miércoles, 18 de enero de 2017

GUILLERMO ARIEL SEMINARA [19.876]


Guillermo Ariel Seminara

Guillermo Ariel Seminara nació en La Plata, Argentina en 1965. Estudió en la Universidad Nacional de dicha ciudad (UNLP). Es Licenciado y Profesor en Comunicación Social. Su área de especialización es la semiótica. Ejerce la docencia y la investigación. También escribe cuentos y poemas; mucho de éstos se hallan dispersos en páginas virtuales. “Apuntes sublunares” es el título de su primer poemario, que aún permanece inédito. Desde 2002 reside en Barcelona. Para leer más textos de su autoría pinchar el siguiente enlace: https://www.facebook.com/ApuntesSublunares/


Presentación

Ningún signo remite
a lo que somos,
lo que más nos nombra
en realidad es esa dispersión
que inauguran las palabras.


Autorretrato

Nuevamente yo
sin más
y sin menos.
Nuevamente mi mirada triste
que resiste a esta tarde persistente
de enero.
Vacío y necio recorro
los umbrales
más remotos de mi risa
y me hago inútilmente fuerte
en un paulatino adiós,
sin Dios
y me sobran los dedos
de una mano
para contarme.


Arrendatario

(Barcelona, junio de 2002)

Tengo ahora donde
caerme muerto.
El contrato no lo dice
pero he podido con su firma
dotar a la muerte de cierta
seguridad proxémica.
Lo del tiempo,
en cambio,
es algo que aún
resta por discutir
y hasta donde sé
los propietarios
suelen tener
sobre el asunto
criterios más bien
dispares.


Guía

Lo curioso
ante las ruinas
es que el pasado
lo aporta
siempre
el visitante.


Matemáticas

Si tres por tres es nueve
y nadie a estas alturas dice nada
es sólo porque nos sigue
proporcionando un gran placer
poder controlar
cierto futuro del tres
aunque sea en esta escala
tan modesta.


Noche

I

Abro la ventana
para que entre un poco la noche,
esa exterioridad
que por comodidad ubicamos,
sobre todo,
en el cielo.
Lozanea la ingravidez del silencio
y todo parece ahora sostenerse a sí mismo.
Debería encender un cigarro
de una buena vez
y celebrar lo tácito de casi todas las cosas,
y también de paso ignorar la muerte
y su sorpresa.
Pero no lo hago,
no fumo más.

II

(A Charles S. Peirce)

Constato:
No es infrecuente
en el mundo sublunar,
que ciertos resultados
se nos presenten como casos
de un conjunto de reglas que ignoramos.
De ahí que pueda decirse:
“Todas las piedras de la playa pertenecen al olvido.
Esta piedra que adorna mi escritorio proviene del olvido.
Esta piedra es de la playa”.

III

Lo blanco ya viene con la hoja,
es el color que adquiere a veces
el vacío interiorizado.
Sólo resta quitar ahora el silencio
adherido en el papel,
lograr que falte lo que digo
e indicar posibles recorridos
que guíen hasta dar,
por fin,
con esa ausencia
que me nombre.

IV

Cerraré los ojos
hasta mañana,
y una vez alejado lo suficiente
del existir sin tregua
esperaré a que sea la noche
la que me sorprenda,
detrás, quizá, de mis propias huellas,
y recogiendo
algunos restos de olvidos
de la playa.


Productividad

Pierdo el tiempo.
Siempre me pasa.
Y es que suelo dedicarme a cosas
que a cambio no dan tiempo,
sino más cosas.
Si se lo piensa,
nos pertenece más la eternidad
que el tiempo,
que en verdad es pura pérdida.
Y si se lo sigue pensando,
allí está la nada imponiendo su no cesación
sobre la nuestra.
Como una melodía
que dura más que
los músicos,
como un principio
que siempre antecede a lo principiado.
Y así,
en lo sucesivo,
uno se muere.
Guardando distancia,
respetuosos de un orden
callado y célibe,
que nos regresa al silencio;
el que resulta del tiempo
coincidiendo,
por fin,
consigo mismo;
justo en ese segundo
que dura toda
la eternidad.


Muerte

La muerte está en todos lados
menos en ella misma.
En ella no hay oscuridad,
ni soledad.
Tampoco allí descansa nadie.
No existen días grises
ni caracoles
lentos.
Ni hablar de la desgracia
que es la ausencia de gracia.
En la muerte nunca llueve
ni deja de llover.
No está Hugo.
Etcétera.
No, la muerte no es la morada final
de todas esas vidas
y nada nos aleja más
de ella
que su propio
nombre.


Destinos

Llego a la esquina
y me detengo ante
un grupo humano benigno.
Conversan.
Arriba las nubes
dibujan formas olvidables.
Creo entender que intercambian
algunas ideas de cómo llegar
a un sitio de la manera más efectiva
y al cabo de unos minutos
logran ubicar la representación
de su júbilo
en un mapa.
Prosigo.
No tengo ese problema,
soy, a diferencia de las nubes,
pupilo en mis propias
redundancias.


