domingo, 25 de noviembre de 2012

JOHN ASH [8542]


John Ash (nacido el 29 de junio de 1948, Manchester, Reino Unido,) es un poeta y escritor británico. 
Su interés permanente en Bizancio (especialmente su arquitectura ) es un tema importante que se ejecuta a través de su poesía, la ficción y la literatura de viajes, su trabajo ha aparecido en The New Yorker , The New York Times , The Village Voice , The Washington Post y The Paris Review.  

Poesía:

The Parthian Stations (2007, ISBN 1-85754-872-8)
To the City (2004, ISBN 1-58498-037-0)
The Anatolikon (2002, ISBN 1-58498-011-7)
Selected Poems (1996, ISBN 1-85754-155-3)
The Burnt Pages (1991, ISBN 0-679-40175-X)
Disbelief (1987, ISBN 0-85635-695-6)
The Branching Stairs (1984, ISBN 0-85635-501-1)
The Goodbyes (1982, ISBN 0-85635-423-6)
The Bed (1981)
Casino: A Poem in Three Parts (1978)

No ficción:

A Byzantine Journey (1995, ISBN 0-679-40934-3)


     Ash nos recuerda en la particularidad de cada uno de sus poemas que en la expresión de la vida, que en cada palabra se dan cita al mismo tiempo el gesto civilizador, en ocasiones cruel, y la mirada adánica, atenta a la creación, inclinada al estado de la naturaleza. Pero aunque cada uno de los poemas de Ash suponga un lúcido ejercicio de originalidad estética, asentado sobre la tradición, resulta imposible encontrar una única fórmula en la que poder resumir su poesía. 
     No resulta imposible encontrar nexos comunes en los múltiples libros del poeta británico desde los inicios de su poesía. En primer lugar, la atención a la mirada cultural, en la que la música ocupa un lugar privilegiado. También, la ambición expresiva capaz de presentar su producción como un constante tour de force frente al lenguaje, como en el magnífico Sonata in Two Sentences en el que el poema se desarrolla como una pincelada única de dos enunciados en que las imágenes se suceden unas a otras, como si se tratase de una cadena de fuegos artificiales. La riqueza de la imaginería del poeta es también una de las constantes de su obra, si bien a partir de la publicación de Two Books: The Anatolikon / To the City es posible apreciar un despojamiento expresivo, que llegará a su cumbre en algunos de los poemas de The Parthian Stations, poemas en los que la voz lírica se modula bajo los auspicios de un pensamiento y una emoción despojadas.
     Estos cuatro poemas pertenecen al libro Travesía escéptica (Poemas 1978-2007), de inminente publicación en Puerta del Mar, con selección, prólogo y traducción de Ana Gorría y James Womack.




Traducción y nota: Ana Gorría y James Womack


El florero

es una escultura que sostendrá las flores.
Al tener la cara curtida de una muñeca
rodeada de hojas de papel calcinadas
es como el monumento funerario
de un niño majestuoso puesto de pie junto a 
la legendaria ruta hacia China (en

la cuenca de Tarim quizá, donde
toda una ciudad de madera se ha desmoronado
bajo el nivel del mar, en su geografía árida)

Polvo de coral. Anábasis.

De la misma manera que los ramilletes de lanzas
se adornan con las colas de la pluma de pájaros amarillos
renacerá la forsythia, pero tú
te sostienes seguro frente al otoño
respaldado por la oquedad azul
que silba a través del
pasador vacío de tus ojos.




A Vase

is a sculpture that will hold flowers.
Bearing the tanned face of a doll
surrounded by burnt sheets of paper,
it is like the funerary monument
of a princely child standing beside
the old highway to China (in

the Tarim Basin perhaps, where
an entire wooden city has crumbled away—
below sea-level, but dry as dust).

Coral dust. Anabasis.

Soon like bunched spears decorated
with the tail-feathers of yellow birds,
forsythia will appear, but you
will remain resolute for autumn
backed by the blue emptiness
that whistles through
the pin-holes of your eyes.




