martes, 25 de octubre de 2016

ALEJANDRA MÉNDEZ BUJONOK [19.368]


ALEJANDRA MÉNDEZ BUJONOK 

Alejandra Méndez Bujonok (1979) San Cristóbal (Santa Fe), Argentina, reside en Rosario. Es guionista y productora cultural. Curadora de importantes encuentros literarios en su provincia. Coordinó los ciclos de lecturas: “Poesía en los Bares” organizado por Secretaría de Cultura y Educación de la ciudad de Rosario, “Poetas que leen a otros Poetas”, “Poetas del Tercer Mundo”, y los trasnoches del Festival Internacional de Poesía de Rosario (ed. 2010-2011) entre otros. Ha participado en diversos encuentros o festivales de Poesía nacionales e internacionales. Figura en antologías nacionales y latinoamericanas. Ha publicado: Tarde abedul (poesía) editorial La Pulga Renga, Rosario (primera edición 2013 – segunda edición 2015).


La fuente

Pensamientos de dentro, de todos,
flotan y se mezclan
los peces en el aire.
Sospecho que el limón me mira
en su sol amargo
¿o soy yo quien lo mide
en la distancia de ácidos
con cierto recelo lagrimal?
No sé qué es la fuente de luz
que nombran
los merecidos del cielo.
Tanto tuve que andar
para acertar en el agua
el accidente de la sombra,
para aprender a llorar. 



Rhizanthella

Por los caminos del agua en busca del silencio
las máquinas son máquinas secretas.
Como una Rhizanthella, sin romper
jamás la superficie de la tierra,
florecen por lo bajo aquellos rayos. 



Contrapunto

Para cubrirme del desamparo virtuosista
de la fantasía en un lunes con luz tenue,
luz ínfima de pared cualquiera del mundo,
de la vergüenza cromática en la fuga
no vista ni aceptada,
creo el contrapunto
que es ese fino oficio en el origen.
Como un triste dios pequeño
a tientas sufro
practicando mi libertad.



Caracola

Tenían quietudes azules/sus ojos
cantábrica profundidad/marítima su alma
inaccesa/toda alma todo cielo toda vida/
caracola en movimiento.
Tenían la ductilidad de los vientos/sus vientos.
Me miraba su historia -abuela- como queriendo
salirse de usted.
De niña entendí/solo viéndola mirar/que todo
es un acantilado lejano.



De la manera en que me salvo

No uso reloj en la muñeca
(es triste el mundo de los ajustados)

No uso gafas oscuras de sol
(es triste el mundo de los escondidos)

No uso paraguas de la lluvia
(es triste el mundo de los protegidos)

Me salvo así
(o eso creo)

De pensar el control de los objetos.
De pensar la distancia de los otros.
De pensar que la lluvia es una maldición.



En coro

El puño de la tarde se abre
en semillas de luz multiplicada.

El sonido no es
solo una constante.

Bajan de a una las lianas liláceas
como lágrimas
en coro de los pájaros.

Cardenal amarillo en mi pecho
es el campo

Un animal sediento,
un dios,
un amante.



CRIATURA

El color de la tierra húmeda criatura corva
del verde olor a mujeres derramadas.
Un pueblo que huele a lluvia de verano.
La lumbre, el horizonte como flecha
Que lanza el viento. No sentir otro ritmo sino
el del azaroso camino a los álamos.
Esa fe en la tibieza de un tiempo
haciendo pan o torneando materia
que luego olvidamos. La estación final:
que detiene al mundo,
que nos recuerda lo que somos.

(de Tarde Abedul, La pulga renga, Rosario, 2013)



El reloj de esta mujer
le anda como un galgo
con rabia a veces
me quedo mirándola
y me recuerda a su madre,
mi abuela lejana
como el acantilado. No es
de ahora que está enferma
su soledad viene
de siglos pasados. A veces
 me quedo mirándola
y me recuerda a ese verso
de Katherine donde ruega
a dios para que sea él
quien endurezca su corazón.

(de la serie: las tías, en Rapsodia de los descontentos, -inédito-)



Cómo estás, dónde, Jeremías, te escondes de las escaleras en reversa 
miento si declaro ser luz para tu sombra.
Cuestabajo, claro, Jeremías, te comprendo. Cual amor fundado
en prematríz y en desgobierno.
“Mira que he puesto mis palabras en tu boca”
y no hay liberación.
Derruir para plantar, Jeremías, sí, un vástago de almendro. Pero muros de cobre y viento norte ceñirán tus caderas.
Una vid roja selecta abrirá tus ojos y tu boca, sed de calma y de corona, hablarán palabras de los otros.
Como estás, dónde, Jeremías, te escapas de la tierra de los hombres, que traicionan por clara pasión. Del horizonte
Por qué causa dondequiera que brille, la angustia de tu espada, Jeremías, rompiste la escarlata mismísima del sueño hecho culpa y desengaño.
Qué oscura luna hizo noche tu rostro más duro que un peñasco.
“levántate y subamos” Jeremías, por la noche esta que  fue dada sobre el campo santo por compasión y niño del tiempo.
Como estás , dónde, Jeremías, te entristeces del lucerío de los ranchos y caminos.
Miento si declaro ser luz para tu sombra.

(De la serie: las lamentaciones, en Rapsodia de los descontentos – inédito)






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