viernes, 14 de junio de 2013

EMILIO ORIBE [10.082]


Emilio Oribe
Emilio Oribe (Melo, URUGUAY 1893 - Montevideo, 1975), poeta, ensayista, filósofo y médico uruguayo.

Fue profesor y decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República y miembro de la Academia de Letras del Uruguay.
Cultivó una poesía vanguardista, dirigida hacia el ultraísmo. En filosofía se caracterizó por la escritura mediante aforismos y posiciones claramente idealistas. Es considerado un integrante de la Generación del centenario (término referido al centenario de la independencia uruguaya, es decir a la generación de artistas que florecieron en 1930), junto a Líber Falco, Sabat Ercasty y Paco Espínola entre otros.

Obras destacadas

Poesías

Alucinaciones de belleza (1912)
El nardo del ánfora (1915)
El castillo interior (1917)
El halconero astral (1919)
El nunca usado mar (1922)
La colina del pájaro rojo (1925)

Ensayos

Poética y plástica (1930)
Teoría del «nous» (1934)
El mito y el logos (1945)
Ars magna (1960)






Justo castigo 

Ayer la pude ver y no he querido
Con entornar los ojos un momento
la vería en mi amor; mas hoy lo siento,
pues sufro el desanparo merecido,
Ayer la pude ver, y dolorido
por el temor de verla, el pensamiento
huyó del sutilísimo tormento,
y me quedé impacible y retraido.
Ayer la pude ver, ¡oh estrella pura!
En mí se alzaba toda su hermosura.
Si tuviera valor la hubiera visto...
Mas ya con creses castigado quedo,
y la paz que soñara no conquisto,
pues si hoy la quiero ver, ¡ay!, no lo puedo...





LAS GARZAS

Pálido de estudiar,
me fui al campo. Sufría
falta de voluntad.
Y qué fatiga en la muy joven frente!
Además,
Desencanto infinito de saber…
Y de amar.


II

Un indio de la estancia
me hizo un regalo muy original.
Cinco garzas - ¡oh, asombro! – que hablaban
después de muchos años de enseñanza tenaz:
una era rosa, otra blanca, otra gris;
otra amarilla más que el oro, y otra verde.

Esto, que os parece fundamental
paradoja científica, es muy cierto.

Quien lo dude, que hable con mi capataz.
El indio me dijo:
- La garza rosa será el Amor, la blanca será
la Fe, la gris, la Duda, la de oro, la Ambición,
y la verde, la Esperanza inmortal!

-Cuando quieras, amigo enfermo,
con ellas hablarás.
Dicho esto, me entregó las cinco garzas.

Yo las quise interrogar
en seguida, gozoso del prodigio.
Entonces,
la garza rosa dijo: Vuelve a amar!
la garza blanca dijo: Vuelve a creer!
la garza gris me dijo: Vuelve a dudar!
la garza de oro me gritó al oído,
-Vuelve a ambicionar!

La garza verde no me dijo nada.


III

Amar – Creer – Dudar – Ambicionar!
¡Palabras crueles y terribles!
-Muy pronto alteraréis mi nueva soledad
oh, pajarracos, despertando mi corazón! –
pensé, lleno de angustia.
Y me puse a degollar
cuatro de aquellas aves,
la rosa, la blanca, la gris y la de oro,
con mi antiguo puñal.
Sólo he quedado con la garza verde.
La esperanza!
¡Pero esa nunca va a querer hablar!






El mar
busca una forma inaccesible,
sin cesar.
              Su  impaciencia
es la fuga invisible
hacia la inteligencia astral.

  Abrillanta
sus estelas y estolas
y es su boca  si canta, 
conflictual serpentario de las olas.

 El mar está en la estrella que se vierte
en cristales.
Huye de sí para acuñar su muerte
en los bronces astrales.
(…)
  La transición, el cambio. lo fluyente,
la gran movilidad,
no serán más que idea allá en la frente
de la inmensidad.
                        Serán idea
de otro mar y otro mundo no iniciado,
que anuncia, en otra aurora, su marea
de ancho lomo rosado.

         El mar no está en sí ni está en su orilla
como el pean no está en el que lo canta.
El mar no está en sí.
                Más bien  se enciende y brilla
en todo astro sutil que se levanta.

(…)
 Vive en lo que ha de ser y aun no ha sido
igual que el pensamiento en lo pensado;
y el alma, cuando siente en lo sentido;
y el ojo, cuando mira en lo mirado. 

