jueves, 8 de enero de 2015

JOSÉ MANUEL VIVAS HERNÁNDEZ [14.433]



José Manuel Vivas Hernández

Badajoz (1958)
Extremeño de nacimiento; Ciudadano del mundo en general.
Sin bandera, escudo o juridisción conocida.
Poeta (o eso intenta), diseñador de sitios web y otras locuras semejantes.
Amante de la palabra y aficionado a eso de hacer fotografías.
Un raro especimen humano sin otra meta que cambiar un mundo inservible por otro mundo posible, el de la justicia, la igualdad y la solidaridad...

Nacido y residente en Badajoz, actualmente trabajo en la empresa de seguros MAPFRE. He pertenecido y colaborado en diversos grupos literarios. Vocal del Ateneo de Badajoz y componente de la Tertulia Página 72. Lector insaciable de poesía (sobre todo) y aficionado a la escritura y los nuevos medios de comunicación (Creo páginas web, blogs y aplicaciones).
Mi relación con la poesía y el cuento datan de mi infancia, desde la lectura de poetas como Miguel Hernández y Antonio Machado, hasta de narradores como José Luis Borges, García Márquez o Julio Cortázar.
En mis cajones descansan varios libros de poemas y algunos cuentos inéditos, aunque tuve la fortuna de ser premiado y editado en algunas ocasiones.

PREMIOS

(1998): Premio Adolfo Vargas Cienfuegos de Poesía con el poemario "Los bordes del abismo"
(1999): Premio García de la Huerta (Zafra). Accésit al poemario “Atajos y sombras”
(1999 y 2003): Accésit en los Premios Ciudad de Jerez y Ruta de la Plata
(2003): Premio Valvón de poesía con el poemario "En las lindes quebradas de la memoria"
(2004): Finalista del premio José de Espronceda con el poemario "Vertical oscuro"
(2004): Accésit en el premio Ruta de la Plata de Cáceres con el poemario "Olvídate de Itaca"
(2005): Finalista del premio de poesía Ciudad de Loja (Granada) con el poemario "Algo que nos salve de todo rubor" 
(2006): Beca a la creación literaria de la Junta de Extremadura al poemario "Crónicas del vértigo"
(2012) Tercer premio “V Certamen de poesía Social Julia Guerra” de Algeciras con el poemario “Breve tratado de la tristeza”
(2012) Seleccionado poema en el III Día Internacional de la Poesía de Segovia 
(2013) 2º clasificado en el IV Día Internacional de la Poesía de Segovia con el poema "Gastronomía para escribir un poema"  
(2014) Premio Entreescritores.com al mejor libro de poesía: "De puertas adentro"   
(2014) III Premio Nacional de Poesía Origami: "Trayectos" (Editorial Origami)
OBRA PUBLICADA

1999. Los bordes del abismo. Ed. Univérsitas. Badajoz
2006. Olvídate de Ítaca. Ed. Glauco poesía. Badajoz
2006. Algo que nos salve de todo rubor. Colección Proemio seis. Granada
2008. Breve catálogo de insectos y otros seres menudos. Ed. Bubook. Madrid
2009. Crónicas del vértigo. Ed. Edelibros. Badajoz. (Beca a la creación literaria. Junta de Extremadura)
2013. Cuerpo en ruinas. Ed. Heráklion. Badajoz. (Finalista del Premio de poesía Ciudad de Badajoz 2012)
2014. De puertas adentro. Ed. Mandala. Madrid. (Primer premio, libro de poesía, Entreescritores.com)
2015. Próxima publicación de "Trayectos" III Certamen nacional de poesía Origami 
2016.  Mercado de abastos. Ruleta Rusa Ediciones, 2016


Fuga prematura

La puerta nos presenta su madera húmeda,
sus barnices ocres, y los hierros de sus bisagras
que giran y musitan como viejas plañideras.
Al fondo, la niebla de la mañana es un espejo
de voraces sombras sobre el asfalto,
sólo puedo decidir el momento en que avanzar,
salir a la calle y obedecer a la tarea pertinaz
de un nuevo día semejante,
o del extraño festín de tantas horas
en este viaje continuo a lo cotidiano,
sobre la selva de voces y semáforos
que siembran la ciudad de fantasmas
y vagos recuerdos.

Llegados a este punto, suelo bajar la mirada,
aligerar el paso con las manos en los bolsillos
y el ánimo acongojado en la garganta.

Salgo del refugio y habito en el vértigo
como un equilibrista que ha perdido la pértiga
y la esperanza.


