miércoles, 12 de octubre de 2016

LAURA CASTILLO [19.264]


LAURA MARCELA CASTILLO

(Bogotá, Colombia 1990)
Abogada de la Universidad Externado de Colombia. Recientemente ganó el XX Premio Nacional de Poesía de la Universidad Metropolitana de Barranquilla. Fue mención de honor en la categoría de Poesía en el Tercer Concurso de Escrituras Creativas Cuento, Poesía y Crónica de la Red Capital de Bibliotecas Públicas – BibloRed. Su poema “Instante” fue seleccionado y publicado por la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida en el artículo “Poetas colombianos nacidos en los noventa”. Ha participado en talleres de creación literaria de BibloRed y en el Taller de creación poética de la Casa de Poesía Silva, Bogotá (2014). Fue invitada al VII Festival de Poesía y Narrativa Ojo en la Tinta (2015).

Publicamos cuatro poemas de Laura Castillo (Bogotá, 1990) quien acaba de recibir el XX Premio Nacional de Poesía de la Universidad Metropolitana de Barranquilla por el libro Prolongación de la lluvia. En palabras del jurado, el poemario ganador “como toda buena poesía, calla, nombra con el silencio y la sugerencia. Hay una escritura, un dolor oculto, la memoria familiar de un mundo ya perdido que se manifiesta con un lenguaje sobrio, meditado, renovador de la imagen lírica”.



INSTANTE

La abuela solía guardar el pan
en un canasto colgado del techo,
decía que los gatos andaban con su sombra
y en ella cargaban los trozos de pan conseguidos.
A diario, yo preguntaba,
si el gato también anudaba a sus uñas
los gramos de humo que esculpían la cocina. 
Ella, con sus inmensas manos recogía mi rostro,
tumbaba sus dedos en la soga
y del techo se abismaba la canastilla. 
Entonces yo inclinaba la angustia en los pies,
observaba las figuras humeantes,
la cesta en manos de la abuela,
el gato vigilante en la cornisa,
y el fogón hervir en su extensa oquedad.

La abuela siempre supo cómo ser
instante en la memoria.



HACE FALTA la parábola del mundo,
contar que un hombre negro
se pasea por los solares
en que crece el fruto de la vida. 
Que a su costado una mujer socorre al aire,
inclinando la lengua en el primer verbo,
de allí el silencio postrado en la garganta
-único abismo que fecunda el camino-.

Contar que junto a ellos
reposan inertes los huesos de una serpiente
besando sus tobillos
                  -hace falta el alimento tardío de la carne-.

Contar que el árbol se erige
sin importar el agua que colma la tierra,
que los troncos que desvían su eje
no buscan la angustia de la altura
sino el origen de sus raíces.

Contar que el sol se deshace
                  lento,
como si el viento se adentrara en la tierra,
y un puñado de cenizas
cubriera de escamas los ojos del mundo.



AUSENCIA

Para nombrar la ausencia,
puedo concentrarme
en la palabra que espera la abuela al despertar,
en la presencia de un ave negra
sobre el portón de la vieja casa,
varios años atrás. 
En definitiva, puedo situarme en aquel instante 
en que el suelo se transforma en ceniza
y el gallo canta por última vez 
la sombra del abuelo.



AUGURIO

Las mujeres suelen medir
la proximidad de la lluvia
en la ondulación
que proyectan sus pañolones. 
Cuando llega el momento,
sus caderas se abisman por la ranura de las puertas,
y como eco en el fondo de un cántaro,
resuena en los oídos de los niños 
el vocablo extenso de las madres.




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