lunes, 5 de mayo de 2014

MIGUEL ÁNGEL FLORES [11.618]



MIGUEL ÁNGEL FLORES

Nació en la ciudad de México el 2 de febrero de 1948. Ensayista y poeta. Estudió economía en el IPN. Ha sido profesor en la UAM–A. Colaborador de Casa del Tiempo, Comunidad, Diálogos, El Gallo Ilustrado, La Cultura en México, La Gaceta del FCE, La Vida Literaria, Proceso, Punto de Partida, Revista Universidad de México, y Unomásuno. Becario del CME, 1972. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1980 por Contrasuberna, poemario que se incluye en la compilación Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1978-1987, Joaquín Mortiz/Gob. del Edo. de Aguascalientes/INBA, 1997.


Obra publicada

Ensayo: Horas de recreo, UAM–A, 1987. || Del tiempo que pasa, UAM–A, 1993.

Memorias: Umbral y memoria, Aldus/UNAM, 1998.

Poesía: Cinco poetas jóvenes (colectivo), UAM, 1978. || Contrasuberna, Joaquín Mortiz, 1981. || Ciudad decapitada, Oasis, Los Libros del Fakir, 1983. || Saldo ardiente, Villicaña, Caballo Verde de la Poesía, núm. 5, 1984. || Sombra de vida, UAM, 1986. || Erosiones y desastres, FCE, 1987. || Plegaria, IPN, 1987. || Antevíspera, UAM–A, Margen de Poesía, 1993. || Isla de invierno, UAM, 1996. || Cuerpo iluminado, Letras Vivas, 2007. || Pasajero de sombras, Calamus/INBA/CONACULTA, Poesía, 2007.


Antología: José Emilio Pacheco. Aproximaciones, Penélope, 1984. || Tercer encuentro nacional de jóvenes escritores (colectivo), UNAM, 1984. || Los momentos críticos (recopilación de la obra crítica de Alí Chumacero), FCE, Letras Mexicanas, 1987. || El soldado desconocido y otros poemas (de Salomón de la Selva), FCE, Tierra Firme, 1989. || Más que un carnaval. Antología de poetas contemporáneos, Aldus, 1994. 



Nota introductoria

I

Apreciada en su totalidad, la obra poética de Miguel Ángel Flores (México, 1948) es semejante a una extensa acuarela que concentra las tribulaciones, los deseos, las espesuras; los versos, encabalgados con mesura, eligen la contemplación en lugar del alarido, el ósculo delicado, al estallido de una campana sangrienta; surgen en territorios míticos donde se atrapan ríos, ciudadelas o bosques sombríos, para luego buscar el amparo en el extraño calor de una habitación de hotel o el gobelino celestial cuya franca negrura nos hereda sus fragores estrellados. Esta permanencia de color y fuertes ensoñaciones se descubre firme y creciente en cada libro, estruja con su efectivo decantamiento, nos llama a recorrer provincias inolvidables, obliga a venerar con otros adjetivos el cuerpo que buscamos acariciar o morder, con el fervor de un santo.

Expuesta con oportuna transparencia lírica, la obra, tocada por los atributos del agua, dicta sus emociones gracias a la esencia del duermevela, tras la consumación de la metáfora; nos habla de la idealización del hombre y de la historia, de sus hemorragias y las duras batallas encomendadas eternamente a la fortaleza de la divina providencia.

Como en la visita a los templos, Miguel Ángel Flores pasea con solemnidad por los distintos pasillos y celdas, puede conmoverse tanto con la bella perspectiva de una colina o la comisura de un cuerpo femenino; nunca será un místico pero admira la sacralidad y respeta los designios, los funde a sus particulares homenajes a ciudades y artistas, como lo advertimos en las estampas que se refieren a la lejana y taciturna tarde otoñal de Venecia, la disputa cerrada entre el salitre y el embrujo solar de la severa Alejandría, la saudade para una inolvidable Praga, aquella entidad incomprensible de nuestro siglo destruido: Ámsterdam y el enjundioso perfil del mar Mediterráneo.


