domingo, 18 de marzo de 2012

6221.- DERECK MAHON


Derek Mahon (n. Belfast, Irlanda del Norte; 23 de noviembre de 1941) es poeta.
Poesía
1965: Twelve Poems. Festival Publications, Belfast
1968: Night-Crossing. Oxford University Press
1970: Ecclesiastes Phoenix Pamphlet Poets
1970: Beyond Howth Head. Dolmen Press
1972: Lives. Oxford University Press
1975: The Snow Party. Oxford University Press
1977: In Their Element. Arts Council of Northern Ireland
1979: Poems 1962-1978. Oxford University Press
1981: Courtyards in Delft. Gallery Press
1982: The Hunt By Night. Oxford University Press
1985: Antarctica. Gallery Press
1990: The Chinese Restaurant in Portrush: Selected Poems. Gallery Press
1991: Selected Poems. Viking
1992: The Yaddo Letter. Gallery Press
1995: The Hudson Letter. Gallery Press
1997: The Yellow Book. Gallery Press
1999: Collected Poems. Gallery Press
2001: Selected Poems. Penguin
2005: Harbour Lights. Gallery Press
2007: Somewhere the Wave. Gallery Press

Prosa
1996: Journalism: selected prose, 1970-1995. Ed. Terence Brown. Gallery Press








El restaurant chino en Portrush


Antes de los turistas llega la primavera
suavizando el aire cortante de la costa
a tiempo para la primera "invasión".
Hoy el lugar está como debió haber sido,
amable y casi hospitalario. Una chica
pasa por el Northern Counties Hotel,
llevando, apurada, una bolsa de libros,
y las puertas que estuvieron cerradas todo el invierno
contra el viento del norte y la niebla marina
están abiertas a la calle, donde una
por una las gaviotas van a mirar vidrieras
y un viejo perro lobo dormita al sol.


Mientras estoy sentado con mi diario y mi chow-mein de camarones
debajo de una foto enmarcada de Hong Kong,
el propietario del restaurant chino
permanece en la puerta como si el mundo fuera joven
observando al primer yate enarbolar una vela
—un ideograma sobre una nube marina— y la luz
del firmamento sobre las montañas de Donegal;
y silba una cancioncita, soñando con su hogar.


Poesía irlandesa contemporánea, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1999
Versión de Jorge Fondebrider






The chinese restaurant in Portrush


Before the holidaymakers comes the spring/ Softening the sharp air of the coast/ In time for the first 'invasion'./ Today the place is as it might have been,/ Gentle and almost hospitable. A girl/ Strides past the Northern Counties Hotel,/ Light-footed, swinging a book-bag,/ And the doors that were shut all winter/ Against the north wind and the sea-mist/ Lie open to the street, where one/ By one the gulls go window-shopping/ And an old wolfhound dozes in the sun.// While I sit with my paper and prawn chow-mein/ Under a framed photograph of Hong Kong/ The propietor of the Chinese restaurant/ Stands at the door as if the world were young/ Watching the first yacht hoist a sail —/ And ideogram on sea-cloud — and the light/ Of heaven upon the mountains of Donegal;/ And whistles a little tune, dreaming of home.




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Traducción de Ana Eiroa Guillen y Brian Hughes


Octubre


El monasterio encalado en donde estuvimos
escuchando el mar Egeo y contemplando
una cápsula espacial entre las estrellas
estará cerrado ya para el invierno
y en los bares del puerto,
tras la marcha de la panda de los yates,
servirán ouzos de madrugada
a los tripulantes del Aghios Ioannis y del Nikolaos
que juegan al dominó
a la luz de una lámpara de parafina.


Tras las primeras lluvias invernales,
Europa brilla con luz cadavérica.
Un viento frío barre el "clausurado patio de recreo";
Como almas muertas las hojas se arrastran
por avenidas desiertas que parecen conducir
al reino de los muertos.
Un disidente alcohólico
toca con un solo dedo "Roca sempiterna"
en el piano de cola de su piso de Moscú,
su largo viaje al fondo de la noche
a punto de terminar.
Algún helado destino
nos espera en el fin del mundo.


Como las hojas, pronto avistaremos
el río último,
su son et lumiére,
y respiraremos el mar nocturno.
Como si ya fuésemos espíritus,
buscamos en el bolsillo el óbolo estigio.














San Mateo V, 29-30


Señor, mi ojo me escandalizó, así que me lo arranqué.
Imagina mi desazón
cuando el escándalo persistió.
Me arranqué, pues,
el otro; mas el escándalo persistió.


Luego a ciegas, guiándome por el tacto,
me afeité la cabeza.
(El escándalo persistió.)
Me quité una oreja,
después la otra, eliminé la nariz.
El escándalo persistió.
Imagina mi desazón.


