miércoles, 26 de octubre de 2016

AMALIA MERCEDES ABARIA [19.384]



AMALIA MERCEDES ABARIA

Nací y vivo en Buenos Aires, a la que amo. También amo Córdoba, Mendoza, Santa Fé, Mar del Plata…y tantos otros lugares…(Roma, Barcelona, Segovia, Ceé…)
Licenciada en Sociología (UBA)
Estudié Análisis Transaccional y Grupos Operativos, entre otros estudios. En el ámbito profesional me especialicé en Prevención de la Salud Coordiné y coordino Talleres para Dejar de Fumar.
Estudié Italiano en la Dante Alighieri .
Siempre fue lectora y desde joven escribí, fundamentalmente poesía.
También amo la pintura y tardíamente concurro al Taller de Jorge Mansueto (M . Sívori)

CAMPO LITERARIO:

Obras publicadas (Poemas)

1984: “DEL LADO DE LA VIDA” (prologado por el poeta Atilio Castelpoggi)
2009. “CAMINOS” Botella al Mar.(Comentarios:Graciela Capacci y presentación Alejandrina Devescovi y Adalberto Polti.
2013, “EL MUSGO Y LA CALMA”

Participé activamente de los talleres literarios del poeta Atilio Castellpoggi (SADE)
En el año 1985 integré los encuentros de Poesía Joven, dirigidos por Daniel Giribaldi.
Primer premio de Certamen de Poesía, nivel nacional, organizado por el Club Argentino de Merlo (1984, jurado Antonio Aliberti)
Mención especial a autores extranjeros otorgado por la Associazione siciliana per le Lettere e le Arti por mi Poema: Intimidad oculta, ( traducido al italiano )
Dirigí el Taller de Poesía de la Casa de Cultura de Merlo (Bs. As.) (1984-1986)
Integré el Jurado de poesía en el Certamen organizado por la Municipalidad de Merlo (1985)
Publiqué en varios suplementos de diarios del interior (El Litoral, Azul, etc.)




Camminiamo una sera sul fianco di un colle,
                        in silenzo. Nell’ombra del tardo crepuscolo…
                                                                                  Cesare Pavese

MONTEGIORDANO

Subimos por la colina hacia Montegiordano.
Y estamos en silencio.

Subimos por la colina y la lluvia cae
                                               en nuestro pequeño mundo.

Arriba duerme una nostalgia de los que no están,
de los que lloran este rumor,
el triste espacio de la tierra viva,
las infinitas estrellas de un cielo perdido para siempre.

Si fueran campanas o un Angel,
pero son las cabras, tibias en la montaña sola,
y uno evoca al campesino que lloró hace tiempo
                                               también solo.

Si fuera la muerte la que avanza
o el despiadado silencio que no cesa,
pero es un hombre
buscando algo que fue sangre, algo que fue tiempo,
algo de su corazón perdido.

Y el polvo se levanta alrededor.

Pero ya llegamos, suelo, madre, punto.

Se descubre un poco de muerte, lejana…

Y pensamos en los otros, en los que no están



ECLIPSE

Es noche afuera, todos miran el eclipse
y la luna se esconde, se agazapa
se aniquila .

La hora exacta, precisa, fue proclamada,
anunciada, publicada,
con una estridencia de agujas
saliendo del televisor
y todos quieren ver, ver,
olvidar un poco los restos de martillo
de un día interminable.

Los perros de la noche, los que ambulan todavía
en el fondo de un hueso desolado
no ven , no saben que un velo, un pedazo de luna
cubre su perfecta soledad.

Noche de vértigo hacia la nada,
la cornisa donde los gatos también miran  la luna
la misma noche entera se evapora y cae
en un absurdo pecho de los que lloran.

Qué hay más allá?
Quién escucha las lejanías tristes,
 el pasado que aparece antes de dormir
una pared o un techo abriéndose a la memoria,
quién sigue mirando el recorrido de una luz que no fue?

Oigo tus pasos que se arrastran,
(estás cansado)
y vamos a dormir.



