jueves, 12 de marzo de 2015

LUIS CARRILLO Y SOTOMAYOR [15.188]




Luis Carrillo y Sotomayor 

(Baena, Córdoba, 1585 - Puerto de Santa María, Cádiz, 1610) fue un poeta, prosista y traductor español, representante del tópico, tan común en el Siglo de Oro de hombre de armas y letras, y tan obsesionado por el paso del tiempo como exagerado en su apasionamiento religioso.

De noble familia, hijo de Fernando Carrillo y de Francisca Valenzuela y Faxardo. Fue hermano de Alfonso Carrillo Lasso de la Vega A pesar del interés que ha mantenido la crítica sobre este autor, muy pocas son las noticias que se tienen de su vida, la mayor parte de ellas extraídas de la portada de la edición de sus obras. Estudió en Salamanca. Inició, posteriormente, la carrera militar, concretamente en la Marina, llegando a ocupar el cargo de cuatralbo. Fue caballero de la Orden de Santiago, cuatralbo en las galeras de España, soldado en las luchas contra los levantamientos de los moriscos en Laguar y Alfaques y comendador de la Fuente del Maestre, cargo que no llegó a ejercer ya que le sorprendió la muerte a los 24 años. Vivió en la Corte y celebró a diversos magnates, en especial al Conde de Niebla. Murió de una enfermedad contraída en su adolescencia.

No es pequeña su producción litararia si se tiene en cuenta su breve existencia: cincuenta sonetos, dos églogas, quince canciones, ocho romances, un epitafio, tres letras, nueve poemas en redondillas, uno en liras y uno en décimas, por lo que atañe a su obra en verso. En prosa, es autor del interesante tratado Libro de la erudición poética (1611), en el que el autor expone la estética del Barroco: poesía difícil y de forma muy elaborada e ingeniosa. El conceptismo y el culteranismo tienen en Luis Carrillo su precedente más inmediato. Su producción poética fue recogida por su hermano Alonso en Obras de don Luis Carrillo y Sotomayor, Madrid, 1611. Dámaso Alonso editó en 1936 sus Poesías completas. En ellas hay ecos de Garcilaso y prenuncios gongorinos. Dámaso Alonso y también Cossío negaron que su Fábula de Acis y Galatea influyera en el Polifemo de Luis de Góngora.

Respecto a las traducciones, los 396 primeros versos del Remedia amoris de Ovidio y el De brevitate vita de Séneca. Dos son los problemas fundamentales que plantea su obra: la transmisión de la misma y su correcta ubicación en ese momento de transición del Renacimiento (segundo Renacimiento, según algunos críticos, el de finales del siglo XVI) al barroco, esto es, el manierismo. Con respecto al primer problema, es un poeta que al igual que otros muchos del momento, no publicó sus poesías en vida.

Ediciones modernas


Carrillo y Sotomayor, Luis: Libro de la erudición poética. Edición de Angelina Costa. Sevilla, Alfar, 1987.
Carrillo y Sotomayor, Luis: Poesías completas. Edición de Angelina Costa. Madrid, Cátedra, 1984.
Carrillo y Sotomayor, Luis: Obras. Edición de Rosa Navarro Durán. Madrid, Castalia, 1990.




Alto estoy, tanto que me niega el velo

Alto estoy, tanto que me niega el velo 
pardo el suelo a mis ojos, por airado, 
en mirar que por nubes le he trocado 
o porque niega, en fin, humano cielo. 

Águila en vista fui, águila en vuelo,
mas como ajena salas he volado 
temo me falten: miro que han parado 
en ejemplos, mis émulos, del suelo. 

Desprecio, altivos, dieron a su suerte, 
al tiempo, a la fortuna: si han caído,
sus manos dieron puertas al mal suyo. 

Conozco mi verdad, merezco acierte. 
¡Desdicha, si me humillas, habrá sido 
no por mi mal o culpa: por ser tuyo!