El mar está en la estrella que se vierte
abriéndose en granada de cristales.  (fragmento)   







Poesía y poética en Emilio Oribe

Por Álvaro Miranda Buranelli 

No   parece  posible  enfocar  la  poesía  de  Emilio  Oribe  sin  considerar  también  su  Poética.  Porque  emoción  e  intelecto,  creación  y  pensamiento,  práctica  y  teoría,  están  indisolublemente  unidas  en  la  obra  de  Oribe.  En  el  Prólogo  a  la  Antología  Poética,  firmado  por  Arturo  S.  Visca,  se  expresa  que  en  la  poesía  de  Oribe:  “la  inteligencia  canta  y  la  emoción  se  hace  pensamiento”.  Allí  está  contenida  la  fórmula  para  evaluar  su  creación  poética.  Oribe  procuró  y  logró   establecer  una  difícil  conjunción:  por  un  lado,  la  emoción,  elemento  intrínseco  del  género  lírico  tradicional,  por  otro,  el  intelecto,  elemento  esencial  del  trabajo  ensayístico.  Poeta  y  ensayista  procuran  el  ensamble,  el  delicado  y  fino  ajuste  de  dos  elementos  básicos  que,  hasta  la  moderna  poética  del  siglo  XX  solían  permanecer  separados.  Emoción  e  Inteligencia   unidas.  Clave  de  acceso  a   la  poesía  de  Emilio  Oribe.  A  la  luz  de  esa  “puesta  al  día”  con  la  modernidad   no  parece  casual  que,  durante  alguno  de  sus  viajes  a  Europa,  conociera  directamente  a  Paul  Valéry.  Sabemos  de  la  influencia  de  Mallarmé  y  su  proyección  hacia  una  poética  moderna;  Valéry  fue  principal  difusor  del  concepto  de  poesía  pura  que  incidió  en  poetas  como   Jorge  Guillén.  Desde  el  romanticismo  la  moderna  poesía  venía  transformándose  de  modo  que  al  llegar  el  Siglo  XX  con  el  corolario  de  las  corrientes  europeas  de  vanguardia  a  principios  de  siglo  se  van  definiendo  nuevas   concepciones  poéticas.  No  es  posible olvidar  aquí  que  la  propuesta  imagista  anglosajona  a  través  de  Ezra  Pound  y  luego  T. S. Eliot  forjaron,   como  hemos  visto  en  ensayos anteriores,  una  poética  trazada  sobre  la  unión  de  emoción  e intelecto,  de  la  cual  la  sólida  obra  de  ambos  da  cuenta.  Asimismo,  pensemos  en  los  escritores  hispanoamericanos  que,  absorbida  la  savia  vanguardista  o,  por  lo  menos,  conocida  y  estudiada,  hicieron  de  la  interrelación  entre  la  Creación  y  la  Crítica  un  nuevo  marco  de  escritura  en  el  cauce  de  la  modernidad.  Figuras  como  Octavio  Paz  y  Jorge  Luis  Borges,  por  ejemplo  -no  por  casualidad  ambos  presentes  en  Europa  en  el  momento  de  surgimiento  vanguardista-  conjugaron,  en  esplendente  escritura,  dicha  dicotomía.  Emilio  Oribe,  hombre  de  cultura  y  receptor  atento,  permaneció  incisivo,  alerta  a  las  transformaciones  que  se  procesaban  con  impulso  vertiginoso.  Las  decantó  adecuadamente  para  filtrarlas  en  el  crisol  de  su  tendencia  clásica.

La  Poética  de  Oribe  se  inscribe  en  el  ámbito  de  Valéry  -a  quien  Oribe  admiraba-,  Guillén  o  T. S. Eliot.  Llambías  de  Acevedo,  en  el  Prólogo  de  Poética  y  Plástica  señala:

Oribe  medita  y  canta  a  la  vez,  entre  perplejidades,  enigmas,
interrogantes  y  zozobras.  Su  espíritu  no  escapa  al  fluir
incesante  de  la  vida,  a  la  angustia  de  la  existencia.  Si  ha
revelado  la  fascinación  que  sobre  él  han  tenido  poetas  como
Mallarmé,  Valéry,  Milosz,  Eliot  y  otros,  no  es  sólo  por la  casi  perfecta  arquitectura  que  ornamenta  sus  poemas, sino  por  su  “belleza  adherente”,  es  decir,  poemas  que ofrecerán  declive  o  entrada  a  los  enigmas  y  a  los problemas  del  hombre  eterno,  desenmascarados  y  sufridos por  el  hombre  de  hoy.  Resplandecen  líricamente  a  pesar  de las  marcas  filosóficas  que  los  impregnan.
La  Poética  de  Emilio  Oribe  se  aproximó,  particularmente,  a  caminos  elegidos  por  Valéry  y  Jorge  Guillén,  caminos  transitados  por  conceptos  afines  y  donde  la  poesía  pura  significaba  el  norte  del  caminante.  Como  en  la  poesía  de  Guillén  hay  en  Oribe  una  poesía  que  une  la  imagen  y  la  idea.  Poesía  Pura  -había  dicho  Paul  Valéry-  es  “lo  que  permanece  en  el  poema,  después  de   haber  eliminado  todo  lo  que  no  es  poesía”.  Es  el  despojamiento  en  la  expresión  poética  de  todo  elemento  extraño  y,  fundamentalmente,  de  lo  personal.  En  el  poema  La  Rosa  del  Sabio,I  del  libro   El  canto  del  cuadrante  (1938),  Oribe  escribe:

