lunes, 1 de agosto de 2016

LILLIAM MORO [19.009]


Lilliam Moro

Nació en La Habana en 1946. Estudió en el Instituto Pedagógico Makarenko y en la Facultad de Letras de la Universidad de La Habana. En 1965 obtuvo el primer premio de poesía en el concurso celebrado entre las facultades de Letras de las tres universidades de la Isla. Fue profesora de Literatura en preuniversitario. Formó parte del grupo de Ediciones El Puente. En 1970 se marchó del país y vivió 41 años en España, dedicada a la edición y las artes gráficas. En la actualidad reside en Miami. Sus poemas han aparecido en antologías de España y EE.UU.

Poemarios publicados: La cara de la guerra (Madrid, 1972), Poemas del 42 (Madrid, 1989), Cuaderno de La Habana (Madrid, 2005) y Obra poética casi completa (2013).

En 2004 su novela En la boca del lobo fue premiada en Madrid y publicada ese mismo año. OBRA POÉTICA CASI COMPLETA recoge lo publicado y lo inédito de 50 años, excepto lo que se ha perdido por los avatares del destino.



La poesía de Lilliam Moro, “donde la trama y el estilo y la vida / son una misma cosa”, es el diálogo inquisidor de una conciencia ardiente traspasada por el desconsuelo, el impertinente paso del tiempo, la noche abulense, el amor y el desamor, con dudas, interrogaciones y perplejidades. Los accidentes del alma transcurren como si la sencillez y la “palabra en el tiempo” de Antonio Machado crearan una nueva objetividad que no impida “un destello que ciegue, / que contenga el misterio / y que nos corte la respiración”. Es una poesía que habla como en ningún otro de sus contemporáneos.
Pío E. Serrano



PIEDRAS EN LOS BOLSILLOS 
DE VIRGINIA WOOLF

Las toscas piedras llenaban tus bolsillos
porque no pretendías quedar flotando
como la dulce Ofelia.
El bastón lo dejaste colocado en la orilla
sobre la hierba húmeda.

El río te aguardaba.

Los aviones enemigos sobrevolaban
el cielo gris de Londres.

El río te aguardaba.

La gasolina escondida en el garaje
dispuesta para arder
antes de que tumbaran a patadas tu puerta
resultaba una opción demasiado dramática,
estridente.

El río te aguardaba,
te prometía un tránsito discreto
arropada con algas,
acompañada de diminutos pececillos.

A veces pienso
que quizás el impacto de tu cuerpo
con el agua tan fría
te hizo reaccionar,
pero ya tus gélidos y agarrotados dedos
no pudieron deshacerse con rapidez
de las pesadas piedras;
y fueron incapaces de mantenerte a flote
los adjetivos exactamente colocados,
los nombres tan cuidadosamente escogidos
en cada uno de tus párrafos
en esas construcciones sostenidas por un hilo invisible
donde la trama y el estilo y la vida
son una misma cosa;
no te ayudaron las últimas pruebas
que corregiste con esmero,
la desazón, las dudas ante un final que no te convencía
en tu última novela.

Este final tampoco.

Pero ahora te estás hundiendo sin remedio.
Imposible la segunda edición.

Lo primero que encontraron fue el bastón en la orilla.



LA HABANA

Para Glendys Cambero

Como el amor
te adhieres en el alma con tu susurro melancólico.

Decir amor es recordarte
abrazada por álamos suntuosos,
con raíces que escarban tenazmente la tierra
buscando un asidero contra el feroz olvido.

Ciudad enardecida
entre densos vapores de sudor y lavanda,
te aquietas, sin embargo, aletargada, soñolienta,
con la apacible dejadez del verde humedecido
de tus jardines descuidados.

Te vuelves múltiple y diversa
en las piedras estoicas de las columnas y los muros,
los muros de las casas desvencijadas, carcomidas,
de puertas siempre abiertas,
con paredes rajadas por la desesperanza,
piedras que van cayendo con discreción solemne
al compás de la ruina,
como sordos latidos de un corazón exhausto.

Sembrada en adoquines o en asfalto,
impávida ante el tráfago de almas o gorriones,
transitada por miedos vestidos de paisano,
te alzas crepuscular, magnífica, maltrecha,
con tu belleza mórbida embadurnada de consignas.

