lunes, 7 de mayo de 2012

JEREMÍAS MARQUINES [6.727]


Jeremías Marquines Portillo

Jeremías Marquines (Villahermosa, Tabasco, 15 de agosto de 1968). Es un poeta mexicano. Está radicado en Acapulco, Guerrero, donde ejerce el periodismo.

Es quizá el poeta mexicano más crítico y polémico actualmente. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes-INBA 2012. Radica en Acapulco, Guerrero, desde donde ejerce un periodismo duro y crítico.

Libros de poemas

"El ojo es una alcándara de luz en los espejos" (poesía). Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1996.
"De más antes miraba los todos muertos" (poesía) Gobierno del Estado de Chiapas, 1999.
"Las formas del petirrojo" (poesía) Universidad Autónoma del Edo. De México-Edit. La Tinta de Alcatraz, 2001.
“Las formas de ser gris adentro” (poesía) Edit. Praxis-Gobierno del estados de Tabasco, 2001.
"Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro" (poesía) Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2002.
"Los frutos de la voz" coautor (ensayos sobre vida y obra de Carlos Pellicer), Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1997.
"Varias especies de animales extraños jugando juntos en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem". Instituto Estatal de Cultura de Tabasco, 2008.
"Acapulco Golden", Ediciones Era, Instituto Cultural de Aguascalientes, Instituto Nacional de Bellas Artes, Conaculta, México, 2012.
"Obra Poética" (recopilación de su trabajo poético hasta el 2012). Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2013.

Antologías

Parte de su obra se encuentra antologada en los libros de poemas:

Poetas de Tierra Adentro III, Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1997.
"Poetas tabasqueños contemporáneos", Revista Cultura de Veracruz, Veracruz. 1997.
“Los mejores poemas de 2005”; Joaquín Mortiz-Conaculta, 2005.
Anuario de poesía 2005, Fondo de Cultura Económica.
Eco de voces; Edit. Arlequín 2003.

Premios de Poesía Efraín Huerta, Ayuntamiento de Tampico, Tam. 2007.

Poetas tabasqueños contemporáneos; Universidad Juárez Autónoma de Tabasco 2005.

Su obra aparece comentada en el libro de ensayos sobre literatura tabasqueña contemporánea Circaria, de Miguel Ángel Ruiz Magdónel, Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1998.

Premios

Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2012 por su libro Acapulco Golden
Premio Clemencia Isaura 2003, Mazatlán, Sinaloa.
Premio José Carlos Becerra 2000, Villahermosa, Tab.
Premio Nacional de Poesía de Calkini, Campeche (1999).
Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1998).
Premio Nacional de Poesía, Efraín Huerta, Tampico, Tam. (1996).
Premio Regional de Poesía, Palizada, Campeche (1996).
Premio Nacional de Poesía y Cuento, de la Universidad de Occidente, Guasave, Sinaloa (1995).
Juegos Florales Nacionales de San Román, Campeche (1994).




Lamed

Supe de ti por el ojo de la aguja.
Entonces nadie habitaba las calles angostas ni las plazas donde crecía trémula la hierba
contra viento.
Entonces la ciudad apenas levantaba sus cabezas de animal herido; su inútil terquerío de
ser mundo y no otra cosa.

Supe de ti por el ojo de la aguja.
No obstante la nochegrillo y su canto cristalero.
No obstante la noche.

Entonces no sabía por qué amarte o por qué salían alas y peces deformes de tu cuerpo.
Y dolía ver cómo tus carnes, lo que está adentro de tus carnes, tus huesos, lo que está
adentro de tus huesos se quemaba.
Así comencé a amarte como el inmisericorde cangrejo de la ausencia, con esa ansiedad
que sufren los malditos, con el ese miedo de saber que todas las palabras van al pozo
donde el viento aguza su aullido disonante como el más carnicero de las fieras.

Yo y mi dorado cedal diciendo: ¿embrujarás a Behemot con tus palabras?
¿Le arrancarás la mujer que grita en lo su adentro?
Escúpele la boca a los dementes
Miéntales la madre, su edad, su sexo para que vuelvan al abismo de la O.