Construcción de la palabra

Soportar el embate de los días
sin miramientos ni tedio
sumergirse en las aguas procelosas
de esta marea que nos arrastra
hasta la noche inmisericorde
y creer que el tiempo no es tan implacable
sino un mero reflejo de nuestro agotamiento
de la ineptitud de esta vida soñolienta

Sin embargo aún quedan islas por descubrir
desiertos que recorrer
mares que atravesar
refugios que construir
y una razón inherente a lo humano
un juego de sombras que descifrar
en las horas y los instantes
en que exhaustos y derrotados
descubrimos que aún nos queda la palabra
y la pronunciamos o la escribimos
con la fría esperanza de que florezca
sobre el lodo oscuro de la tristeza
o el abandono
que se abra camino entre las manos
y nos responda marginal
como el viento que sacude la piedra
y la esculpe durante siglos
eternamente enamorado de su resistencia.


Observación de la ausencia

Mirar por la ventana
los pasos del día
como queriendo retener en la espera
algún momento olvidado
dejar que la lluvia empape el vidrio del tiempo
o que las hojas del otoño extiendan su manto
de muerte en la calle abandonada

Mirar tras la ventana
en el cálido manjar de la casa
el paso anhelante de la vida
observar el silencio cadencioso de la nada
la brisa que golpea los geranios abandonados
o la terca persecución del hielo
en los charcos del parque

Mirar desde la ventana
la cadencia de las horas
el murmullo invisible de los labios
las manos ocultas en los bolsillos
los paraguas fugaces
las carreras y los autos iluminados
cerrar los ojos un momento y olvidar
abrir la ventana y desbocar el rostro
del frío continente de la tristeza


GASTRONOMÍA PARA ESCRIBIR UN POEMA

Breves palabras me buscan este día
en que extraño la fiereza ancestral de tu boca,
esta mañana que la luz ha penetrado
fugaz por las rendijas de la ventana
y ha posado su fulgor de polvo transparente
sobre el regazo azul
y cálido de las sábanas.

Tenues palabras me persiguen
con la codicia de un poema nuevo,
de estrofas entrelazadas,
mientras cabalga el día entre mis manos
y escucho las canciones que en la cocina
siseas cuando amasas la ternura
y condimentas el amor a fuego lento.

Viene hacia mí el poema desbocado,
con afán de conquista y de lujuria.
Escucho tus pasos que se acercan
y un perfume a canela y membrillo
invade la estancia lentamente,
tocas mis cabellos y sonríes,
mientras tu mirada sobrevuela las palabras
dejando entre sus líneas migajas de pan
para que no me pierda,
para que sepa regresar a tus abrazos
cuando la noche invada el territorio
y abandone los versos en tu vientre.


En los bordes quebrados de la memoria

I

Subí por las azoteas donde habitaban
sabanas blancas y un viento de palomas heridas,
bailé entre el bosque de telas y alambradas
con el desuso habitual de la inocencia,
leí libros de poemas prohibidos e hice el amor
a las sombras cóncavas de la alegría.
Pero nadie me respondió,
nadie me buscó entre las antorchas abiertas de la noche,
ni una sola voz mentó mi nombre,
ni una mirada oculta espió mis sueños.
Y caí dolido de desamor, acurrucado en los rincones
de esa soledad volátil y quebradiza de la niñez. 


II

Posados en las aceras y la penumbra del atardecer,
contábamos las ramas de los árboles o sus hojas diminutas,
narrábamos historias del temor y la nostalgia,
quizás del llanto y la locura,
pasábamos palabras crudas por el tosco cedazo de la inexperiencia,
sucumbíamos al mágico sopor del silencio
y nos encontraba la noche, dolidos y taciturnos,
tristes también.
...Pero nadie viró a observarnos ni a escuchar los lívidos sollozos,
ni pulieron el agrio barro de nuestras huellas en los jardines.
Inundaron de asfalto y cemento los recuerdos,
y no quedó nada al desaire de los días,
al desajuste voraz de la vida,
a la terca sensatez de nuestros ojos adolescentes. 


III

En la taciturna luz de los veranos
recorrí las humeantes orillas de aquel río,
revoloteando entre el agua y aquellos juncos inalterables,
me senté al borde mismo de los puentes
dejando caer desde mis manos las últimas piedras del camino,
los guijarros polvorientos de las veredas,
los restos iluminados de un perezoso asfalto
y la brisa formando ondas interminables
con mis pies desnudos de agua,
como peces voraces, como culebras, o como rojas libélulas,
a salvo al fin de la pereza y del aburrimiento de aquellas horas.
Pero nadie detuvo su paso a preguntarme,
nadie involucró su esperanza con la mía,
ni agasajaron el perfume de las mañanas
con una cómplice conversación,
solo bajaron al escondido hueco de la noche,
al refugio febril del deseo.
...Y quedé sepultado de inconsciencia,
mirando nubes de sabor inadecuado,
leyendo la esquela de los incendios
y ese bagaje de misterios que ofrecía
la poblada profundidad
de aquellas arboledas infantiles. 


