domingo, 25 de septiembre de 2016

LIDIA ROCHA [19.166]


Lidia Rocha

Lidia Rocha nació en Trenque Lauquen, Buenos Aires, Argentina. Vive en Buenos Aires. Es Profesora de Literatura y escritora. 

Publicó los libros de poesía Aves migratorias (2006), Roma (con ilustraciones de Ariel Román) en 2010 y Así la vida de nuestra primavera (La Mariposa y la Iguana, Buenos Aires, 2016). 

Formó parte del Plan de Lectura Leer es crecer y realizó el ciclo Poesía en el living de Recoleta. Coordina, con Gerardo Curiá, el ciclo Literatura Viva, café literario.




AVES MIGRATORIAS (2006)



AVES MIGRATORIAS

una canción 
sopla mis alas
cada marzo




Carpe diem

Desde la cornisa de aquel edificio,
en picada, hacia un espacio móvil
entre dos autos,
dos gorriones bajan a buscar un tesoro,
enfrascados
en una conversación aguda
y misteriosa
(¿sabrán ellos de símbolos?)

El calor vuelve el asfalto más gris,
más sucio, y tensa las caras.
Aturden las bocinas,
la insistente alarma a la salida de la cochera,
ruido de frenos, sirenas de ambulancia.
Ellos caminan como si la rueda 
que pasa a centímetros de sus patitas 
quedase tan lejos como el sol de noviembre.
Veloces, 
saltan al cielo urgidos por atender
asuntos importantes.
De su belleza gris y cálida,
de su volumen breve,
queda sólo este eco
que no se apaga en mi memoria.

A unas cuadras de allí, 
asaltaron una estación de servicio.
La electricidad causó estragos
a otros vecinos de acá cerca.
Un poco más allá
un secuestrado exprés grita
por su segunda falange.
Y no tan lejos caen bombas
y edificios. 
Los continentes siguen derivando,
el ozono se extingue una pulgada más
y navega en lo oscuro el meteorito
del último día. 

Ella y yo
nos acomodamos cerca de la puerta,
con el libro abierto, le pregunto
que habrá querido decir 
“carpe diem” y no sabe.
Pero deja el libro sobre sus rodillas,
mira sin ver la calle y los gorriones
deja que el tiempo
se deshaga junto a sus zapatillas.

Menos agudas y tan indescifrables
nuestras voces se pierden
en el constante moverse de las cosas.
Ella desaparece tras la puerta metálica
del ascensor y yo me pierdo
entre las calles superpobladas,
y el smog
pensando en estas cosas
mientras las ruedas pasan
a centímetros
de mis plumas.


Roma
Lidia Rocha

Editorial La mariposa y la iguana, 2010.

ilustraciones de Ariel Muñoz
prólogo de Fredy Yezzed


Por todas las manos que esa tarde

por todas las manos que esa tarde
su noche y su mañana me tocaron
podría jurarte ahora
(como quien hace a los dioses su rendición de cuentas)
que cuando yo nadaba en el líquido amniótico
de tantos cuerpos juntos
en su perfume a sándalo gastado
en esa intermitencia del mirar y el deslizarse
no escuchaba los címbalos sino mi corazón
y mis dedos buscaban bajo una piel y otra
el flujo de tu sangre. 



En principio me imaginé que iba a leer la construcción de Roma, quizá, después de un viaje o bajo la lupa del recuerdo de algún familiar. Dije Roma y me imaginé las fuentes ampulosas, la Capilla Sixtina con sus desnudos, los gladiadores, o los gatos sobre los tejados protestando, como nosotros, por culpa del calor o el olor a basura que nos invade. Pero vas a la bella metáfora de la ciudad-cuerpo, de la ciudad-amor, de la ciudad-deseo. Luego al adentrarme en tu libro me di cuenta que tú, él y todos nosotros somos Roma. Esta ciudad que le hubiese quedado muy bien calzada a Buenos Aires es una ciudad del erotismo: “Nupcial, lujosa, hecha de lluvia eléctrica. Tremenda”; del deseo: “su deseo extendido, esa promesa, que es más intensa porque no se dice”; de la lujuria: “Nos iremos a Roma, a cuando los amantes copulaban en las calles mugrientas, a los templos oscuros, a los cuerpos baratos”.