Aún amarte entre las cosas más pequeñas, las que se producen en los espejismos, por las
que es más difícil llegar hasta el ojo de la aguja.

De El ojo es una alcándara de luz en los espejos




MIENTRAS HABLO, el tiempo teje brilladoras en las aguas,
los peces siguen el punto que a la luz conviene
y en suma ligereza el corazón semeja un continente hundido.

Mientras hablo, la cabeza de Dios es tímida criatura de colores.
Allá, la sangre de las vírgenes se mueve
entre la ola y la llama, por los tejados
el amor es un trance como de matriz parturienta:
el perfecto equilibrio, un profundo deslizarse
a la sublimada abominación del signo.

Mientras hablo, en otra parte alguien finge los pretextos del ahogado,
el apetito voraz de la mañana cuando pasa un cadáver en invierno
y nos saluda con su risa de gramófono, desmintiendo
la música inicial de la ternura,
una canción que nos recuerda el rostro de la multitud deshojando flores.

Digámoslo así:

la cabeza de Dios es un continente hundido.

De El ojo es una alcándara de luz en los espejos



De más antes miraba los todos muertos

(fragmento)

4

Afuera llueve. Unas mujeres colocan flores de nomeolvides y azucenas sobre el cuerpo núbil de la muchacha. Los hombres han sacado una botella de aguardiente que entre risa y rezos beben a sorbos para que no entre en sus cuerpos vacíos lo de espanto y desamparo.

No está aquí, pero todas las cosas tienen que ver con Ella:
las piedras labradas a golpe de relámpago y ventisca,
las campanas que seres diminutos tañen en nuestro corazón artófago
los días en que el desamparo es un puño de sal en la herida abierta.

—Ella no está aquí, pero nos consuela el viento.

Todo nos recuerda que todo está perdido,

que lo que suena en nuestro corazón no son más que astillas de dientes,
banderas que del viento—,
risas que van a perderse cuando la tarde—.

Todo nos recuerda que todo está perdido,
que no nos pertenecemos,
que nadie se pertenece a sí mismo,
que nos miramos al espejo a riesgo de perder el rostro
en cualquier terrosa oscuridad de sombras.

                                                     Ella pregunta si todas las cosas
                                                     estarán aquí de nuevo, cuando la luz,
                                                     como un ciervo errante,
                                                     vuelva ante sus ojos.

De De más antes miraba los todos muertos




Las formas de ser gris adentro
(fragmento)

Ya mucho se dijo de la tristeza, que el amor es una espesa humedad de madera en la estación lluviosa, la oscura membrana en el ojo de los ahogados incitando al naufragio. Un olor de insectos que extrañamente revelan nuestros huesos donde pululan en secreto animales prohibidos.

Pasan los trenes, pero queda el mundo que sueña sus frutas de invierno; su horizonte arqueado como un camaleón dormido en la osamenta de la niebla; sus propios reflejos limitados por el vértigo de las palmeras, sus alimañas inscritas en los muros del poniente donde se pudren intactos los perros que duermen en la virginidad renovada de mujeres maduras.

     Cuando pasan los trenes sólo queda un como animal hambriento en los pechos vacíos, el silencio acuático de la tarde que desentierra sus pájaros irreales como un niño enfermo, una mano que arde en perfecta calma en el litoral de un bosque demolido por criaturas que van desfigurando lo que te hace vivir.

     Cuando pasan los trenes, lo empiezas a saber.

De Las formas de ser gris adentro





Del poemario “Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem”.

II

Impresiones de Dakkla:
El tiempo que construye casitas de pájaros a los dementes.
Tus senos que aletean en medio de un jardín donde un grillo
empuja una carreta desastrosa y miles de seres diminutos,
ricamente ataviados, observan el golpe inmanente del amo de hadas.
Una cabalgata de danzantes feéricos en una playa a la luz de la luna, desnudos,
después de saquear los tesoros de Lidia.
Un muro donde las migraciones pasan llevándose el sonido.
El anochecer que traza puentes que bajan de las claridades de tu boca.
Un cuchillo que pende del hilo de mis genitales
como los lagartos del color del Nilo.
Mi cabeza que flota en el humo de tu sexo.


