lunes, 1 de agosto de 2016

CONSUELO FRAGA [19.013]



Consuelo Fraga 

Nació en Buenos Aires, Argentina en 1969. En 2005 publicó la plaqueta Motos e integró la antología Felicidades también (18 poetas). En 2007, editorial Limón publicó su primer libro, Eduardo Acevedo 852. Ese mismo año fue seleccionada para participar de la antología Poetas argentinas (1961-1980) publicada por Ediciones del Dock. 
Su segundo libro, Motos y Reinas, salió en 2009 por Ediciones en Danza.
En 2016, publicó Cuaderno rojo (Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016).



Eduardo Acevedo 852, de Consuelo Fraga*

"(...) Eduardo Acevedo es un nombre que se habita a sí mismo, una casa donde el lenguaje se encarna. Sombras, ausencias, dejan ver la historia: la mirada del poeta se posa donde no está. Extrañamiento. (...) Consuelo Fraga escribe desde el desamparo. A la manera de un sudario, lo que queda es la energía de lo que hubo. La imagen es ahora la materia; la huella es la escritura."

(Fragmento del texto de contratatapa, escrito por el poeta Eduardo Mileo.)


I

En cada casa
tuve un sillón
uno distinto cada vez
se iba poniendo
viejo, como yo,
cada mudanza
más pobre menos
pretencioso.

Acá en Montevideo
viniendo desde el puerto
por la rambla, las canteras,
el Parque Hotel,
Playa Ramírez.

Es una puerta verde
en una esquina.
Sólo a ésta digo mía
mi casa.
Eduardo Acevedo.


X

Se va cerrando
cada puerta.
Lentamente
tac, a veces, clac
después silencio
y yo mirando,
meditando
si tratar de impedir…

Llegar a tiempo
¿es que se puede antes?
¿hay una mano que no deja
cerrar la puerta todavía?

De la elegancia
con que la hoja se mueve
pasamos al portazo.

Qué cosas
no se rompen, pienso,
cuando en lugar de ellas
perdemos una taza
o se quebró ese vidrio
de la ventana en la que miro
cómo se fue cerrando
cada puerta.


***

Tejo

Volví a tejer, como cuando papá estaba enfermo.
Tejo mientras espero para dejar mercadería. Tejo
en la cola de mediana seguridad
donde se entrega el documento y anotan “femenino”.
Tejo en la de valores, hasta en la de requisa personal
he tejido y después até la bolsa
donde dejan colgados los carritos
con sus ruedas mugrientas de barro,
porque hay pozos enormes en la entrada
y cuando llueve es un enchastre.
-¿Cómo hacen ellas, de zapatillas blancas,
para que no se les ensucien?- Tejo y compran todos.
Las señoras que visitan a sus hijos preguntan:
-¿Qué estás haciendo de lindo? –como quien te pregunta
qué contás de lindo, porque lo feo no lo quiere
o no lo puede oír. Tejo y hasta la policía compra.
Después de todo, ¿qué de malo pueden temer
de alguien que teje carteritas, morrales,
monederos o estuches al crochet? Si mientras tejo
no veo la cara lastimada del que viene corriendo
por el pasillo a llevarme las bolsas, no sé
ni cómo fue ni quién debiera echarse culpas.
No oigo mientras tejo. No sé quién dice
que hubo motín esta semana y casi puedo olvidar
–mientras presto atención al punto– que desde marzo a hoy
perdí la cuenta de los acuchillados. Nada que temer.
Alguien inofensivo, solo ve y teje.



El Arte de Tejer       

Madre nació en La Paz.
Hija del español que se prendó
de una chiquilla en sus trece años
y la dejó saltar como cabrita
hasta que tuvo edad para enamorarla.

Madre escuchó que su papá
se refería a su esposa
llamándola “mi honor”.

Angélica Honoria se llamaba la abuela
y no sabía nada del tejido a dos agujas.
Madre buscó quién le enseñara:
un derecho, un revés, un derecho
lazada y montar dos puntos juntos.
En la unión, imitar el tejido
para que no parezca una costura.

Las medias, igual pero con cinco agujas,
distintas porciones van siendo apartadas
una queda en descanso, la otra avanza.
Al unirlo todo, tendrá forma el soquete
por el talón y la punta.

La abuela sí le enseñó a madre
el ganchillo, para labores delicadas.
Hilo de seda y las manos bien limpias
tejen el canesú de un vestido de novia.

A veces la destreza resulta insuficiente.
Si la presa es muy grande
la araña prefiere sacrificar
el almuerzo del día
en pos de preservar la tela.



Stabat Mater

Ella fue igual al responso del viejo
sabía que incomodaba y lo mismo fue

la hubiera zamarreado ¿a qué
madre, fuiste a pelear, a demostrar
otra señora mayor entre unas cuantas,
a qué, a cuidarnos a nosotros?