II

Desde la aparente fragilidad lírica de Contrasuberna hasta el retorno siniestro de los ecos y los héroes, inscrito en Pasajero de sombras. Tras la reflexión de la travesía y el sueño de Saldo ardiente o el arrebato de espuma y paradojas de Isla de invierno, la obra poética de Miguel Ángel Flores es un espejo de inquietudes que reflejan su espíritu y sus lutos para señalar nuestros pechos o reforzar el estigma. Los personajes de sus sentencias o alegorías pueden ser el genio holandés de la oscuridad y de la luz, Vermeer, el fantástico Eluard, el enaltecido poeta de Praga, Jaroslav Seifert, sin dejar de nombrar al laureado Pound y su hermosa dama marchita.

En cada visita a calles o museos, catedrales o escenarios, patios o playas, entre las virtudes de Edward Hopper y Dante Gabriel Rossetti, crece un lento follaje de maduras palabras, algunas salen desesperadas de los ríos, de la sensualidad del mar o simplemente se elevan por las avenidas para estructurar un viento tranquilo, un cielo de añoranzas o armar solemnes la torre de una iglesia; hablan de huellas y umbrales, del criterio metafísico de las piedras o los naufragios suscitados en la memoria, de los postigos de una casa en la que nos devoran los murmullos. La calle se pierde en la cabellera de una mujer que duerme, el barco avanza sigiloso al corazón de todos los edificios y de todos los lamentos, para fortificar una tristeza, una melancolía persistente.

Toda la ramificación de los versos nos conduce a la desesperanza de los hombres o a su imprecisa algarabía de carnaval, suplican por el sosiego de todos los rebaños sin apoyarse falsamente en las columnas de la santidad, buscan impacientes los tesoros genitales pero no se someten a la fiebre; dueños de la pesadilla y el rumor de la devastación no recurren al detestable efecto complaciente o la imagen de oropeles literarios: es bien sabido que la añoranza posee un don enloquecedor llamado a encender el dolor de los hombres, nunca a curarlos. La angustia, los anhelos, permanecen sin importar el temperamento de los tiempos.


III

El trabajo poético visitado representa una —voraz— acuarela pacientemente elaborada cuyas tonalidades se mecen en un oleaje incesante, sin desbordarse ni forzar el ayuntamiento. Llena de aguas de mar y lenguas, de sudores y nieves, de ríos y lluvias, de salinidad púbica y tempestades, de lágrimas y nubes deprimidas, el color se transforma y atrapa la subjetividad, se retuerce en la armonía y vigila la construcción de cada poema, para otorgar una visión o un mal sueño. Miguel Ángel Flores no celebra, o al menos esconde perfectamente su festejo, sus nostálgicas virtudes son la queja ante la condenación, la zozobra descubierta en el puerto y el triste rumor de las cotidianidades. Todo esto nos confirma que el poeta ha logrado una melancolía poderosa, con numerosos rostros y presencias, insisto, inagotablemente persistentes.


César Arístides



De Contrasuberna (1981)

  


Regreso a casa


Bajamos la colina
        avanzo entre muros 
Sobre ellos crece
        el musgo del olvido

Viento en la tarde
Aromas de una primavera reciente

Algo desfallece
Se enturbia la vida en estas calles 
         signos y señales me rodean

Ante la página en blanco 
Todo es tan difuso

Qué incapaces somos
         de nombrar cuanto perece.

  





Venecia

La tempestad lava el esplendor oriental;
La niebla cubre los imperios de la tarde
Y sobre la plaza
En el incendio de una hoja
Persiste la memoria del otoño.

Paseas, Venecia, la gloria de tu belleza 
Sobre las aguas,
Pero el mar anuncia malos presagios.

Se desatan las amarras, 
Se despliegan las velas 
En enormes alas, 
El vuelo de la melancolía 
Se eleva sobre nosotros
Y de babor a estribor 
Pasan el viento y las horas 
¿Qué faro guía nuestro rumbo? 
Seducción del Adriático:
Más allá la luz y el templo
Que aún es emoción y herencia viva.

La niebla humedece la barca, 
Oh, doncella de las aguas, 
Qué secreto se oculta 
Bajo tu manto.