III

Recuerdos de Dakkla:
Una navaja entre dos virginidades nebulosas.
Un árbol que junta huesitos de grillos para la tarde.
Un camino que pasa de largo preguntando tu nombre.
El color de tu sexo que lamen las hojas del naranjo.
Un caballo que abre las puertas cerradas del planeta
por donde entran oleadas de sílabas muertas.
La infancia que migra más allá de tu espalda para tatuarse
en la imagen blasfema del destino.
Una dulzura miserable que prolonga sus formas en algún
antepasado del amor venido en los aromas al otoño.


IV

Para Citlali Guerrero

Trato de no pensar en tu sexo mientras escribo.
Una columna de hormigas pasa confundiéndose con un ciervo.
En una celda dos gnomos leen a Spinoza, y es imposible
que la eternidad sea un pájaro carpintero
que da la bienvenida a la lluvia. Escucho.
Las hormigas me sugieren un abeto poco civilizado
que los pájaros desprecian.
No tengo manos, tengo demoras tatuadas por castigo.
Entiendo que afuera el mundo se desarma,
que lejos de tu sexo, destinado a detener la muerte,
no se puede vivir.


VI

Me gusta la quietud de tus senos hechos
de endecasílabos donde nada suena.
Un pájaro trata de engañarme metiendo su cabeza en
un clavicordio y pregunta si he dejado de quererte.
Dibujo en tu espalda una adormidera de pupilas magenta.
Es junio, lo recuerdo por la profundidad del color que asoma
en la desembocadura de tus labios y porque no he vuelto a extrañarte.
Imagino si allá, el aire también es una barcaza que se hunde
azotando paredes cubiertas de hormigas. Imagino
que haces tú, mientras la asfixia ilumina mis órbitas, y
la tristeza abandona su forma de ave para acuchillarme.
Imagino si también allá, la luna es el perfil de una daga
que brilla sobre la almohada. No obstante,
un pájaro trata de engañarme,
lo sé, porque tus senos nacieron
con sabor a menta, y en tu sexo
un búho pequeño se desangra.


XXI

En julio las paredes son más frías en esta parte del mundo.
En los ojos crecen hierbas blancas como una muchedumbre en trance
y las calles se iluminan con el aliento de los no nacidos.
A esta hora, tú debes estar aromando colibríes en alguna playa remota.
Quizá bailes bajo la luna con los desertores de una caballería vencida.
Quizá vagues arrastrando el botín de hierro que ambicionan los grillos.
Quizá las hojas imiten el rumor de tus pasos.
Aquí, la claridad la transportan las hormigas
desde las ramas más altas del verano,
pero la derraman antes de llegar a mi pecho.
Mi cuerpo es una mano cortada que sonríe desde lo alto de iceberg.
Abro los ojos en la intimidad del día y se desvanecen.
Doy un paso y me hundo en los surcos de tu nombre.
Hablo y los tentáculos de tus cabellos me cortan la garganta.
Y hace frío, y tu aroma es un polvo irrespirable
que nace atrás de tus recuerdos,
como tu sexo,
que casi siempre sabe a firmamento.


XXII

En Bethlem, el instante se detiene entre dos nadas.
Un gnomo lujurioso cierra los ojos y aparecen mujeres muertas.
Debajo de la cama brotan mariposas descomunales que roen la lejanía.
Hace frío, porque al caminar, las huellas
se convierten en murciélagos con cara de niño.
Se oye la voz velluda del Espíritu Santo que me encontró dormido, rodeado por los dibujos de tu sexo que saltan calcinados de un ramaje a otro.
Arriba hay soledades que intentan encender las lámparas y árboles que ofrecen sus reliquias doradas como un único y alucinante acto de amor sin esperanza.
Sobre todo, el amor como un potro fulgurado que cabalga de noche.
Sobre tus senos asesinan estrellas velocísimas.
Sobre todo tu espalda que mira como un animal remoto y triste.
Sobre todo, no queda nada,
sino esta luz huraña a la intemperie.
Un tren que regresa tranquilo, como yo:
árido y solo.


