viernes, 17 de octubre de 2014

EDGAR CARDOZA BRAVO [13.718]



Edgard Cardoza Bravo

Tiene estudios de Ingeniería Civil. Poeta y narrador. Varios Diplomados en asuntos literarios (Crítica y Creación Literaria, Narrativa Contemporánea, Literatura Latinoamericana del Siglo XX, Cultura Crítica y Crítica de la Creación). Dirigió el suplemento literario Vozquemadura, del diario El Centro. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Gral. Francisco J. Mújica 1985 y Mención Honorífica en el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2011. Participó en dos encuentros nacionales de jóvenes escritores: IX (Ciudad victoria, Tamps., 1989) y  XI (Tlaxcala, Tlax., 1991). Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Guanajuato durante los ciclos 1993–1994 y 1997–1998. Es autor, entre otros libros, de los poemarios De esta bruma nacerá el olvido, El prisma  los colores, El cielo en el abismo, El sueño de los monos verdes, Memoria del durmiente, Ciudad del mundo / ciudad del alma, Pez murciélago, y  Como crujir de rama seca; y ha participado en las antologías colectivas de poesía, Reunión, Premio León 93, El país de las siete luminarias, 38 poetas guanajuatenses, y La tentación de Orfeo. En el año 2012 fue jurado del Premio Nacional de Poesía EFRAÍN HUERTA. 



Puerto  

Me cuido de tender muelles en previsión de naufragios.

Orillas donde haya tropos que me levanten del agua
y me den su boca a boca
para salvar mi palabra.

La sal se mete en mi sangre
con un rumor apagado que poco a poco se enciende,
me inventa,
me vuelve tierra,
para asomarse al espejo
                                   del mar
de mis ojos yermos.

En cada figuración la estela vuelve al origen,
se puebla de saltos de ola,
se sacude reflejos
ejecuta una maroma y adquiere voz en mis labios.

La espuma en el arrecife estrena tacto de nube,
rebota contra el destello del sol,
al amanecer.

Un sabor de mar adentro está llegando a mi boca,
el bostezo:
pez fabulante que huye de mis olas de saliva.

El mar enfila sus naves a un horizonte de barro.
En esa blanda montaña
se está gestando un diluvio de imágenes desoladas,
para fundar el desierto
del Noé de tierra firme que odia a los animales
y lo único que equilibra
son los terrenos marchitos de una orilla y de otra orilla:
el mar con su sed de polvo,
la arena con su cansancio de estar entre dos mareas,
el hombre que vende pasos,
el pez que busca la tierra.

Para conjurar naufragios,
el mar se pone en la oreja,
como caracol de tierra,
el muelle de mis sentidos.





Oración 

Rey zenzontle 
que estás en el vuelo 
glorificado seas 

En tu voz 
la ceiba canta 
enséñame una hoja de tu reino 

Hágase tu canora voluntad 
 imitemos el trino del viento 
 sigamos los arpegios del sol 

Oféndeme 
parodiando la risa de mi madre 
pero dame el secreto de tu esencia 

Y tu gorjeo 
afinará las cuerdas de mi canto 





Colibrí 

En el instante azul 
que apaga la flama del reposo 
el día 
 ave 
de serpiente y quetzal 
me unge con su cetro de maíz 

Despierto 
agitando mi “sonaja de brumas” 
y un colibrí 
vuela hacia el sur 
desde mi pecho 





PAISAJE NOCTURNO 

El grillo 
viola tu soledad 
Tomas 
las armas del insomnio 
Vas noche abajo 
a rescatar el eco 
guardado en cada cosa 

Aprendes 
el lenguaje de las luciérnagas 
asimilas 
el sonido de las hojas al frotarse 
interpretas los ideogramas 
de los mosquitos 
encuentras el vértice exacto 
entre el canto del búho 
y el vuelo del murciélago 

Nuevas cordilleras 
en tus pasos 
verán fulgir el día 





IV

En tres bajeles casi de papel
reté al océano.

Pero lo que inició
en la ruta del clavo, la pimienta, el azafrán,
culminó en los terrenos vírgenes de la ruta del oro.

Entonces me soñé venerable y poderoso.

Pero mis trazos volvieron a fallar:
morí infamado y pobre,
ni el suelo que inventé lleva mi nombre...

Mis padres me llamaron Cristóforo Colombo. 

Poemario: Pez Murciélago





VERSIÓN CORREGIDA DEL GÉNESIS

                     ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre                         la podredumbre!
                                          Miguel Ángel Asturias

1

Al hombre lo que es del hombre,
y al hambre umbría no alumbre
desde su cumbre
la lámpara de Luzbel,
hombre recóndito,
no Dios,
sólo hombre.

Y si después
de haber dejado un asno sin quijada
resulta que Caín es también Dios
de los que buscan la eternidad del hueso
(dicho esto en el peor sentido)
más nos valiera poner nuestra santa quijada a remojar
en la salmuera de ese Dios tan Dios
que hace que de su seno celeste surja
–además del ilustre fratricida–
el inventor de la Liga intergaláctica del beso
por treinta o más monedas,
que serán sólo el enganche del gran premio:
vida eterna pendiendo de una soga al cuello
(que hebrea y justamente
cuelga a su vez de la rama cordial
del árbol de la vida).

