martes, 7 de febrero de 2017

ANA MILENA LÓPEZ DE VÉLEZ [19.918]


ANA MILENA LÓPEZ DE VÉLEZ 

Ana Milena López de Vélez. (Palmira, Colombia, 1954) Desde hace 10 años reside en la zona rural del Eje Cafetero. Poeta, columnista de opinión, ingeniera agrónoma, profesora universitaria, analista del sector agropecuario y productora agropecuaria.  Publica sus columnas  periódicamente en periódicos virtuales como Eje21, Proclamadelcauca, Palmiguia. Hace parte del Encuentro de Poetas Colombianas Museo Rayo desde el año 2007. Ha representado la palabra escrita de la Fundación Mythos Art Gallery, con entrevistas  y ensayos. Fundadora del Movimiento Poético Musas de la Casa del Virrey en Cartago, Valle del Cauca, y del Recital de Velas y Faroles en Quimbaya, Quindío. Publicada en la Antología Universos de Museo Rayo y en la del Verso Roldanillense. Hace el lanzamiento de su libro de poemas “Sinfonía para violín de dos cuerdas” en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2016. La invitación la recibe por parte de la Biblioteca Municipal “Ramón Correa Mejía” y el Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo de Pereira para presentarlo en el cubículo de la Gobernación de Risaralda.




Tomates rojos

Me gustan los tomates rojos y los afectos.
Quería cosecharlos
para verlos centellear al sol
y deleitarme en la emoción de su línea curva.

Planté las semillas
y las acompañé con un soplo
para espantar sus miedos.

Me senté a su lado
y les canté
todos los arrullos que conocía
les susurré poemas
y posé mi mano sobre su surco
hasta verlos desplegar sus alas buscando la luz.

Entonces
la lluvia ahuecó las velas de mi esperanza
y viajé entre ráfagas de viento
a encontrar el tiempo cierto.

Hoy
me reconozco sembradora de nada
desatinada
cuando veo racimos de tomates rojos
llenando de complicidad  y afecto
el  huerto del vecino.

Porque en el mío…
en el mío no crecieron
ni siquiera uno quiso hacerlo.

Nunca hubo entre nosotros…
cosecha de tomates rojos.





Raquel alquimia

No permitiré que mi pozo se agote. No.
Todos bebemos de su agua fresca en las mañanas.
Yo,
gozosa,
cada día lo recargo con lluvia de lágrimas.

Cuando la luz se oculta y el sueño arrulla las almas
camino al pozo serenado.
desciendo el odre
y acarreo su agua hasta descansarla en el fuego de mi corazón en brasas.

El vapor
ardiente
vuela.

Cosida a mi manto
puntada a puntada
una enorme luna
le espera.

Vaporoso y silente
tropieza, resbala y gotea
hasta sumergirse en la líquida  tinaja.

¡Ya está pronta el agua!

De aquella salmuera resta la sal…..

Y de aquella sal
oculta entre versos
surgirán estatuas.





En el centro de la Vía Láctea

Salimos a galaxiar
buscando casa para alquilar.
Mi mamá llevaba el perro
Y mi papá  mis hermanitos.
Yo iba adelante, abriendo la búsqueda como un Capitán.

Llevamos merienda
pues nos advirtieron que la caminata tomaría ese año-luz y tal vez  muchos más.
Entramos al cuarto-de-aguas antes de salir de viaje.
Y llevamos sombreros de ala ancha
para sombrearnos de todos los soles.

Papá y mamá se miraban cada vez que gravitaban hacia una nube de estrellas…
No encontramos huecos negros ni lluvia de meteoritos.
¡Que pena!

Visitamos veintisiete Galaxias.
La Enana de Can Mayor era la más cercana.
Entonces
recorrimos  todas las catorce Enanas.

La Gran Nube de Magallanes y la Pequeña también,
aunque a mi madre no le gustó para nada.

La de Andrómeda, la del Triángulo, las  tres de Leo y las Sextantes.
No visitamos la GR8 pues nos llevaría en Años-Luz
cinco millones!

A mamá le gustó la que decía Vía Láctea.
En el centro tenía un parque al que no le podíamos ver las orillas.
Ni siquiera
saltando
¡bien alto!

Y estaba lleno de árboles, de flores, de ardillas, de iguanas que comían zapallo
y de micos titíes
a los que tanto les gustamos.

Allí nos trasteamos.

Ahora nuestro barrio se llama Sistema Solar…
y mi casa queda en la Tierra,
cerca del mar.









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