sábado, 29 de octubre de 2016

ORLANDO GONZÁLEZ ESTEVA [19.403]


ORLANDO GONZÁLEZ ESTEVA

Nació en Palma Soriano, Cuba, en 1952. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines y Amigo enigma. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

Poesía:

Entre sus libros de versos figuran: El ángel perplejo (1975), El mundo se dilata(1979), Mañas de la poesía (1981), El pájaro tras la flecha (1988), Escrito para borrar (1996 / 1998), Fosa común (1996), La noche (2003), Casa de todos (2005), La noche y los suyos (2005).
Fondo de Cultura Económica ha publicado una antología de sus textos: ¿Qué edad cumple la luz esta mañana? (México, 2008). 
Las voces de los muertos (Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla, 2016). 

Prosa:

Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato (1994), Cuerpos en bandeja (1998), Mi vida con los delfines (1998) y Amigo enigma: los dibujos de Juan Soriano (2000). Ha publicado dos antologías: Tallar en nubes (1999), apuntes de José Martí, y Concierto en La Habana (2000), textos de autores cubanos, españoles y norteamericanos dedicados a la capital cubana. En 2003 se publicó Hoja de viaje, sus versiones de haikú del poeta japonés Kobayashi Issa. Escribe para la radio y para el periódico El Nuevo Herald.
Los ojos de Adán (Pre-Textos, Valencia, 2012).
El arca de José Martí (Vaso Roto Ediciones, 2014).



De Mañas de la poesía, 1981

XXVI

El corazón se me plisa 
como el humo del cigarro 
cuando te tomo del jarro 
que mi madre trae de misa. 
Luego todo haber precisa 
en vano que te recuerde, 
se vuelve gris lo más verde, 
no tengo pies ni zapatos 
y estoy solo con los gatos
mirando el sol que se pierde.


XXVII

La misma descontrolada 
actitud de tu plumero 
me tiene loco el tintero 
y sumida la mirada. 
Estoy como si de nada 
me peleara con la gente, 
como espárrago imprudente 
sobre mantel decoroso, 
como si tuviera un pozo 
aquí, detrás de la frente.


XXVIII

Pongo el sol a mis espaldas 
y mi mirada en las sienes 
de la noche donde vienes 
convertida en esmeraldas.
Acurrucado en las faldas 
de los montes me consiento 
levantar el pensamiento 
y verte reverberar 
como si hasta el paladar 
de Dios te llevara el viento.


XXIX

Por los altos corredores 
de tu carne han descendido 
todas las pajas del nido, 
todo el olor de las flores. 
Puños de cielos mayores 
caen encima de mi mesa, 
me hacen trizas la cabeza 
minúsculos pararrayos, 
pero aunque canten los gallos 
sólo el silencio regresa.



De El pájaro tras la flecha, 1988


Las miradas ocultas en la rosa

       Las miradas ocultas en la rosa 
se dirigen al hombre que, abismado, 
allá dentro, en el fondo, ha musitado: 
sólo la oscuridad es luminosa. 
       Allá dentro donde la mariposa 
es apenas un sueño, donde el prado 
es un cáliz minúsculo y cerrado, 
donde mana una fuente misteriosa. 
       Cómo pudo llegar al mismo centro 
de la flor no lo sé, porque me encuentro 
encerrado también. Alrededor

       de mí crece la múltiple corola 
de la luz, esa ciega también sola 
encerrada en su propio resplandor.


Los cuartos vacíos

       ¿Qué tarde desconocida
se posará en los postigos 
de mi casa y llenará 
de luz los cuartos vacíos?

       Ya mi madre se desplaza 
de la vejez al olvido 
y recupera los ojos 
que iluminaron los míos.
       Ya mi hermano se despeña 
en su vientre, ya he perdido 
la memoria, ya no soy 
y mi padre es casi un niño. 
       Ya las paredes se marchan 
y el pueblo se ha convertido 
en un bosque, ya la isla 
es un sueño, ya los indios 
       la abandonan, vuela el mar 
y el tiempo se ha reducido 
a las sombras, ya ni Dios 
imagina el paraíso.