Hay en tu libro, como en toda ars amatoria, prohibición: “Cada uno a su vida. No la toques“; vivificante sexo:“Solo las bocas que buscan redimirse en la boca del sexo”; deseos oscuros e insatisfacción: “yo nadaba en el líquido amniótico de tantos cuerpos juntos”; lirismo e imágenes bellísimas: “un arco tendido era yo y recibía amor a manos llenas”; metamorfosis y mito griego: “fracasa en su intento de ser planta, liquen, de abrirse contra el muro donde sembraba siemprevivas”; desamor con sus tintes de cursilería:“así es como la magia del amor se termina, sin heridos, ni súplicas”; y desamor con sus pinceladas profundas: “Cansados de empujar este barco, rendidos ante la evidencia. Un fondo negro. Una escena sin gente”; violencia y despecho: “¿Quién le hablará sucio al oído mientras se entrega como a la muerte misma?”.

Preguntas al final del libro:“¿Habrías de este modo abandonado Roma para siempre?”, y me respondo solitariamente: “He vivido toda mi vida en Roma”.

Fredy Yezzed López Barón




(fragmentos)


estos amantes se han ocultado uno al otro su corazón. Se dieron en cambio nubes de colores que se abrían en magnolia o dragón chino y caían lluvia de pólvora dispersa. Perdieron los temblores del alma por una música de cañerías en la noche sola. No sucedió, no sucede, no sucederá. Un amor de artificio, una guarida. Ni intimidad, ni alma trastocada por el goce. Todo por conservar impávida la imagen, el toque de los ojos, un roce de la piel, la fantasía
(…)

lo inalcanzable pagará su precio. Eclipse interminable. Que la tierra no la estrangule con sus capas de reina. Te odia, te ama. No te acerques. No morirá si permanece en esa primavera. No la atarás a tu ciclo de sangre, a la repetición, no harás un nido en su costado izquierdo. Será como el arco siempre tenso, recién disparado. O como la flecha que no tiene rumbo o que lastima, antes de estar dispuesta una cacería nueva. Te ama, te odia. Se irá al exilio hacia ninguna parte. Sólo la vibración desajustada de una melodía que habrá sido posible y no consuela


*


a ella (antes) le gustaba el peligro, o eso dicen. Estrellaba los viernes contra las ventanas. Y se comía la mañana del sábado. Ella (antes) era arriesgada, te hubiese hundido su taco en la garganta. Cortado tu aliento en julianas finitas. Desbocada, dominante. Y vos ahora, de esa miel un recuerdo. Las muñecas tajeadas por no oírla

ella canta sobre la parte alta. La pajarera abierta por lo bajo. Así capturan a los jilgueros sobre los alambrados. Ella se vuela. Te mira desde el trapecio de las hojas, se balancea sobre el mar de pampas. Rebelde contra la tarde que no hinca el pico. No te suelta. Tu corazón en la mira queda seco
(…)



*

por todas las manos que esa tarde, su noche y su mañana, me tocaron, podría jurarte ahora, (como quien hace a los dioses su rendición de cuentas) que, cuando yo nadaba en el líquido amniótico de tantos cuerpos juntos, en su perfume a sándalo gastado, en esa intermitencia del mirar y el deslizarse, no escuchaba los címbalos sino mi corazón, y mis dedos buscaban bajo una piel y otra el flujo de tu sangre

al resplandor de fuego de la orgía, las hebras enroscadas de unos cabellos negros sobre el óvalo, la pulpa de unos labios, la tentación dispersa y mis manos hundidas en un cuerpo que era copia del mío y que temblaba… en el humo dorado de los suspiros de los que Afrodita no se harta (nunca), un arco tendido era yo y recibía  amor a manos llenas, y esperaba tu toque y me iba muriendo convencida que al recibirte así lujuria y castidad eran exactas
 (...)




