lunes, 27 de abril de 2015

DIEGO ÁLVAREZ MIGUEL [15.777]



Diego Álvarez Miguel 

(Oviedo, 1990) es ingeniero de telecomunicaciones. Previo paso por los concursos del colegio y del instituto 

En 2008 le concedieron el premio Dafne de poesía por su pieza ''Hoy, como todos los días'', Premio Gloria Fuertes de poesía joven, 2012 y XXX Premio Hiperión de poesía por "Hidratante Olivia" en 2015, que será publicado este año.

Ha publicado, junto con su amigo y también poeta Xaime Martínez, el libro de relatos Los mil cuentos de Marcelino Tongo, que mereció el II Premio de Narrativa de la Universidad de Oviedo, además de los libros de poemas Un día, tres otoños (2012, Premio Gloria Fuertes de poesía joven) y Lugares últimos (2014, IV Premio de Poesía Universidad de Oviedo). Ha colaborado en Anáfora, revista literaria coordinada por los poetas asturianos Cristian David López y Pablo Nuñez, y en distintas plataformas literarias. También es miembro fundador del Patarrealismo Salvaje, una curia secreta que aglutina a varios poetas y narradores ovetenses. Actualmente reside en Madrid.



Esperar o buscar

La acción nunca supera al entendimiento.
Nunca buscarte fue tan inútil,
fue tan morirse, hoy,
que ya no muere nadie.
Quieto. Con la cara de un músico,
la del hombre que pellizca con sus dedos
las venas de la noche.

Lo intento, suena
de nuevo ese blues y
yo escribo cartas cuya dirección
son todas las direcciones;
a oscuras, las farolas señalan
el paso de tu cuerpo a la deriva.

Pero el futuro, pienso, se revela en la memoria
si memoria es esa calle en la que vivo,
esa donde nunca parece vivir nadie.
El futuro, pienso, es el tacto
de las canciones que no sé tocar.
El otoño, cuando llega con prisa.
El amor, cuando sólo nos sirve
para tomar café.



ARGENTINA

Después de conocernos
conocimos Buenos Aires.

Hasta entonces, nunca había pensado
en la literalidad de fundirse,
en mi piel derramada por tus pliegues
cuando el día se terciaba rojo en la Patagonia
y no quedaba agua para ninguno de los dos.

Con los dedos incendiados seguías
calcinando los bosques de Palermo
hasta que no nos quedó cuerpo que mudar,
ni ciudad, ni pueblo que prender.

Se puso, a la manera del sol,
América en tu pelo recogido,
y no nos quedó más por conocer
que ese cuerpo vago que amasas
y que no es el mío.

                                    Ahora,
después de todo el amor que levantamos
como quien levanta una ciudad,
te oigo decir con la boca aún por arder,
al oído de ese hombre que no soy yo,
de ese hombre que no te ama como te quise,
que no conoces Argentina.

(De Un día, tres otoños)



EL TEMBLOR

Vienes solo a pedirme algo, cualquier
cosa, que te haga temblar, pero
yo no sé hacer nada. Si acaso puedo
sacar cierto sentido de algunas cosas
por el procedimiento de buscar
palabras precisas, órdenes fijos.
Ya lo ves, solo cosas que no tienen
un fin ni valen para mucho más
que arrancar sin fortuna buenas flores.
Sin embargo, es a mí a quien no dudas
en pedirme que te haga temblar,
a mí, que solo sé temblar de miedo.

(De Lugares últimos)



COMO LOS GIGANTES

He decidido dejar de tratar las noches como una excusa,
porque sé quién eres y sé que haces el amor
como los gigantes,
como un golpe de mar, tan grave,
bajo la tormenta que precede a la guerra.

He decidido quedarme inmóvil en este impreciso lugar
porque es sin duda la mejor forma de buscarte
                                                      si sé que haces el amor
como quien deshace las maletas,
entre las cuatro y las cinco,
cuando parten tus aviones de los ve®sos equivocados.

