jueves, 14 de agosto de 2014

CARLOS ROSAS [12.847]



CARLOS ROSAS

1960. Nace en Tacuarembó, Uruguay.
1975. Estudia dibujo y pintura en el taller de Gustavo Alamón.
1981. Gana el Primer Premio Ex-aecquo del Concurso de Poesía del Club del Banco de Seguros del Estado con el libro "Vestido para el fin".
1982. La obra es publicada por la Editorial CBA.
1986. Con el poeta Eduardo Lavadí, crea el grupo de música experimental Inéditos/inauditos, que deviene posteriormente en el grupo de rock Diarios Viejos.
1987. Poemas suyos aparecen en la antología "Poetas de Tacuarembó", hecha por Víctor Cunha y publicada por la Editorial Monte Sexto.
1988. Participa en el grupo multidisciplinario "Poiesis".
1993. Poemas suyos aparecen en la antología "La Abadía de los Pensamientos", realizada por Aldo Mazzuchelli y Walter Biurrum. Editorial Arca.
2000. Al comenzar el nuevo siglo (o el nuevo milenio), en un rapto de nihilismo y desesperación, destruye la mayor parte de su obra producida hasta entonces (poesía, cartas, ensayos). Lo poco que sobrevivió al cataclismo permanece bajo el celoso cuidado de la biblioteca y hemeroteca de la Cofradía de San Fructuoso.



CINCO POEMAS AUTOBIOGRÁFICOS

1.

La memoria de un paisaje
es la reconstrucción en la tranquilidad
de su efecto en los afectos. La extrañeza
que impregna todo lugar de origen,
esa zona donde todo lo omitido se desliza
por ciertas partes del cuerpo. Secundarias. Marginales.
Palabras emitidas que no llegan a destino
porque ese destino se desintegró
por el roce del pensamiento, como cuando
perdemos el lugar preciso de la fuente del parque
y caminamos desorbitados, guiados por la
inestable gama cromática del instinto
y no sabemos responder las preguntas concretas
que se tornan inesperadamente ambiguas.
O guiados por la frescura
del amanecer en esa zona indefinida
que no es campo ni ciudad, ni día ni
noche. Nos alejábamos del centro
agobiante de la ciudad, con su sopor
de igual naturaleza que mi estado de ánimo:
constante molestia de fondo que
limitaba tus movimientos porque lo otro
-aquella mi forma de torcer la inercia
de los acontecimientos- permanecía intangible. Lluvia
secreta que renovaba la esencia de tu cuerpo,
largo y resplandeciente en la penumbra mohosa.
Aquella luz que yo traía
de un tiempo anterior
como el golpe súbito de una revelación que eras
capaz de captar en el aire crispado que nos envolvía.





2.

Un fragmento de cerrazón nos desplaza
ahí donde perdemos el sentido. Ahí
donde no sabemos lo que hacemos. En realidad,
todo el tiempo sin saber lo que hacemos.
Sin saber nada. Sólo ese aroma enredado
en el pelo, mezclado con nuestra transpiración.
Ahí donde voces extrañas y cercanas
parecen distantes, dentro de la caja de resonancia
del parque. Voces lejanas casi
al alcance de las manos que apenas las rozan. Placer
de percibir todas esas sensaciones atomizadas.
Datos reales que van a contracorriente
de los pensamientos.





3.

Siempre de arena, labrado
con la ciencia inaccesible de los objetos
de este mundo. La memoria verdadera
excede este rememorar en una sola dirección.
Es el olvido de todo lo superfluo
que parece tener la tiranía de la conciencia.
El verdadero recuerdo que emerge
cuando el agua roza tus pies
y la luz te envuelve como una aureola
intensa entre la sombra del monte.
Falacia de las desapariciones,
de las palabras y de las ideas
que supuestamente contienen. El
pensamiento verdadero no lo construye la mente.
Es pura obra de la piel.





4.

La fruta sobre el descanso de la ventana. Astro que ilumina
un fragmento del interior claroscuro. Líneas difusas
o imaginarias atraviesan el secreto de ese mundo
intenso por el silencio. Orden secreto como una colmena.
Paño suave desvelado, caído por la energía de una idea.
Algo que tiene que ver con las manos estiradas,
llama oscura en el centro de un resplandor
que solo es su efecto. Un temple
tenso, casi perfecto, de naturaleza diferente
a la expansión del caos. Un repliegamiento
como una inhalación que llega a una repentina
quietud. Dibujo sutil en unas alas
transparentes. Memoria de un lugar permanente,
inaccesible a los cuerpos. Se mantiene
por su sola propiedad cohesionante
sin la mácula de las palabras.





5.

El eco del centro no es el centro. Concavidad vacía,
lejos del sentido de pertenencia. Un punto esencial
del atardecer que se va. Un punto temporal
efímero: drapeado pastel de las nubes
en un inmenso cielo violáceo. Se va acentuando
esta caída. Se diluye en la nada
con la sensación de haber tocado algo,
de haber llegado a algo, en una inmovilidad
que es puro movimiento. Rotación espiral
en un silencio rizado y su
complejidad inagotable. El reverso de la
claridad, el musgo del rincón sombrío:
plena vida silenciosa.




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