miércoles, 2 de mayo de 2012

6641.- NILA LÓPEZ



NILA LÓPEZ : Nació en la ciudad de Concepción, PARAGUAY en 1954. Periodista, actriz, poeta y narradora.

Diplomada en Psicopedagogía por la Universidad Católica de Asunción, fue durante varios años directora del Departamento Cultural del Centro Cultural Paraguayo-Americano.

Columnista y entrevistadora en ABC Color, Nila López ha sido además jefa del área de Artes y Espectáculos del diario La Tribuna y directora de la revista dominical de El Diario Noticias. Durante mucho tiempo presentadora de televisión y conductora de diversos programas culturales en el Canal 9 (SNT), actualmente se dedica a escribir y ordenar sus textos aún inéditos.

Su obra publicada incluye los poemarios:

EL BROCAL AMARILLO (1985),
ARTIFICIOS NATURALES (1987) y
LA CONDICIÓN AMOROSA (2001).
En teatro, es autora de ¿QUIÉN DEJÓ PASAR EL TREN? (1987), pieza galardonada con el Primer Premio de Radio Cáritas en 1977.
También ese mismo año (1977) obtuvo el Segundo Premio de la Municipalidad de Asunción por "CIUDADALMA", texto ecológico escrito en co-autoría con Raquel Chaves.
En 1995 apareció SEÑALES - UNA INTRAHISTORIA (relatos; 1995), su primera incursión en el campo narrativo,
en 1998 dio a luz su primera novela: MADRE, HIJA Y ESPÍRITU SANTO (Premio Municipal de Literatura 1998), collage textual en prosa y verso donde confluyen a un mismo tiempo poesía, mito y realidad, teoría y práctica, lo vivido y lo soñado, lo personal y lo universal, desde una perspectiva inconfundiblemente femenina.
De más reciente publicación es TÁNTALO EN EL TRÓPICO (2000), su segunda novela.




En el amor


La nube
ha formado un castillo
exactamente como lo busqué.
Una bocina suena.
La nube
es un fantasma sobre el verde.
Ya de todos los sueños que he tenido
me quedan solamente las preguntas.
¡Devuélvanme a las cosas!


De tanto
no creer y creer en todo
de pronto
soy sólo una mujer
que asume su destino.
Ya no tengo doble
en esta noche.

Para Rachel Stawer

Este domingo me he quedado sin llaves.
Sin casa.
Sin parientes.
Sin susto.
Sentada al lado de las puertas.
Son dos
y mi ventana
tiene tres cocinas.
Yo
desordeno el mundo
para que así
se ordene.


Allá, raíz,
había sequía.
Aquí, montaña,
había inundación.
Pero me entrego a ti
ya sin embargos.
He tomado mis recaudos.
La maldición
se ha puesto del revés
y es bendición.
La vida
vuelve a entrar
en su carril.

Ayer,
pretérito perfecto,
dijiste: es mi sino.
Callé entonces.
Callamos, sordos.
Quizás fue demasiado fácil
sentirnos dos náufragos amantes
pues a nadie había que demandar
los réditos de cada encuentro.
Hoy, conjugados,
batimos libres las alas.


De guardia me mantenía
hasta desarmarme ante ti,
mi continente.
¿Qué homínidos tramaron nuestro amor?
¡No me des con la puerta en las narices!
Que el eco de mi sílaba
te llegue y te sacuda.


Ya no señalas días
en tu pura geometría.
Mi piel en otro extremo
roba su vuelo
a la mañana perdurable.


Dos pupilas infantiles
revuelven la placidez
recreándose
con el instante
que cierra, tentador,
un segundo más
en el reloj de arena
del vecino.


Comunes lugares


Porque el rosal ha dado otro capullo
inesperadamente, en este enero
salimos a cantar desde la tarde,
terrestres y comunes pero juntos.

Inquirimos muy poco y sí sabemos
espantar sin los puños al temor;
vale más la ternura del abrazo,
esta limpia sonrisa compartida.

Y en el fuego sencillo y susurrante
donde el amor es más que un vocerío
este mundo real y el que inventamos
nos muestran sus paisajes, sus colores,
nos ofrecen la paz y las pasiones
más allá de las trampas del destino.

Todos los reinos perdidos de mi cuerpo
limitan esta siesta con el tuyo.
Concédeme el don de reconocerte,
tan cerca de tu boca mi suspiro,
mostrarte que el reclamo del deseo
puede ceder, sutil, su privilegio
al antiguo llamado del espíritu.

Sobre la hoja que ningún viento arrastra
y la ola esperando su primigenio impulso
se estaciona el recuerdo:
la hipoteca de un sueño,
su sol de medianoche
esquivando la sombra de este tiempo
que a pesar del ayer
inauguramos.

Sin trámites me acercas tu sonrisa.
Te doy, sin prevenciones, la mía.
¿Desde cuándo se estaban esperando?

A los campos emigra la esperanza:
a comprender por qué una sola planta,
una estrella, un abrazo bien dado
suspenden tanto al mundo en su vacío.

Siento mis pies
como dos brújulas sorprendidas,
y tus pasos detrás.
Despierta, mi ángel,
duerme a mi bestia
como un niño
recompone su juego,
el ritmo,
la síntesis,
asunto arriesgado,
el tono.
Despierta, mi ángel,
toma mis falsos nombres,
usados y dejados.
¡Acógeme en tu cielo!

En cada poro mío
está tu olor grabado.
Vengo del desamor,
de una larga tristeza.
Vengo a acunarme en ti,
mi compañero,
en ti que has convertido
lo imposible en posible
y eres dueño
del tronco elemental
de mi canción.

Te quiero así,
con ese brillo intenso
que en llama se transforma
entre tus manos.
Te quiero a ti
con todos tus rincones,
con tu humor luminoso,
con tu nombre de mes
y tu pureza.
Con los cuatro elementos
de Empédocles,
con mi aire y el fuego,
con tu tierra y el agua
te quiero
mío como la luna,
satélite incesante
que me impulsas
hacia la catarata de tus besos.

Ligaduras etéreas
me ciñen todavía.
Desátame, mi amor,
respira mi arrebato,
rompe conmigo el límite
de todos los futuros.
Desátame, mi amor,
quítame la insignia
de las indiferencias,
abre de par en par
tus ventanillas,
confronta las distancias,
defíneme este espacio.

Suéltame ahora,
no desdeñes mi arrullo,
toma mi mano,
olvida en una esquina
la historia que ha pasado.
Toma mi mano, amor,
cálzame los zapatos del tacto:
entre los minerales y la estrella
puedo sentir que, afín a ambos,
titila con tu magia el universo.

Tu boca
sabe a fruta estival
y mis labores
forman su centro
allí donde tú estás.
En cada itinerario
de sorpresas,
en la suave travesía
de tus ojos,
en tu ir y venir
de pececillo,
en tu quietud,
taurino,
en la aventura interminable
de tu alma absoluta,
en el vaivén
de cada célula
que sin marcha nupcial
en mí inauguras.

La sábana no sabe que sin ella
igual festejaremos el estreno,
y la flor que flor regala al día
nos hallará desnudos otra vez.

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