No importan la erosión del polvo y el salitre,
la sordidez de las perennes cucarachas,
las aguas pestilentes,
los amorosos perros abandonados a su sarna,
los gatos del terrible festín de los hambrientos,
los cuerpos que se compran y venden por las sobras:
ciudad de socavones como desgarraduras
de un alma que no sana,
que no puede cerrar su herida, su desastre,
cada día aumentado como un remordimiento.

Oh ciudad dibujada con volutas de humo,
movida por el son que conjura la muerte,
nacida de la cópula del sueño de unos dioses:
ángel de la bahía,
alas empegotadas de melaza y penuria,
vulgaridad y alcohol,
permaneces, no obstante, con tus muertos ilustres,
con tus medias palabras contra toda retórica,
porque lo tuyo es resistir.

Quiero decir amor pero digo La Habana,
su metáfora.



JOSÉ LEZAMA LIMA

Para Vicente Báez

dónde los libros,
los empolvados, los queridos;
dónde el helado de fruta en sutil equilibrio
sobre el barquillo tan crujiente;
dónde la brisa que casi apaga el oloroso habano,
la Avenida del Puerto, las tardes de aquiescencia,
y esa tranquilidad crepuscular que mitiga la sordidez del día;
dónde la bondadosa porcelana,
el diario milagro del café,
la taza pequeñísima que aún quedaba visible
entre los grandes dedos;
dónde las madrugadas del asma recurrente,
el horrible pitido entre pecho y espalda,
dónde la medicina que siempre llega tarde
de tan lejos, tan lejos;
dónde las confituras,
el festivo papel de celofán hecho para envolver todo lo efímero;
dónde la madre;
dónde aquellos amigos —los de entonces, los únicos—,
que se fueron marchando poco a poco
sin ruido de palabras;
dónde los manuscritos importantes,
y los menos también, el simple y olvidado papelito,
el apunte fugaz,
el verso suelto que no llegó a ser parte de un poema,
quizás escudriñado ávidamente
ahora que ya no estás para prohibir la entrada
a los esbirros ilustrados:
que no entren, no, a esa casa
en una calle de simbólico nombre: Trocadero;
dónde los libros dedicados,
los huérfanos zapatos,
las cartas de Eloísa;
dónde el miedo, Maestro, siempre el miedo
cuando entre madrugada y madrugada
ibas creando el Paradiso.

Estos poemas pertenecen al libro Obra poética casi completa (Editorial Silueta, 2013)


LOS CORAZONES DESBOCADOS

Hemos andado por la vida
comiéndonos el mundo,
haciendo fuego de los días
y fogatas con el calendario.
Nada teníamos, nada podíamos perder.
Sólo contaba el hoy.
Demasiado aspaviento.
El futuro llegó sin avisar,
y aquellas llamaradas
hoy son patéticos rescoldos volviéndose cenizas.
Las pocas certidumbres
se convirtieron en grandes ignorancias.
Sólo nos han quedado
montones de papeles, cartas amarillentas,
algún remordimiento
y muchas fotos en una caja de cartón.



LA MANCHA DE CAFÉ

La vida se te ha venido encima
como una inesperada mancha de café
sobre la ropa limpia.
Una sutil llovizna está cayendo
humedeciendo con discreción tu patetismo
para no dar la nota.

Sin embargo
tiene que haber otra manera
de recontar las sombras,
que las cuentas del debe y el haber
no den números rojos,
y que el café salpique
sin que manche tu ropa.

poemas del libro Tabla de salvación, recogido en Obra poética casi completa, Miami, Editorial Silueta, 2013)



AMIGO

Para Reinaldo García Ramos

Cuando se dice la palabra
amigo
las letras se entrelazan
y van formando un círculo de luz
que guarda con esmero la historia personal
de cada uno,
los momentos detenidos al borde del olvido,
el olor a un pan crujiente recién hecho
que compartido nuevamente
será la comunión de lealtades,
alguna melodía enroscada al oído
para ser tarareada como entonces
frente al mar de una ciudad que se derrumba.
Siempre que pronunciamos esa corta palabra
se abren de par en par las puertas
y salen las bienaventuranzas,
las sonrisas que se creían perdidas,
la mano imprescindible
que estrechamos como un ritual de iniciación
en estos tiempos tumultuosos
para que nos proteja del olvido.