¡Qué  bien  sé  yo  una  pensante  fuente  oscura,
carne  del  mito,  número  impasible!
Ella  es  la  poesía  pura.

Una  rosa  inteligible
entre  la  Música
y  la  Arquitectura.
Y  más  adelante,  en  el  mismo  poema,  IV:

La poesía pura
en la última rama del tiempo,
rosa intacta, perdura.
El  símbolo  de  la  Rosa  que  augura  el   Pensamiento  la  Inteligencia,  la  Música  y  la  Arquitectura  del  Lenguaje.  Es  aquella  “formulación  matemática”,  pitagórica,  que  el  crítico  Hugo  Friedrich  veía  en  la  poesía  de  la  modernidad.1  Pero  ésta  es  una  fórmula  que  canta:

¡Qué bien sé yo una pensante frente oscura!
Tras ella, la poesía pura
Una rosa solamente
Nada más que un tiempo inteligente
entre la Música
y la Arquitectura.

poema citado, VII

En  algún  momento  de  este  mismo  poema,  ciertos  versos  suyos  revelan  la  afinidad  poética  teórica  que  lo  acerca  a  autores  como  Guillén  y  Borges.  Así,  por  ejemplo,  en  el  poema  V:

En transparencia de números y nombres
dejan ver el gran misterio universal

donde  parecen  conjugarse  la  transparencia  que  es  revelación  y  epifanía  (Guillén)  con   la  idea  y  cifra  del  enigma  que  es  la  búsqueda  eterna  y  el  misterio  del  Aleph  borgeano  (Borges).  No  es  casual  que,  en  los  tres  poetas,  se  labre  una  Poética  de  la  Inteligencia.  Hay  cercanías  y  afinidades.  Hay  poemas  de  Oribe  dedicados  a  los  otros  dos  poetas.  Aún  más,  hay  caracteres  compartidos  de  una  Poética  común:  el  Intelecto  rector,  el  dominio  lingüístico,  la  perfección  formal,  el  tratamiento  estilístico  de  los  motivos  líricos,  utilización  de  imágenes  afines,  una  semántica  metafísica.  Habría  de  realizarse  un  cotejo  entre  la  poesía  de  estos  autores  para  iluminar  específicamente  las  cercanías  y  las  distancias.

En  otra  instancia,  en  el  mismo  libro,  -un  libro  rico  y  capital  en  la  obra  lírica  de  Oribe-  hay  un  poema  titulado  El  rey  de  la  otra  cumbre.  En  él,  el  autor  escogía  un  motivo  lírico  que,  desde  los  lejanos  tiempos  del  romanticismo  alemán  fue  transformándose  y  renaciendo;  en  el  siglo  XX  fue  recogido  por  el  expresionismo  y  luego  desarrollado  por  la  poesía  hispanoamericana  actual.  Es  el  tema,  típicamente  alemán  y,  más  exactamente,  anglosajón,  del  denominado  desdoblamiento  del  yo.  Se  conecta  con  el  tema  del  doble,  se  conecta  con  el  tema  de  la  identidad  del  ser.  Lo   hallamos  como  motivo  lírico  en  varios  poetas,  por  ejemplo,  en  los  poemas  La  calle  y  Los  pasos  en  esta  calle,  ambos  de  Octavio  Paz.  En  la  poesía  de  Emilio  Oribe,  lo  que  para  otros  poetas  es  un  juego  efectista,  adquiere  la  profunda  trascendencia  de  una  inquisición  existencial:

Entre mi yo
y mi cuerpo
un abismo
....................
Y me veo ir
hacia fuera de mí.

