lunes, 11 de enero de 2016

MATALA MUKADI TSHIAKATUMBA [17.881]


Matala Mukadi Tshiatakumba

Nacido en Luiska, República Democrática del Congo, en 1942.


ADDENDUM

"Pero su muerte es algo más que una triste anécdota. Es una luz que ilumina el oscuro tiempo en que vivimos, la miserable época que vivimos"

Washington Delgado

A la memoria de Javier Héraud, el poeta asesinado


"Allí, en Cuzco, el templo del sol, aún reta a los traidores.

Aquel día, el cóndor, arrogante y burlón, se derrumbó sobre la cordillera de los Andes.

Un cóndor de alto copete, de los que saben fenecer con el grito tiritando árboles.

La tierra se entornó para el ave venerable. Cuando el ibis africano se enteró de esta tétrica noticia en la sierra donde también él libra su lucha, su meditación fue intensa y su vista se tornó hacia América Latina dolorida, la América Latina hundida en la bestialidad desde hace más de un siglo.

Aquel día, el cóndor, sarcástico y altivo, se lanzó sobre la cordillera de los Andes.

El viento que bate las alturas eterniza Tú recuerdo y su canto lastimero es el de las plañideras de pechos desnudos.

Oh, poeta heroico, un vástago del Congo y de África Te destaca al azar de las bibliotecas, en esa Europa que contempla nuestras heridas disfrutando, como antaño los emperadores en el Coliseo; en esa Europa digo, te conocí cansado de viento y sol; un otro yo hallé. Si, encontré un otro yo.

Aquel día, el cóndor, arrogante y burlón, se derrumbó sobre la cordillera de los Andes.

Cumplióse tu anhelo de expirar entre pájaros y árboles. Te extinguiste en el tiempo en que las plantas florecen, rodeado de pájaros y árboles en las riberas del río Madre de Dios, oh poeta profético, ¿tu creación primera no se rotuló 'El Río'?

Gloria a Ti que te negaste a ser un cancerbero de explotadores y cobardes. Sin embargo debías morir. Tú, grueso de pergaminos; Tú, maestro, para que tus discípulos, para que los campesinos, los obreros, los poetas, los escritores, miren, en ti, la tea que ilumina su espíritu y los mueva a la lucha.

Naciste, hijo del Perú, en 1942, año de mi nacimiento. Destinos convergentes. Nuestros gemidos fueron las balas de la protesta ante la miseria, la ignorancia de antaño que poderosos inoculan a los débiles. Guerrero Tú con las armas y la pluma. Nunca Te interrogaste por qué y por quién sacrificarte ya que Tu vida entera no era más que el rechazo de un orden repugnante.

Tu muerte es un hito futuro en la senda del triunfo;

Tú muerte originará en próximo futuro una calma en el alma del Indio en la meseta andina.

Allí, en Cuzco, el templo al sol, aún reta a los traidores.

Aquel día, el cóndor, arrogante y burlón, se derrumbó sobre la cordillera de los Andes.

Con su gastada quena el Indio salmodia el canto amargo de la insumisión.

Javier HERAUD, yo Te saludo tres años después del derramamiento de tu sangre, esa sangre que día y noche convoca al hombre de la Tricontinental a la Revolución. Ante tu nombre inclino espalda y pensamiento, niño precoz estabas en la edad en que la caña pide gotas de rocío. Insté a mi espíritu, mas ningún verso nació digo de grabar tu memoria.

Tú no estás olvidado porque mañana mismo en selvas, bosques y arboledas de mi país y de mi continente,

jóvenes de cespas cabelleras escandirán tu nombre:

Oh, Javier HERAUD, compañero de edad.

Eres un árbol que el relámpago en lugar de destruir plantó profundamente en tierra.

Y el río Madre de Dios arrastra aún la ira de un pueblo bastardeado.

Allí, en Cuzco, el templo al sol, aún reta a los traidores.

Aquel día, el cóndor, arrogante y burlón, se derrumbó sobre la cordillera de los Andes.

Era un cóndor de alto copete, de los que saben fenecer con el grito estremeciendo árboles.

(VERSIÓN LIBRE DE ADDENDUM de José Mª Amigo Zamorano)





À Aimé CESAIRE

MANZAMBI

L’esprit du soir remue la cendre.
La foudre et le feu.
Carbonisent ton corps malingre.
Sur ton visage hâve se lit la misère.
Tes yeux disent adieu à la case fuligineuse
Ton regard enflammé m’envoie la furie
Qui te brûlait en sourdine
Et consumait le Kongo de ma joie et de ma peine
Sur l’écran de ton monde ton regard
Reflète la faim ta compagne fidèle
Sur la carapace de ta peau
Les balles trouvent un rempart
Sache, frère luttant contre la mort
Que même dans l’hypothétique au-delà
La foudre et le feu
Transcendent les serments humains
J’assiste consterné à la réduction
Des tribus sauvages
Moi sauvage aux dents de cannibale
Qui peut se parer du nom de sauvage ?
Toi ? ou ceux qui brisent ta vie ?
Sur mon front durci par les malheurs
Se coagule un caillot de fureur
Je hèle la nuit, j’interroge les hommes ;
Qu’a fait Manzambi, buveur de poussière
Mangeur de sauterelles et de grillons.
Qu’a Manzambi, dont les ronces
Balafraient les orteils.
Qu’a fait Manzambi qui, il y a à peine cinq ans,
Prenait la sagaie et criait « Urhuru »
Comme l’homme, d’Outre-Atlantique en 1776,
Comme le sans-culotte en 1789,
Comme le moujik en 1917,
Comme l’homme de la longue marche en 1949,
Comme le « guajiro » de la Sierra Maestra en 1953,
Comme le paysan du Fouta-Djallon en 1958.
Qu’a fait Manzambi, le terrassier de Bukavu,
Assassiné sur la terrasse de son destin ?

Manzambi,
Écoute, toi qui râles :
Je refuse d’être la cendre,
Je me veux le brasier couvant sous la cendre.
Je refuse d’être le hanneton,
Je me veux la guêpe à la morsure venimeuse.
Je suis comme toi, l’érosion qui a la longue
Fend la montagne.
Si je trahis cette terre,
Terre kongolaise, terre africaine,
Que la foudre et le feu pulvérisent mes os.

« Réveil dans un nid de flammes », Seghers, Paris, 1969




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