PARA NADA

Los perros vagabundos llevan una máscara
para que nadie los asuste.

Vuelven de la noche, con algo de quebranto.

Y van hacia la noche
con sus pasos de piedra, como fugándose.

En una estación cualquiera, se derrumban

                        Y miserables, partirán hacia un sueño pegado a la basura.



SOLO, SUS HUESOS

Sin sucesos, ahora, y nada
tiende su superficie desplazada
hacia abajo, irregular apoyo
de sus manos, piernas, todo
lo que antes fue
ahora, tristemente apoyado.

Y con esa expresión inexistente
de amapola triste,
de visaje ausente
siente que el cielo es para él.
Es su descanso.
Casi en la tierra, a la deriva,
las viejas clavículas duermen
porosamente frías.
Todo el andamiaje del antiguo pecho
en latitud horizontal
plana, desolada.

Cada partícula fue sueño,
luz, arrojo.
Luego, la transformación, sequía.
Quién vería estas sustancias,
firmes estacas, extendidas
en un letargo óseo y blanco.

Si en su dolor apareciese algo
un gesto, un movimiento
o toda su gran pena
sepultada,
 pero el silencio avanza
y no hay forma de leer el epitafio. 



Dedicado al Aguaribay

Con tu caudal de copa espesa,
con tus bordes de delicadas plumas pendulares,
con tu enorme curva de copa que cae,
llegas al perfecto mundo de la espera.

Como un manto de pequeñas cascadas, las breves hojas,
penden su silencio de árbol cóncavo,
como la sombra,
la sombra que abajo se derrama
y nutre la fina alfombra del suelo seco.

Si el pájaro busca su refugio
o cuando la lluvia late su honda transparencia
en las pequeñas ramas,
apenas la inmóvil forma se desplaza,
desgajándose apenas.

Sólo el viento hamaca definitivamente
su multitud infinita
y parece, entonces,
un muelle solo y perdido.




NECESIDAD DEL SILENCIO

La mansedumbre de ayer,
mira en la intemperie
un espacio ajeno
que también fue mío
(y no te escucho).

No son susurros
ni restos de un  orden  humano
llegando o caminando
o dando voces,
no,
son agujas, hienas
chillidos girando sin paciencia
motores
despertando a mordeduras.

Las sirenas, son aullidos,
penas?

Avanzan
con su cuchillo  negro
y no hay sobrevivientes.

Como agujas, sí,
en esta atmósfera triste
de papel quemado
y estos ganchos,
estos ganchos
sobre la serenidad,
(y no te escucho).

Así fue temprano
en la mañana
y se aproximan ahora
nuevos arpones:
llegarán a tiempo
de cerrar todas las capas,
los oídos, las cerraduras
los niveles todos,
casi, de la serenidad.




ALREDEDORES

También amo el entorno cercano a la tumba de mi padre,
la avenida, las casas sencillas
los árboles que cercan la muralla donde se esconde
el tibio cielo donde vives.

Siento que caminamos cómodos por aquí
¿no somos muerte, también?

Tierra, futura tierra que ahora yace plácida,
amorosamente cansada,
sin embates, sin un dolor que sí hay afuera,
un dolor caído y vencido
como el de las rosas que acompañan tu morada.

Pero amo este pequeño banco de cemento,
la piedra gris que cubre el inmóvil corazón
el anónimo pájaro que canta en una noche lejana.

Y no hay más que ésto,
aquí, cansados.





INVOCACIÓN ÚLTIMA 

Qué es amarte sino esta necesidad de destruir fronteras
(o sentir esta tristeza de las horas)

Hasta cuándo tendré mi piel ausente
(mi cuerpo abriéndose en lentos pedazos)

Quemo mi soledad en este grito de tu nombre,
donde el plural es una espera sola.

Para el adiós,
invoco el rostro de los fantasmas
                y la fuerza. 




A un perro muerto al costado de una ruta

A Alejandro Drewes

Sobre un costado y dócil
lomo, seco de aliento
esfumado en pastos
y lombrices
cede hacia el surco
su sedimento gris.

