jueves, 3 de mayo de 2012

6673.- NICOLÁS ORTIZ PACHECO


Nicolás Ortiz Pacheco, nació en la propiedad rural de Portugalete en el Departamento de Potosí, BOLIVIA  perteneciente a su abuelo el ex presidente de la República Don Gregorio Pacheco, al acabar el siglo XIX (1893) y murió en la ciudad de Cochabamba, sesenta años después (1953). Aun siendo así, paradójica e indiscutidamente es considerado como un poeta y un personaje célebre e ilustre de la ciudad de Sucre.

Las anécdotas atribuidas a su conducta son muchas y variadas; todas realzan su carácter mordaz y su concepto altamente espiritual, de los cuales su obra poética se nutre. Es Plenitud de plenitudes su único poemario publicado póstumamente, en el que se recoge la mayor parte de los poemas escritos a lo largo de su vida.

En Nicolás Ortiz Pacheco encontramos lo que pudiera significar la quintaesencia del espíritu sucrense: un poco loco y sabio, portador de un humor negro y erudito, con un lenguaje mordaz y una imaginación sin límites. Atrevido y libre, suspicaz y genial, él supo en sus poemas exaltar el dolor y la belleza, la tristeza y lo sutil.

Nicolás Ortiz Pacheco vivió gran parte de su vida en nuestra ciudad y es evidente en su obra que desarrolló con ella un idilio trágico, el mismo que ahondaría su concepto de la vida, el decurso de su obra y su comportamiento social; éste último ha sido indebida y exageradamente estigmatizado en la bohemia, que se dice vivió, pero esto es comprensible en una ciudad como la nuestra chica y conservadora,  y parece que cuánto hace ya, muy dada al chisme.

Lo cierto es que desarrolló una obra poética intensa y profunda, con alusiones directas a su modo de concebir al hombre, al mundo y al alma de ambos. Poesía romántica la suya, pero, asimismo, poesía modernista, puesto que la temática que abarca transcurre desde el amor desgarrado hasta la filosofía, desde la monotonía hasta la euforia, desde la vanagloria hasta la confidencia.

Es la suya una poesía que nos desentraña los misterios de su espíritu y nos permite ver en ella reflejada sus conceptos y temores, sus contrastes y fracasos, y se puede decir también que su triunfo, sobre una época y lugares que quizás no lo correspondían, como sucede con los grandes hombres, con los grandes artistas, con los grandes poetas como él, incomprendidos y, por tanto, solos, menospreciados y por tanto angustiados, condenados al arte y a la muerte en un lugar lejano.

Aquel ser festivo que se le atribuye, en sus versos es desplazado por uno agudo y profundo, desgarrado, de filosofía pesimista y amante de la muerte. Enamorado lúcido, él espera a un ángel y a un demonio.

En unos versos que no se encuentran incluidos en su Plenitud de plenitudes, nos revela: “Sin rencor por los males que me hicieron / con ansiedad de bien y de hidalguía / quiero esquivar el mal con la ironía / y hasta el fin conservar el don de amar”.

Es una relación de enriquecimiento mutuo entre vida y obra y viceversa, la que atronadoramente llega por intermedio de sus versos hasta nuestros días, y nos demuestra que vivir es sentir, es arriesgarse, darse entero a la vida, a la obra y a la muerte. El poeta será el que devele esta verdad sin ambages, el que la desnude ante la sociedad y la posteridad; es el poeta el testigo espiritual de su época.

Pero “sursum corda”, arriba los corazones: “Que hasta el fondo del ser llegue la luz”, aún cuando “ya cansa tanto hacer de yunque: /  recibir en mitad del corazón / de martillo repiques a porfía, / dobles  de comba cada día... / y por compensación / falta de amor y falta de piedad... / miserias, menosprecios, soledad”.

El poeta impreca  al dolor y lo nombra su amigo, su maestro, su hermano y le dice: “Por más que el alma mía esté deshecha, / no te pido piedad: te pido altura”.

Y nos dice a  nosotros los poetas, cual una lección sabia y atroz: “No son manchas, hermano, tus flaquezas, / para que estés por ellas triste, esquivo; / si dominar no puedes tus tristezas, / apiádate de ti, sé compasivo”. Y al igual que Friedrich Nietzsche, él compara al poeta con un bufón, con un payaso: “Ya sin tener ni adónde dar un paso, /  pues, —¿qué has de hacerlo?— da una voltereta, / que eres poeta, menos que payaso”, “y mientras hagas versos —¿qué más quieres?—, /  el hambre de tus hijos que te harte...”

