miércoles, 6 de marzo de 2013

SALOMÉ UREÑA DE HENRÍQUEZ [9356]


Salomé Ureña


Salomé Ureña de Henríquez

El 21 de octubre de 1850 nace en la ciudad de Santo Domingo (República Dominicana), Salomé Ureña. Sus padres, Don Nicolás Ureña de Mendoza y Doña Gregoria Díaz de León, estimularon el estudio en la niña precoz, que se convertiría, más tarde, en una de las poetisas más grande de América.

Estudió en las escuelas públicas de la época y su padre, hombre de vasta cultura, la guió al estudio sistemático de los clásicos castellanos.

A los 20 años casó con Don Francisco Henríquez y Carvajal. De esta unión nacieron cuatro hijos: Francisco, Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña.

Sin descuidar sus composiciones poéticas, y animada por su esposo, fundó en 1881 el primer centro femenino de enseñanza superior: el "Instituto de Señoritas". A los seis años de su fundación se graduaron las primeras seis maestras normales que tuvo la República Dominicana.

Sus primeros versos los publicó a los 17 años. Su estilo nítido y espontáneo se manifiesta muchas veces lleno de ternura, como ocurre en El Ave y el Nido y otras veces su verso se torna viril y patriótico como en A la Patria y en Ruinas. La poetisa cantó a su patria, a su panorama hermoso, a sus hijos, a las flores, a la isla entera, y como una ofrenda a nuestro clima, ofrece La Llegada del Invierno.

Su vida fue corta. A los 47 años dejó de existir.





A la Patria

Desgarra, Patria mía, el manto que vilmente, 
sobre tus hombros puso la bárbara cueldad; 
levanta ya del polvo la ensangrentada frente, 
y entona el himno santo de unión y libertad.

Levántate a ceñirte la púrpura de gloria 
¡oh tú, la predilecta del mundo de Colón! 
Tu rango soberano dispútale a la historia, 
demándale a la fama tu lauro y tu blasón.

Y pídele a tus hijos, llamados a unión santa, 
te labren de virtudes grandioso pedestal, 
do afirmes para siempre la poderosa planta, 
mostrando a las naciones tu título inmortal.

Y deja, Patria amada, que en el sonoro viento 
se mezclen a los tuyos mis himnos de placer; 
permite que celebre tu dicha y tu contento, 
cual lamenté contigo tu acerbo padecer.

Yo ví a tus propios hijos uncirte al férreo yugo, 
haciéndote instrumento de su venganza cruel; 
por cetro te pusieron el hacha del verdugo, 
y fúnebres cipreces formaron tu dosel.

Y luego los miraste proscritos, errabundos, 
por playas extranjeras llorosos divagar; 
y tristes y abatidos los ojos moribundos 
te ví volver al cielo cansados de llorar.

Tú sabes cuántas veces con tu dolor aciago 
lloré tu desventura, lloré tu destrucción, 
así cual de sus muros la ruina y el estrago 
lloraron otro tiempo las hijas de Sión.

Y sabes que, cual ellas, colgué de tus palmares 
el arpa con que quise tus hechos discantar, 
porque al mirar sin tregua correr tu sangre a mares 
no pude ni un acorde sonido preludiar.

Mas hoy que ya parece renaces a otra vida, 
con santo regocijo descuelgo mi laúd, 
para decir al mundo, si te juzgó vencida, 
que, fénix, resucitas con nueva juventud;

que ostentas ya por cetro del libre el estandarte 
y por dosel tu cielo de nácar y zafir, 
y vas con el progreso, que vuela a iluminarte, 
en pos del que te halaga brillante porvenir;

que ya tus nuevos hijos se abrazan como hermanos, 
y juran devolverte tu angustia dignidad, 
y entre ellos no se encuentran ni siervos ni tiranos, 
y paz y bien nos brindan unión y libertad.

¡Oh Patria idolatrada!  Ceñida de alta gloria 
prepárate a ser reina del mundo de Colón: 
tu rango soberano te guarda ya la historia, 
la fama te presenta tu lauro y tu blasón.







El Ave y el Nido

¿Por qué te asustas, ave sencilla? 
¿Por qué tus ojos fijas en mí? 
Yo no pretendo, pobre avecilla, 
llevar tu nido lejos de aquí.

Aquí, en el hueco de piedra dura, 
tranquila y sola te vi al pasar, 
y traigo flores de la llanura 
para que adornes tu libre hogar.

Pero me miras y te estremeces, 
y el ala bates con inquietud, 
y te adelantas, resuelta, a veces, 
con amorosa solicitud.