Nueva Ámsterdam

En las crónicas está escrito: 
La Nueva Ámsterdam fue fruto 
Del engaño y la rapiña.

Hoy: movimiento frenético,
Ventanas que arden entre el aluminio y la piedra
Lluvia y polvo que graban señales.

¿Es ésta la capital del siglo XX? 

Cementerios del consumo y la cultura. 
Calles trazadas a cordel
Y en el centro un parque
Con verde oleaje de tedio.

La gaviota no es escultura de sal
Sino manchado plumaje.
En el lecho marino yacen los sueños
Que la edad industrial ahoga,
Y en la bahía agonizan los peces.

Los muros se elevan con orgullo.
Algún día
Nevará sobre las ruinas. 




De Saldo ardiente (1985)




Verano de 1982
(Claudel visita Praga)


Es sólo una calle silenciosa
Y estrecha como cualquier otra, 
Con empedrado y una breve iglesia 
En el corazón de Stare Mesto.
Se quedaron sin lengua las campanas
Y no se dispersan por la ciudad 
las sílabas de los badajos:
Por decreto Dios tomó el camino del exilio.

Un cuervo hunde su pico 
en el cráneo de un joven petrificado. 
Una anciana se santigua y pasa: 
su fe levanta catedrales.





Catedral

Fue tarea anónima hecha 
Con el fervor del hombre 
Confiado en Dios y sus razones

Una circunferencia y un centro equidistante 
Pétalos de luz penumbra y oración 
Bajo un salto armónico de piedra

Ascendente nervadura 
De piedra
                con piedra 
Y sobre piedra
Nacimiento y resurrección 
De santos y demonios 
Agradecimiento de reyes
Y advertencia apocalíptica

El señor y sus profetas
Y un pie gastado por el beso 
Del peregrino sin reposo
Un mundo inerte que entre sombras vaga 
Cuánta lívida sangre 
Derramada a los pies de la luz 
Cuánta voluntad de martirio.

  




Saldo ardiente

a Marie-José y Octavio Paz


Tras qué colina se puso 
El sol de la razón 
Desastre en llamas 
Quedé inmóvil
           y fui un árbol en el bosque 
Que supo la verdad de cosas nunca antes vistas 
Así escribió en el principio
Y fue su lucha epopeya 
Por el verso exacto
Sin importar las incoherencias

Música cabalgando sobre la página

Y como a otros hombres 
Se le concedió el privilegio 
De conocer el infierno en vida
Círculos del infierno
Descenso tras descenso
Versos de belleza enceguecedora
Entre hojarasca de erudición e impertinencia

Y en el purgatorio de los años postreros 
Aquel poeta dijo que sus referencias
De Venecia ya no coincidían con los Cantares 
Fiera imagen
                      ojo de lince
                                          desgastado tacto

Huésped de la ciudad
Que tiene la certeza de su destrucción por condena
La rebelión de las aguas
Ni renovación ni surgimiento a la vida
Aguas del olvido
Tradición en piedra que la piedra perpetúa

No la certidumbre:
Las aguas borrarán cuanto queda
La única certidumbre: la incertidumbre

Piedras de Venecia: regreso del hijo pródigo
Y celebración de nupcias con el silencio

La Hélade sobre la estrella de David
Así fundó el error
Debió pagar con penitencia
De animal hidrofóbico

Tenía la luna como estampa

          The moon my pin up

La batalla infundía vida al movimiento 
¿Quién habrá de restar y de sumar y escribir 
El saldo con ardientes cifras?

¿Lo habrá transfigurado la muerte?

Intentó escribir el Paraíso 
No os mováis
¿Aún tiene voz el viento? 
Tierra abandonada por los dioses
          Que aquellos que amó extiendan su perdón.






De Erosiones y desastres (1987)




Contra suberna

Yo soy Arnault que atesora la brisa    
Y caza la liebre con buey                  
nada contra la marea                      
Arnault Daniel


Contra suberna
Así contra suberna
Contra el gran aire y la marea
Contra la tarde y el crepúsculo
Así contra suberna
Contra el tiempo
          que erosiona la piel y la piedra 
Contra el sagrado monasterio de la soberbia 
Contra la efímera gloria 
Contra suberna
          hemos de instalar 
Los reinos del sueño y el lenguaje 
Contra la marea
          he de luchar con la tenacidad de las palabras

¿Qué materia memorable 
          erigen los años?