XXIV

Pinto obligado por el sexo de Titania.
Los monjes enfermeros traen un color que se alimenta del musgo.
Al mezclarlo con el aire, hace posible cualquier herida.
–Pinte con él el coño de Titania, me dicen.
Al fondo se despedazan las túnicas de tres palomas,
está claro que el color es un instante envejecido hecho de música.
Un lenguaje seminal que encarna en brillos,
los mástiles nadantes que la luz tiene.
Está claro, el color señala los cuerpos que tocamos.
Lo más esencial de lo invisible está en las manos,
nacen sin color –como la quietud– y ya extrañando.


XXVII

Es lunes y amaneció lloviendo,
hay restos del sexo de Titania en todo el cuarto.
El papagayo lleva inmóvil tres días en su jaula y
murmura visiones incoherentes de Dakkla:
“Mis días entre los muertos son más allá,
alrededor de mí, contemplo ojos ocasionales”, dice.
Pienso repetidamente en el demonio que arde en tus caderas,
en tus nalgas que saltan al compás de tus pasos diminutos.
En el día que se retarda cuando tú faltas.
Y tal vez es lunes y llueva, y yo tenga que volver a pintar
en la pared la sombra de aquello que se confunde con el agua.
La luz de un farol, el auto que nos da la extraña credibilidad
de lo maravilloso, las calles que nos llenan de impulsos simbolistas,
el sonambulismo de las aves que sabe a piña como el universo de Copérnico,
como los sueños que cambian de casa porque el vacío tiene imágenes inseguras de sí mismo,
porque sí,
porque todo empieza con el movimiento de tus nalgas
sobre la conciencia seminal de la realidad.
Tus nalgas disgregadoras, inclasificables,
fuera de la lista natural de Darwin,
ajenas al antroponalguismo, dueñas de su psiquismo,
orgullosas de su ligazón bastante estrecha con el bamboleo de tus senos;
tus nalgas inconscientes, conscientes, metamorfoseadas,
que intentan atrapar la histeria del alma;
tus nalgas resucitadas de entre todas las nalgas muertas.
Tus nalgas que son lo más cercano a la realidad que tengo,
me ven de frente,
como el animal que ya no es dueño de su propia casa.


XXXVIII

Recuerdos de Dakkla:
Una navaja entre dos virginidades nebulosas.
Un árbol que construye casitas de pájaros para la tarde.
Un camino que pasa de largo preguntando tu nombre.
El color de tu sexo que lamen las hojas del naranjo.
Un caballo que abre las puertas cerradas del planeta
por donde entran oleadas de sílabas muertas.
La infancia que migra más allá de tu espalda para tatuarse
la imagen blasfema del destino.
Una dulzura miserable que prolonga sus formas
en algún antepasado del amor
venido en los aromas al otoño.


XLII

Los locos tienen en el alma peces muertos.
Pasan la eternidad entre los corredores que nacen
del sumo amarillo de las estaciones.
Aman los predicados de un error gramatical
que nos hace pensar en el mundo.
Los locos no hablan de amor porque son demasiado conocidos.
Prefieren fundar sus extravíos en la imagen
de un animal risible y blanco,
cuya forma viviente signifique amante.
Los locos no hablan del amor,

porque los pájaros no hablan del viento.




El ronroneo de los camaleones errantes

I

Trashumancia libelular de cuño circense,
hacia los ojos de quienes nos odian, vamos sobre la cabeza de un buey feriante.
Ingenuidad explicar, las marchas y contramarchas de los querubes porque estos regresan al Edén en autobuses disparados por varones hediondos a pirotecnia de claustro.
Poco varían los crímenes del amor.
Abandonar debemos construcciones artilladas
para humanizar la tierra.
Muros inspirados en el Espíritu Santo.
Perfeccionar hay que los patios soñadores de la
hierba.
El método volante de las hojas.
Conductas de asedio al romanzal de otoño,
si el solitario se aleona en su aprensión de cornisa enloquecida.
Nada que arruine la aeronáutica del verso, pero
heliotropismo insurrecto tamborilea vientres que hurtan invenciones prematuras.
Pájaros hay del hambre en el ramaje del Sur.
A pesar del oxido y violenta flora, manos hábiles,
descuartizaron animales inolvidables y luminiscentes.
A pesar del amor,
no puedo enderezar viejos males.
Agita el neumático del horizonte sin dar vuelta.
Un pensamiento es mucho en las ciudades frías.