Anne/Marthe

Debe ser triste supongo
que no sepa qué entienden los poetas
por el “amor” que invocan de manera
incesante. Me recuerda al mecano—
grafiador de Satie en Parade. Incluso si

colocara los guantes y la fusta de
Anna Ajmátova bajo
un poderoso microscopio todavía no 
habría ninguna probabilidad. Ella debe
haber tenido mejores cosas que hacer que preguntar

¿por qué te fuiste? mientras aspira
“el dulce aroma de los tilos”. De hecho,
el olor de los tilos es abrumador
Están entumecidos y son pegajosos. Conozco

la lujuria y el encaprichamiento. Son cosas
para culminar como una puerta o una valla
hasta que llegas a descansar, como hizo Bonnard,
en un jardín cercano al Mediterráneo,

junto a una mujer que vivía como Dánae
en un cuarto de baño aclarado con oro.



Anne/Marthe

It must be sad I suppose
that I don’t know what poems mean
by the “love” they apostrophize so
incessantly. I am reminded of the type—
writer in Satie’s Parade. Even if

I placed Anna Akhmatova’s
riding-crop and gloves under
a powerful microscope the chance is
I still wouldn’t get it. She must
have had better things to do than ask

“Why did you go?” while inhaling
“the linden’s sweet scent”. In fact,
the scent of lindens is oppressive.
They ooze and are sticky. Lust

I know, and infatuation. They are things
to get over like a gate or a fence
until you come to rest, as Bonnard did,
in a garden close to the Mediterranean,

with a wife who lived like Danaë
in a bathroom washed with gold.




Hacia atrás

Se trata de no querer ser parte de la multitud.
Le arrojé mi adiós al siglo XX
algunos años antes de que terminara
pero se me ocurre que ni dije ni hice
nada para recibir al nuevo siglo además de
emborracharme la noche más propicia.

Esto en parte es una cuestión de gustos—.
para una despedida se precisa todo un paisaje con tumbas
y un amanecer, mientras una bienvenida merece
una puerta que se abre a un inseguro atrio.
Aun así. Me gustaría corregir mi descuido:

“Así que siglo XXI estás aquí
y tal vez, para mí sorpresa,  también me encuentro yo.
Solo es el final de tu segundo año
pero al alrededor todo empieza a ser viejo
y hay buenas razones para desear
que te disperses como una epidemia
sin más, repeticiones monstruosas.

Esto, por supuesto, no es lo que quise decir.



Backwards

Not wanting to be part of a crowd,
I made my farewells to the twentieth century
some years before it ended,
but it occurs to me that I said and did
nothing to greet the new century apart from
getting drunk on the appropriate night.

This is partly a matter of preference—
for a farewell is an entire landscape with toms
and a sunset, while a greeting is merely
a door opening onto an uncertain hallway.
Even so, I would like to correct the omission:

“So here you are twenty-firs century,
and perhaps surprisingly, I am here too.
It is only the end of your second year,
but already your are beginning to look old,
and there are good reasons for wishing
you would to vanish like an epidemic
without further, monstrous repetitions”.

This, of course, is not what I meant to say.



Canción desértica

Así, como en el inicio de una casida
me dirijo a los restos de una fogata,—

que hemos compartido en el distrito del exterior sin agua
de la ciudad devastada en los disturbios…¡Amado¡ 
¡Luna entre las lámparas que parpadean, me encuentro en mi propio camino!,—

mi ligera barcaza evita con facilidad
los pontones oxidados y las cañoneras del puerto,

y pronto me encuentro avanzando a lo largo del Gran Canal,
mientras paso la Mezquita Verde,
al bordear la Torre de los Vientos hasta

que desembarco en la Plaza de los Zocos,—
afamada en la historia y en los libros de viaje…

Y aquí hay algo para burlarse de los visitantes,
en el centro de la plaza descansa
una enorme brújula estelar dibujada en el mosaico blanco
sobre un terreno de piedra mate, rojo,—

y una brújula es lo que necesitarás
( y por supuesto no pensaste en traer una)
por lo fácil que es desorientarse en este lugar

en la mitad del ruido
de los trabajadores del metal y los sistemas de megafonía,
en la mitad del olor de los asadores de carne y el carbón ardiendo,

entre las rosas y las grutas de los jardines de Monteverdi,
en el sonido de los rebecs, los ouds, los tranvías, los teléfonos,
la caballería, y la explosión de cartuchos a lo largo de la cornisa sitiada!