  



Umbral

Se levanta con pies de niebla,
Un viento de invierno cruza los recuerdos.
Es la hora crepuscular, se esfumó la edad ligera,
En exilio, los placeres vagan por los arrabales de la           
    memoria.

Dónde buscar la boca que se abrió incandescente.

De tu ciudad sólo queda un patio

Semanas de lento respirar, semanas de lamentos apagados. 
La conciencia de ser una presencia agria. 
Semanas de mirar fugazmente 
La garganta alucinada del día.

De tu ciudad sólo queda un patio perdurable

Las maldiciones de la edad.
La agonía que ya no concede tregua,
La fiebre que palmo a palmo gana un cuerpo.
Apartamiento de olores y sabores,
Y al fin se cumple el día: 
La invalidez y la condena,
Y tu pensamiento es un surtidor 
De ebrios sueños.
No hubo hartura de vida.
El dorado cabello y el esbelto talle, ¿qué fin tuvieron? 
A triste soledad condenado,
Sentidos despiertos y una vaga sensación de la aguja 
    hipodérmica,
Los ojos fijos en el alba inmensidad de un cielo falso, 
La larga soledad de ocultar el dolor íntimo
Y días que son presencia yerma.

Se adormece el cuerpo, 
La conciencia que se evade
Y llega a un puerto que llaman destino,
Mejor morir en secreto,
Sin testigos que hagan recuento de miserias y de lástimas. 
Ah, morir a la hora en que el día alcanza su clímax. 
El silencio cae sobre ti y muestra un rostro 
Que será fértil territorio de gusanos y de polvo.

De la ciudad deseada sólo recuerdas un patio 
Adonde llegaban hombres con cargamentos de sueños 
Que la dura vigilia emponzoñaba. 
En la algarabía vespertina
Creíste adivinar la bendición de un cuerpo sin mácula.







Alejandría

Otra vez el golpe del sol 
Sobre los muros de las casas.
Otra vez el salitre que avanza
Y come la piel de lo vivo y de lo inerte. 
Otra vez el plato
Y la ración consumida a desgano. 
Otra vez el paseo por la ciudad 
Cuando ya nada se espera.
El salitre toma su ración de tiempo.
Los veleros del verano navegan de nuevo
Y prolongan las ansias de vida 
Más allá de sus amargos sueños. 
Otra vez el sol
Y su elegía sobre el azul del mar 
Que apenas palpita.
Pero tú juntas tus palabras
Para dar nombre al cantar del vencido.
Otra vez el salitre
Y su aliento letal
Que oxida los mecanismos 
De las armas de fuego. 
La ciudad enfrenta los temores 
Que un día anunciaste.

Respiras la tarde. 
De las horas,
Ésta es la que más intensamente 
Consume un cuerpo 
Roído por intactos deseos.






De Sombra de vida (1987)



Jaroslav Seifert 
(1901-1986)

Sentí nostalgia de Praga                         
y me he quedado en ella hasta la muerte
J. Seifert, Praga en el sueño

Es tu verso grabado en cada piedra
Es tu sombra que se confundió con las calles
    de la Malá Strana. 
Es la huella de tu sombra y la piedra en vilo. 
Caminaste entre la historia de tu ciudad 
Y lo que tu mirada contempló se hizo eterno. 
Aguas en perpetuo movimiento: 
la corriente del río empañaba el desgastado
azogue de los espejos 
En el que se miran los santos del puente de Carlos.