¿Qué fue de ese nosotros que vos tenías con él,
a poner un moñito, a decir viste,
acá me quedo y vos, tan flojo
otra vez los dejás a estos dos solos?

Ella, la abandonada, que no podía frenar
sus recuerdos cuando salían a borbotones
en medio de cualquier conversación.
Patético veía ese amor inútil,
una zanja separándonos.
Pero Ella, cuando estaban juntos,
habrá sido feliz, le habrá aguantado
el cacareo, el dolor de cabeza
y esa mirada fija en el vacío.

Ella fue igual y fueron sus motivos
por fin secretos.

Estuvo todo el tiempo sentadita
en un banco con su abrigo de pana
y las manos cruzadas sobre la falda.

Madre,
no eras vos sola
no eras la única
enamorada de un ausente.




Motos – Consuelo Fraga


De la casa al trabajo

El vientito
me limpia la cabeza.
Se lleva restos de palabras
o el pegote del sueño
que empasta la mañana.
Ojo, siempre es mejor la ruta
pero a veces te toca la oficina
(como decía uno:
el que no hace otra cosa
tiene que laburar todos los días).

Con el andar
viene un pedazo de canción
creo que de Vilma Palma
con una rubia en el avión
directo a Brasil, con una rubia
dispuesto a morir.
La canto entre los autos
y llegando al semáforo
ya tengo ganas de bailar.
Seguir el ritmo
acompañarlo con la moto,
todo es así
cuando el trayecto es suave.

Es temprano, no hay tráfico.
En la luz colorada un solo auto.
Ondulando me arrimo y mi cadera
lleva la moto hasta la cebra peatonal.
Sí, sí, no te han mentido, soy mujer
por los anillos podés verlo
ya que no ves mi cara
cubierta por el casco.
No te ofrezco más pistas
pero me banco tu mirada
de arriba abajo y sin embargo
me vas a decir: “Flaco
dónde queda la calle tal”
o “cuánto sale
una máquina de éstas”.

No da para charlar.
Se abre el semáforo y arranco,
voy un poco más rápido que antes
es divertido si agarrás la onda verde
jugar a no bajar las patas.
No te molestes, paso de sobra,
tu espejo sano, el mío también.

Tres autos más atrás
dejé un nenito enamorado
de la moto, el casco y el atuendo.
Mamá, cuando sea grande quiero…
Nada nene, la moto es peligrosa.


Ningún paquete

Le dicen así: paquete
mochila, el atalaje
al que se sienta atrás.
Si tiene miedo
puede abrazar al que maneja
o agarrarse si no
del portaequipaje.
Casi nunca decide
velocidad ni rumbo,
ni dónde hay que parar.

Raro de mí
que lleve a alguien.
Tengo el asiento,
los pedalines, todo.
Sin embargo
no es tan fácil.
Cualquiera sube
de prepo una vueltita,
para elegir en cambio
acompañante
habría que vigilar
que vaya para el mismo lado
pero también, de paso,
y por si tiene miedo
buscar alguien que a uno
le gustaría abrazar.



La prehistoria de mi motocicleta

Mi primer diario tenía hojas lisas,
la tapa blanca de cuerina
y filetes dorados.
Regalo de una Navidad de los siete años.
Desde que me compré la moto
ya no le escribí más, pobre querido diario.

Tres años antes, un sueño.
Es madrugada, mi casa, estoy en el garaje.
Apoyadito ahí en un rincón, veo un cuadro de moto,
cuadro cromado.

Yo no sabía por entonces lo que era un cuadro
menos qué significa de algo “estar cromado”.
De modo que en el sueño lo que veo ahí
tiene un nombre más simple: unos caños plateados.

Pienso: ¿este armazón es para mí?
Con algún interés pero sabiendo
que yo no quiero un armazón.
Afuera llueve.

Un mes después tuve otro sueño.
Es Colonia, pero la casa de Montevideo.
Estamos sin saber dividiendo una herencia
o preparando algo con esa luz
escasa, la que tuvimos siempre
en el comedor de Eduardo Acevedo.

Yo tengo que seguir hasta Montevideo
y me ronda la idea de alquilar una moto.
Aun sin tener registro –pienso–
así despacito, en el viaje tranquila
puedo aprender a manejar.

Ahí pasé como un año sin noticias
hasta que vino el tercer sueño.
Va mi cielo manejando su goldwing
por una avenida,
atrás voy yo de acompañante.
Vamos bajando y de pronto aparece
un puente que no existe en la vigilia.

Pienso: un acceso a la autopista
y en eso veo que el asfalto del puente
debajo nuestro se está volviendo
medio ondulado y en la parte de arriba
el puente ahora es de caños y la moto
una gran bicicleta que mi amor pedalea.