No  se  ha  reparado  suficientemente  en  esta  modernidad  que  exhibe  la  poesía  de  Emilio  Oribe.  Por  la  misma  época  de  composición  de  sus  poemas  Fernando  Pessoa,  en  Portugal,  concebía  poemas  cercanos  y  tanto  que  sería  difícil  discernir  si  los  versos  arriba  presentados  pudieran  pertenecer  a  uno  u  otro  poeta.  Probablemente  no  se  conocían,  a  pesar  de  los  frecuentes  viajes  a  Europa,  lo  cual  habla  de  un  “espíritu  moderno”  que  se  propagaba  por  todo  el  orbe  y  al  que  no  eran  insensibles  los  poetas  de  diversas  latitudes.  Fragmentos  de  los  poemas  de  Oribe  revelan  que  el  poeta  no  fue  ajeno  a  las  transformaciones vanguardistas  ni  a  las  búsquedas  e  innovaciones  de  la  modernidad.  Imágenes  y  metáforas  que   no  desdeñaría  ningún  cultor  ultraísta  se  deslizan,  con  frecuencia,  en  poemas  oribianos.  No  debe  olvidarse  la  incidencia  que  Borges  tuvo  en  la  introducción  rioplatense  del  Ultraísmo  y  no  resulta  extraño  hallar  en  la  poesía  uruguaya  de  la  época  imágenes  y  metáforas,  símiles  y  aliteraciones,  que  en  Oribe  pueden  ser  instantáneas  fugaces  mostrando  otra  faceta  creadora  en  su  producción  lírica.  En  el  poema  El  mar  en  el  astro,  del  mismo  libro  que  nos  ocupa,  poema  dedicado  a  quien  fuera  uno  de  los  principales  divulgadores  de  las  vanguardias,  el  crítico  Guillermo  de  Torre,  se  leen  estos  versos:

Abrillanta
estelas y estolas
y es su boca si canta
conflictual serpentario de las olas

La  plasticidad  de  ciertas  imágenes,  la  imaginación  en  algunas  metáforas,  nos  retrotraen  al  estilo  ultraísta o  creacionista.  De  múltiple  uso  en  la  poesía  americana,  el  juego  de  aliteraciones  ha  sido  uno  de  los  recursos  más  frecuentados  en  lengua  castellana.  En  el  poema  V  de  La  serpiente  y  el  tiempo  leemos:

Rey con tal hambre el hombre va a la hembra!

La  aliteración  se  une  a  la  música  de  la  palabra,  a  la  sugestión  rítmica  y  geométrica  del  lenguaje,  el  melos  de  la  Idea.  En  La  lámpara  que  anda  (1944)  inicia  Oribe  la  escritura  del  primer  poema  con   estos  versos:

La lámpara
             que anda
por la onda
             del mar
             y con sus nimbos
me circunda,
argumenta a esta frente vagabunda,
pidiéndole a mi canto
que responda.

