martes, 3 de febrero de 2015

OMAR JASSO [14.672] Poeta de México


Omar Jasso

Estado de México, 1990. Escribe Mandorla y El camino del buey, que forman parte de La música de Iyov






Salgo de la oscuridad
al camino de lo oscuro,
iluminada sólo por la lejana
luna en el perfil de las montañas.
Izumi Shikibu


La catarata negra


I.

Roca sobre la roca, la pequeña caricia del vencejo
es un cóncavo surco de palabras: el sargazo alza su cuerpo acariciando al mar,
mi niño, las manos de la carne donde calla la tierra. Roca sobre la roca los confines del polvo,
todo lo que en los aires se mutila y conmociona el mirar líquido del tiempo
es la palabra en que la brizna se articula -donde la llaga se hace senda es en tus labios.
Boca sobre la boca, el beso coronado tras la herida que es la roca solitaria,
palabra donde el agua es la promesa, una tierra tangible
como la flor que es el color de su caricia: ceñida al ojo va la fuente de los templos
donde el ocaso es una voz de las raíces, cuerpo de lánguido vapor, de luz leprosa
donde manos que rozan predicen desdecirse. Roca sobre la roca, en el ocaso
de tu tenue mejilla en que perecen los colores, de tus casi dos manos donde la luz madura,
una luz que se duerme sobre tu cuerpo solo
para ser tus dos manos y acumular tus manos. Áncoras del silencio tus palabras,
la promesa del alba cuando se afana el alba, el sol que ora sus húsares de sombra
y sus interdicciones donde la flor respira: pálpito de la arena, escucha, escucha
cómo tiemblan las letras encarnadas, la rocosa tortura de los cedros
y el costado nocturno de los hombres. Roca sobre la roca, los niños
quebrando las miradas en los ríos -son los tallos del tiempo-, mientras el mundo quieto como un viejo
hunde sus dedos en su lágrima paciente, pozo de Dios su boca
en la insistente semilla de su nombre:
roca sobre la roca, aunque se quiebran,
las ortigas se ofrendan para escuchar la música.



II.

A la noche [porque la noche es la promesa de un lugar],
borda el canto pequeñas deserciones, alas donde el crepúsculo es discordia
del fruto gemelo de la luz, escarnio del jazmín arrinconado
en una oscura apoyatura irónica -alto rocío sagrado es la desdicha de un cuerpo sin presente-.
De su cuerpo intocable las montañas se llenan:
donde el nombre es el gesto que madura,
los labios despoblados, generosos
que ofrecen su escenario para sembrar el mundo, la herida que se arropa
en la fuga del agua sobre el agua, la madeja de rosas
como sendas de tiempo en que la luz traslada su negro corazón, las aldeas desmayadas
sobre una piel que es como un bosque de obsidiana, néctar de espacios breves,
pueblos en las orillas de los ojos, humildes relicarios del silencio.
El orvallo que se afianza en tu palabra, la caricia perpetua que no alcanza,
la mejilla indecisa
que tocan unos labios sin raíces, corazón blanco,
página blanca, nieve que es toda huella de las setas blancas:
el verbo que es un fruto, es un alhaite, es un desierto
al alba, porque el alba es la promesa donde descansa el tiempo:
donde la sombra se hace llaga es en las manos, qué religiosamente se desploma la flor y se desquicia,
y los tallos ascienden como pulsos del alba,
pétalos que son voces del rocío, contornos somnolientos donde la muerte canta a sus alondras,
a la delgada noche que quiere ser más negra
como una cicatriz sagrada de los nombres, como una ciudad que la luz, incansable, atacara.
Algo llena tus manos [toda mano es la promesa de un lugar]:
la primavera que humilde se desoye no es igual a la primavera callada. Ya se marchan los espacios
al fondo de tus manos, duermen con los añicos que el oído retiene,
los caminantes se ahogan en su imagen y las flores dejan de anclar el dulce recibimiento de la luz.
Sólo se cree en la noche cuando se la hace noche, cuerpo que es un vértigo de luz,
misterioso pilar donde los pensamientos callan y despiertan: angustia,
presencia y caridad: así tu rostro es un jardín de preces, una luna que asciende,
roca sobre la roca.