Fe de erratas

                               Para Julia Peña

No sé cómo decir este dolor,
no sé cómo escribirlo, que suena tan común
que ya no se parece a lo que siento.
Quiero otra cosa, acaso
semántica detrás de la semántica,
más allá del bisílabo manido,
con la misma grafía, y que no obstante
suene a pasión descomunal,
a esta laceración hecha vocablo
en la fonética de siempre,
pero que aúlle el verbo,
que explosione la tinta, y que se raje
la página en que escribo,
mientras arden, exhaustos, los ojos del que lee.
Pero si no lo logro, estad atentos:
donde dice “dolor”, debe decir “dolor”.            




Los fieles difuntos
                                        
                                                    ... su paso de acordeón, su palabrota...                                                       
                                    CÉSAR VALLEJO


Pasan,
se esfuman de la escena
y sólo dejan flotando en la memoria
los más escuetos rasgos,
boceto de una cara de frente o de perfil,
los asuntos pendientes,
algunas frases fuera de contexto
y los tristes zapatos que anduvieron
el paso tan fugaz del día a día.
De pronto un golpetazo terminó la rutina,
una brusca manera de estropearles la tarde
los lanzó al otro lado.
Nosotros, los de acá,
sólo atinamos a decir
unas cuantas bobadas.
Hasta que suenen en la puerta,
en nuestra puerta,
esos toques que nadie más escucha.



    
El balsero

Cuando lo recogieron
era un cadáver más, boca arriba en la balsa,
con los ojos comidos por el sol,
los párpados abiertos que dejaron pasar
la última mirada interrogante
al cielo azul bellísimo, indolente.

Mirad el fondo de esas cuencas podridas:
ahí reposa la Historia con todos sus discursos.



PARA GASTÓN BAQUERO 
Y SU ROSA DE VILLALBA

En Madrid siempre hay una llovizna fina
para calar el alma del que llega
a esta tierra que no es de promisión
sino un túnel al fondo de uno mismo.
Está prohibido pensar en el pasado,
en los momentos que creíamos buenos
con aroma a café y a una cocina íntima
que iluminan los ojos de la madre.
Pasado el desconcierto inicial, el titubeo,
el adaptarse a los olores nuevos, 
al silbato del Metro,
tenemos que inventarnos:
todo a partir de ahora será inédito
excepto el pasaporte
y el acento que nunca perderemos. 
Cuánta tranquilidad nos da el anonimato
y el simple regocijo de nombrar
la rosa de Villalba.




De Segunda novísima de poesía cubana (1964)


Casablanca

Mientras la tarde enmohecida nos llega
con su no sé qué de extrañas maniobras envolventes
un haz de sombras enceguecedoras
paraliza…
Todo. Todo se va disipando con esta tarde que muere.
Me da lástima simplemente.
Es tan sencillo ver morir las cosas
como si fueran árboles gimientes al caer.
No sé por fin dónde descansa el día
pero prefiero no dormir esta tarde
para lamentar todos los gestos detenidos en su forma
palabras sin decir voces sin ecos.

La vida —a pesar de sus explicaciones—
es un gesto, un minuto de duración perpetua,
tiranizados cuerpos entrelazados brazos
que lloran su vacío bajo el amor.
Hoy
no quiero definiciones
solo palpar las cosas
que me penetran duras atmósferas crujientes
como esta gente que me cruza y no conozco
como esta canción que traspasa
lejana imperceptible marejada de ecos:
                           “Casablanca…”
todo se me avecina como dolientes notas
no podría
          sin embargo
qué destrucción nocturna
de ajenas notas desprendimiento humano
vacíos pavorosos tras los pies inseguros
crujientes barcos densos que devora la noche
esperanza baldía voces de eternidades
mientras pasan las notas
                                        calladas
                                                     destructoras

Es como un eco ciego de mecánico ritmo
que desconcierta, agita y devora el instante
para arrojarnos luego desesperados
                                                      rotos
mientras la noche llega con buitres en los ojos
un niño solo llora de tanta noche…
Ya no descanso ahora
                              no pienso ya
recibo:
…voces estruendo humano gritos huecos vacíos
    soledades extremas árboles desprendidos
    autos que se deslizan transeúntes de espera
    histéricos silencios ojos que ruedan solos
    canciones casas niños rostros eternos siempre