¡Oh, vida! pulso olvidado,
del cielo cae una brisa
sobre tu quietud lenta
y tus ojos miran
los ojos de la muerte.

Pero mi corazón me 
lleva hacia ti
y no quiero ver
el semblante ocre 
de alguien sin cruz.

Caminaría
en esta tristeza
buscando en las estrellas
una túnica, una pequeña nube 
para tus ojos de pena.

Dejen que duerma,
tranquilo,
entre los cardos y los pastos,
tranquilo, el pequeño
hermano.

Poemas del libro El Musgo y la Calma. Ediciones Botella al Mar, 2013




Al Guernica de Picasso * 

Estruendo de dragón, llamas de piedra
astillas de un diluvio oscuro,
sobre dóciles cuerpos,
               sobre el espanto equino.

Hijo, desgarro mis ojos
                mirando en el cielo
esta ceguera negra
             sobre mi sueño frío,
tan azul, azul, azul.

Noche, no busques la mano más tierna

Lloren en el polvo
      huérfanos,
            lloren en el humo.

¿Todo es un instante,
desesperación?
Así, con escombros
hacia una penumbra pálida
y cruel.
               
Y luego, lobos en las pieles,
llanura de una carne
    informe y apagada.

Oh fuego, no busques la mano más tierna

Paloma, 
incandescente pluma
Paloma
si alguien tomara tu desgajado cuello
si alguien llorara de verdad
sobre tu cuello roto.

Oh Dios, es mi súplica un árbol seco
que navega por el río donde los muertos
entierran a otros muertos?

Este alud de sangre, basta, basta.

Señor, la mano más tierna
la mano más tierna, no, no,
                                            No

* Este poema obtuvo mención en el concurso Gente de Letras del 2013  




Alma de desierto 

                          A una piedra de Córdoba

Ah, silenciosa 
y circunspecta,
gris, con alma de desierto.

En mi extrañeza humana
cae tu firme soledad
hacia el instante de luz,
como de plata.

Y veo allí secretos
de pájaros antiguos
y el silencio de hombres
rompiendo minerales,
buscando tu belleza 
de cuarzo, tu fragmento
de estrella.

Resplandeciente 
y oscura,
sigilosa, 
raíz de la montaña.

Sólo los puros amarán
tu abatido magma 
disuelto,
el cristal apagado.

         Rigurosa piel, quebrada y viva




El musgo y la calma 
  
Solo, en la penumbra,
el sobreviviente del mar
tiende su planicie verde
sobre la larga pétrea
y descansa

Cómodo en el muro
instala sus vegetaciones
                         de orden
                         y constancia
y como el antiguo reptil
que lo horadaba,
ama la húmeda
                colonia de la sombra.

En espera silente,
                busca en el cielo
el ángel de la lluvia
y su médula seca, entonces,
bebe el diminuto manantial
pasivamente

Es bueno sentir
              su presencia
compañía de la calma
y el silencio.

Pisadas ausentes, a veces
lastiman ese pequeño, gran mundo
                               esparcido

o un caballo, también,
                                       
roza la frágil, fina capa
                         de verde, verde musgo
¿Hay lágrimas?


Todos hemos pisado,
                         alguna vez,
el tendido musgo,
                         nuestra calma.

Poemas anteriores pertenecen al libro El Musgo y la calma, Ed. Botella al Mar, 2013




La finitud
  
Es un muro que nos espera 
o la sombra de ese horizonte 
que aún lejanamente vislumbramos. 
  
Se encuentra entre la luz y las cenizas 
entre el alba y la noche 
entre la vida y la muerte. 
  
Queremos olvidarla, 
hacerla desaparecer 
taparla con una túnica verde 
con árboles a los costados. 
  
Pero está, 
muda y remota, 
invencible, 
como una bella roca, 
esperando en el final del camino. 

          Último poema pertenece a Caminos. Ed. Botella al Mar, 2009


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