II

Debimos irnos, salir de la pared del Sur con la
indiferencia de una manada de Ñus que judíos parecen.
Somos los únicos adeptos de circuncisos invernaderos,
morder los labios en lo alto del cielo.
Otros no adivinan, como quien se enzarza para esperar
acústico ademán del acordeón, ansían irse ya penantes.
Vasito en que nadie bebe, los que andan idos, allá donde mea la sombra piedras comunes.
Mueca de errático instante, creo que soy, somos.
Ociosidad del precipicio.
Creo que adictos de una dolencia gótica, me canso de rumorear albos ramajes, estancia decrujidos.
Reverberancias de otros jugos, tus piernas hembras, telar que así se mueven.
La extrañación gana.
Me asemejo pasillo asiestado revoloteando tus tetas corticales platinizadas por la luna.
Ese es el meollo, a falta de paréntesis, facineroso barroquismo prende el fósforo de la ida.




Presentamos una reseña de Marco Antúnez Piña al poemario “Acapulco golden” de Jeremías Marquines (1968), que mereció el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Antúnez, desde la severidad, el valor y la lucidez, hace duros comentarios al que se supone es el libro de poesía más importante en México publicado en los últimos meses. El texto se publicó originalmente en La estantería. Reseñario de poesía.


La anécdota no es suficiente

Del poeta se espera un ebrio selectivo del lenguaje, no un borracho patológico. Las palabras que lo embriagan contagian goce, dolor, ideas o desatino descarado: un oficio de cínicos. Y que brille la personalidad en los versos. Pound aplaudía de Eliot su facilidad para agrupar habla cotidiano, ironía y referencialidad. Pero acotaba: “en cuanto procuremos reducirlo –aun sólo fragmento– en una fórmula, no faltará quien, carente en absoluto de sus aptitudes, tratará de hacer poesía con su método. Y ese ‘alguien’ –ni hace falta decirlo– fracasará como un chapucero”.

El juicio de Pound aplica a quienes dependen de glorias estilísticas pertenecientes a patriarcas que, por azares estéticos, se transforman en modas. Francisco Hernández, por ejemplo, desde Moneda de tres caras (1994) ha heredado una “fórmula” cuya imitación redunda en libros que no añaden nada nuevo ni equiparable a sus logros. Y Acapulco Golden (2012) de Jeremías Marquines (Villahermosa, 1968), el reciente Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2012, precisamente lucra con esta fórmula sin resultados favorables.

La estructura de Acapulco Golden es la que Hernández ha explotado en sus últimos títulos: el personaje histórico (¿histérico?) como materia del poema; la recreación de discursos que personalicen al protagonista en una instigación constante a los sentidos; la convivencia de historias ejemplares, paralelas a la visión actual del poeta, que interactúan con un tercero imaginario que signa un destino pesimista, inscrito en interpretaciones íntimas; y el juego de paralelismos biográficos. Marquines se suscribe a la ficción para glosar y asume la voz ilusoria de un Malcolm Lowry que pasa dos semanas en Acapulco. Es decir, el mismo ingenio de Hernández como pivote, lo que se antoja atractivo. Pero aun así, Acapulco Golden no deviene en una obra con personalidad propia.