Aquí hay un sin número de distracción y alarmas:
a veces un hombre que se mece bajo el tótem oscilante
de los cupones de lotería, caerá a tus pies, mientras sonríe

como si hubiera muerto, o una mujer con una cicatriz en su garganta
invocará palabras confusas desde el pórtico poco iluminado de un callejón
(y ella, como percibes de inmediato, es una visitante
de otro poema, no de este que estás viviendo tú)

—De hecho, en ninguna otra ciudad es tan probable que el pánico
ataque al extranjero, y todavía las consideraciones
de los tabúes religiosos y la estrategia militar
prohíben la publicación de los mapas. Pero ¡ánimo,

mi estrella! y todavía permanezco en mi camino
mientras sostengo con determinación mi jarro de agua, con los ojos fijos
en el mecanismo al aire de la torre del reloj,—

que es como nuestros corazones, como los sentimientos complejos y ricos
que deberían ser puestos en escena en este momento, entre
los golpes de las campanas y el ulular de los almuédanos,

si sólo pudiera encontrarte. Pero, como resulta inevitable,
el cielo comienza a hacerse más oscuro como si un inmenso postigo se deslizara al lugar,
la niebla crece desde los canales y un enjambre de personas hambrientas
dan traspiés a través de las calles estrechas.

Soy arrojado a un lado del pabellón que se desmorona
de una fuente pública inutilizada, y el miedo,
como una hilera de hormigas comienza a andar sobre mi médula.

Pájaros maliciosos, portadores de enfermedad, han devorado las migas que dejé como rastro,
y el examen de mis bolsillos me indica que no he traído
ningún apunte de tu dirección. La multitud se espesa

y empieza a gritar al unísono palabras
que mi guía turística no había registrado; ellos comienzan a lacerar sus caras
con sus uñas; comienzan a golpearse los unos a los otros
de forma confusa con ramas.
No me atrevo a salir de mi escondite,
y sigo mi camino. Ya para siempre.




Desert Song

And so, as in the opening of a quasida
I address the remains of a campfire,—

the one we shared in the waterless outer precincts
of the riot-torn city…Beloved! O
moon among flickering lanterns, I am on my way,—

my light skiff negotiates with ease
the rusting hulks and gun-boats of the port,

and soon I am well advanced along the Grand Canal,
passing the Green Mosque,
skirting the Tower of the Winds until

I disembark at the Square of the Souks,—
famed in history and travelogue…

And here is something to mock the visitor,
for the centre of square lies
a massive compass-star drawn in white mosaic
on a ground of dull, red stone,—

and a compass is what you will need
(and of course you didn’t think to bring one)
For it is easy to lose your way in this place

Amidst the din
of metal workers and public address systems,
amidst the scent of grilling meats and burning charcoal,

among the roses and grottoes of the Monteverdi gardens,
in the sound of rebecs, ouds, tramcars, telephones,
cavalry, and shells exploding along the besieged corniche!

here are numberless distractions and alarms:
sometimes a man swaying under the weight of a fluttering totem
of lottery tickets will fall at your feet, smiling

as if death, or a woman with a scar across her throat
will call out confused words from the dim porch of an alley
(and she, you at once, recognise, is a visitant
from another poem, not this one you are living)

-indeed, in no other city is so panic so likely
to attack the stranger, and yet considerations
of religious taboo and military strategy
forbid the publication of maps. But courage,

oh my star! I am still on my way,
clutching grimly at my water-flask, eyes fixed
on the exposed mechanism of the casino’s clock tower,—

which is like our hearts, like the rich and complex feelings
that should be coming into play at this moment, amidst
the striking of bells and the ululations of muezzins,

if only I could find you. But, as inevitable,
the sky begins to darken as if an immense shutter were sliding into place,
a fog rises from the canals and a swarm of starving people
stumbles through the narrow streets.

I am thrown aside into the crumbling pavilion
of a disused public fountain, and fear,
like a line of ants begin to crawl up my spine.

Malicious birds, carriers of disease, have devoured the crumbs I left as a trail,
and a examination of my pockets reveals that I carry
no note of your address. The crowd thickens

and begins to chant in unison words
my phrase book does not record: they begin to lacerate their faces
with their nails; they begin to strike out at one another
confusedly with branches.
I dare not emerge from my hiding place,
and I am still on my way. Forever now.

http://www.elcoloquiodelosperros.net/numero28/esp28jo.html



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