2

Y quien podría negar,
hombres de lumbre,
indómitos Caínes,
que Satán el más siniestro de los hombres
puso en manos de su adánico pariente
el asnal artilugio
sólo para refutar a Dios
en el gemido agónico de Abel.

Que antes de Adán
Luzbel fue el primer soplo de Dios
y antes de Luzbel no había nada,
sólo Dios.

¿Para qué querría Dios tanta nada para él solo?
Y envió a Luzbel a colonizar la nada.
  
Así que la calamidad ondeó primero
y la cura inefable actuó después.

Hubo primero lumbre
luego luz
luna
alumbre
y columbre.
                                 
                                 Publicado en la revista Agitadoras





TRES TIGRES EN BABEL



                                                            ¡Torres de Dios! ¡poetas!
                                                            ¡Pararrayos celestes!
                                                             Rubén Darío

                                                             Antes, el poeta era un músico
                                                             que daba saltos frente a la orquesta...
                                                             Nicolás Guillén

                                                             Y el clarín de babel
                                                              pida nácar
                                                             ...por la joya al infinito...
                                                             ...Tralalí...
                                                             Vicente Huidobro

Tralalí Huidobro tralalí, 
tras la á Darío tras la á, 
sóngoro cosongo Nicolás. 

Así aprendí poesía tralalí, 
siguiendo los sonidos de la í, 
hurgando en los pantanos de la a, 
eruptando las óes 
Nicolás. 

Porque mira, 
Darío tralalá, 
la palabra certera es de Mambrú: 
el lenguaje es combate de marfil 
por los acantilados del humor. 

Si te faltan palabras, 
Nicolás, 
vas y buscas y encuentras el Guillén 
que te sopla en la risa su rubor 
y tienes para entonces cien por cien 
de todo lo que en ritmos hace bien. 

Y el nombrado Darío 
en clave “azul” 
era sólo un García de papel 
que llevaba escondido en su anaquel 
las letras derrumbadas de Babel 
que cayeron al piso en tiempo aquel 
sólo porque el señor del Montresol, 
el feroz eternauta, 
el Altazor de todos los espacios, 
hasta el del corazón y el de los huesos 
y el de la débil carne, 
el gran señor feudal del firmamento, 
bello como un ombligo, 
pero con poca risa en el nombrar, 
vio pentateucamente 
que el lenguaje risueño: 
de locos es, 
de atar. 
   
Los dejo con Huidobro 
lunatando, 
montañendo urularios tralalíes. 
Y que Dios los perdone, 
amados mitradentes: 
flotan en un ladrillo de Babel. 






POEMA CURSI PARA UNA MUÑECA INFLABLE

Mi bella curvilínea,
estoy dispuesto a confesar todos los nombres
que han pasado por tu acta de fetiche:
porque has sido Sofía, 
Marilyn,
Raquel, 
Claudia,
Rossana
o cualquier nombre
que necesariamente
lleve una diosa oculta en el corsé.

Aquí estoy pronunciándote, 
bordando en el silbido
(que te apaga las noches y me apaga)
la dulce oscuridad
orificial,
redonda
como ese guiño cómplice de todas las mujeres
que asoman en tu boca.

Eres siempre tan fría, 
mi dama metafórica,
mi baratija china, 
mi acrílico indomable.

Sobre todo en las noches de Diciembre
con cuatro bajo cero
hay que ver como calan en mi cuerpo
esos muslos de luna envenenada.

Más es por tu silencio que te prefiero a muchas: 
siempre tan comprensiva,
con una mudez nueva cada día.
Mi cuerpo es el sagrario
del eco taciturno de tus óes profundas.

El amor, 
esa deidad huraña que Segovia cantaba,
se encuentra en ti
en materia de luz enajenada.
La mujer–carne–hueso
carga siempre el amor como chantaje
para usarlo de pronto 
en contra tuya
y extenderlo las veces necesarias
en tu lecho durmiente de sombras y vacío,
y decirte: ese eras, 
nunca más,
eres nada.
Resucita ese amor –dice–
para que hable mi cuerpo
de nuevo con tu música.

El cielo a veces canta 
con un rumor tan suave
que debemos callarnos
y silenciar el alma para no interrumpirlo.

Eso eres tú:
el silencio,
el alma más callada, 
la inmóvil cercanía de la mujer ausente 
que no reclama gasto,
que no pide caricias ni besos a deshoras.

Y cuando todas gimen
por un amor fingido que no tiene remedio
tu estoicamente observas la arenilla que cae
desde el techo 
sobre mi suelo falso.

Esa eres tú también: la falsedad más suave,
el frío sortilegio
que sostiene mi realidad marchita.

Por eso te procuro:
te baño con jabones de Oyamel, 
te ungüento con aceites aromáticos de las más finas marcas, 
acicalo tus trenzas de petate con la delicadeza de un suicida.

Mi fría curvilínea, 
alójame en tu boca,
muérdeme
con el caucho ventral de tu saliva,
nómbrame con la circuncisión de tu evangelio
mudo,
múdame a tu mudez:
y déjame venir 
cuando haga falta.









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