       ¿Qué tarde desconocida 
se posará en los postigos 
de mi casa y llenará 
de luz los cuartos vacíos?



Canción de cuna

       Niño dormido, 
el recuerdo es un árbol 
desconocido.

       Crece después, 
pero tiene raíces en la niñez.

       Mira la luna, 
alza el brazo y deténla 
sobre tu cuna,

       que en ese espejo 
sólo la transparencia 
ve su reflejo.

       Al otro lado 
de la luna se encuentra, 
niño, el pasado.

       Allí tendrá 
cielo el árbol que un día 
nos cubrirá.

       Duerme, pequeño, 
a la sombra del árbol 
que hay en tu sueño.

       Sólo a los pies 
de ese árbol el mundo 
es como es.



De Fosa común, 1996

Que este poema se extienda 
   como un enorme hormiguero 
   no es señal de mal agüero; 
   sí, de aventura tremenda.

Una letra es una hormiga 
   o, mejor dicho, la sombra 
   de una hormiga que en la alfombra 
   de la nada nos desmiga.

Escribir es hormiguear 
   sobre el cuerpo firme y terso 
   que va desnudando el verso 
   y comienza a respirar.

El compositor que extiende 
   las manos sobre el teclado 
   palpa el torso, casi alado, 
   de un ser que apenas entiende.

La barbilla del pincel 
   que empuña Goya se enreda 
   en el sexo, pura seda, 
   que la maja enrosca en él.

La mejilla del cincel 
   con el que Fidias escarba 
   la piedra, empuña su barba, 
   busca, en la piedra, otra piel.

Escondido en la entrepierna 
   de la página rebosa 
   un hormiguero la rosa 
   breve de la vida eterna.

Una página no es más 
   que un cielo cuya ranura 
   -abierta por la escritura-
   deja ver lo que hay detrás.

Un cielo tan delicado 
   como el hilo del pañuelo 
   que cubre el rostro del hielo 
   y que nadie ha retirado.

Un cielo para doblar 
   y hacer una exhortación 
   (ave, insecto, embarcación: 
   origami) a trasmigrar.

Un cielo para tender 
   -a flor de significado— 
   el cuerpo inmóvil, 
   varado, del poema: Gulliver.

El poema se incorpora 
   y me extiende, manuscrito, 
   su cadáver exquisito. 
   Luego, para mí ya es hora.

Contra el cielo, ya celaje, 
   de las páginas que escribo, 
   veo devorarme vivo 
   las hormigas del lenguaje.




De Escrito para borrar, 1996


Todo lo que brilla ve

(Homenaje a Gastón Bachelard)
A Ida Vítale y Enrique Fierro

Todo lo que brilla ve,
   si no en torno, algo lejano. 
   Ve el relente. Ve el verano.
   Ve la luna. Ve la fe.

Ve el relámpago que guiña 
   y el sol que se deshidrata. 
   Ve la cuchara de plata 
   y el corazón de la piña.

La ventana que el vecino 
   ilumina a medianoche 
   ve, y la pintura del coche 
   fúnebre que abre el camino.

Tras las pompas de jabón 
   velan las hadas madrinas, 
   y el faro, cíclope en ruinas, 
   ve en la sombra a Poseidón.

La pupila del quinqué 
   mece, por niña, una llama. 
   Ven la burbuja y la escama. 
   El ojo de vidrio ve.

Las plumas del colibrí 
   ven tanto que el ave, 
   presa de la incertidumbre, cesa 
   de volar lejos de sí.

Y La isla del tesoro 
   dispuesta en cualquier estante 
   no sólo ve: lee el semblante 
   del lector. Ve el diente de oro.

Ven la bola de billar 
   y el hielo. Ve la pantalla 
   del televisor que estalla 
   en mil colores. Ve el mar.

Y ven la Estrella del Alba 
   y la gota de rocío. 
   Ve el sudor, pétalo frío; 
   ve la perla, ve la calva.

Las monedas que extraviamos, 
   el espejo que rompimos, 
   los sueños que no dormimos 
   ven, saben por dónde vamos.