Amor, déjame; Amor, queden perdidos

Amor, déjame; Amor, queden perdidos
tantos días en ti, por ti gastados;
queden, queden suspiros empleados,
bienes, Amor, por tuyos, ya queridos.

Mis ojos ya los dejo consumidos
y en sus lágrimas propias anegados;
mis sentidos, ¡oh Amor!, de ti usurpados
queden por tus injurias más sentidos.

Deja que sólo el pecho, cual rendido,
desnudo salga de tu esquivo fuego;
perdido quede, Amor, ya lo perdido:

¡Muévate (no podrá), cruel, mi ruego!
Más yo sé que te hubiera enternecido
si me vieras, Amor, ¡mas eres ciego!





Aquí fue Troya, Amor; aquí, vencida

Aquí fue Troya, Amor; aquí, vencida, 
es polvo aquella máquina espantable, 
que si se esconde entre la hierba afable, 
un tiempo fue en las nubes escondida. 

Aqueste, Janto, que en igual corrida
a sí se es puente su humildad tratable, 
que su roja corriente, de intratable, 
a mil ilustres pechos fue homicida. 

Ya humilde Troya, ya humillado Janto, 
—-que Troya fue mi amor, Janto mis ojos—-
ni el pecho es fuego, ni sus ojos llanto. 

Solo temen, discretos, mis enojos, 
de aquesta Troya, ya humillada tanto, 
otra Roma no vengue sus despojos.





Bien que sagrado incienso, bien que puede

«Bien que sagrado incienso, bien que puede 
vencer ardiente víctima tu saña 
esta corriente que tus basas baña, 
lloroso soy, que en calidad le excede. 

Este tierno pesar tu reino herede,
por culpa, ¡oh tiempo!, contra ti tamaña: 
baste, pues, ya mi mal me desengaña 
a que de él limpio y de su culpa quede». 

Esto, tierno, lloré, y mi tierno acento 
apenas alcanzó el divino oído,
cuando en brazos oí del manso viento: 

«El poder restaurarte, ¡oh ya vencido, 
Fabio, del tiempo, y de mi tiempo exento!, 
será no perder más que lo perdido».





Enmudeció el Amor la pluma y mano

Enmudeció el Amor la pluma y mano; 
volvió el Amor a pluma y mano, lengua, 
¡ay de mí!, quiere llore, por mi mengua, 
agravios de sus manos con mi mano. 

Tal Guadarrama, por su escarcha cano,
agravios del sol llora cuando mengua 
sus nevados tesoros; tal, sin mengua 
mis ojos trata Amor, Amor tirano. 

Llorad, ojos, llorar, pues desatando 
parte del mal, por quien estoy muriendo
irá en mi pecho su furor menguando. 

En vano alivio con llorar pretendo, 
si vuelve al pecho, por su mal, volando, 
lo que de él sale, por su bien, corriendo.





Escuadrones de estrellas temerosas

Escuadrones de estrellas temerosas 
desamparan el cielo, de corridas 
en ver que solo no han de ser vencidas 
del sol, cual antes, o de frescas rosas. 

Ya las ligeras horas presurosas
oro crecen al carro, y encendidas 
perlas les da el Oriente más subidas 
por afrentar a las de Celia hermosas. 

Cual a su dueño el prado lisonjera 
vitoria ofrece y esperanzas vanas
en su color y en el laurel que cría. 

Salió mi bello Oriente a sus ventanas: 
parose el sol vencido en su carrera, 
y fue más largo por mi Celia el día. 





Esta cordera, que torno en abrojos

Esta cordera, que tornó en abrojos 
su corta juventud los gustos míos, 
medio anegada de los hondos ríos, 
¡oh honor!, de tantas lágrimas y enojos, 

ofrezco a tu deidad; estos despojos
—-como ya de piedad, de miedo fríos, 
de tu poder ejemplo y de mis bríos—- 
de hoy más ocupen peregrinos ojos. 

Quede en tus aras la segur colgando, 
cuyo afilado acero, ¡oh honor!, entiendo
la humilde sangre le ha dejado blando. 