Después la piel, en largas tiras;
me corté la lengua, los dedos de los pies,
las partes íntimas.
El escándalo persistió.


Y entonces, al adquirir el asunto una dinámica propia,
tanto más cuanto que
el escándalo persistía,
me entregué a una trayectoria decidida
de lobotomía y vivisección,
reduciendo mi identidad
a un amasijo de órganos, una ruina de huesos,
en el medio de la cual, sin saber cómo,
el escándalo persistió.


Cal viva, pues, al calcio, ácido
a las entrañas sin remedio;
una capa de tierra encima,
se labra
y se siembra de cebada.


Parafina a los certificados de nacimiento,
enfermedad y estudios desaprovechados,
a las postales caprichosas, la lluvia
de cheques sin fondos
y las versiones existentes de mis poemas
publicados o no; bisturí
a las cosas dichas al azar, grabadas
en mentes ajenas;
aerosol a los pensamientos
flotando en el aire
y a las personas que los hubieran absorbido.


De ahí que, sintiéndolo mucho, se impusiese
la supresión de todas ellas, dondequiera que estuvieran,
en sus mesas, camas, cocinas, autobuses o catamaranes;
la supresión también de sus máquinas y arquitectura,
de la más mínima evidencia
de su reflexión y su cultura,
sus risas y sus lágrimas.


La destrucción de todas las cosas
que alimentaran tal reflexión,
de las aves y de los vegetales;
la erosión de todas las rocas
desde la más sagrada montaña
hasta la piedra más humilde;
la evaporación de todos los mares,
la extinción de los cuerpos celestiales -
hasta que, por fin, desapareció
todo vestigio del escándalo
en ese silencio sin límites.


Sólo entonces fui digno de la sociedad humana.










La apoteosis de las latas


Tras pasar la noche en una cloaca de precognición,
consoladas por la luz de luna, la risa del aire
y la compasión tardía
que inspiran las caballas,
amanecemos entre cordones y maderas blanqueadas
en medio de un viento crudo y chillidos de gaviotas.


Privadas de toda utilidad, ahora estamos a salvo
de la pesadilla de la historia
y podemos dedicarnos por fin
a las cosas espirituales,
fijándonos, por ejemplo, en la consanguinidad
de piedra y arena,
más estrechamente unidas que el agua,
y en que son más largas las sombras que los guijarros
Esta es la democracia terminal
del cangrejo y la caja,
del Cristasol y el Rioja.
Siempre es la hora punta.
Si algo hemos aprendido de nuestra deserción,
de la mancha acre en el horizonte
y de la erosión de las etiquetas,
es el valor que tiene el definirse.
Nadie, ni el poe ta
cuya sombra notamos encima
después del alba y antes del anochecer,
gozará de nuestra confianza.
Nos resistimos a vuestra protección, a vuestro ocio meditabundo.


Elevadas a artefactos por el abandono
de nuestro creador, y mayores ya
que la suma de sus conocimientos,
estaremos con vosotros mientras existan las playas.
Productos imperecederos de la voluntad transitoria,
persistiremos como calaveras
en manos de los soliloquistas.
Las colas más largas del museo de las ciencias
se formarán ante nuestras últimas moradas,
y se dirá: "Fíjense,


qué relación orgánica
entre vida y a r te
al amanecer; qué dedicación
más santa a la idea de permanencia
entre la fugacidad de la sensación
y la crisis; quizá
puedan enseñarnos algo."












La cacería nocturna


- Uccello, 1465


Sombras vacilantes,
figuras estilizadas, ágiles venados,
huidas de bisontes veloces en cavernas
donde el homo faber mataba pa ra vivir;
pe ro la maleza neolítica
se hizo bosque nocturno
en las paredes del cuarto de los niños,
se trocaron los miedos ancestrales
en juego, los caballos en caballos de balancín
domados, adiestrados en los usos cortesanos.
Ya no enloquecen con los aullidos
de bestias fétidas


sino que rampantes participan
en desfiles y ceremonias
al son del cuerno
perentorio y desolado a la vez.
El suave aire herbáceo
es de un amarillo azulado


y el claro resplandece
con misterios gozosos,
depósitos diuréticos, perfume de presa.
A medianoche el alba se insinúa
ent re los árboles sombríos
donde los galgos esbeltos se vuelven


frenéticos de ansidedad,
saltando a diestro y siniestro,
alejándose sus ladridos hacia un punto
oculto por el espesor de la pintura;
como si nuestra cacería nocturna,
tan llena de tensión,


tan largamente proseguida,
en qué caverna oscura comenzada,
y aún no acabada, no fuera la gran aventura
que suponemos, sino un espectáculo
rebuscado que proporciona diversión,
que no alimento.







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