Divino.



El orden del apartado «Poemas varios», aunque no sea rigurosamente cronológico, refleja a la perfección las distintas etapas de la biografía íntima de la autora en relación con su experiencia amorosa. Esta interpretación queda confirmada en el poema que cierra el volumen «Remitiendo a un conocido estas Poesías», que bien pudiera haberse situado al principio por su intención de explicar su obra como si fuera un prólogo. Estas producciones, que «tímida publica», pretenden ser un alegato contra el amor profano, una guía para ayudar a las enamoradas a conducirse en el mundo del amor, una versión desengañada por el mismo. También hace referencia a su profesión de escritora, mencionando la República Literaria de Saavedra Fajardo, a su genio «siempre discursivo», a su estilo personal:

Que en mis poesías,
su esencia o estilo
hallares acaso,
enmiendes prolijo.
Déjalas que corran
conforme han salido
de mis flacas manos,
y débiles bríos
que si ellas lo valen
sus defectos mismos
les darán realce
sin más requisito.
[...]
Con todas las faltas
y los desatinos
que en mis versos se hallen,
ciertos o fingidos,
que agraden a algunos
yo no desconfío,
pues que hay, por ser siempre
los gustos distintos.



Espera no haber cometido ningún delito ni contra el lenguaje, ni contra la versificación. Toma sus precauciones contra la crítica adversa que pueda tener su libro, puesto que lo observarán con mayor celo por provenir de las manos de una mujer:

No dudo, Danteo,
persuadida vivo,
que los Aristarcos
y Momos del siglo,
hincarán el diente
con audacia y brío,
diciendo arrogantes,
tanto como altivos:
¿Que quién me ha inspirado
o quién me ha metido,
no habiendo las aulas
cursado, ni visto,
ni haber saludado
acaso el distrito
de la docta Atenas,
y culto latino,
en hablar de cosas,
materias y estilos,
de mi sexo ajenas?
Y ya enfurecidos,
en un Dracon fiero
cada uno erigido,
la vulgar sentencia
intimarme inicuos,
de que de mi estado
los propios oficios
son la rueca, el uso,
la aguja y el hilo.



Desde el punto de vista de la forma, domina bien los metros y los ritmos: romances, octavas, endechas, sonetos (algunos hábilmente trazados), redondillas, décimas, y aun la popular seguidilla. Es poetisa de escritura fácil y estilo natural, enemiga de pulir los versos demasiado. «Me salieron así naturalmente de la pluma, y sin trabajo alguno conceptuosos y corrientes», confiesa en algún sitio. Desprecia la artificiosidad, y a veces peca de expresión excesivamente llana y prosaica. Utiliza un lenguaje rico, y tiene tendencia a usar sin temor términos nuevos, que justifica, y creaciones poéticas novedosas. Sobre esto opina que los límites del idioma son «el buen juicio» que se concreta en la precisión del término, en que sea claro y comprensivo, que resulte sonoro. Margarita Hickey es una poetisa original: si en ocasiones no mantiene la tensión lírica, siempre manifiesta el tono y el ánimo inflamado especialmente para defender a la mujer con conciencia de grupo y de sexo.

A pesar de que estaba autorizada la publicación de los dos tomos previstos al principio, sólo apareció el primero. Podemos sospechar que este proyecto no salió adelante debido a la conjunción de varias razones. Acaso se desató un movimiento en contra de la autora por sus agresivas ideas feministas, que parecían excesivas en una persona próxima a la corte que había publicado el libro en la Imprenta Real, aunque no he hallado ninguna referencia expresa sobre el mismo. La vieja amistad con el perseguido García de la Huerta, por más que hubiera concluido ya la relación, tampoco debió favorecer el nuevo intento editor. Por otra parte, el arrepentimiento personal debió cortar la trayectoria poética iniciada por aquel libro. Otra causa que no debemos olvidar es que el año 1789 estalló la Revolución Francesa, y se tendió un cordón ideológico para amortiguar la influencia ideológica del país vecino. Se prohibió de manera tajante la edición de obras francesas, como la traducción de Voltaire que la escritora preparaba para el siguiente volumen, autor que estaba rigurosamente vetado.





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