Vamos más bien por la derecha, parece más seguro.
En el punto más alto la moto es otra vez
una moto y bajamos: una montaña rusa.
Fuerte es el juego. Cuando termina la bajada
y él se arrima al costado, descansamos
contentos en el cordón de la vereda.

Un día pensé: cuando cumpla treinta años
quiero tener mi propia moto. –Bueno –dijeron.
Y me compré la goldwing de color borravino.
Como el diario, con filetes dorados.



Conducción

El que maneja sabe adónde vamos
porque antes de salir miró muy bien
el mapa lo tiene en la cabeza vos confiá.
Para eso están quietitos cuelgan
de la pared y se dejan
escudriñar sin decir nada.
Nosotros por ahora les creemos
a pie juntillas.

El que maneja
sabe que el mapa está agobiado
de tantas líneas de colores
más gruesas y más finas.

Cava bien marcada en rojo fuerte
rasga este mapa, sentí
cómo llega al corazón.

Aunque me expliquen
cosas de la fragilidad
–como escuché una vez:
si te pegan un tiro en la rodilla
 y te toca la arteria femoral,
no la contás–
aunque me expliquen,
a veces yo me aferro a la idea de la ruta
que imaginé viendo ese mapa:
las banquinas bien marcadas,
sin pozos
asfalto liso y controlado
por un radar.

Hasta que llego ahí y me encuentro
con el señor gendarme.
El que los puso –me digo ahora–
al radar y al gendarme
debió mirar y calcular muy bien
cuánto le dejan por día o por semana
nuestra velocidad y mi curva
torpe sobre la doble
línea amarilla.

Fuerte y claro –decía mi viejo–
y si te hace problema, pelás la chapa,
vas a ver cómo cambia el discurso. Si yo
tuviera el cartoncito ése lo hago hablar.

Padre: ni chapa ni billete me hizo falta.
Después de ver que la moto era mía
el milico garabateó un intento:
–Por la manera en que pasó
a ese camión, venía apurada.
Y yo no tengo hoy ningún apuro
ni nada que esconder, entonces
es un tira y afloje nomás
se hace largo y a ver
quién se cansa primero.

Una pulseada de riesgo mínimo
la mía, tan distinta y lejana
comparada a esas otras
en que el temor pasa rozando
la arteria femoral. Padre…

Fuerte y claro le hablás
cuando te dejan.




Cuaderno rojo. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.



A la Corporación

Is there anybody out there?
Pink Floyd

Despreocúpense, yo
no vine acá buscando información.
Es cierto que tampoco fue casual
el sentarme a esta mesa,
que estuviera leyendo en aquel banco
o esperara ese taxi allá en la esquina.
Fue mi necesidad de comprobar
si les pica la piel
cuando el mosquito, el ácaro o el piojo
posan su amenazante cuerpo encima
de vuestra humanidad. Era mi duda.
“No puedo concebir la indiferencia.”
–diría si me fuera ajeno el paño
y no es el caso, tengo
años de permanencia en la familia.
Es ingenuo, por eso, fantasear
con la voz moderada y comprensiva,
sincera, no ofensiva
que avanzará hacia vuestras excelencias
haciéndoles llegar una denuncia:
pasa esto y aquello allá tan lejos
donde mandan a encierro a las personas
con orgullo, tres firmas y ocho sellos.




Estaciones intermedias

Cuando se me acercaron
desde otra moto y vi esa mano
queriendo girar la llave
en el tambor de la NX400
aceleré y pensé: “Me voy,
yo de ésta me voy.”
Y no fue así
sino que di unos trompos en el piso,
no se hizo presente el consejo
que mandaba soltar
cuando las papas queman.
En su lugar se apersonó
la quebradura:
una clavícula partida en dos
sus puntas desafiándose
como enemigos blandiendo facas.
Soldó con el tiempo el hueso
aunque quedó deformado
el que fuera ayer
esbelto como un escarbadientes
liviano, gracioso y funcional.



Bienvenida Casandra

Si pregunta, le diría
hay cosas que todos necesitamos
y para algunos es un lío buscarlas
sin alejarse de su familia.

Cierta gente nunca te va a dejar
vivir en paz, igual
no te preocupes mi amor
nadie espera que imites a tu padre.

Con las nenas se les escapa
un poco la tortuga.
Van cabeza a cabeza.
Están cursando la primaria.

No hablar, no mirar, no contar
porque es así como te dice Bart
si algo puede llegar a usarse
en contra tuyo, va a pasar.

Pero mis hijas serán inteligentes
a la manera tonta de la poesía:
“Ma, ¿no parecen todos primos?
Mami, ¿por qué en el penal
casi no hay rubios de ojos celestes?”






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