domingo, 19 de abril de 2015

RICARDO BERNAL [15.676]


Ricardo Bernal 

(Ciudad de México, 1962). Escritor y terapeuta junguiano. Desde 1992 se dedica a la investigación y enseñanza sistemática de literatura de géneros. Sus cursos y diplomados de literatura fantástica, horror y ciencia ficción han sido impartidos en la UNAM, La Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm, la Escuela de Escritores de SOGEM, y en diversos centros culturales por parte del Centro Nacional de Información y Promoción de la Literatura del INBA. También imparte cursos de astrología simbólica y tarot. Actualmente coordina el Laboratorio de cuento fantástico en el Programa de Escritura Creativa de la UCSJ.


TROPOS

Siempre es más tarde de lo que parece: el cosmos se apresura a terminar sus asuntos. Soy arcano sin número. Danzo en el vientre acuático del aire y mis manos se transforman en estrellas, en peces trágicos o en palomas picoteando la superficie de las apariencias. Si cierro los ojos soy un punto en el centro exacto del mapa. La esfera crece en todas direcciones y sus límites tocan otras esferas que no me atrevo a imaginar. Mi vida es un ancla y mi corazón un puño de tierra que me jala hacia la tierra. Por eso vuelo: recorro las situaciones y los días, conozco las escaleras y los atajos. En el agua, hay frente a mí una puerta de cielo invisible; en el cielo, hay frente a mí una puerta de agua donde la muerte es siempre un vuelo interrumpido, un acontecer de silencios y palabras deshojadas.



Naufragio

Hasta donde alcanza la vista, el océano está cubierto de cajas oblongas, baúles, cofres herrumbrosos; todos cerrados con llave o con cadenas y candados de bronce. Las olas los mueven en una alucinante danza, y la luna, amarilla y menguante, vierte una líquida telaraña de luz sobre la escena. Nosotros permanecemos en la isla, hablamos poco, nunca nos miramos: sabemos que ningún barco vendrá a recogernos. La única salida: caminar de baúl en baúl, brincar de caja en caja con el miedo revoloteando alrededor de nuestras cabezas y el hambre como un cangrejo destrozándonos las tripas. Entonces la mano de Dios, brutal, incandescente, surge de entre las nubes y nos arroja un racimo de llaves.



Suicida

Decido poner fin a mi vida por cansancio, hartazgo, excesivos yoes que quieren destronar al yo verdadero. Salgo al balcón: arriba hay luna, estrellas, joyas, ronroneo de aviones y nubes; abajo el ruido, las luces de los autos, muy lejos como en un inframundo inexplorado. Trepo el barandal, doy un paso, otro, sigo caminando en el aire y a cada paso cae uno de mis yoes, planea en círculos, se incorpora convertido en un ciudadano más, hormiga apurada en el callejero ruido nocturnal. Cuando llego a la mitad del trayecto soy sólo yo, sudo mucho. Alzo la cabeza y te descubro: también has caminado hasta aquí desde tu balcón, estás rejuvenecida, más transparente que nunca, y despojada ya de tus otros yoes. Me miras sonriente, frunces los labios y me plantas una sonora cachetada. Caigo.



Coleccionista

La niña diminuta camina por el parque. Es una coleccionista profesional de sonrisas: sabe que con sólo sonreír, obtiene a cambio otra sonrisa. Esa mañana le sonríen dos ancianos, tres señoras y un bebé: cuando llega a casa, guarda las sonrisas en un frasco. Por la tarde más sonrisas: la de un escritor meditabundo, dos de mujeres amargadas, cuatro del vecino, seis de sus tías las monjas, y el frasco se va llenando. Cae la noche, la niña duerme sonriente; desde el ropero, el frasco de sonrisas irradia una luz tenue y amarilla. De pronto, un viscoso monstruo brota de otra dimensión y se traga a la niña de un solo bocado. Sonríe el monstruo: no lejos de su sonrisa, entre las rugosidades del estómago, hay una colección de niñas que lloran.



Vegetación

—Lo mejor de estos bosques es que por más que los tales, siempre volverán a crecer exuberantes —dijo el hombrecillo flaco y desgarbado. Continuamos caminando, el hombrecillo seguía mostrándonos coníferas eternas, helechos verdiazules, palmeras monstruosas como dinosaurios. Cuando llegamos a un claro, yo y mis hermanos atrapamos al hombrecillo con nuestro follaje y cantamos hasta que se convirtió en árbol.
—Creo que aún quedan unos pocos hombres más en una villa cercana al río —dije yo.
—Vamos —contestó otro árbol.



Relojería

En la parte superior del reloj de arena: ciudades milenarias rodeadas por desiertos de lumbre sólida, soles agudos que calcinan huesos de estegosaurios, caravanas de camellos sedientos y esclavas vendidas mil veces. En el centro: un hoyo de arenas movedizas que arrastra hacia el infierno a todo aquel que osa acercarse demasiado…
En medio del reloj de arena: granos que caen, cada grano una vida, un planeta, una galaxia que muere para reencarnar en otro plano.
En la parte inferior del reloj de arena: océanos sin islas ni continentes, monstruos marinos devorando monstruos marinos, un esquizoide barco fantasma bailando al compás de mareas abstractas. Dentro del barco: un camarote, dentro del camarote: una mesa, encima de la mesa: un mapa carcomido y la única foto de Dios: sonriente, barbado, sudoroso y enrojecido, mirando de frente a la cámara y saludando desde la entrada de la relojería.




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