lunes, 3 de octubre de 2016

MARÍA PAZ GUERRERO [19.192]


MARÍA PAZ GUERRERO

Nació en Bogotá, Colombia el 3 de mayo de 1982. 
Literata de la Universidad de los Andes donde fue publicada su monografía meritoria de grado, “El dolor de estar vivo en los Poemas Póstumos I de César Vallejo”. Realizó maestría en literatura comparada de la Universidad de la Sorbona Nueva, con tesis titulada “Del silencio al instante en la poética de José Manuel Arango”. Ha dictado conferencias sobre poesía francesa (Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Michaux) en la Agenda Cultural del Gimnasio Moderno, en el centro cultural Paideia, en las universidades de los Andes y Javeriana, y en la Casa de poesía Silva. Dirigió dos seminarios de poesía en la librería Casa Tomada, uno sobre poesía colombiana contemporánea (Aurelio Arturo, Giovanni Quessep, José Manuel Arango, Piedad Bonnet, Juan Manuel Roca, Darío Jaramillo, Raúl Gómez Jattin, Rómulo Bustos Aguirre, Jorge Cadavid, Horacio Benavides), y otro sobre poesía francesa y peruana (Antonin Artaud, Henri Michaux, Yves Bonnefoy, César Vallejo, Blanca Varela, José Watanabe), cada uno con duración de un semestre. Actualmente es profesora de la clase “Apreciación de la poesía moderna y contemporánea” (poesía francesa, norteamericana, latinoamericana y colombiana) en el centro cultural Paideia, con duración de un semestre. Ha escrito reseñas de literatura y poesía en el periódico El Espectador, en Lecturas de El tiempo y en el Boletín Bibliográfico del Banco de la República. Escribió la contraportada del libro “Pequeña historia de la fotografía” del poeta Jorge Cadavid. Ha participado en lecturas de poesía “Lectura bajo los árboles”, “Festival Ojo en la tinta” y “Nuevas poetas en Bogotá”, con su obra poética inédita: “Toda tierra arde”. Una selección de sus poemas va a aparecer en la revista “Clave” dirigida por Horacio Benavides, en Marzo de 2016, y en una antología de cuatro jóvenes poetas colombianas realizada por la colección de poesía de la universidad Javeriana con prólogo de Oscar Torres y selección de Jorge Cadavid, en Abril de 2016.




Alejandra
valió la pena  venir hasta tu puerta
desde el trópico en otoño.
Recoger esos soles del suelo, muertos
remolinos
y yo con el frío entre el abrigo 
y tú con la sombra en el pasillo
del 5 Avenue Victor Hugo.

Alejandra
regalarte los destellos de invierno
en las noches en que pintábamos
un valle alebrestado de chicharras
una selva que también era tu madre
le feu glacé qui mord sa queue. 
Verte fue instantáneo
Alejandra,  hija del tiempo




Extravío

I

Y si yo en Cosme Velhio
caminara
en la rua Marechal Pirres Ferreira
ni señas de la alborada en la retina
ni asomo de la noche con su fiera.
Karla, niña de 35
soy carioca, soy Karla
soy Rio de Janeiro todo
camino  por Cosme Velhio
y las casas sudan moscos.
Paso la tarde de domingo en Santa Teresa
no hablo, carraspeo
mis bronquios son algas
anémonas
que flotan oscurecidas
en la alborada.
En Santa Teresa
los balcones me acercan al mar
y a mí, Karla,
de domingo
todo me suena. 


II.

Y si yo otro, cualquiera 
no me cansara de salir
para recordar estas piernas
buscar los pies en el asfalto
retomar este pedazo de mí
olvidado
la garganta seca, la nariz tapada  
las lunas son rojas en las calles de Aclimaçao 
el concreto es eterno hacia arriba.
En Sao Paulo sueño a cada rato
yo, que soy otro
en los buses, metro, cama 
sueño clarito, tanto
que no despierto.  
Busco la laringe irritada por las lunas bermejas
de las calles de Aclimacao.
Subo la cabeza y veo mi ombligo
pican las horas acá
pica la dicha de perderse. 

En Sao Paulo:
Marcelo Preto, Annick Du Bois,
Ari Colares, Rebeca Horn.
Todo  suena en ellos
kilómetros verticales
y pasan al lado, ríen.
Te llevan tan natural por este gigante
morirán acá, dicen.




Indira

I.

Indira ríe y se abre el día en su frente
todo fuego  fulge alebrestado fulge 
ardor  brasa marina es la cara de Indira
cuando ríe  también es una planta.
De pronto, en la torcedura de sus labios,
mi infancia
sueño poroso, tierra áspera lunar   
se asoma
y  roba los labios de Indira 
y roba sus dientes: espejos diminutos. 
Me aferro a su gesto
porque en el gesto de Indira está su madre: Rosa
y Rosa, sus manos, son mi niñez


II.

Indira
el rosa pálido hiere la noche
cuando sales en tu moto por la ciudad
y el mundo está tenue
y la calle infinita de mudez
y la luz se tiñe de cuarzos
y tú como una mancha de dios
como una frágil huella de dioses muertos
por la íngrima ciudad
paseas tu moto
miras con la paciencia del trabajo nocturno
derrotas a la bestia del laberinto
y los ojos se alumbran
esta vez 




Verdor

Tiene tiempo de embriagarse frente al árbol
sonrisa desdentada, callos en las manos.
Ojos que cuecen bulbos en el calor de la mirada
brotes de hojas que son manchas
ebrias de ocaso 

Toda la tarde  
el rayo quema la pierna
pero su cuerpo no lo sabe.
Tantas noches ya bajo la nieve:
visiones agudas, soledad en llamas.