Porque no sabes hasta qué grado 
yo la inocencia sé respetar, 
que es, para el alma tierna, sagrado 
de tus amores el libre hogar.

¡Pobre avecilla!  Vuelve a tu nido 
mientras del prado me alejo yo; 
en él mi mano lecho mullido 
de hojas y flores te preparó.

Mas si tu tierna prole futura 
en duro lecho miro al pasar, 
con flores y hojas de la llanura 
deja que adorne tu libre hogar.






La Llegada del Invierno

Llega en buen hora, más no presumas 
ser de estos valles regio señor 
que en el espacio mueren tus brumas 
cuando del seno de las espumas 
emerge el astro de esta región.

En otros climas, a tus rigores 
pierden los campos gala y matiz, 
paran las aguas con sus rumores, 
no hay luz ni brisas, mueren las flores, 
huyen las aves a otro confín.

En mi adorada gentil Quisqueya, 
cuando el otoño pasando va, 
la vista en vano busca tu huella: 
que en esta zona feliz descuella 
perenne encanto primaveral.

Que en sus contornos el verde llano, 
que en su eminencia la cumbre azul, 
la gala ostentan que al suelo indiano 
con rica pompa viste el verano 
y un sol de fuego baña de luz.

Y en esos campos donde atesora 
naturaleza tanto primor, 
bajo esa lumbre que el cielo dora, 
tiende el arroyo su onda sonora 
y alzan las aves tierna canción.

Nunca abandonan las golondrinas 
por otras playas mi hogar feliz: 
que en anchas grutas al mar vecinas 
su nido arrullan, de algas marinas, 
rumor de espumas y auras de abril.

Aquí no hay noches aterradoras 
que horror al pobre ni angustia den, 
ni el fuego ansiando pasa las horas 
de las estufas restauradoras 
que otras regiones han menester.

Pasa ligero, llega a otros climas 
donde tus brumas tiendas audaz, 
donde tus huellas de muerte imprimas, 
que aunque amenaces mis altas cimas 
y aunque pretendas tu cetro alzar, 
siempre mis aguas tendrán rumores, 
blancas espumas mi mar azul, 
mis tiernas aves cantos de amores, 
gala mis campos, vida mis flores, 
mi ambiente aromas, mi esfera luz.






Mi Ofrenda a la Patria

¡Hace ya tanto tiempo...! Silenciosa 
sí, indiferente no, Patria bendita, 
yo he seguido la lucha fatigosa 
con que llevas de bien tu ansia infinita.

Ha tiempo que no llena 
tus confines la voz de mi esperanza, 
ni el alma, que contigo se enajena, 
a señalarte el porvenir se lanza.

He visto a las pasiones 
levantarse en tu daño conjuradas 
para ahogar tus supremas ambiciones, 
tus anhelos de paz y de progreso, 
y rendirse tus fuerzas fatigadas 
al abrumarte peso.

¿Por qué, siempre que el ruido 
de la humana labor que al mundo asombra, 
recorriendo el espacio estremecido 
a sacudir tu indiferencia viene, 
oculta mano férrea, entre la sombra, 
tus generosos ímpetus detiene?

¡Ah! yo quise indagar de tu destino 
la causa aterradora: 
te miro en el comienzo del camino, 
clavad siempre allí la inmóvil planta 
como si de algo que en llegar demora, 
de algo que no adelanta, 
la potencia aguardaras impulsora...

¡Quién sabe si tus hijos 
esperan una voz de amor y aliento! 
dijo el alma, los ojos en ti fijos, 
dijo en su soledad mi pensamiento.

¿Y ese amoroso acento 
de qué labio saldrá, que así acuda 
el espíritu inerme, y lo levante, 
la fe llevando a reemplazar la duda, 
y del deber la religión implante?

¡Ah! la mujer encierra, 
a despecho del vicio y su veneno, 
los veneros inmensos de la tierra, 
el germen de lo grande y de lo bueno.

Más de una vez en el destino humano 
su imperio se ostentó noble y fecundo: 
ya es Veturia, y desarme a Coriolano; 
ya Isabel, y Colón halla otro mundo.

Hágase luz en la tiniebla oscura, 
que al femenil espíritu rodea, 
y en sus alas de amor irá segura 
del porvenir la salvadora idea.

Y si progreso y paz e independencia 
mostrar al orbe tu ambición ansía, 
fuerte, como escudada en su conciencia, 
de sus propios destinos soberana, 
para ser del hogar lumbrera y guía 
formemos la mujer dominicana.