Evangelio de la mañana,
cuando las luces aran las tinieblas


La flor no será más la flor que en ella duerme: desaprende los cuerpos que dibujara el aire.
Un ermitaño cruza el murmullo de las flores: su color nos separa, no nos siente llegar.
Las aldeas desdeñadas hoy nos abren sus puertas: nadie nos recibe, pero todo es servicio.
Graves son los frutos, es dolor el crecimiento de los árboles, siervos del florecimiento: todas las hojas rozan,
como si palparan algo ajeno, los huraños espacios de su nombre. Así despuntan los cuerpos
como tactos que se vierten, acciones que son luz. Todo reencarna, todo recupera la íntima relación:
no el anhelo ni el camino de ser
[hemos buscado por toda la creación nuestra preñez sublime, la hija que seremos: ganarás tu destino,
ordenando cada soledad en los cajones del tiempo], y todo calla en nosotros, y sólo ese silencio nos encamina al habla,
en nosotros el tiempo se comienza. Pero también la luz, que es estridencia oscura, es un estrujamiento del amor.
Por los extensos hombres se prodigará el follaje, y el amor que anhela redimir sus potencias buscará la soledad.
Detrás de la mañana nadie sostendrá tus manos, viejo campesino que comulga con su lejano corazón, y lo trabaja, y lo venera.
La separación de las aguas no tiene más angustia que las deformadoras semillas que demoran el peso de su mar.
Mas tú no tengas miedo de ser tan derrotado, pues nada significas que diga su derrota.

Silencio, corazón: toda escucha es creación que reverencia. Toda creación es aislamiento, gran tristeza que pesa sobre nuestros sentidos que se sobrecogen, como niños aterrados en la poblada sombra.
Pero todos tus cuerpos comulgan, y es sagrado su beso, y su boca es la luz que, como muerte, hace germinar todas las cosas.
Dentro, una oscura presencia no reconoce el vértigo de ser: las montañas se serenan, amplísimos devotos que, sin embargo, hacen pequeño el corazón para escuchar su propia ausencia.
Si aprisionan su alteza es por misericordia: en tales honduras no hay acto que no puedan encarnar. Pero la escucha es un misterio más que el canto, no es ser cáliz ni ser parte del negocio,
sino la pesadez de habitar fuera de sí, de retraerse, callar en las estrellas que hacen frente a la música que las hace transcurrir,
la que devana sus cuerpos como un nombre del viento, la que lamentan cuando saben que el nombre es desleírse, dolorosas coyunturas del silencio que es todo su escuchar.

De opacidad, de acción avergonzada es la llanura de tus manos: tacto que se empobrece, angustiado de ser bordes que se tocan. Y debajo de tus ojos las flores se atenebran, les duele abrir sus actos y no sentir su cuerpo,
las corolas les duelen, fabulan sus pétalos como si creyeran guarecer su sofocado color.
¿Y no sientes la pobreza tú, frágil en una voz que crepuscula, sin alcanzar las piedras de su nombre,
las que apilas en torno de las aguas sin oír el afán de su figura?
No puedes escapar de tu silencio, de tu palabra oscura que es la angustia donde se sacia la verdad.
Sólo queda tu nombre enamorado del fugaz argumento de la lluvia. Sólo queda tu nombre que despierta en el sendero que te aparta de tu nombre.
Fácil será sentir que hay una sangre misteriosa que ilumina la nieve; fácil no hacer de las polillas que roen un dios de palo algo sagrado.
Mas tú alumbrarás la tierra mucho antes que amanezca, con tus manos oscuras has de forjar sus manos. Y aún así todos los misterios despertarán intactos, tú serás el dolor donde se salven y prodiguen su cuerpo las raíces,
serás la luna abierta que se busca en la luz que mece el mar: dragador del tiempo, mira cómo los pájaros esparcen sus alrededores, al filo de una alondra desvaída.
Por besar serán tus manos inconclusas, por sostenerte el mundo será una perfección. Y las siluetas todas abrirán tu regazo para guarecerse, y tus ojos como gotas de rocío dormirán sobre ellas.