IV

Paseé con tu cálida mano por los entresijos de la tarde,
blandiendo la congoja de tu roce entre los bancos de piedra
y musgo de aquellos parques soportables,
por las avenidas que la noche plagaba de siluetas
y en las oscuras butacas de los cines,
con olor a pulcritud y nostalgia, con sabor a besos y a girasoles.
...Y nadie quiso hablarnos de la soledad o la desesperanza,
de la mutilada fracción que el tiempo nos robaba.
Nadie prestó su oído a nuestro silencio,
nadie blandió la fugaz espada del pecado sobre nuestros hombros,
ni la ciega envidia anido en sus miradas frías y ajenas.
...Y quedamos ocultos al vapor de los tiempos,
preñados de caricias y abrazos tan propios como desdibujados,
hartos de la fútil avaricia de los días, agotados
por el terco sopor de la lujuria,
amantes al fin de la penumbra,
ungidos de la deidad esquiva del amor
y de esa extraña posesión de la inocencia. 


V

Creo recordar que vivimos por los estrechos pasillos de la casa,
en las estancias reconocidas y abundantes,
en los marcos del aire por donde deambulaban
las simientes de un sol polvoriento,
tan estrecho como las huecas ventanas,
tan perseguido por las manos infantiles
que dio temor su hallazgo en los otoños.
Y llenamos la mesa de ciertos manteles ocupados
por la risa perenne del mediodía,
abundados del tenue ajetreo de cubiertos y vasos,
de panes y agua compartida,
ociosos al fin de la escasa gula de los almuerzos.
Fuimos almacenando de sábanas los lechos
de libros pequeños las estanterías,
y de frágiles sueños los armarios.
...Pero nadie bajó a visitarnos
olvidaron nuestra dirección, nuestra calle,
el voluble zaguán en donde esperamos risas olvidadas,
camuflados recuerdos y un sordo rubor de canciones prestadas.
Quedamos pues con el sosiego y el cansancio
acumulado de los días,
presos de nuestras miradas cómplices y huidizas
en el amor y la ternura de esta mutua soledad. 





Mercado de abastos
José Manuel Vivas
Ruleta Rusa Ediciones, 2016


Perderse

Perderse allí,
entre los puestos del pescado, 
las cajas de frutas y verduras,
las encimeras de mármol de las carnicerías,
los sacos de especias y legumbres,
los pasillos atestados por la multitud.

Perderse allí,
sin remedio,
como perderse en uno mismo,
incapaz de encontrar la salida
y sin fuerzas para intentarlo.



Algo así como el amor

También es posible adquirir
las frutas y su vario sabor difuso.
Andar por los mostradores
midiendo el peso de nuestro apetito,
degustar, con tenue lujuria, 
las dulces muestras que palpitan
en las bandejas de plástico del deseo.

Y buscaremos ese rincón sin luz del mercado 
donde ocultarnos y mendigar
las incontrolables ascuas de la vida,
los sudores ebrios de la fiebre.

Algo así como el amor
oculto de las tardes,
como el sabor de un beso 
en los estados de la fruta
-verde o madura-



Naranjas

Regresamos del mercado
con la compra diaria,
con el cansancio habitual
de ese desalojo que provocan
los tumultuosos espacios cerrados,
el precio de vivir
en el apremio de las multitudes.

Dejamos la compra en la cocina
y me invitas a degustar 
un manjar de fruta exprimida,
jugoso zumo entre tus labios.

Desnudas tu cuerpo
como pelas naranjas;
hieres su cítrica carne
y me salpicas.




Desprestigio de la incertidumbre


Allí habita la duda.

Allí venden su inmoral recogimiento,
el dolor alquilado de los mostradores,
el frío salino de los mármoles y los cuchillos.

Allí es el lugar que nos proponen,
los pasillos con sombras cruzadas,
el epicentro del miedo que devora, 
sigilosamente y sin contemplaciones,
los sueños del niño que fuimos.

Allí está la incertidumbre,
observa cómo crecen sus ramas de hierro,
cómo deshuesan sus hojas afiladas
los silentes cuerpos de la inocencia.

Se acerca el invierno y aún
nos tiembla en las manos
el temor de lo que no existe.



Hilo de pescar


Debería ser tan sencillo
calmar el hambre de estar aquí,
disimulando la vida,
desobedeciendo a la muerte…

Ser como el hilo de pescar,
invisible pero dúctil;
un pétalo que soporta en su fragilidad
el peso impreciso de un pájaro.
La exigua semilla del anís
perfumando los amplios pasillos
del mercado.
Ser agua en el deshielo de los glaciares 
que se agotan en el mar.

Poca cosa, apenas,
la llama azul de una cerilla,
su breve luminosidad.

Ser inapreciable; 
como en las selvas existe 
el aullido precoz de la vida,
la honda senectud de la muerte.



Hombre

Llega,
mira,
pregunta,
prueba,
huele,
se diluye
en su sonido de agua.

Mide sus pasos de temor oxidado,
afrenta la certidumbre
de ser sólo un hombre sin etiqueta,
una sombra similar a tantas otras,
como esa mercancía sobrante
que se descompone y se pudre,
todos los días, 
en todos los contenedores.











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