Hallazgo

Hallan indicios de la existencia
de la tarde de ayer.
Según han afirmado
la tarde de ayer pudo
haber existido “tranquilamente”
y luego haberse extinguido
paulatinamente hasta
desaparecer por completo.
El fenómeno
–dijeron–,
en apariencia imperceptible,
ha sido
especialmente verificable
desde la playa y
desde los balcones,
incluso con los ojos cerrados,
así como también
dentro del silencio
que en ocasiones impone
la habitual incomodidad
de uno mismo.


Ortodoxia

Dos calandrias merodeaban
desde hacía algún tiempo
en mi cabeza.
Una tarde más silvestre que común
decidí hacer algo con ellas
y las imaginé posadas
sobre una parra repleta de uvas
y de sol.
Luego,
por fin,
las dejé volar
y entonces apenas
si lograron estas aves
en mi vuelo
desenvolver algo del orden
de su concepto.


Confites

Me pregunto por qué
nunca di con su tan
particular versión
de la felicidad.


Principio

Definitivamente,
las cosas son y
no son.

Fuente: Apuntes sublunares, libro inédito. Gentileza de Guillermo Ariel Seminara.

http://lospoetasnovanalcielo.blogspot.com.es/2016/08/guillermo-ariel-seminara.html



Guillermo Ariel Seminara - La disolución de los semblantes


6:17 A.M

Hay mañanas que admiten, por así decir, pequeñas digresiones. Se distinguen de las otras porque en el aire forman hendiduras que entreabren al peatón la posibilidad de la hondura y de lo plural. Una epojé que del día conserva para sí cierto discurrir de lo infrecuente y la mirada de alguien, que hasta ese momento no existía. Un universo, posiblemente verde, inhabitado, donde todo está por verse. Nuevísimo, tanto que el silencio todavía no se adhirió a las cosas, pues es la costumbre la que aún no ha comenzado. Y si uno osa (yo nunca lo hago) se va de excursión hasta la noche de otros días, y al regresar, luego, a recoger todo aquello de nosotros que hemos olvidado, descubrimos que, en verdad, no hemos viajado; que la quietud aún más quieta se ha quedado; que no estuvimos allí, ni en ningún lado.


I

Aguardaba sentado en la estación Paral-lel al metro y a las muchas otras cosas que normalmente aguardo al comenzar el día. De un lado, una señora sentada; del otro, un papel doblado en dos que juzgué resultado de algún reciente olvido. Lo cogí sin más. Una chica de azul, y su adolescencia, fueron testigos de la pequeña escena, pero, inmediatamente (supongo que por las urgencias mismas de nuestras propias determinaciones), ambos nos restamos importancia. Después busqué, sin éxito, al ratoncito que en ocasiones suele dejarse ver por las vías oscuras haciendo no sé qué cosas entre tren y tren y, cuando llegó el mío, simplemente subí. Durante el viaje avancé también sobre el contenido del papel. Este fragmento de azar que el relato puso ahora en mis manos –pienso- no pudo sino haber nacido de la infortunada relación entre un anhelo y un impedimento; algo así como el melancólico señalamiento de un posible desvío en el curso habitual de las cosas, pero que no acabará nunca por suceder. Al fin y al cabo una nueva evocación de lo perdido. Pero me doy cuenta que es muy temprano, que estoy medio dormido aún y que las ideas en mí cabeza no tienen mayor desarrollo, que tan solo son ensoñaciones heredadas de una noche que aún resiste, oscura, en algún lugar del día.
Regreso al texto nuevamente e, inmediatamente después, inicio un recorrido visual de todos los rostros de quienes están conmigo en el vagón, con el vano propósito de encontrarle uno al escrito; pero todos los rostros son uno y ninguno a la vez y al cabo de unos segundos me doy por vencido. Últimamente noto que me doy por vencido muy seguido. A todo esto: ¿qué diablos querrá decir epojé?


II

En “Objetos Perdidos” me dicen, con una lógica inapelable, que lo perdido en este caso parece ser un escritor y que, en consecuencia, lamentan no poder ayudarme.
-Quizá el autor fingió un olvido para que alguien interesado en la historia inicie su búsqueda- digo sin mucha convicción.
-Quizá- repite compasivamente la empleada. Y ahora el respeto adquiere en ella la forma del silencio.
Soy consciente de que hay algo desmedido en mi accionar, mientras camino nuevamente en dirección a mí mismo y mientras, del fondo del pasillo me llega una melodía de acordeón, que simula una felicidad que no tiene. En según qué circunstancias, pienso, las primeras víctimas son los semblantes: se nos van. No sé por qué esa idea me vuelve. Ahora estoy en la línea roja, cap a la meva feina y noto que el mundo se ha reorganizado en su variante habitual. En Mercat Nou * la luz se abre paso a la oscuridad del tiempo fragmentado que separa las morosas estaciones y es una prueba cabal de que el día existe.

* En la estación de Mercat Nou, en Barcelona, el metro sube a la superficie.
Apuntes sublunares
http://patriciadamiano.blogspot.com/2011/05/guillermo-ariel-seminara-la-disolucion.html






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