El recurso sistemático que calca Marquines predispone al morbo de revisitar (con dejo novelesco) a una figura emblemática. Ahí el acierto: un buen speech que atrapa al lector, sumado al desafío del molde probado, producen una buena carnada. Incluso funciona para encubrir la falta de destellos autónomos más allá del preciosismo (“Si pudieras oír como yo el ruido de las cosas que se caen: / la escarcha de las lágrimas en un rostro pálido”), la cursilería (“una parte de ti quería llorar. / Esa parte sin lágrimas que suena /como un instrumento ahuecado. / Esa parte de ti que te imita / en busca de un destino, una casa, / una mujer o un perro. // Esa parte de ti quería llorar”) y el lugar común (“Tal vez voy a morir pronto”; o “Busco encima del humo mundos olvidados”; o “Tengo la cabeza envuelta en trapos, la sensación de que nadie me mira”; o “la historia del mundo” y un larguísimo etcétera de frases prefabricadas) que baña las primeras páginas.

Una vez asumido el reto, procede, con una confección fabril, a imitar la sinestesia de Hernández en De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (1988) y sentencias que recuperan el fraseo de Habla Scardanelli (1992). Sí, la poética de Hernández es una buena tramoya para trascender el categórico de la anécdota sin quebrarse la cabeza con finezas técnicas, pero Acapulco Golden persiste sin autosuficiencia en la versificación. Sus construcciones incomodan por un diseño cándido que no unifica en ritmo los comentarios marginales, sino que aspira a la pompa para impresionar a un lector complaciente:


La última noche de la vida es la más larga.
Es como si estuvieras esperando algo
y luego como si volvieras a no esperar.


El libro se divide en dos partes para justificar su argumento y soltar estos grandes universales a granel. La primera parte narra la estancia de Malcolm Lowry en un hotel de Acapulco en el año de 1936 durante dos semanas. Tiene a su vez dos discursos que conviven como cajas de texto paralelas: un diario donde se apuntan frases, variaciones y alteraciones del discurso de Lowry –y agregados– que se ajustan a la obra. El otro discurso se construye a partir de la interiorización que Marquines hace de estos episodios anecdóticos. Mientras que la segunda parte (“Epitafios al margen”), basa su esencia en la recurrencia de poemas marginales póstumos; una especie de insistencia en el mismo boceto de Lowry tras el trance playero, pero aquí asumido como algo aún más entrañable —dominante en los poemas “Instrucciones para escribir estando borracho” y “Efecto de escribir estando borracho”. Y como telón, una nota aclaratoria que habla más de la genealogía que el autor se autoimpone, que del libro.

Uno se queda a la espera de que se traspase el umbral del argumento. Pero nunca se aleja de la visión llana que dribla entre lo ficticio y la biografía reinventada; no hay persistencia entre el mito (la vida y obra de Lowry) y la realidad (el apunte al margen y los poemas personales). La dualidad que se espera al derivar un presente a la luz del pasado, al estilo de Plutarco en Vidas paralelas (un libro, no un “recurso literario” como aduce Marquines en su “Nota necesaria” y en entrevistas recientes), se enfoca en pictogramas inconsistentes. Y en lugar de alcanzar el horizonte del palimpsesto, se enmudece en el mero comentario ditirámbico:


Cuando Malcolm Lowry escribe,
la única lámpara que alumbra
es la del infierno.

También resulta vigente la ausencia de sonoridad –la sordera es su estilete favorito en verso libre y prosa– y la abundancia de iconografías incoherentes y trilladas con afán descriptivo –del afuera (simple y predecible) y del espíritu (cursi y predecible)–: “Los poetas tienen la mala costumbre de mear contra el ocaso mientras meditan sobre la palidez de la mañana”; “Las nubes pasan por el retrovisor envueltas en ropas que cuelgan melancólicas en los patios, junto al óxido que busca sus recuerdos”; “Estás tumbado en la playa, hay perros tumbados junto a ti”; “Abres los ojos donde empieza el mundo”, y demás figuras retóricas que dan prueba de su mayor confusión: cree que un elemento “poético” es poesía. Y de pronto, en ese mar de sinapismos, un Acapulco de los años mozos y burgueses con visos freudianos, de factura principiante:


El mar de Acapulco es como mi padre:
Todas las mañanas me dice: ¡márchate si quieres!
Mientras cabalgo por un sendero de arenas movedizas,
entre una hierba negra que corta los labios.


