viernes, 2 de enero de 2015

JOSÉ CHAPA VALLE [14.394] Poeta de México


José Chapa Valle

Nació en McAllen, Texas el 4 de Julio de 1990.
Es mexicano por elección.

Obtuvo el primer lugar en el Noveno Concurso de Creación Literaria Interprepas, llevado acabo por el Tecnológico de Monterrey.

Autor del poemario Pájaros de pólvora, editado por La Fragua en el 2009.
 Sus poemas han aparecido en revistas literarias de México y Estados Unidos, entre ellas Luvina,  Tierra Adentro, Mandorla y Acentos Review. Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila en el periodo 2010-2011. Radica en McAllen, Texas.




-sin titulo-

Las mujeres se arrepienten en mi cama.
Los calendarios las traicionan,
caen las estatuas que levanté en sus templos.

Luego el espejo,
mis manos,
mi boca de oscuridades quebrantables
bajan la cabeza.

Es cuando Atlas pierde el equilibrio.





Sobres.

Hablan de una acrópolis,
de un mar cantado a media noche.
Del alma de una ruina que se extiende:
alfombra de una casa,
azotea a la deriva,
lluvia de una tarde casi ajena.

Se amontonan bajo la puerta,
notas musicales para sordos
que cantan sin compás la melodía.


Cada vez son mas distantes,
mas pintura de unas alas
tras el espejo.

Como recuerdos

o postales.






Uno no escribe.

Despierta en la boca de un instante
que olvidó morir,
señala
los cuerpos mutilados del silencio.

Uno corrige
los errores de etiqueta:

para decir tiempo

....rueda

para mujer

....de/lirio.

Uno besa el asfalto,
para fundir sus labios al cielo.

Encuentra
las sombras de una muchacha,
cuyo nombre escapó de la memoria,
en el primer tren de los cuerpos.

Uno no escribe

                  apunta las voces de la vida.





Campbell’s 

Marilyn Monroe
a punto de matar al presidente

es tan sexy con sus guantes de piel negra,
su larguísimo rifle de precisión,
su cabello rizado hasta el mañana.

La cera del cielo tejano
la tiene sudando un estrecho manantial
y entonces dispara:
sus ojos no son llanto ni ternura.






Confesión

Amo la soledad con que esta casa queda firme,
amo el silencio: enjambre de motores tranquilos,
a las mujeres que en lugar de pupilas
tienen abismos de manglar, vidrio roto,
a los hombres que llevan su cansancio
escondido en la garganta,
a los de ningún sexo, también,
que siempre están huyendo del mar.

Amo todos los restos del incendio controlado que es la vida,
y el amor con que los amo
es granizo acumulado en las banquetas.

Lo que no puedo amar, por más que quiera,
es la necesidad de encontrar mi propio rostro
entre todas esas cosas,
como si la hierba o el asfalto humedecido
fueran fáciles espejos.







Itinerarios

Para el Woolrich.

Jaime y yo somos el mismo.
Nuestros ojos son cafés como el exilio,
nuestra voz desordenada
como ese tumulto de piedras diminutas que es la noche.
Ambos esperamos la misma cosa, siempre:
un pájaro estrellado en nuestros sueños respectivos,
una muchacha que ofrezca la hostia de su cuerpo,
un padre que llegue en tren con una caja de regalos.

La diferencia es que él
sí sabe evocar esos incendios:
entre cada palabra suya
una mujer doblando las rodillas,
una pluma de paloma,
el delirio reposado y repentino
de quien descubre que ya nadie viaja en tren.





Sequía

Ni una mujer que conozca las raíces de mis ojos,
ni una rubia que guarde en su liguero
un papel doblado con mi nombre.

Hay tanto mito de ciruelas en sus cuerpos,
tanta violencia lúbrica en sus labios, nenas,
que el no tener a ninguna de ustedes
resulta peligroso.

Se parecen demasiado al agua,
son formas apócrifas de ella,
de la tristeza prolongada
y de los patios con un olor a higos.