Y bien lo predijo en su poema Sarcasmo: “Amalgama de amor y de ironía, /  fue su vida una insólita aventura”.

El poeta, entonces, nos enseña desde su obra una lección dolorosa pero vital: “Y me cansa vivir, / y me arredra morir / porque sé que la muerte / es otra vida inerte”, “la muerte sólo es muerte, compañero, / y a un ser a quien se quiere nunca muere”. Será, pues, que él no ha muerto, que su obra lo perdura: “—¿Quién camina por la estancia? —¿Quién turbar su sueño quiere? / Nadie, nadie (...) El silencio es lo que suena”.

Pero su mensaje adquiere un hálito de esperanza: “Antaño yo no supe de un oriente; / hoy columbro una luz, y voy a ella: / no sé si es luz de luna o luz de estrella, / más una claridad baña mi frente”. “Y cuando vencedor sea de tanta /  perversidad que al fin hastía, / habré rehecho la esperanza mía / y estará el porvenir bajo mi planta”.

Siempre el poeta, en todos los tiempos, restituyó el idioma a sus cauces originarios: “los versos auténticos siempre son signos de ritmos primarios del mundo” afirmaba Friedrich Gundolf, miembro preclaro del círculo de George (Stefan George), que teorizó en Europa sobre la posición del poeta en la sociedad, y concluiría en que el poeta se distinguía porque vivía una vida verdadera, reflejada en su obra. Y al verdadero poeta ni siquiera publicar le estará permitido, sus ediciones no alcanzarán a ser leídas sino por sus allegados y gente escogida, extraña fatalidad la que lo acompaña. Pero su obra, si alcanza esa “revelación última de los misterios naturales”, pervive, y en ella su voz,  la voz del poeta aquel conocedor de almas, vence al tiempo y a la frágil memoria.  

Don Nicolás Ortiz Pacheco, por intermedio de su obra nos ha legado una lección final, y es que en esta vida “quien pierde gana”; el que pierde la vida en la poesía, la gana en el paraíso de la memoria futura, en el alma de los próximos.

Por eso, yo debo aumentar “una lágrima a mi vino” en su memoria, Don Nicolás.





Dolor, no me rebajes

Dolor, no me rebajes, soy tu amigo;
Mi alocada inquietud, desde temprano,
Al escapar del tedio halló tu mano…
Y desde entonces voy, dolor, contigo.

Cuando es alto, no temo tu castigo;
Pero tú, mi maestro; tú, mi hermano,
Me impides ser, como el molino al grano,
Hostia en el ara y en el surco trigo.

Tu misión de sembrar poco aprovecha,
Y hasta tu noble afán se desfigura
Cuando, aunque siembres, talas la cosecha.

Pero por más que dañes mi envoltura,
Por más que el alma mía esté deshecha,
No te pido piedad: te pido altura.






Consuelo

A un Poeta

No son manchas, hermano, tus flaquezas
Para que estés por ellas triste, esquivo;
Si dominar no puedes tus tristezas,
Apiádate de ti, sé compasivo.

La compasión ajena te lastima
Porque hay oculto dardo en su dulzura;
Si tu alma, hermano, gime, pues que gima,
Que si hiere el dolor, también depura.

¡Y no temas gozar! Hay en el goce
Calor, música, luz, matiz, aroma.
Y audaz sonríe del dolor al roce,
Pues con sonrisas al dolor se doma.

La vida sin pecado es un pecado
De lesa humanidad y lesa vida,
El ser que no cayó siempre es malvado,
Porque vivió de fuga o de embestida.

La vida es un ensayo siempre incierto:
Cuando no cae el cuerpo, el alma cae;
No pecarás, poeta, estando muerto,
En tanto, peca que el pecar distrae.

Cansa el pecado, como cansa todo,
Pero tiene cambiantes y matices;
Y aunque en su seno hay lodo, mucho lodo,
Se refugian en él los infelic

El vicio es tu tortura y tu consuelo,
Mas ¿no es acaso la virtud un vicio?
Ambos alientan imperioso anhelo,
Ambos son goce, ambos son suplicio.