No soporta la cama ni el carboncillo

Pinta la selva
en el pavimento
con las uñas 





Amandine el rencor de estar vivo a tu lado
en ese verano en que los locos
te pedían un poquito de
algo
en tu plaza de San Felip Neri.
Me levantaba
y veía a tus locos desocupando la fuente 
y tú fumando 
como si te fueras a quedar plantada en la ventana

Amandine
esta cosa pegajosa que te quieres  arrancar  
la vida

En las noches volvías –ruidosa- desde el barri gotic   
a tu campo 
que no pudiste perder en el rigor del desarraigo.
Huir no fue suficiente
porque en cada sorbo de vino se asomaba la memoria:
allá, en tu sembrado, las uvas sí tenían sabor 





Duerme en la calle sin más materia que el horror
sin más título que el cuerpo roto.
Bordea su antigua casa
que ahora es un parque
como una huella que abre impúdica
la ciudad: Usme, los Laches, las Cruces,
garrapatas en la montaña.
Su pupila rastrea
un lugar en el abandono de la plaza.
Pregunta por el sol
pero el sol se acuesta débil
agujas de agua cosen su oscuridad

http://www.revistadepoesiaclave.com/





Poéticas Colombianas. De la violencia a lo sagrado

Por  María Paz Guerrero


El arte y la literatura contemporánea en Colombia suelen tratar el tema de la violencia. Cabe anotarlo si tenemos en cuenta que la guerra, la inequidad y la pobreza han azotado a  nuestro país en el último siglo. Abunda la narrativa del narcotráfico, y la plástica ha venido adquiriendo la función de construcción de la memoria del horror. En la poesía encontramos quienes hacen de la violencia su temática central. Sin embargo, hay una serie de autores que tratan este asunto sin convertirlo en su eje principal e inclusive quienes no lo tratan del todo. Los dos últimos grupos nos hacen pensar en cuál es la función de este tipo de poesía en un país que está a punto de firmar la paz después de una guerra que ha dejado heridas todavía innombrables.

Empezaremos por ver ejemplos de la poesía de la violencia en el siglo XX. El exponente más importante, Juan Manuel Roca (1946), emplea un tono expresionista en el que prima la construcción de atmósferas de miedo, represión y tortura. Estas están desprovistas del referente histórico al que se remiten, por un lado el régimen de los años 80 que persiguió a la izquierda, y por otro el nacimiento del narcotráfico.

Roca marca  la poesía contemporánea a partir de su postura: hay que nombrar el horror. Así, encontramos el segundo grupo de poetas que tratan la violencia pero no la convierten en su tema central. Aparece en la obra de la también novelista Piedad Bonnett (1951), conocida por el tratamiento de la cotidianidad y la desgarradura femenina a partir, por ejemplo, de la mirada de un niño que se asoma a la muerte. También en la de José Manuel Arango (1937-2002), quien utiliza un lenguaje seco y desprovisto de simbologías, recurso novedoso en las poéticas del siglo XX colombianas, sobre casos de cuerpos destrozados. La obra de Horacio Benavides, ganador del premio nacional de poesía 2013, dialoga con la naturaleza creando bestiarios, como en Colibrí: “La luz / se hace cuerpo / en tu cuerpo/ La miel / se adelgaza / en tu pico”. Sin embargo, le dedica su último libro Conversación a oscuras a la violencia reciente en Colombia, a partir del grito de la víctima: “Solo se escuchaba / el grito de algún torturado / y el chapoteo de los caimanes en el pozo/ disputándose los muertos”.

Nos acercamos, así, al último grupo, el que no se ocupa de este tema. Raúl Gómez Jattin, (1945-1997), propone el fin del arte representativo y aboga por uno que se fusiona con la vida, como se puede ver en De lo que no fue: “Intemperie y soledad / faltan en tu vida amigo de mi alma / Lo lamento   De verdad lo lamento / En el poema que se quiere escribir sobre ti /asoman ellas / Vengativas y menesterosas pidiendo un lugar”.

Luego vienen dos obras que parten de la misma pregunta por lo sagrado. Primero, Rómulo Bustos Aguirre (1954) busca espiritualidades diferentes a las del dios cristiano y las encuentra no solo en lo indígena o en lo africano, sino en lo animal, como en Dactiloscopia: “Justo cuando mueves el hilo con el dedo / aparece la araña con todas sus patas, su abdomen, / sus pelos / y sus ojos casi ciegos”. Después viene Jorge Cadavid (1962) con una metafísica contemporánea basada en estudios sobre la mirada y el silencio, en un lenguaje austero, como en Saga: “Atisbos entre líneas / En el duelo blanco con Dios / estelares indicios”.

En medio de las poéticas de la violencia aparece una obsesión, entre el segundo y más marcado en el tercer grupo visto anteriormente, por lo espiritual, con escrituras de lo invisible de la materia, el diálogo con lo animal, el acercamiento a la naturaleza con los nombres de árboles y plantas propios del país. Mientras que otras artes se ocupan de la memoria de la guerra, estos poetas reconstruyen un elemento fundamental para el pos-conflicto: la posibilidad de lo sagrado en medio del sin sentido del horror.








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