Es tu casa donde las piedras 
Abandonan su peso y emprenden el vuelo: 
Torres de Adán y Eva 
Formas asimétricas
    que se pierden en el cielo. 
Terrazas sin sol: 
Todo aquello era el reflejo
    de tus esperanzas y temores. 
La mirada que se petrifica 
Ante las sombras que cubren la ciudad 
En el verano de humo y ceniza.
Fue tu ciudad humillada. 
Fue tu lengua que arrastró 
    la condena del silencio. 
Historia herida.
Las campanas de la Loreta liberan sus tañidos
y una lluvia de oro la envuelve.
Árboles quemados de Kampa en invierno,
Vértigo de follajes en verano.
Manzanas doradas de las torres.
Porque amaste las estatuas barrocas.
Y aunque te demolieran, Praga,
la gloria de tu belleza,
por los versos de Jaroslav,
sería eterna.





Fronda rumor de Praga

Era un monje en desgracia
Que guardaba memoria de la plaga
Danzaba como un poseído
En el atrio de San Vito
Su figura recordaba a los monjes soldados
Orden de San Juan el hospitalario
Caballeros Teutones
Caballeros Templarios
Daba de saltos y recitaba una plegaria
No tenía rostro o su rostro era todos los rostros
Con las líneas ora precisas
ora vagas del sueño
Y su canto cada vez más alto
Se confundía con el rumor de las frondas
De los árboles del Castillo de Praga

Extendía la mano y tocaba un fantasma 
La calle de los alquimistas 
Fue el santuario de las quimeras 
Allí Franz cultivó sus miedos

Es la ciudad que yo canté e inventé 
la ciudad labrada que suma las edades intactas 
El monje en su locura que salta con vértigo 
Anacrónico y actual
Y a grandes gritos convocaba a los incrédulos 
Praga se extendía a sus pies
Y hablaba con un rumor de frondas
Y asomaba entre los dedos de la lluvia

Los jinetes de la peste
También ahí cabalgaron
Nada cancelaba el recuerdo
Las ratas que paseaban
Entre los manjares del último banquete
La última ofrenda de la vida
Ante la ronda de la muerte

Torres de Tyn que surgen entre los vapores
Dibujo en relieve del alarife
En su devoción cabían todos los entusiasmos
Y los rezos hacían que se desprendiera la voz 
Broncínea de la iglesia de la Loreta
Y las torres barrocas emitían la soberbia de 
    sus formas

Apagaban la llama exacta del gótico 
Castigo y condena de jesuitas 
Por la subversión de husitas
Tierra del Vltava 
De inciertos destinos
Avanzaba el agua sin pronunciar murmullos
Su espejo inmóvil de plata añeja
Que reproducía el salto de los puentes
Los jardines íntimos hacían olvidar
La azarosa historia
Un laberinto de puertas
Puerta tras puerta
Guardianes invisibles
La meta era imposible
Correr en pos de las estatuas
Y sólo hallar cenizas 
Ascender con Sísifo
Y otra vez descender con Sísifo
Ser su esclavo y su cronista lo supo Franz

¿Por qué es tan triste la lluvia en Praga?

Praga rumor de frondas

Era el paso sosegado del otoño 
En los árboles de Letna

Pasaba un largo tren y hacía escala 
Apiádate de ellos y de nosotros
Y seguía su viaje hacia la niebla 
Se consumía la cera de los cirios
Y no quedaban manos para sostener los candelabros

Hoy sólo son reliquias las casas de oración

Praga,
         ¿por qué es tan triste la piedra en Praga?
Enjambre de piedras
Y un rumor entre las frondas de Praga
Un rumor que toca levemente los alféizares 
Las fachadas románticas 
Las voluptas de piedra 
El dintel cubista 
Las cariátides
Los relieves de una fauna soñada por los poetas
Es un rumor y es un silencio
Un silencio que cubre como sudario a Praga

¿Escuchas ese silencio
Que impregna las terrazas
Que vacía las calles
Ese silencio que atranca las puertas?