Las luces que comienzan decepcionan la vida
como la mano sola que se quedó sin nadie
extraños desprovistos de mi terror oscuro.
La calle es mucha calle para mi rostro solo
y una canción me sigue]
mientras mis manos guardan el aire que
                                                     se esparce
La noche aguanta espumas de incontestable tarde
Mi amor camina solo
Mi amor me espera triste
mientras la noche pasa sin responderme apenas

“Casablanca” me llega para extinguirse dentro
como los fuegos húmedos,
yo añoro la sonrisa de un amigo sin sombra
por nuestra calle eterna mientras
                                                          el canto estalla
Mi vida
             es una larga sucesión de esperanzas
recomenzada antorcha de luces consumidas
emergidos cadáveres que surgen del recuerdo
contorsionando el alma
mientras los dedos bailan
esta canción ajena
                              lejana
                                        indiferente…



Hoy
mientras la noche llora su agonía de sombras
hay un terrible afán de búsqueda imprecisa
decepcionados gestos, precipitados actos
y el no saber qué aguardo en la mirada
             El día es bello
pero la noche es humana, humanamente sola
como los eternos seres que buscan el amor
cuando la garra oprime el alma sola siempre
El tiempo
                 justificado enterrador de instantes
anda bajo la noche llevando los recuerdos
desbaratando el alma,
                           mientras tus brazos
tejen su red de gestos en mi mente
y una sonrisa busca
la excusa elemental del momento.
La noche
es tan terrible y tan humana
tan parecida a todos, que horroriza
desmantelados rostros de voces nunca abiertas
brazos desesperados gimiendo su vacío
La noche avanza en ti, desconcertante
para tragar mi pánico disuelto
con su espera habitual de gritos secos
                           que emigran solitarios
al desierto insondable de la noche
Hoy
me hace falta tu palabra
como cuando aguardaba el nombre exacto
los ojos esperados
o el rescate diario de las horas
Solo tu mano, única
para llenar el hueco que la existencia deja
en esta noche noble eternamente sola
Hoy
me hace falta tu palabra
en la incontestable pregunta del silencio.




El mar y nada más.

Luis Cernuda

Solo los ahogados han ido más lejos.

Mercedes Cortázar



Estoy en esta orilla de aguas tristes
donde el mar no es más que un nervio sobresaltado
que se complace en ahogarnos con su ruido.
Es inofensivo, el terrible distorsionado mar
plagado de todos los adjetivos
que el hombre impone por saciar su angustia
Incontestable mar, ahogado azul
golpeado por las rocas,
tu dolor es tan mío —te diría—
pero esto ya no es más que una mano
cerrada entre las sienes
un escalofrío de escombros.
Tu rumor
ese sollozo eterno que ha inundado
tus playas ávidas de crecer y retirarse
con la admisión de los derrotados
qué grande es tu grandeza
que acepta los matices que los hombres te imponen
Tus aguas se repliegan
como cansados gestos ahogados en esfuerzo
y yo te miro ahora
desde mi embarcadero de tristezas
para asumir un tanto
y compartir nuestro salitre
juntos.



Las imágenes rotas

III.

Extendidas raíces penetran el silencio
como en los peces muertos las aguas venenosas.
Los días
son compactos bloques de ideas
huidizas acciones
ademanes gastados que nos igualan
mientras nos despedazamos en el amor
rostros abiertos a la noche sola
rostros igualados por tantos rostros
heredadas maldades, nobleza disecada
y el amor
común aspiración que da el vacío
que va como la muerte a perpetuarse.


XI.

Mientras en la calle todo el mundo sostiene
sus preocupaciones habituales
me sorprendo al sentir mis manos
como innumerables gestos en espera.
Ellos no pueden comprender
que veo en sus caras un hombre anterior]
muerto en Hiroshima
con eléctricos sonidos en el cuerpo,
que veo en sus ojos
al deformado por las pirañas
a la orilla de un río en Venezuela,
o al aún no llegado
el niño ahorcado de Viet-Nam,
demasiado pequeño con su soga
demasiado pequeño para el viento.
Mi rostro
es una congestión externa
por este jazz sonámbulo
que rasga
porque imagino que lo baila un negro
carbonizado en Alabama,
porque es terrible un disco de cenizas
con un gemido musical,
y anuda mi garganta
con su grito
mientras los autos corren fríamente
y el día ensaya sus muertos.





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