Con el amparo de la extrañeza –patrimonio de una literatura arraigada al sinsentido lerdo, no al barroquismo–, la sorpresa de sus imágenes reta al patético del tópico, se despeña del trópico y pasa por agua al “surrealismo” (sí, con comillas):

Mojas en mezcal la uña de un gallo negro y escribes un versículo largo como tus delirios.
Un bebé monstruo sonríe en una playa oscura.
Remolino de pájaros mágicos entorno a un faro.
Semillas de tamarindo, brillantes, como una sirena.
Botellas que guardan estruendos y palpitaciones lejanas.
Los pelícanos tienen las ansias de una legión de locos; empujan nubes a picotazos.
Te quitas la camisa para asustarlos;
se hunden en los truenos.
La escritura es una marea que jamás tocan las orillas.

Y se complica el contenido del texto a falta de complejidad formal. Una mascarada ruda y decadente encubre la falta de tema, fondo, ideas y tesón lírico:

Entiendes que Acapulco está hecho de siluetas y conversaciones viejísimas. Chocas con las sillas. En un rincón, las risas de las putas tachonan las paredes con capullos escarlatas.

En El ojo es una alcándara de luz en los espejos (1996) –equívoco en el alfabeto que le da sentido, inteligente en sus intenciones–, De más antes miraba los todos muertos (1999) –el más orgánico de todos– y Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro (2002) –primera aparición de Malcolm Lowry en su imaginario y el último título legible de Marquines–, existen momentos donde se anticipa una catástrofe que puede prosperar en proyecto poético. La apuesta de Marquines: la ficción debe salvar la credibilidad del texto. Pero la anécdota no es suficiente. La inmadurez de sus ocurrencias no ha sabido transformarse en una idea sólida, en una poética disruptiva —imagino a eso aspira. Ahí el problema de asumir como suya una tradición basada en la grandilocuencia y la oralidad de la rebeldía tan Bukowski, y luego tomar un molde de otro autor –Hernández– sin intención alguna de sumarle su propio garbo. En fin. Un libro más para este premio que ya no es capaz de sorprendernos con un hallazgo literario desde hace tiempo.


http://circulodepoesia.com/2012/07/sobre-acapulco-golden-premio-nacional-de-poesia-aguascalientes/




TEQUILA A GOGÓ

1.1.- La imagen es una forma del 
mundo que constituye un hecho.

1.2.1.-La poesía asume la forma de la 
realidad. Está hecha de hechos.

Nota obligadísima: El 23 de enero de 1965 se inauguró en
Acapulco la discoteca Tequila a gogó, la primera en
Latinoamérica. Logró ganancias por 600 mil dólares en
la primera temporada. Ese mismo año dio inició
un movimiento social que dejó más de 600 mil desaparecidos.
Rezagos de estos hechos llegan hasta nuestros días
convertidos en otra tragedia: la de los 43; de
esos olvidados fragmentos está hecho este libro.



LIBRO SEGUNDO

Comenzaré con los espectros de los toronjales pegados a mi pensamiento.

Contaré todo de nuevo porque en la memoria hay serpientes queriéndose escapar.

Me acuerdo de los senderos que andaba en dirección contraria, tras hormigas que volvían con trocitos de cadáveres, moviendo sus patitas graciosas.

De los pitidos y chirridos del aparato Telefunken, suspendido del horcón de la casa hasta que las bugambilias se cerraban.