¡Y el vicio es una mácula elegante,
Cuando ostenta una flor y una sonrisa!
El vicio es el galán de blanco guante,
Y la virtud la vieja que va a misa.






Bohemio

Librado en todo, a ciegas, al evento,
Espera sin cesar lo que no espera;
Y aunque vive de abismo a la vera,
No tiene ni noción del escarmiento.

Va hacia el peligro, intrépido, de intento,
Con fe en su suerte, asido a su quimera,
Y remedo de abstrusa borrachera
Su existencia carece de argumento.

Siempre logra salir del laberinto,
Porque en vez de pensar, sólo presiente
Y hace servir de brújula a su instinto.

Jamás calculador, casi es vidente;
Y aunque parezca igual, siempre es distinto,
Como el agua del chorro de una fuente.








Poeta

Nunca sabrás vivir: ese es un arte,
–Flor de la humanidad– para otros seres.
Eres poeta, nada más tú eres
Y estás predestinado a torturarte.

Si nadie de la pena ha de salvarte,
Tal vez la pena te dará placeres.
Y mientras hagas versos – ¿qué más quieres? –
El hambre de tus hijos que te harte…

En tu vida, macabra jugarreta,
Irás, por donde vayas, al fracaso,
Sin que a nadie le importe: eres poeta.

Ya sin tener ni adónde dar un paso
Pues – ¿qué has de hacerlo? – da una voltereta
Que eres poeta, menos que payaso.






Sarcasmo

Era un loco, un doctor de la poesía,
Un pobre millonario… de ternura,
Un loco en libertad, cuya locura
En cincelar ensueños consistía.

Amalgama de amor y de ironía,
Fue su vida una insólita aventura.
Y a refinada e inútil miniatura
Redujo su dolor y su alegría.

Desertor prematuro del rebaño,
Sufrió del vulgo pertinaz asedio
Y halló tras la ilusión el desengaño.

Fue vencido a menudo por el tedio,
Mas pudo hacer en su vivir extraño
Del arte, un fin; y del dolor, un medio.






Extremos

Está en juego la clave. Sólo gana
Quien va al todo o la nada en la partida;
Juega mejor el que mejor olvida;
Por el olvido, flor del alma humana

Lo que ayer remordió se hará mañana,
Que el hombre siempre está de recaída;
Y mientras la esperanza se suicida
Sigue Adán tras la edénica manzana.

Llegar en el amor al desvarío,
–El corazón rechaza lo intermedio–
O hundirse en alma y cuerpo en el vacío.

Tal es la disyuntiva, sin remedio:
Amar, para salvarse del hastío,
O, sin poder amar, morir de tedio.





Elogio de las Ojeras

¡Oh sombras de placer y de misterio
Que evocáis el dulzor de la ternura:
Hijas de ardiente amor hecho locura,
Tenéis en lo adorable vuestro imperio!

En aras de la noche sois sahumerio;
Sois, en ojos de amantes, luz oscura;
Sois resabio del beso que perdura,
Cuando el amor atisba al cementerio.

(Las ojeras florecen en las bodas;
Del cisne es honda ojera la laguna;
Hay ojeras que son, sin versos, odas.

Todas en el misterio tienen cuna
Y es la comadre lírica de todas
La noche, que es la ojera de la luna).







Responso

La muerte sólo es muerte, compañero,
Y un ser a quien se quiere nunca muere.
Junto a una amada tumba, un miserere
Es como una golondrina en un alero.

Vivir con toda el alma, lo primero;
Pues la inmortalidad sólo se adquiere
Por el que sueña o llora porque quiere
Y siendo cada día más sincero.

Yo canto la tristeza y soy tristeza;
Tú, que soñaste cumbres, fuiste cumbre
Y fue tuya mi diosa, la Belleza.

Gime mi corazón de pesadumbre,
Mas déjame que cante tu cabeza,
Porque canto la luz, aunque deslumbre.









Plegaria

Si un día fue presente lo pasado
Y habrá de ser presente lo futuro,
Que todo llegue y pase sin apuro
De armonías colmado.

Que el fecundo sufrir sea loado,
Porque nadie sin él llega a ser puro.
Que alumbre la ilusión el pecho obscuro
Y sea artístico el pecado.

Que el espíritu humano sea un mar
Cuyo fondo refugie siempre al Bien
Y al que apenas alcance lo vulgar.

Que la duda no arañe nuestra sien
Y que nos deje amar
Y orar. Amén.



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