miércoles, 28 de enero de 2015

ALEJANDRO BACA [14.594] Poeta de México


Alejandro Baca 

(Estado de México, 1990). Ensayista, crítico y poeta. Director del Colectivo Órfico de Poesía. Director del Proyecto Centauro de Cine-Poesía. Coeditor en Cuadrivio Ediciones. Forma parte del consejo editorial de la revista Ritmo de UNAM y del consejo editorial de Proyecto Almendra de INFOCAB Ha publicado narrativa, poesía y ensayo literario en periódicos y revistas como El Columnista, El Clarín Puebla, Revista Ritmo CCH, Suplemento cultural Laberinto, Revista Flint, Invisible Gazzete, El Avispero, Revista Moria, entre otras. Ha sido publicado en las antologías de poesía nacionales e internacionales. Publicó el poemario“Apertura del cielo” en editorial Naveluz (proyecto de UNAM).



Instrucciones para olvidar un sueño

a Clyo

(el aro que corona
todos los eclipses)

La pelota que arrojé
cuando jugaba en el parque

aún no ha tocado el suelo.
Dylan Thomas


I

Sujeté la cabeza de Cardín, y mis manos se empaparon tan pronto, y tan tibio, que recordé aquella vez que soñaba. Cuando la luna fue luna, el viento viento; y no hubo un ave, reptil o licántropo que me hiciera pensar que estaba soñando. Lancé una pelota contra la pared y pasé toda la noche jugando conmigo mismo.


II

Cada que lanzaba la pelota ella volvía; yo la lanzaba y ella volvía; yo la lanzaba y Ella me hablaba con su voz de panal de abejas.


III

Esa noche comprendí que el mundo se fragmenta y se desfragmenta constantemente. Para asegurarme lancé una piedra hasta lo más profundo del océano. De la piedra se hicieron ondas y de sus bordes brotó la marea. Por la mañana desperté entre las ruinas de un castillo de arena y supe que yo había sido el responsable.


IV

Porque dormir es morir un poco, me dijo, con su voz de panal de abejas. Desde entonces, paso un hilo enhebrado a través del ojo de la aguja y lo paso a través de mis labios, para que al dormir no revele los secretos de la noche. Por eso, antes de dormir paso un hilo enhebrado a través de mis párpados, porque temo morir con los ojos abiertos.


V

Y así pasé los días esperando bajo el dintel de la puerta o caminando por las calles que un día fueron el límite de los bosques de coníferas. Caminando por las grandes avenidas e imaginando que un día pasaron por ahí enormes ríos de agua salada que derribaban todo a su paso. Alguna vez, en mis rondines habituales, me alejé tanto del dintel que no supe volver a tiempo y tuve que dormir a los pies de una farola.


VI

Porque no es lo mismo dormir bajo un árbol de granada que a los pies de una farola.


VII

Esa noche, desperté sobre un tren. Sobre la fría estructura de un demonio que avanzaba destrozando el pavimento de las calles y las aceras, pasando sobre las glorietas y los edificios.


VIII

La destrucción tiene un nombre que usa dieciocho veces la letra -Z-


IX

Como el silbido de las víboras, íbamos de una ciudad a otra tragando la luz de las luciérnagas. Lo sé porque, lleno de curiosidad, devoré sus alas rotas. Mi lengua se cristalizó.


X

Con la boca sangrando [esporas] y las manos heladas por sostenerme de la locomotora, grité, Cardín, tu nombre. Grité y grité tu nombre, hasta que mis dientes fueron el sándalo que arrojan sobre los ataúdes. Hasta que mis brazos fueron el motor de una máquina imparable. Fui la locura de bosques, el humo de las calderas. El movimiento constante:

La máquina destructo-creativa.


XI

Aquella mañana desperté al centro del último Solar Baldío. Las uñas de mis manos pendían de mi propio cuello y el sabor del azufre enervaba. Esa noche comprendí que uno puede morir mientras duerme y que tú te habías ido lejos.


XII

Aquella tarde desperté entre cuatro paredes blancas.
Al interior de un dado que no paraba de menguar.


XIII

En las tierras del Este se encuentra un mar aprisionado: la más profunda de las cordilleras. Y en su interior duerme las más formidable de todas las bestias; esa criatura que nació de las gotas de semen y sangre.

[sangre] ≠ [semen]

Y así nació el mar del Aral.


XIV

Cuando la lluvia es breve la tierra se humedece y despide un olor a barro del que se nutren todas las almendras.


XV

Con la garganta seca y los labios partidos corté las letras del periódico que me traían cada mañana y escribí tu nombre en el rincón más alto de las vitrinas. Ahí guardé tu nombre para que no lo pisotearan las hormigas.


XVI

La última noche soñé que soñaba. Las montañas, precipicio del que se arrojan las urracas, giraron sobre sí para darme la espalda. Entonces pude ver que mi lengua seguía cristalizada y las esporas brotaban de todas mis cavidades.


XVII

Aquella noche soñé que soñaba y desde el puerto zarpaba una nave vacía. Se dirigen al Aral, me dijo. Fue entonces cuando te vi con tu rostro pintado de verde, con tus ojos negros y tus labios rojos y cuarteados.


XVIII

Fue entonces cuando te vi, con la mirada de una niña que corre asustada por haber sangrado mientras dormía.


XIX

Arrojé la pelota a tus pies para que me la regresaras, para que la volviera a lanzar y así hasta que me hablaras con tu voz de panal de abejas. Las montañas giraron para darme la espalda, el cielo se hizo un fractal convexo y tú giraste. De tu espalda nacían un par de alas interruptas.


