viernes, 17 de enero de 2014

CARMELO CHILLIDA [10.833]



Carmelo Chillida 

(Caracas, VENEZUELA  1964), profesor en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y coordinador editorial del suplemento cultural Literales, que publica el diario TalCual.  Ha publicado ensayos, crónicas, notas sobre libros y traducciones en diversas revistas y periódicos del país, así como los poemarios El sonido y el sentido (1997), Versos caseros (2005), ¿Un poema de amor? (2011) y Desde el balcón (2013). Precisamente de este último libro, impreso bajo el sello de  Kalathos Editorial dentro de  la colección de poesía dirigida por Artemis Nader y David Malavé, extraemos los siete textos.


Para Alfredo Pérez Alencart, poeta y profesor de la Universidad de Salamanca, “la poesía de Carmelo Chillida busca alejarse de la lengua pontificia para habitar el instante de la pura erosión hasta expresar lo que posiblemente vea cualquier caraqueño inmerso en una ciudad donde retumban la belleza y el disparate mayor. Chillida desesconde su historia y también testimonia las dimensiones verdaderas de su entorno, siempre presidido por el imponente Ávila. Una poesía en sincronía con el habla cotidiana, sin encajes metafóricos pero con órbita propia en lo que va mirando y sintiendo, todo ello sin olvidar a sus ‘contemporáneos’ Shakespeare, Lorca, Calderón de la Barca, Beckett, Lope de Vega, Marlowe y la Szymborska, esa polaca maravillosa.. Tampoco a su abuelo Tino, republicano español que acabó en Venezuela. La poesía es vida y es música de las palabras y, en el caso de Chillida, también autobiografía, radiografía o respiradero del existir sin sepultar la mirada y la memoria. La poesía de Carmelo es creación para que todos entiendan lo que dice, lo que necesita decir sin desmayarse para siempre”.




DESDE EL BALCÓN
(Fragmentos seleccionados y puestos en desorden por Alfredo Pérez Alencart)

¿Testimonio de lo que viste
con tus propios ojos o de lo que alguien
dijo ver? Pero no corresponde al que mira
juzgar el contenido de los pliegos
sino entregarlos con prontitud
a las palomas mensajeras. Allá van,
volando, buenas nuevas y malas noticias.
Ya aterrizarán, ya tocarán puertas y ventanas,
ya llegarán a su lugar de destino,
alterando la vida de las personas.
¿Estás seguro de lo que haces?
(Vaya pregunta, si supieran a quién
se la dirigen no perderían su tiempo.)
Escribo. A través de mi cuerpo fluye
una fuerza que se esfuma, me abandona,
y como todos tengo que seguir viviendo
con el esfuerzo diario,
el que no es permitido rechazar.









Vivimos en el reino de las máscaras,
nunca salimos sin nuestro disfraz.
Así andan mejor las cosas,
sin tantos altibajos (pero al fondo
del agua, redondas por la luna, más
allá de ningún charlatán,
yacen las piedras, bajo el vaivén
de las mareas). Además
el escenario es realmente grande,
al mismo tiempo engañoso
y seductor, peligroso y acogedor.
La obra es breve, dura poco,
eso también habría que decirlo.
Por eso al público llano
se le hace tan deleitoso el espectáculo.
Por eso aplaude con entusiasmo
a los actores en los que se reconoce,
en los que reconoce
como la huella de sus propios pasos
a lo largo del día.







Todo empieza con un tipo
sentado en una silla,
desde un balcón, mirando.
Al frente ve la ciudad,
sus luces y sombras. Detrás
del Ávila sabe lo que hay,
lo ha visto, aunque no puede verlo
desde el balcón. Pero
como no puede evitar girar
la mirada hacia adentro, aparecen
los espacios de todos los días
y la memoria ancestral, la mirada
de aquellos que le dieron su sangre y
que también vivieron unos años
en este apartamento.








