miércoles, 8 de febrero de 2017

CARL LACHARITÉ [19.929]


Carl Lacharité

Carl Lacharité, nació en Drummondville (Québec), Canadá en 1973. Poeta, artista visual, editor, patafísico  y animador cultural

Libros:

À tout hasard (poésie), avec Pierre Labrie, Trois-Rivières, Éditions d'art Le Sabord, 2000.
Alger (poésie), Trois-Rivières, Cobalt, coll. Explosante/fixe, 2001.
Cabaret Russia (poésie), Trois-Rivières, Cobalt / Presse Papier, coll. Asymptomatique, 2001.
Vertiges quotidiens (poésie), Trois-Rivières, Écrits des Forges, 2001.
L'illusion du mouvement (poésie), Trois-Rivières, Écrits des Forges, 2003.
S'en terrer (livre d'artiste), avec Jo Ann Lanneville, 2004.
La ilusion del movimiento / L'illusion du mouvement (poésie), édition bilingue français-espagnol, traduction du français de Gabriel Martin, Guadalajara / Trois-Rivières, Paraiso Perdido / Écrits des Forges, 2006.

Música:

Symphonie pop-corn en 'P majeur pour micro-ondes, créée le 26 Palotin 129 de l'ère pataphysique, au Théâtre l'Eskabel de Trois-Rivières, interprétée par un orchestre de six fours à micro-ondes et par Danielle Carpentier (danse).

Reconocimientos:

1997 - Prix Alphonse-Piché
2001 - Prix Félix-Leclerc de la poésie, Vertiges quotidiens
2002 - Finaliste Prix Gérald-Godin, Vertiges quotidiens
2004 - Finaliste Prix Gérald-Godin, L'illusion du mouvement
2005 - Prix International Saint-Denys-Garneau, S'en terrer



Lo vivo

Quién sabe cómo tocar el suelo; quién sabe cómo no tocarlo.


*


Se hizo cuerpo, el dolor. Tuvo lugar. Y todo recomienza por la
corrupción del centro, por el mal y por la sal, por el anillo de
la serpiente. Palpita. Se fragmenta. Se dispersa. Es la mitad del
cielo precipitado en la usura del árbol; un instante indemne de la
especie o un río dentro de un río que recomienza sin repetirse.
Hombre-helecho, hombre-pez. Es lleno de grietas, lo vivo. Espera
un cuerpo, cuerpos, y la secreta palpitación del suceso.


*


Como el paisaje en su lindero se revela el hombre a lo viviente.
Era pálido y sucio. Era saliva arrancada al mar, incandescente hasta
devenir transparencia y memoria ciega. En la agitación, los cuerpos
reconocían la línea, pero ninguno osaba nombrarla. Decían: la
abatida, la circunscrita, la sumisa se extiende entre lo vivo. Varado,
destripado, el pez iniciará el infatigable deseo del fuego.


*


Vendrían los rayos oblicuos, casi horizontales, a posar cuerpos,
presencias posibles. Dennos la inflexión del pez, el difícil comienzo 
de las palabras, la sofocación de saberse observados, o menos aún:
la nostalgia del sol, una levedad prometida a la desaparición.


*


Ese cuerpo, dennos ese cuerpo. Dennos el grito y las uñas, tácticas
inútiles del consentimiento del agua. Sobre la arena, por millares,
el pez será visible. Y visible, al fin, tal como soy, engendrando la
furia, engendrando piedad, derramando lo viviente con la brisa.
El paisaje se hincha y no para de doler.


*


Por el mal y por la sal reposa el helecho en su geometría obscura,
plantando sus raíces en el secreto íntimo de los muertos. Su
fuerza se remueve en él: es el nacimiento del agua, esparcida,
siempre renovada. Reclama un nacimiento, otro lugar y todo lo
visible, pliegue sobre pliegue. Reclama líneas, formas, que podrían
consumar una línea, una forma dispuesta frente a la predación.
¿Qué hacer de todo este abandono, tan cerca del cuerpo,
imponiendo al paisaje?


*


Cómplice del barro, el helecho tiembla. Huellas en el lodo bajo la
lluvia fijando el horizonte, su trabajo es temblar: memoria fósil,
paciencia del viento. Roza la erosión. Busca las fallas del cuerpo,
lo húmedo, el peso divisible del cuerpo, la claridad porosa y el
cielo compacto. Sometido a la vibración, el helecho no espera por
el sol, cava el enigma de otra soledad.


*


Pasó a través del paisaje; otros cuerpos dolientes.
Ahondaba la noche. Ahondaba, contra el cuerpo, la tierra del
cuerpo llena de árboles y altos gritos.
Aunque mucho pesara, el cuerpo y el otro cuerpo, su lenta
extensión hacia el centro, nosotros los más pobres, ahondaríamos 
también. Cavaríamos, profundamente, para desenmarañar abrojos
que esconden aves monstruosas los días de lluvia.


*


En la fuente persistirá la sal. Se hará de día en la semilla y en la
poca tierra que se nos rindió a fuerza de trabajo. Sol, espora de
helecho, tanto dura la herida; pero la herida no es todavía la sed.
Se hará de día en la semilla. Y de la memoria dúctil de los helechos
surgirían la lluvia, el canto, la soledad y la posible muerte.


*


En el agua fecunda donde palpita el germen, la sangre, el aliento;
donde se rompe el rayo, se sostiene el árbol y lo vivo se encarama,
vertical. La voluntad del paisaje es nuestra sola transparencia,
nuestra sola duración. Ven, al filo del aire, a inventar una herida
que preceda la sal y el estruendo para que tu aliento sea la
vida entera: branquias, pulmones. Contempla en mí el último
semblante del agua.

(Traducción: Georgina Navarro)




The living (being)

It passed through the landscape; other painful bodies. It dug into
the night. It dug into, against the body, the earth of the body
full of trees and high-pitched cries. And even if it weighed a lot,
the body and the other body, their slow extention towards the
center, we the poorest, also dug. We dug into, deeply, to untie the
brambles hiding dreadful birds on rainy days.

(Traducción: Alexis O’Hara)






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