Que la taza de café 
   reverbere en mi velorio: 
   no es un párpado ilusorio.
   Todo lo que brilla ve.



Haikus
De La noche (gunsaku), 2003


La noche pesa 
   lo que un punto en la vida
   de algunas letras.



La noche es tal,  
   que ha cerrado los ojos 
   para ver más. 



Noche, sé breve, 
   que la Muerte está lejos 
   y aún me quiere.



No escribo, junto 
   fragmentos de la noche: 
   señales de humo.



Anochecía. 
   El silencio era un frasco 
   de tinta china.



¡Ni un astro más, 
   que esta noche se muere 
   de claridad!



Pluma sin pájaro 
   cae la noche, se abisma 
   entre mis párpados.



La noche suma 
   demasiadas ausencias. 
   Es, toda, Cuba. 


La superficie 
   de la noche me tienta. 
   Gruño ¿quién vive?



La noche es tanta 
   que si no amaneciera 
   ¿cómo encontrarla?


Hay tanta luz 
   que no veo la noche. 
   Luna: jaikú.



Cerrar los ojos, 
   impedir que la noche 
   lo sea todo.



Haikus
De Casa de todos, 2005

       A Antonio José Ponte

Aun en Cuba,
   si los pájaros cantan
   añoro Cuba.



       A Ramón Alejandro

Soñar despierto:
   hasta que la familia
   me de por muerto.



       A Juan Malpartida

Es inocente, 
   aunque caiga una vez 
   y otra, la nieve.



       A José Miguel Ullán y Manuel Ferro

Amante a solas.
   al encender la luz
   halla su sombra.



       A Aurelio Asiain

Rocío, gota
   -no de agua- de luna
   que se desborda.



Invento a Dios:
   un silencio que habla
   y otro que no.



Su libro más reciente es 
Las voces de los muertos 
(Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla, 2016). 


Mi padre lee
lo que el humo que exhala

escribe de él.



Y de repente todos fuimos viejos

Y de repente todos fuimos viejos.
El futuro fue cosa del pasado
y el presente, un señor desaliñado
con la mirada fija, siempre lejos.

Y de repente todos los espejos
—incluido el sinuoso bronceado
de las jóvenes— fueron demasiado
crueles para apañar nuestros reflejos.

Quien no era una sombra de sí mismo
era un destartalado mecanismo
que a duras penas rezongaba a ratos.

El que no se enfermaba se moría,
y el que resucitaba cualquier día 
lo celebraba haciendo garabatos.




La casa de mi infancia no está fuera

La casa de mi infancia no está fuera
sino dentro de mí, sobrentendida:
tiene el tamaño justo de mi vida
y tendrá el de mi suerte cuando muera.

La casa de mi infancia es la manera
en que escribo: no tiene otra salida
ni otra entrada. El tiempo que la cuida,
trasciende, aun en otoño, a primavera.

No tiene más puntal que mi persona
ausente y, como ella, juguetona,
mas triste en lo profundo. Los regresos

que alguna vez soñamos son despojos.
No tengo más ventanas que sus ojos.
No tiene más familia que mis huesos.




La flor del esqueleto

Para no ocasionar gastos mayores
prescindimos de exequias y de flores.

Para no molestar a nadie luego
—ni al gusano—le dimos gusto al fuego.

Ni siquiera una urna: unas cajitas
de cartón y unas cuantas piedrecitas.

A los huesos más duros de pelar
se les tritura y se les echa al mar.

Se les puede guardar en un arcón
hasta que nadie sepa de quién son.

O se les deposita en un jardín:
en el principio siempre estuvo el fin.

La cuestión no es morir sino esperar
que la muerte no se haga de rogar.

A los muertos que aún estamos vivos
nos conviene ser algo deportivos,

y no existe deporte más completo
que escribir en la flor del esqueleto.

Escribir tonterías, ya se sabe:
ni vivir ni morir son cosa grave.

Y escribir, mucho menos. A no ser
que el que escriba se muera de placer.

Es decir, que se mate. La escritura
también tiene su encanto: jettatura.