XX


Yo devoré tus alas y mi lengua era un cristal partido.


XX(I)

Sujeté la cabeza de Cardín y mis manos se empaparon tan pronto, y tan tibio, que recordé aquella vez que soñaba. Cuando la luna fue luna; el viento fue viento; y no hubo un ave, reptil o licántropo que me hiciera pensar que estaba soñando. Lancé una pelota contra la pared y pasé toda la noche jugando conmigo mismo.






[Mi patria es el diluvio]

Mi patria es el diluvio
que no terminó de caer
alguna vez
en alguna parte.
El temblor de los trenes
por la mañana,
esos trenes de arena
que delinean
las mañanas
de las tardes,
las tardes de las noches.
Mi patria no es de pan y vino.
El vino lo bebemos,
el pan lo almacenamos
en alacenas derruidas.
Mi patria
son las alacenas derruidas
que nos alejan
de los gusanos-devora-sueños.
Es la madera carcomida
de sol y sombra.
Mi patria es la lluvia
que hizo de la alacena
un hervidero de musgo.
Mi patria no es el musgo,
es la combustión
y el desconsuelo.
Algunos que como yo
escapamos del derrumbe
acomodamos la humedad
que se forma en nuestras sienes
y nos preguntamos
¿quiénes somos?
también nos preguntamos
¿dónde somos?
por último nos preguntamos
¿qué somos?
Nos sabemos tan perdidos
como el pan que nos forma,
nos sabemos al vino agrio,
a la ventisca.
Sabemos que afuera llueve
y cada paso
es un dado arrojado al abismo.
Un siete.
Un grito exorbitado que se pierde
en la intermitencia de los grillos,
en el diluvio que alguna vez
no terminó de caer.
Mi patria no es mi lengua
pues los que abandonamos la colmena
nunca nos comprendimos
con el resto de los refugiados.
Hoy nos reconocemos
al tocar nuestra espalda,
al tacto helado que nos enmascara.
Mi patria es el camino,
los cuarenta días,
las cuarenta noches.
Mi patria somos
y nosotros somos
los que comemos,
bebemos
y nos formamos del diluvio.
Las gotas secas,
la intermitencia.
Alguna vez alguien nos habló
de las tierras blancas
de las tierras de miel tan agria
que empalaga.
Ese día algunos creímos.
Ese día comenzaron las preguntas,
el camino,
y mi patria
fue el temblor
de los trenes
por la mañana.





[Ángeles vuelan...]

Ángeles vuelan cerca de mis manos,
en las llanuras incandescentes
se respira el olor a barro
con el que moldearon las figuras
de mis ojos
y sólo un aleteo bastó para formar,
de las grietas,
el holocausto seminal
del que hoy brotan las almendras.




[Los ángeles vuelan]

Los ángeles vuelan
cerca de mis manos
se esconden
en el parpadeo de las mañanas
en las turbas revoltosas
de las aves tormenta que en gris
se desvanece
los ángeles viven en abril,
en sus lluvias de sol
y viento,
en el azul de sus faros rotos.
En las heridas de los niños
que guardan navajas en las cicatrices.
A veces quisiera gritar un poco,
olvidar mi nombre,
recordar los meses fríos,
la aridez del pavimento,
y antes de arrancar tres letras
de mi cuello aparece Abril
y los ángeles vuelan cerca de su rostro.

Las flores se marchitan
ante la exhumación del viento
y de la blancura del invierno
sólo queda la mirada
en la que se bañan todas las palomas.





[Tiro los ruegos]

Tiro los ruegos al viento
y sólo la luna refleja los rostros
carcomidos por las charcas.
Una noche creí escuchar al alba
posarse en los alambres
que se enredan
frente a mi ventana,
sólo era un ave.
Un ave que se miraba en el agua
estancada
con el rostro de la noche y plumas.





[Alguna Vez]

Alguna vez has sentido que la noche
te aborda
por la comisura de los labios,
y se esparce entre los andenes
de un cuerpo siempre paralelo.
Has sentido el frío;
te pregunto,
el temor, el miedo.
La inexorable tristeza de no saber
la hora exacta
del amanecer o del ocaso.
Cuando el repetido e incesante
goteo
de la lluvia que se ha ido
se cuela por la ventana,
y sordo te preguntas
si todos los naufragios iban cargados
de piedras preciosas
o sólo llevaban troncos partidos
para apuntalar las fortalezas.
Yo sé que lo has sentido,
sé bien que tu espalda ha temblado
y te has enroscado del dolor
bajo los árboles sin sombra,
que sembrados una noche de verano
nos enmarcan.
Sabes tan bien de la intermitencia
de los ríos
y la dieta de las sirenas
(que nadan en la gruta).

Y todavía te atreves a llorar frente a mis huesos.





El espíritu de los centauros (fragmento)

Carta I

Cuando los barcos partieron; nosotros, el musgo que crece alrededor de las catedrales habíamos terminado de cubrir todas la letras, éramos el olvido, y la lluvia que se alejaba nos mostraba la vida en un chubasco. Nadie recordaba los empedrados caminos que nos devolverían a nuestra patria, agradecíamos cada piedra pintada bajo el canto del cenzontle. Era la danza de la armónica. Habíamos perdido el camino y la voz del norte era cellisca negra, pólvora y cal.




Carta II

Cuando, secos, los tallos se fundían con los pastizales adoquinados y las estepas formaron un paso al cielo, comprendimos que la fuga era imposible desde el arco quebrado que nos enmarcaba. Éramos las flechas clavadas al suelo y el verano terminaría muy pronto.












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