De mi madre con la falda hasta las pantorrillas desgranando maíz y recordando el color de sus piernas
Yo arrastrando un palito por el lodo sin conocer el mar
(un palito de almendra, de eso sí me acuerdo),
preocupado por todo lo oscuro, por las voces
(no de la radio),
de otras cabezas más pequeñas que me decían: Vete.
Entre la hierba negra, arden estrellas verdes.
Yo entonces, sin saber qué.
Sólo que afuera siempre algo chilla, eso me daba miedo.
También el ciego que todas las mañanas hacía señas de esperanza, sin que lo vieran.
El ciego que por las tardes adiestraba caballos ciegos en un solar quemado.
Entonces nada me dolía, ni la picadura de las hormigas cuando orinaba en sus nidos, ni la foto donde mi padre aparece sin rostro bajo los cafetales.
-¿Quién es éste, madre? 
-Nadie, se lo llevaron. 
Yo con el palito de almendra dibujando árboles, venados, linces, barcos, sin conocer el mar.
-¿A dónde se lo llevaron? 
-A Acapulco. 
Olas bajo la falda de mi madre, puertas que se abren, botones que se sueltan.
Alguien dice: no hagas ruido, sueña conmigo.
El espejo es neutro.
Yo con la postal en la mano en la que apenas se distingue una casa.
(Esta era, me supongo. El mar abajo).
Pájaros zancudos como los días, a galope de las nubes.
La arena, una caja de música: no tiene sonidos,
formas sí, que apagan y encienden eternidades.

Mi madre en camisón me peina, su mano huele a sueño.
Alguien dice: no hagas ruido, sueña conmigo.
El espejo es neutro:
se multiplica codicioso como las hojas de higuera.
Yo hablo con los túneles,
cuando me acuerdo de algo, la casa se agrieta.
–Vete.
Olores de comida, la pantorrilla encima de la cama.
Un camión de soldados.
En el ropero una llave que sólo las cucarachas se atreven a tocar.
Yo con todo este color por la mañana que no es el de las nubes,
es el de la foto de mi padre a un lado de la máquina de escribir que también se llevaron.

[Radiograma cifrado. DFS-10-16-4-72 L 4 H. Tenía 72 años. Los soldados se llevaron el poquito dinero de la venta de café que tenía en una caja ropera que abrieron a balazos].

-No entiendo por qué me duele la barriga, madre, qué vergüenza. Debe ser la fruta sin fruta que comí.
Dígale mejor a doña Bertha que encienda la radio, está pasando Porfirio Cadena, El ojo de vidrio.
Arruga en la madera, serpientes en un cazo.

(Yo salgo al patio, pequeño y perfumado, por un peldaño y otro. Tal vez la vida es sueño, pero sé esperar despierto porque el mundo es un beso con un sabor distante, confusamente apenas para desesperarnos.
Entonces sé que vienes, de más allá del patio como una almendra atroz, dulce, amarga y de muy lejos, con tus zapatos blancos forrados con alambre, por un peldaño y otro, me siguen animales que tumba un parpadeo).
-Hoy nadie vino a verme.
Intenté dibujar una ola en la corteza de los árboles, pero sólo salieron dentelladas.
Probé con un gallo, y terminé escribiendo “carajo” en una puerta.
Disculpe la blasfemia, madre,
mis manos son aves de rapiña que acometen tórtolas,
no me acostumbro a ellas todavía,
martillan burbujas enojadas en el cabezal de la cama donde amarro los zapatos de papá como un potro taciturno que espera el crepúsculo para seguir corriendo.
(¡Arre caballo!)
Son palabras que copio como un guante vacío, apenas salidas de su hermosura hueca.
No las oigo, sólo oigo su muerte, de puntitas, tanteando lo que dicen.
Yo como si nada, el agua me enseñó a ver las injusticias con los ojos cerrados.
Me dio, ausencias calcinadas que se anuncian con un golpe de remos.
-Madre
cuando menos lo pienso, me hiero con las nubes que apilo cada noche para llegar al sueño.
-“Ven con nosotros, hijo. Tómate este refresco”,
(no me he dormido todavía).
Cómo podría dormirme si los zapatos vengativos de papá goteaban cada noche, malpenados, revolviendo el ropero en busca de una cajita con los aretes rotos de mamá, un mechón de su pelo, y mis dientes de leche que los insectos roían.
(¿Usted camina o flota?)
Yo con ganas de volar pero rascándome el hombro donde me mordió una iguana. Mire el tamaño de su boca putita, más pequeña que el beso que asusta a mi ángel de la guarda.
-Usted disculpe la palabra, madre, pero duele no poder volar por culpa de este redondel enardecido, 
por estas cabecitas más pequeñas que la mía que me dicen: 

vete Lucio, vete, con el hocico en llamas.

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