Evangelio del atardecer,
cuando las cosas recuperan la sombra

Caen, como animales desvaídos, las palabras tuyas. Todas las cosas donde sientes amor son el follaje que revela tu solitario amor. Algo se quiebra, corazón: es el mundo que cae, los pétalos que cimbran el misterio del polvo.
Hay hombres que apuntalan las ciudades donde otros hombres hieren los labios que veneran,
las ciudades siempre están a punto de romperse donde sólo funcionan si no miran los labios que las nombran.
Las palabras, los números, nada alcanza a sostener su devoción,
ni las cosas mismas se soportan, y todo se modera por sostener los ritos que las atraviesan
como una profunda misericordia. Por eso ahora abandono mi vida para decir tu vida,
tan impalpable y real como la mía, arrojo mis ideas como semillas sólo para que crezcan y te den sombra cuando quieras descansar de tanta luz,
abandono la bienintencionada magia para tomar la razón más silenciosa, que es la fe,
para asumir el peso de la fe y su desgarradura: veamos cómo de sexo en sexo fluyen los colapsos del amor, nosotros como flores putrecibles nos quedaremos quietos en un oscuro sexo inagotable,
desapegados de todas las canciones: nos quedaremos solos para sentir los ojos derramados de una memoria que intenta afirmar sus hechos, nos quedaremos solos como puentes de antiguas ciudades olvidadas,
y ya no saltaremos ni diremos un polen que aún sin pronunciarlo llagaría los espacios, ni pensaremos en todo lo posible, ni construiremos muros sólo para mostrarnos que podemos hacerlo.

Guardaremos silencio, cerraremos los ojos al atardecer: no veremos el sol cuando levante la plenitud furiosa de las formas,
abriremos los ojos como una despedida hacia las cosas, encenderemos lánguidas estrellas para alumbrar la unión del alimento
y hablaremos, serenos, de nuestra voz distante. Nada tocan los gritos que increpan la sombra, nada pueden los golpes que intentan derribarla. Cantarán a lo lejos los pájaros sus cuerpos, hallarán en tu oído el seno de su mundo.
Yo me quedaré quieto para que todo pueda descansar sobre mí, aunque sea verdad que no podamos desnudarnos
y mi quietud sea un acto irrefrenable, y mi quietud descanse en un desfiladero intempestivo.
Sobre mi mano quieta un quejido se habite, se haga sombra en mi mano un tacto, y sea tu mano. Y podamos entonces ser jardines del tacto, de la breve caricia que todo desvanece.
Pues la luz es la manera en que la sombra se habita, sea el mundo de la luz la devoción de nuestros ojos,
el instante de los bordes que son figuradas coyunturas: sea nuestro mundo la alegoría del mundo,
de nuestros ojos que crecen y se habitan, que no saben a qué rostro pertenecen.
Más cercana es ahora la desaparición de las palabras, el inocente mundo desdiciendo su pretexto como un niño,
el sueño del espacio como un roce de la niebla sobre la densidad que la sofoca.
Más cercano es negar y afirmar; quedémonos entonces alimentando las polillas,
besando el desnacer de los espacios, fluyendo en las corolas de las cosas abiertas.
Qué llagadas serán todas nuestras manos, qué camino tan largo el estar solos. Dime si es una sima tu pupila,
dime si es una cima. Hacia el fondo o la cúspide: tranquilo, por todos lados brota el corazón.

Más lejana parece ahora tu vida, mano que sobre el tacto se libera.
Tu vida te recibe como a un hijo que se marchó hace tiempo.







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