Mas no cures de mí, que, si venciendo 
mi fe cumplí contigo, ¡oh honor!, dejando, 
voy a cumplir con el amor muriendo.





Mientras que bebe el regalado aliento

Mientras que bebe el regalado aliento
de tu divina boca, ¡oh Laura mía!;
mientras asiste al Sol que roba al día,
por más hermosa luz, luz y contento,

tu dueño; o ya repose —¡oh blando asiento!—
su cuello en ése que a la nieve fría
prestar color, prestar beldad podría,
vuelve, si no la vista, el pensamiento.

¡Ay, si acaso, ay de mí, lucha amorosa
la lengua oprime! ¡Oh bien dichoso amante,
si no más, si oprimiere desdeñosa!

No olvides a tu ausente, a tu constante,
que es ave el pensamiento, ¡oh Laura hermosa!
y llegará a tu Fabio en un instante.





Mirásteme, vi el Sol, y en bellos lazos

AL TAPARSE Y DESTAPARSE DE UNA DAMA

Mirásteme, vi el Sol, y en bellos lazos 
ciñó —-dulce ceñir—- mi rostro y frente; 
hízose ocaso su divino Oriente, 
tomó la noche el hemisferio en brazos. 
Temí —-bien pude—-, ¡oh Lisi!, sus abrazos:
dirálo bien quien de mis males siente; 
lloré —-y amargo fue—-, como ausente, 
robos del alma en sus escuros brazos. 
Rompí el silencio de su tez oscura, 
con desiguales quejas, y a mi llanto
mostró, ¡oh Lisi!, tu Sol su frente pura. 
Dio nuevas de ella al alma alegre canto: 
tal puede en mí tu Sol, tal tu hermosura; 
tal el no verte, Lisi, el verte tanto.










Pues servís a un perdido, y tan perdidos

Pues servís a un perdido, y tan perdidos, 
dejadme, pensamientos desdichados. 
Basten los pasos por mi mal andados, 
basten los pasos por mi mal perdidos. 

¿Qué, osados, me queréis? ¿A dó, atrevidos,
montes altos ponéis de mis cuidados? 
Mirad vuestros iguales fulminados, 
mirad los robles de su piel vestidos. 

Dan vida a mi mediano pensamiento 
el ver un pino y una fuente clara
en esta soledad que el alma adora.

El árbol tiembla al proceloso viento, 
corrida el agua de humildad, no para: 
que el alto teme y el humilde llora.










Usurpa ufano ya el tirano viento

Usurpa ufano ya el tirano viento
a las velas los senos extendidos.
¡Adiós, playas, ya os pierdo! ¡Adiós, erguidos
montes a quien venció mi pensamiento!

Ya es mar también el uno y otro asiento
en mis ojos, de lágrimas ceñidos,
por perderos, oh montes, más perdidos:
tal pierdo, triste tal, así tal siento.

Ya esconde el ancho mar, en sí orgulloso,
las frentes de los cerros levantados,
en sus soberbias olas caudaloso.

Así divide ausencia mis cuidados;
mas no podrá jamás, ¡oh dueño hermoso!,
de ti, mis pensamientos abrasados.








Ya no compuesto hablar, ya no que aspire

DESPÍDESE DE SU MUSA AMOR

Ya no compuesto hablar, ya no que aspire 
a laurel docto o a sagrada musa; 
mándalo, ¡oh Musa!, Amor, que en mí rehúsa 
menos que el pecho su rigor suspire. 
Ya va fuera de mí verso que admire
en pulido decir; mi llama excusa, 
¡oh, sagrados despojos de Medusa! 
que en vuestras aguas este ardor respire. 
Otro alentad en el licor dichoso, 
que ya, ausente de voz, al mal presente,
desata el pecho un río caudaloso. 
Adiós, pues trueca Amor por vuestra fuente, 
(mirad cual cantaré) de mi lloroso 
pecho, en su ausencia larga, la corriente




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