El silencio de Praga
Su lengua seca
El infierno es ese encierro
Atisbar la vida tras los visillos
Apagar la luz tocar a ciegas
Descifrar el sonido de los pasos
Que en la escalera resuenan

Y las estatuas barrocas del Puente
Nos consuelan nos tienden un paño de piedra 
Un fervor o acaso lloren y maldigan 
Las piedras que el tiempo ha oscurecido

Y eres tú otra vez amando tus piedras 
La gracia de tu figura
En severo contraste con la Torre de la Pólvora

Un pájaro se posa sobre mi frente 
Un pájaro de silencio y desaliento

Porque tu belleza es el espejo
De esas líneas de perfecta arquitectura

Y vuelves a ser la lengua de sus campanas 
    y sus lluvias
La lengua de sus exaltaciones y melancolías 
De sus relojes y sus jardines 
De tus abedules y tus desdichas

Porque viví y caminé en Praga
Qué difícil despedirse
Pues te quiero escuchar para siempre

Y el tiempo es una exhalación 
Como la escala del sol en Praga
Y vuela como una golondrina

Y en invierno
Brillan las estrellas de Praga 
Con el silencio de la Piedra
Y de la nieve

Y reposo la cabeza sobre 
Las campanas de la memoria

Y duermo y lo demás es sueño






De Umbral y memoria (1991)




Monumento I

Para eso nos dieron brazos
         para agitarlos en señal de adiós 
Para eso nos dieron voz
         para la oración y el canto 
Para eso nos dieron tacto 
         para tocar esos rostros 
         sin memoria ni eternidad 
Para eso nos dieron palabras 
         para escribir testimonios 
         que repetirá la marea de los hombres 
         cuando hayamos partido

  




Jardín

Había árboles más antiguos que mis padres 
         nunca supe si eran fresnos
             esas llamas vegetales en el valle 
Aún guardo en la memoria el canto de sus frondas

Si recuerdo a los sobrevivientes:
         un laurel y un pino 
Entonces ignoraba que el jardín de la infancia
         se puebla de epitafios 
Yo era espectador de corrientes filiales en combate 
         extraños ritos 
       de negación y encuentros

Te coloco en el centro de ese jardín 
Yo que vi muchos jardines en ruinas
         en la ciudad de tu infancia
         esa ciudad cubierta por la gasa perpetua 
         de la niebla

Eché de menos la lluvia

Los árboles me daban su silencio
         el mar me llamaba a grandes voces 
Yo era un náufrago en mitad de la noche

Tú no me tendiste la mano solar 
         del amor

Y mi único deseo en la ciudad del quebranto
         era la purificación que otorga el olvido







De Isla de invierno (1996)



LITORAL ROCA DE AIRE    verano que siembra 

islas de luz entre los jirones de la niebla 
migraciones del viento    un ancla de tinta 
detiene su curso    en la mañana inmóvil
el día sangra 



EL SUEÑO ES AGUA INERTE    agua de pesadillas    castillo 

de hielo y aflicción    sube a los labios el mar imploración 
al cielo impávido    laberinto    corredor de la memoria 
la persistencia de la arena entre los dedos 



EXTRANJERA DE LA LLUVIA    la tormenta es de arena 

cae la niebla    y el mar acepta su caída 
la oscuridad imprime su pie en la playa    y bajo 
el viento es más desnuda la roca    no hay piedad 
en los confines de su reino 





Ciudadela junto al mar

Hacia el atardecer, agua de cielo
             nos envuelve, oscuridad ultramarina, 
     extraña fruta del hombre ante los ojos 
     (estéril tierra, ¿ardió la hierba en ceremonia 
     de un ciclo?); desde la cima hacia un punto cardinal
el mar y sus islas, tierra adentro, el milagro del valle.
Aquí residencia de los dioses... En tales territorios
entramos —templos de barro— como un laberinto de
      sombras,
sombras de la memoria que se disuelven 
      en el crepúsculo 
      y tocan las manos el misterio

     de una quimera que fue himno en arcilla.
     Caminamos por los desiertos corredores, sin 
desasosiego, sin conciencia de cuerpo y tiempo, ¿somos 
profanadores o peregrinos de la ignorancia? ¿por qué 
miramos con asombro?
     Es el limbo del crepúsculo. Vamos entre corredores de 
la arquitectura y la poesía, con el recuerdo de las piedras
     en el alto 
valle metafísico.
¿Cuándo nuestra mano ha de asir lo que para ellos fue 
      revelación? 
    Parece flotar un lánguido sueño. 
    Todo lo ignora el barro porque es efímero. 
    Todo lo ignora la carne porque es otro día. 
    Agua y tierra para esta morada. 
    Piedra y canto para tus antepasados. 
Comen de mi mano las aves porque así lo dicta el deseo 
    de verano.
Es mediodía porque también vi la ciudadela abras(z)ada 
    por la luz.
Toda aquella jornada en la residencia
    de los dioses (sostenida por la melodía de tu belleza) 
    quedó en naufragio de polvo y de ceniza.