He decidido llegar a París al modo en el que llegas a mi casa,
en septiembre, dibujando un vuelo extraño,
entre las siete y las ocho,
cuando el café es una despedida y alguien
                                              me aconseja que te olvide.

Y he decidido también dejar de contar las veces
que me llamaste por su nombre,
los sobres vacíos, la luna tan llena
                                              de caballos,
los kilómetros,
porque ojalá alguien viese como yo
de qué manera se encoge el mundo
cada vez que te encoges de hombros. 



HIDRATANTE OLIVIA

«Todo lo que he amado lo he amado solo».
Edgar Allan Poe

Hidratante Olivia,
voy a hacerte el amor sobre un árbol
o más arriba, como lo hace el lento
pájaro de la sombra
y lo hace el ligero astronauta.
Esta noche
voy a dejar abierto el cielo en todas
sus negras dimensiones para que huyas
conmigo hacia los márgenes del mundo.

Hidratante Olivia,
sabes que no vendré en un Audi gris
con asientos de piel de color beige
ni montado en un gran caballo blanco,
pero esta noche –escúchame bien– voy
a dejar una nota de advertencia
en la puerta del alto cielo para

que a nadie se le ocurra molestarnos.



ENCIENDO LA LUZ DE LA MESITA…

Enciendo ta lud de la meseta y
resulta que lla nura es lo istmo;
me tienes acantilado, amor, cerro
no puedo menhir sin arenas verte:
valla a donde playa te pienso, vaya
a donde valle te río; ínsula de ojos
abruptos, me cuencas y me tienes
escarpado. Gólfo decirte que te cabo,
amor mío, pen ínsula, tesoro; dime gólfo
decirte que estrá todo coral por el viento
que tec tónica la piel, colina, mon taña,
cordi llera que estés, espérame, y dime
si re lieves o no re lieves porque
si re lieves, cueste lo que costa pienso
amarte yo también; no cima solo,
ni duna vez, ni dos veces, ni tres,
sino siempre.



EL SILENCIO

En todas las canciones –dices mientras pones
el vinilo en el tocadiscos de tu padre–
hay un instrumento diferente
que no es de viento ni es de cuerda y
que suena entre todos los demás.
No hay músico alguno que sepa tocarlo
ni documentos en la historia que lo expliquen,
pero si me miras a los ojos mientras suena
–me dices– podrás ver que completa la canción
como el aire llena el árbol, como el cielo
hace con la imagen puntual de las estrellas.




EL PAÍS DE AMMYT

Fuiste la noche y te recuerdo porque
trajiste hasta mí el lejano país
donde los ríos discurren hacia arriba
y los mares temerosos retroceden
y se salvan. Te recuerdo porque el cielo
y porque tú y porque nos hundimos
en las sábanas del fuego y aquella
certera botella de vino, con su luz,
nos abrasó urgente las entrañas.
Eras la noche y por eso no te olvido,
porque evitaste ser vista por los guardias
y te reuniste conmigo en el zaguán
para llevarme de la mano hasta la muerte;
tu espalda hermética, tu pecho estanco,
eran la noche y los recuerdo porque
abreviaste mi nombre hasta el punto
de convertirlo en polvo. Y recuerdo
también cómo tu novio llegó mucho
antes de lo que esperabas y cogiste
mi corazón y me dijiste: este se queda
aquí conmigo, tú coge tus cosas y salta.



SI TÚ SUPIERAS

Si tú supieras, de verdad, lo que me ofreces
solo torciendo la mirada, apartando
tu pelo negro hacia la izquierda,
dejándome leer –nuevo braille– en tus labios
las palabras que no salen de la boca.
Si tú supieras, Santa mía, lo que ofreces
mientras te abres paso entre la bruma
de la ciudad sin siglo que es Madrid
como hacen los pájaros nocturnos
en este apartado puerto que es mi vida.
Si tú supieras, en serio, lo que ofreces,
entenderías por qué sigo aquí perdido
entre calles que nunca me acogieron
tratando de agarrarme a todo eso
que no sabes que me ofreces
–y me salva–.





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