Sombras amables, la casa es suya,
recorran cada cuarto, no se preocupen
demasiado por nosotros. Vivimos
de día en día, con nuestra ineludible
dosis de sufrimiento y
«la rara chispa de la alegría».
Vamos y venimos a una velocidad
impensable para ustedes, eternos muertos,
vivos en la memoria. Ya alguien dijo
que un hombre no muere sino hasta
que lo hace el último que lo conocía.
Desde la flexible silla verde
(otra casualidad) en el balcón
contemplamos lo que nuestra mirada abarca.
¿Y lo que no abarca quién lo ve?
Las luces de la ciudad brillan
sobre las calles, desde el balcón.
Detrás de la montaña las olas baten
contra las piedras en la oscuridad.
¿Ese sonido quién lo oye?
¿Ese paisaje quién lo ve?









Desde el balcón te miro, Ávila,
desde el mismo balcón
que te miraron mis abuelos,
hace ya tanto, antes
de que ellos partieran, antes
de que llegara yo. El balcón
del apartamento donde ellos
vivieron por años y ahora
vivimos Mari, yo y los niños,
que van y vienen. El lugar
donde me refugiaba de niño,
de zagaletón, de seudoadulto.
Una silueta negra en la noche.
Un juego infinito de verdes
a la luz del día. Tengo deberes
que dejo para más tarde,
que pospongo para estar contigo.
Te miro, respiro tu aire, te contemplo.
Ávila, por favor,
libérame de mis pensamientos,
libérame de lo que otros esperan de mí,
libérame de mí mismo.








Despertador, beso entrecortado,
murmullos, ducha, café y cigarro,
el resto y a la calle, a trabajar.
Malditas colas, en Caracas hay
demasiados carros, en Caracas
no cabe un carro más.
Prendes la computadora
y allí haces esto y haces lo otro,
y sin computadora también.
Tan rápido llegó el mediodía,
casi sin levantar la cabeza
de pantalla y teclado. Comes algo,
tratas de echar, aunque breve,
una improductiva siesta y luego a clases.
En la noche, algo de pasta,
con salsa de tomate, queso y vino.
Prender la TV, esa otra pantalla,
con la esperanza de que haya
un buen juego de beisbol.
Luego a dormir.
Luego suena el despertador.







La memoria profunda y la superficial,
la imaginación que hace las cosas nítidas
o difumina los hechos.
Los objetos concretos, las fantasías,
los sueños misteriosos y, más resbaladizos aún,
los que no tienen apariencia de misterio.
La mujer desnuda, callada,
con esa no sonrisa,
sino apariencia de sonrisa, siempre ahí, detrás.
Esas son mis musas. Los ojos y memoria
con los que debe contar un testigo,
mis instrumentos de trabajo.

http://www.crearensalamanca.com/memorial-de-un-testigo-carmelo-chillida-desde-caracas-pinturas-de-miguel-elias/





TESTIGO

I

Ese que está parado ahí,
recostado, silbando a ratos,
en la esquina.
Ese que detuvo el paso apresurado
que a ninguna parte lleva.
Ese que se sienta solo
frente a la computadora
y comienza a escribir, sin tema previo,
sin plan o ausencia de plan.
¿Qué dirá?
Lo que sus ojos miren,
lo que todos miramos sin mirar.
Lo que oigan sus oídos, desde el grito
destemplado hasta el silencio.
Los olores que aspire,
perfumes, excrementos.
La suavidad o la aspereza
que se deslicen entre sus dedos.
Lo que paladeen o escupan
los comensales, los invitados
al acto, los actores.
Él es sólo el que está
parado o sentado por ahí
                                      (sin ser invitado),
pero despierto, anotando, anotando.
¿Para qué?, le preguntan
y él se pone nervioso buscando
                                             una respuesta.
¿Para qué?. se pregunta a sí mismo.
No sé, sólo quisiera
que de todo esto, de nuestra vida,
quedara algo, quedara al menos
un testimonio.





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