  



De Pasajero de sombras (1997)



Regreso

Volvemos con el peso de la noche
             sobre los fardos de la isla. 
Apoyado en el puente un rumor de sombras teje la
        conversación de los espectros. 
La espuela de espuma rasga la seda del mar. 
Nada vemos sino lo que imaginan las miradas en la
        robusta oscuridad, la inmensa oscuridad en agonía.

¿Con qué lengua hablamos? (También los signos son 
          impuros)
¿De qué hablamos en la noche poblada de testigos?

Algunos parten sobre la levedad de una tentativa, 
              contra la ferocidad de los elementos,
Y caen en el pozo del veneno, tragados por ese mar
              donde otros son los piratas.

¿Y qué nos arrastra en este regreso?

Remamos hacia el piélago de amargura con las velas 
         desplegadas.

¿Nos alimenta el morbo? Atestiguamos cómo colocan 
         una piedra en los aljibes del hambre.

Y a media voz evocamos los años de epopeya cuando
          se acariciaban los frutos

             dorados de la Utopía.

Entonces en la navegación de esas aguas el buzo sacaba 
          de las profundidades sirenas

             de pechos turgentes o perlas de marfil o los 
          colores del arco iris.

¿Por qué en lugar de aire y sol construyeron ruinas?

¿Podrían acaso ellos adivinar o preguntar por su destino 
          en voz alta?

El inventario de quebrantos y penurias quedó inscrito en 
          los informes del alba.

Las aljabas han quedado vacías.

Los dardos fueron certeros en el corazón y el sueño: 
          no cazaban insectos.

Esos rudos hombres dormían sobre las espaldas del 
          verdugo después de elaborar la

               oscura miel de la reeducación.

Para ellos la historia cayó como lluvia de ácido que 
          come el más duro metal de las

               espadas en vilo.

No invoquemos sólo sus nombres para edificar el 
          pabellón de las víctimas,

Busquemos dar algo más que no sea sólo piedad.

Está la isla durmiendo

        sobre la vigilia de las aguas.

El barco navega con el silencio del cisne.


  



Altanoche

Plantada de soles en su dorso
En ardiente soledad los espíritus
Marcaban la vaguada del valle silencioso.
El Central con sed de sangre
Hacía girar los engranajes sin lubricante
Y ductos ruinosos vomitaban pesadillas 
Rayadas de dolor con gritos sin ecos.

Fuego sin reposo del mediodía. 
Fuego de una ciudad ya sin tiempo.
Y también allí un paraíso 
Detrás de altos muros de artificios 
Que rodean el vejado jardín.
Un aliento de verano sacude las ramas 
Que acarician un cielo también ajeno. 
Se asoman al pozo hombres sin rostro
Y con almas arropadas de sol. 
El flamboyán tiende su cerco 
De luces y astros vegetales
Y no era escasa la cosecha de cruces.

Cesó ese coro con su algarabía. 
Se apagó un firmamento de voces.
Ni música ni ruido 
Habrá de perturbarnos. 
Despierto ya en altamar del sueño
Abandonadas ya las dársenas de la muerte 
Tal vez a otra muerte ingresemos.


  

Ilona

Combatían el mar y el río
Por el imperio de las aguas
Y la luna y el sol marcaban
El ritmo de las grandes marejadas
Y quedaba la piedra herida por el viento
El unicornio apoyaba sus pezuñas
En las estribaciones de las nubes
Y hundía su cuerno en lo más profundo 
De la noche genital
Ardían las estrellas como las piedras 
Sobre la oscuridad de Lisboa
Y había una danza de ángeles en arrebato 
En torno al sol de tu pelo
Y un desplome de adioses 
Naufragaba en el muelle
De las columnas









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