Así, de tu futura 
suerte soñado con el bien constante, 
las fuerzas consagré de mi ternura, 
instante tras instante, 
a dar a ese ideal forma y aliento, 
y rendirte después como tributo, 
cual homenaje atento, 
de mi labor el recogido fruto.

Hoy te muestro ferviente 
las almas que mi afán dirigir pudo: 
yo les di de verdad rica simiente, 
y razón y deber forman su escudo.

En patrio amor sublime 
templadas al calor de mis anhelos, 
ya sueña que tu suerte se redime, 
ya ven de tu esperanza abrir los cielos.

Digna de ti es la prenda 
que mi esfuerzo vivísimo corona 
y que traigo a tus aras en ofrenda 
¡el don acepta que mi amor te abona!

Que si cierto es cual puro 
mi entusiasta creer en esas glorias 
que siempre, siempre, con placer te auguro; 
si no mienten victorias 
la voz que en mi interior se inspira y canta, 
los sueños que en mi espíritu se elevan, 
ellas al porvenir que se adelanta 
de ciencia y de virtud gérmenes llevan.







Mi Pedro

Mi Pedro no es soldado; no ambiciona 
de César ni Alejandro los laureles; 
si a sus sienes aguarda una corona, 
la hallará del estudio en los vergeles.

¡Si lo vierais jugar! Tienen sus juegos 
algo de serio que a pesar inclina. 
Nunca la guerra le inspiró sus juegos: 
la fuerza del progreso lo domina.

Hijo del siglo, para el bien creado, 
la fiebre de la vida lo sacude; 
busca la luz, como el insecto alado, 
y en sus fulgores a inundarse acude.

Amante de la Patria, y entusiasta, 
el escudo conoce, en él se huelga, 
y de una caña, que transforma en asta, 
el cruzado pendón trémulo cuelga.

Así es mi Pedro, generoso y bueno, 
todo lo grande le merece culto; 
entre el ruido del mundo irá sereno, 
que lleva de virtud germen oculto.

Cuando sacude su infantil cabeza 
el pensamiento que le infunde brío, 
estalla en bendiciones mi terneza 
y digo al porvenir: ¡Te lo confío!






Ruinas

Memorias venerandas de otros días, 
soberbios monumentos, 
del pasado esplendor reliquias frías, 
donde el arte vertió sus fantasías, 
donde el alma expresó sus pensamientos.

Al veros ¡ay! con rapidez que pasma 
por la angustiada mente 
que sueña con la gloria y se entusiasma 
la bella historia de otra edad luciente.

¡Oh Quisqueya! Las ciencias agrupadas 
te alzaron en sus hombros 
del mundo a las atónitas miradas; 
y hoy nos cuenta tus glorias olvidadas 
la brisa que solloza en tus escombros.

Ayer, cuando las artes florecientes 
su imperio aquí fijaron 
y creaciones tuviste eminentes, 
fuiste pasmo y asombro de las gentes, 
y la Atenas moderna te llamaron.

Águila audaz que rápida tendiste 
tus alas al vacío 
y por sobre las nubes te meciste: 
¿por qué te miro desolada y triste? 
¿dó está de tu grandeza el poderío?

Vinieron años de marguras tantas, 
de tanta servidumbre; 
que hoy esa historia al recordar te espantas, 
porque inerme, de un dueño ante las plantas, 
humillada te vió la muchedumbre.

Y las artes entonces, inactivas, 
murieron en tu suelo, 
se abatieron tus cúpulas altivas, 
y las ciencias tendieron, fugitivas, 
a otras regiones, con dolor, su vuelo.

¡Oh mi Antilla infeliz que el alma adora! 
Doquiera que la vista 
ávida gira en tu entusiasmo ahora, 
una ruina denuncia acusadora 
las muertas glorias de tu genio artista.

¡Patria desventurada!   ¿Qué anatema 
cayó sobre tu frente? 
Levanta ya de tu indolencia extrema: 
la hora sonó de redención suprema 
y ¡ay, si desmayas en la lid presente!

Pero vano temor: ya decidida 
hacia el futuro avanzas; 
ya del sueño despiertas a la vista, 
y a la gloria te vas engrandecida 
en alas de risueñas esperanzas.

Lucha, insiste, tus títulos reclama: 
que el fuego de tu zona 
preste a tu genio su potente llama, 
y entre el aplauso que te dé la fama 
vuelve a ceñirte la triunfal corona.

Que mientras sueño para ti una palma, 
y al porvenir caminas, 
no más se oprimirá de angustia el alma 
cuando contemple en la callada calma 
la majestad solemne de tus ruinas.






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