Página en blanco

Ayer me dijiste que te sentías decepcionado
porque en tu piel no hay espacio suficiente
para tatuar todas las cosas del mundo.
Que si por ti fuera, en tu espalda
imprimirías con tintes de rojo y amarillo
el rostro de tu madre.
Una catedral destruida en tu rodilla,
el baile nervioso de los muchachos
en la planta de tus pies.
Las ciudades donde siempre cae la nieve
las dibujarías en el lado izquierdo de tu pecho,
el mar sobre tu lengua,
el nombre de la misma mujer
en cada uno de tus dedos.
Que harías de tu cuerpo el recuento
de todas las fotos que tomas en sueños.

Qué pena, dijiste,
ni la memoria ni mi carne bastarán.






LENGUAS MUERTAS

I

Somos guerreros de Macedonia,
marchamos con los ojos vendados
a la conquista de un imperio arenoso, un imperio
de lagunas que evapora
el solo deseo de saciar la sed.

Dejamos atrás, en Gaugamela, medio millón de hombres
que el rey persa
nunca podrá sepultar. Sus guardias le abrirán la garganta
por traicionar su propia nobleza.

Pero esta guerra ya no es contra los hombres.
Nuestro enemigo es el desierto
y ahora mismo nos devora.  Es un ejército de sal
que abarca el horizonte, territorio
donde el sol se desangra, donde llueve
la sangre del sol.

Según los profetas
éste enemigo

asesinó al mar
en un tiempo de titanes.



II

¿Qué siente un hombre que ve
por primera vez
un elefante, tres elefantes
galopando hacia él
con jinetes de armadura sobre el lomo, qué imagina
sino su propia ciudad
en llamas, su rostro reflejado en las columnas de los templos,
sin ojos, con la boca abierta; qué siente un hombre al escuchar
ese alarido animal, ese temblor
de tierra; si acaso le da tiempo la estampida,
qué le pide al dios de la violencia, qué oración
puede afilar
su lengua bizantina?




III

Escapamos de nuestro general
y en la punta de Italia cambiamos nuestra armadura
por pasaje hacia Egipto. Los piratas que nos llevaron
a través del mar
no hablaban nuestra lengua, y aun así entendimos
que no era el metal de nuestras cofias
ni el filo vertical de nuestras armas
el objeto de su ambición; nos llevaban a Egipto para vendernos
como esclavos. Ninguno de nosotros protestó
pues ya estábamos atados a un trabajo
y no puede haber,
ni en Memphis ni Galia,
trabajo más duro que matar.

La travesía fue larga
y cada tanto mirábamos las olas
para pensar en las legiones, qué fuego llevarían hasta los pueblos,
qué tierra regarían con la sangre
de aquellos que les opusieran.

Nada significaba eso, en el mar,
donde los muertos simplemente
se tiran por la borda.



IV

Aníbal cruzó los Alpes
y trajo consigo las bestias. Hombres pintados de azul,
que feroces en su desnudez, gritaban por los huesos
calcinados de su linaje. Trajo elefantes, flacos y con pupilas tristes,
enfermos por la terquedad. Caballos cubiertos de hierro negro,
más negro que la sangre, con flores doradas en la frente. Aníbal cruzó
los Alpes, y trajo consigo la barbarie.

¿Cuántos romanos yacían
sobre los bancos del río Trebbia
cuando el sol se puso? ¿Fue Aníbal
quién lo hirió
o fue la vista de tantos hijos con la carne abierta,
vaciándose en el agua, y los mercenarios ibéricos
bebiéndola despacio
lo que mató al sol ese día?

Aníbal cruzó los Alpes
y trajo consigo la histeria.
Las mujeres se volvieron frígidas
entre las sábanas de Roma,
los viejos ayunaron, los niños dejaron de dormir
y el senado secretamente
se despidió de su república.

Su nombre se multiplicaba
en infinitos labios: Aníbal,
Aníbal como lamento,
Aníbal como  promesa.







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