Así la vida de nuestra primavera,  La Mariposa y la Iguana, Buenos Aires, 2016.


durar tan brevemente

te quedaste, alma, como en blanco
colgada de un sonido del aire
contra un tejido vegetal

si volvieras al cuerpo
y el cuerpo al viaje
cruzaría por el ojo de la aguja
el hilo en suspenso
de la vida

ausente, el corazón
ardía en oscuro

tus manos queman fuerte, sobre todo
esta tarde en que el frío aprieta
y me queda el calor de tus dedos
en la garganta
eras
un envite del sol fuera de época
hilabas
tu piel para los pobres
yo
volvía al mundo,
quieta la cabeza
sobre tu pecho
un cuerpo que se cierne y busca
la vida que le das

ahora
que de tanto ver y ver el mismo paisaje
la ventana se te ha desdibujado
¿dónde estabas?
¿es real esa casa de donde no saliste?
¿verdad el caserío?
la tarde te vuelve silenciosa
invisible, si no fuera por el ojo
y la pantalla
un animal que habla todavía.

y si me obstino así, te escribo
éste es el solo modo del abrazo
la única manera
de tocarte

no era más que un gato
abrigado en el fuego
de la siesta
un animal minúsculo
negándose
a regresar humano
cuando la tarde se perdía
en recuerdo
tedio de sombra
o pensamiento triste

el viaje en que nos vimos
ojo a ojo veníamos de nada
como metidos en los propios huesos
y quemándonos
de demasiado
el cielo te dañaba la pupila
cerrado el párpado al daño de la tarde
y yo veía el alma silenciosa
viajar hacia tus ojos y mirarme
y hacer canción del día

hubiéramos soñado un mundo
un poco menos cruel
pero cansados de la tarde
no queríamos salir de casa
ni cazar soldados, mariposas
y menos niños
lo dejamos así, a su suerte,
por pura somnolencia
en otras manos

y caigo
empujada por tu pulso
abriendo paciente
la hendidura de vida

el día se pierde
en explicaciones, horas
mal empeñadas en no dejar que pase
la sangre, la tinta, el dedo
sobre los muebles
de caoba rojiza donde sueña
un animal en sus esporas
el tan breve durar
ese fueguito
en el silencio fractal del universo



Dulcísimo

Sembrabas para mí semillas secretas
Yo, sin gracia, te confundía
con el delirio y los ensueños.

Como un dios condescendiente
preguntabas.
Ciega, torpe, yo respondía
al desgaire, como si apenas pudiera
despegar mis ojos de las páginas.
De tan hermoso te hacías transparente.

Allí las horas
se contaban en letras.

Te abrí las puertas de mi casa
como quien atiende un llamado equivocado:
“no señor, es el número, pero no soy la persona
que usted busca, se lo habrán dado mal”.

Claro de luna
sólo la luz de la pantalla y
las antenas con sus guiños rojos.

La hora se volvió sobre sí misma
instante concentrado
del así era antes y así será después.

Al traspasar la línea
que separa mi voz de mi silencio
partiste en dos las aguas de los días
como un barco
y te estiraste sobre el horizonte
para marcar mi cuerpo con tu diente.

La noche pierde su virginidad de arena.
Un avión encamina sus luces hacia el río.
Cada ventana se hace isla de tu abrazo.
Un relámpago de fe arde desde tus dedos
donde lengua es verano detenido.

¿Cómo regresaré
después de esta estampida de palabras?
Atónita asisto a tu maestría.
Límbica, como un animal de la prehistoria,
¿Cuándo era antes?
¿Dónde comienza?

Cisne, lluvia de oro,
no sé por qué a mí,
la de los libros
tan displicente
tan resguardada
por qué para mí
se dice este lenguaje de milagro.

Caen las horas como manzanas
puro jugo de dios.

El cielo a veces nos convida una vuelta,
semillas no previstas.



Menhires

No habrá ensueño eterno
lazos de la memoria
sino destino en la ceniza.

El fuego a la madera
desata el aliento de los dioses
demorado
en la raíz del bosque

para que el alma siga
el rumbo ascendente
de las piedras



La tierra y las cosechas

Crecí de frente a una tierra
de cosecha.
Pródiga, sus hijos no la aman
sólo la poseen o la abandonan
fácilmente
Hijos de una misma madre
hablan lenguas distintas:

unos escuchan las voces
de ciudades remotas

otros no perciben
el espejo solar del girasol
sus pesadas semillas
que se inclinan a la hora de Pan

cuentan en dinero la carne de sus pétalos









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