El suicida es un ente superior,
sobre todo si usa ordenador

y se mata escribiendo. Nada más.
Este muerto se va a vivir en paz.




Uno se cansa de morirse tanto

Uno se cansa de morirse tanto,
de morirse una vez y otra, a las buenas
y a las malas. O de morirse apenas.
Y hasta de no morir: qué desencanto.

Uno se cansa de que todo cuanto
una vez le animó se abra las venas;
y de reconocerse, a duras penas,
de tan vivo y tan muerto casi santo.

Uno se cansa de morirse encima
y debajo de sí. Uno da grima
si no se va cuando debiera irse.

Uno se queda y no se queda nada,
y aunque muerda el anzuelo sin carnada,
uno también se cansa de morirse.


Las voces de los muertos, 
un libro sobre la desaparición del exilio histórico cubano

Por Redacción CaféFuerte

Las voces de los muertos, una elegía dedicada por el poeta Orlando González Esteva a los cubanos que salieron al exilio siendo jóvenes y han envejecido, enfermado, muerto y aún mueren soñando con un destino mejor para su patria, será presentado este sábado en el Koubek Center de Miami.

En el poemario de 56 páginas, publicado por la  editorial española La Isla de Siltolá, González Esteva rastrea en la decrepitud, la soledad, la extrañeza creciente, la pérdida de la memoria, los asilos, los hospitales y la desesperanza final que aflora entre los miles de compatriotas suyos que han terminado sus días en el exilio sin retornar a Cuba.

Una crónica personal de la desaparición del exilio histórico cubano, según palabras de su propio autor.

El cementerio que un día

“El cementerio que un día/ fue parte de la ciudad/ hoy la abarca, es la ciudad,/ y abarca también el día/ que esperaste y todavía/ esperas”, manifiesta el poema que abre el libro en referencia al Cementerio Woodlawn Park, ubicado en la Calle Ocho de la Pequeña Habana y donde yacen los restos de prominentes personalidades cubanas.

González Esteva afirma que su libro es fruto de “una experiencia colectiva del exilio”.

“El hombre rehúsa morir y lejos de salvarse muere más. La vida que se agencia luego de sobreponerse a reiterados percances de salud y ser testigo de la acelerada desaparición de los suyos acaba revelándosele un deceso por entregas, y la entrega final, el clímax de un vértigo”, escribió el poeta.

González Esteva reside en Miami desde 1965.

“He sido testigo de la aparición de varias ediciones de Miami, ninguna exacta a la anterior”,  declaró hace unos meses el poeta en una entrevista.  “Y en lo que a la comunidad cubana se refiere, he visto a la ciudad degradarse, incapaz de permanecer a salvo de la degradación que ha sufrido y sufre la propia Cuba”.

El ocaso de las sombras

La poesía de González Esteva fue elogiada por el célebre ensayista y poeta mexicano Octavio Paz, quien fuera cercano amigo del cubano. “Usted ha convertido la crueldad de nuestro destino en una pirueta heroica y así ha hecho vida de la muerte”, escribió Paz del poemario Fosa común (1996).

“La poesía bien pensada y bien escrita sigue siendo el género en que el duelo se expresa sin los riesgos de la demagogia. Sobre todo, si se trata del duelo de un exilio, es decir, de una pérdida que se superpone a otra”, escribió en su blog el historiador y crítico Rafael Rojas. “La muerte de los exiliados es la desaparición de los ausentes, la borradura de los borrados, el ocaso de las sombras. El exiliado muerto, más que un fantasma o un espectro, es un vivo que habita un cementerio sin fin”.

González Esteva (Palma Soriano, Oriente, 1952) ha publicado, entre otros libros, Mañas de la poesía, Elogio del garabato, Escrito para borrar, Fosa común, Cuerpos en bandeja, La noche y los suyos, Los ojos de Adán y Animal que escribe: el arca de José Martí.

En 2008, el Fondo de Cultura Económica de México publicó ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?, una amplia selección de su obra en verso y en prosa.


PRESENTACION DEL POEMARIO LAS VOCES DE LOS MUERTOS



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