Lo  precedentemente  expuesto  acrecienta  la  amplitud  estética  operando  una  expansión  en  la  Poética  de  Emilio  Oribe.  Nos  hace  reflexionar  que  el  autor  era  sensible  a  los  cambios  y  permanencias  de  la  poesía  universal,  que  el  autor  era  receptivo  para  acompasar  las  transformaciones  formales  con  los  puntuales  contenidos  universales  y  humanos.  Una  recorrida  mesurada  por  la  poesía  de  Emilio  Oribe  nos  revela  un  receptor  atento  a  las  corrientes  y  movimientos  en  los  distintos  estadios  de  su  creación   poética.  Desde  sus  primeros  libros  de  la  década  de  los  años  10:  El  nardo  del  ánfora  (1915),  El  castillo  interior  (1917),  El  halconero  astral  (1919),  marcados  por  el  aura    modernista  y  las  cercanías  de  Julio  Herrera  y  Reissig  o  Leopoldo  Lugones,  evolucionando  hacia  nuevas  formas  y  contenidos  en  los  libros  de  la  década  de  los  fermentales  años  20:  El  nunca  usado  mar  (1922),  La  colina  del  pájaro  rojo  (1925),  hacia  la  conformación  de  una  poesía  de  densidad  conceptual  y  firme  despliegue  intelectual  donde  la  amplitud  del  universo  filosófico  se  integra   y  ensambla  ajustadamente  con  la  intuición  creadora  afinando  y  afirmando,  con  sensibilidad  e  inteligencia,  las  nuevas  concepciones  teóricas  que  irían  definiendo  su  Poética:  la  poesía  pura,  el  Simbolismo,  las  herencias  de  Mallarmé,  de  Valéry.  Así  en  los   libros  de  la  década  de  los  años  30:  La  transfiguración  de  lo  corpóreo  (1930),  El  canto  del  cuadrante  (1938),  se  encuentran  algunos  de  los  más  finos,  sutiles,  antológicos  poemas  de  Oribe.  Por  los  años  40,  el  poeta  afirma  su  madurez  creadora  con   La  lámpara   que  anda  (1944),  y  La  esfera  del  canto  (1948),  hasta  alcanzar  su  cima  en  la  culminación  que  significa  su  Ars  Magna  (1959).  Ha  transcurrido  medio  siglo  de  poesía  y  de  poéticas:  el  simbolismo,  el  modernismo,  la  poesía  pura,  las  vanguardias.  Más  allá  de  las  formas,  más  allá  de  las  corrientes,  Emilio  Oribe  elabora  y  sustenta  una  semántica  consistente,  firme,  que  persiste  en  el  Tiempo  porque  está  trazada  sobre  los   elementos  sustanciales  que  hacen  al  enigma  eterno  del  hombre  y  del  Universo:  reflexión  filosófica,  apreciación  permanente  de  lo  clásico,  intenso  espiritualismo  que  se  vuelve  misticismo  profundo,  lenguaje  interior  de  los  objetos,  música  de  la  naturaleza  que  es  arquitectura  poética  del  Universo.  Las  estructuras  clásicas  greco-latinas  se  aprecian  en  el  hondo  sentido   de  la  belleza,  el  orden  armónico  del  Ideal,  los  conceptos  generadores,  vitales  y  expansivos  de  Platón,  de  Plotino,  la  constitución  de  la  Estética,  la  matemática  del  lenguaje  y  el  trazo  geométrico  de  la  palabra,  el  mito  y  el  logos,  el  ethos  y  el  ejercicio  simbólico  como  “clave  de  verdades  eternas”.  La  materia  filosófica  toda  es  el  centro  nuclear  de  la  Poética  de  Emilio  Oribe  hasta  el  punto  que  es  imposible  analizar  en  profundidad  su  poesía  sin  remitirse  a  un  riguroso  examen  de  sus  ideas  filosóficas  y  estéticas.  Allí  la  “tentativa  de  posesión  extrema  de  una  idea  metafísica  por  medio  de  la  lírica”  como  define  el  propio  Oribe.

Por  un  lado,  la  modernidad  de  Emilio  Oribe  lo  aproxima  a  algunos  de  los  poetas  más  relevantes  de  la  poesía  universal  en  el  siglo  XX.  Por  otro,  la  personalidad,  la  singularidad  poética,  lo   hacen  único  e  intransferible  en  el  contexto  de  las  letras  americanas.  Puede  compartir  preocupaciones  metafísicas  con  Borges,  perfecciones  formales  y  sutiles  incisiones  con  Guillén,  enriquecer  la maginería  plástica  y  musical  de  los  vanguardistas  y  ser,  a  la  vez,  un  creador  lúcido  que  sabe,  como  Hölderlin  o  Rilke,  que  el  pensamiento  es  luz  y  la  luz  es  poesía,  que  por  arterias  subterráneas  fluyen  las  ideas  y  el  Ser  del  poeta  es  un  “testimonio  interrogante”  en  el  Universo,  o  que  la  trama  del  lenguaje  apenas  revela  la  ardiente  inquisición  sin  respuesta.

Sería  justo  reclamar  que  la  obra  de  Oribe  ocupe  su  lugar  relevante  en  el  concierto   de  la  poesía  hispanoamericana,  pues  su  trascendencia  va  más  allá  de  eventuales  similitudes  y  aproximaciones  con  otros  poetas  que  han  recibido  una  confirmación  universal.  Aún  no  se  ha  convertido  en  conocimiento  cabal  y  admiración  plena  ni  la  estatura  filosófica  ni  la  dimensión  poética  de  Emilio  Oribe.  Su  obra  no  solo  significa  uno  de  los  momentos  más  altos  en  la  historia  -todavía  por  escribir-  de  la  poesía  uruguaya  sino  que  se  encuentra  a  la  par  con  algunos  destacados  autores  hispanoamericanos.  Y  su  poesía,  que  llamaríamos  esencial,  para  sintetizar,  de  alguna  manera,  un  vasto  universo  poético  que  se  enriquece  permanentemente  en  imágenes  reveladoras  donde  la  Idea,  el  enigma  del  Ser,  el  Uno  y  el  Universo,  la  Belleza,  la  Identidad,  el  Misticismo,  se  trasuntan  en  armonía  de  lenguaje.  Poesía  esencial,  honda  reflexión,  a  las  que  se  ajustan  las  palabras  de  John  Keats,  que  el  propio  Oribe  recoge  en  uno  de  sus  libros,  expresivas  del  seguro  tributo  a  su  memoria:

A thing of beauty is a joy for ever
(Un objeto hermoso es una alegría eterna).






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