martes, 24 de enero de 2017

ARACELI LACORE [19.893]


ARACELI LACORE

Araceli Lacore (Azul, Buenos Aires, 1985). Es profesora de inglés y traductora literaria. Desde el año 2010 reside en Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su pasión por la poesía comenzó a temprana edad. Escribió su primer poema a los 8 años y el mismo fue publicado en el diario "El Tiempo", de su ciudad natal. Se dedica a la docencia y colaboró con la revista Buenosaires Poetry, para la cual tradujo poemas de Alan Jenkins. 

En abril de 2016 editó con Peces de Ciudad su primer poemario, El viaje. Participó en el Festival internacional La Juntada, organizado por APOA (Asociación de poetas argentinos).




De El viaje (Peces de Ciudad Ediciones, 2016).



Resignaciones

No quiero,
pero voy a vendarme los ojos por un rato
y evitarme una muerte temprana.



Almohadas

Siempre dormí con tres almohadas. Una para apoyar la cabeza, otra para apoyar la almohada en donde apoyo la cabeza, y la otra quedaba tirada, generalmente, en los pies de la cama.

Hace unos meses, la de los pies, se trepó a mis rodillas. No me incomodaba. Después se metió entre mis piernas. Se sentía bien. Hasta que un día se metió entre mis brazos.

Sigo durmiendo con tres almohadas. Una para apoyar la cabeza, otra para apoyar la de la cabeza, y la otra, para soportar tu ausencia.


La casa

Una casa amarilla
se dormía encendida
entre jarras de vino
y dolores de espalda.
Una siesta infinita
entre tazas de té
y un pullover de lana.
La crueldad del amor
y sus ojos claros,
los cuentos
y las guitarras.
Pocas veces lo vi tan triste
como en el final
Sé que tenía miedo,
todavía me acuerdo su cara,
el bamboleo de esos ojos
ahogados en dudas.
El olor a suero viejo,
la cama.


Obituario

Creemos que cuando algo muere,
muere. Despedimos su partida
con profundo dolor.
Hemos matado a la muerte
solo por muerte,
suponiendo que es más cruel que la vida.
Le hemos puesto fronteras
a la cal y a la arena.
Somos asesinos
de lo imposible.


Viajar con los ojos abiertos

Alguien viaja con el rostro pegado a la ventanilla del colectivo. La piel se abraza al cristal tibio mientras, del otro lado, el mundo sigue su curso incierto.

Es una escena común. La más común de las escenas que, sin embargo esconde algo fundamental: desconocemos lo que murmura ese rostro. Una delgada voz escapa de ese alguien que viaja con el rostro pegado a la ventanilla del colectivo. Algo dice, en efecto, como todos los demás rostros que viajan agazapados en sí mismos de un punto a otro punto de la ciudad. Algo tiene para decir(nos). Y eso que se dice, eso que se deja decir, permite que el mundo (ahí afuera, recorriéndonos) sea.

Algo similar ocurre con lo que sucede en un poema: una voz emerge de un punto móvil, que se cuela entre las calles con metálica resistencia (la resistencia de la lucha o del sueño) y dice - se dice / ¿nos dice? - algo que traspasa el cristal: nos encuentra.

Hace un tiempo leer poesía se convirtió en un ejercicio de separación más que de encuentro, donde el tamaño corpóreo de las palabras importa más que la intensidad y la transparencia de la voz que las pronuncia. Y es esta (para mí) una palabra clave: transparencia.

transparente, trasparente

adjetivo

1.
[cuerpo] Que deja pasar la luz y permite ver a través de su masa lo que hay detrás.

Fue Leonard Cohen quien aseguró, como una certeza sin margen de error: "Hay una grieta en todo / así es como entra la luz". Sería prudente preguntarnos si el poema que leemos debe cumplir la función de entregarnos un poco de luz. ¿Debe ser el poema un luminoso objeto que esclarezca el mundo, a través de resplandecientes palabras?
Muy por el contrario, corremos la suerte de que existan poemas que, en lugar de proponerse iluminar, se encargan de abrir con uñas y dientes las grietas por donde se cuela lo oculto. Poemas que, como tajos vívidos, contagian ese abrir, y dejan ver - queramos o no - que estamos también allí, siendo palabra y parto.


SACUDIR

Sacudir las manos
sacudir las piernas
sacudir los miedos
y las amarguras.
Arrancarme tu olor a sacudones.
Sacudir el estómago
y vomitar
Sacudir el cuerpo hasta despedazarlo
y con los pedazos abonar la tierra.
Sacudir el polvo de los huesos viejos.
La sangre de las viejas venas.
Sacudir al tiempo
para que regreses.
Sacudirlo todo.
Sacudirme entera.


El poema, perteneciente a El viaje, de Araceli Lacore (Peces de Ciudad, 2016) muestra lo que intento decir: una acción viva que viaja (que va de un punto a otro y no es su misión mantenerse estática en ornamentales anaqueles) y deja signos de quiebre a su paso. No es esta una poesía tranquila. Se trata, más bien, de una definición: esto es, este decir, este tiempo que se dice, es lo que viaja.

Treinta y cuatro poemas, en su mayoría breves (algunos: un par de líneas) muestran con la ciencia de la claridad y la rapidez una lectura que avanza. Escenas privadas que ayudan a conformar un cuadro, un mirar (o un modo de ver); claros paisajes del pasado que se disfrazan de objetos comunes (Una mirada llena de dolor / y los ladrillos rojos de tu casa) funcionan como signos de una extraña familiaridad. También hay aquí un cúmulo de palabras que ayudan a entender mejor ciertas cosas: como un pequeño espacio (leer un libro es un espacio de encuentro, claramente) en el cual nos ataja una respuesta - final o provisoria - sobre aquello que combatimos.


Yo te voy a contar lo que es estar solo

La soledad después de masturbarse.
Prender un pucho y fumarlo solo.
Abrazar la almohada
y creer que estás ahí,
entre el poliéster
y mis dedos arrugados.
Reemplazar ausencias con cosas que no escuchan.
Tener un orgasmo,
y olvidarse. 


Dejemos en claro que es este un libro que no permanece en quietud. Va de un lado a otro, y su velocidad es tan alarmante como su forma directa de pronunciarse, de presentarse ante la multitud. Los dos sabemos intercambiar con la lengua / fragmentos de veneno, dice en un poema contundente ("De a dos") donde el encuentro es la otra dimensión de lo ya dicho, lo que existe y no puede ser eludido. No puede disfrazarse la poesía de mágica lentitud: se deja llevar y se deja nombrar. Aquí las cosas tienen nombre, los objetos y las distancias, las presencias y las ausencias están nombradas de principio a fin. No se alude a viejos retratos de sentimientos: se los vive en carne propia (Elijamos olvidar por un rato / pero sólo por un rato / este mar de incertidumbre). Y nos haría tanto bien leer con la misma pulcritud, libre de vanos ornamentos pero repletos de ideas.
Porque en estos poemas hay una cantidad alucinante de ideas, algunas pequeñas y reconocibles que sirven de puente para acercarse a quien narra (detalles de ciudad, capturas de lo cotidiano) y otras grandiosas y oscuras:


Insomnio

No tengo sueño.
Quiero escribir sobre vos,
hasta que se me caigan las pestañas
y se me pulvericen los ojos.
Te mereces todo mi insomnio. 


De un modo u otro nos llega la luz. Así sea una luz un tanto dolorosa, con forma de relámpago. Sin duda este es un ejemplo. Mordaz, crudo. Un rayo, mortal y hermoso.

Publicado por Mario Flores. http://magiacaracol.blogspot.com.es/






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