miércoles, 2 de marzo de 2016

HUGO ORLANDO RAMÍREZ [18.176]


Hugo Orlando Ramírez  

Nació en Santiago del Estero, República Argentina, el 28 de febrero de 1954. Es Poeta, escritor, profesor de Lengua y Literatura y fotógrafo. Publicó los libros: “Tus ojos en las calles” (1991), “Sueños como aullidos” (1999) y “Poemas que avanzan retroceden” (2009). Obtuvo numerosos premios en certámenes provinciales y nacionales por sus poemas y cuentos. Mención Especial Faja de Honor de la SADE y de la Asociación de Escritores Argentinos (Mendoza) en el año 2000 por el libro  "Sueños como aullidos". Fundó y dirigió la revista cultural “Ventana Abierta a la vida”. Participó en antologías, recitales poéticos, encuentros de escritores, exposiciones fotográficas, suplementos culturales y publicaciones diversas.


A TRAVÉS DE MÍ

Ha de romperse alguna vez mi barco.
Ya sé... mi ciudad sucumbirá una tarde.

Porque a veces llega un oscuro rumor
de olas imposibles viajando hacia nosotros.

Después de haber amado moriré.
Después de haber amado tanto.
Después de haberme afincado en esta orilla,
con su arena caliente y caprichosa
yo moriré alguna vez.
Y digo con tan poco sufrimiento: yo moriré,
que puedo incluso morir mañana mismo
sin que sea preciso apurar este trago saludable.

Yo he vivido cada día repartiendo trozos de mí.
Y sin que tú me reprocharas
he convidado con tu amor a los desesperados.
He tomado a mi cargo tu esperanza
para soltarla entre los deprimidos
He regado esta tierra descreída con anhelos.

¡Tanto has colmado mi corazón!

Tu sonrisa ha pasado a través de mí
para encender mejillas pálidas.
Labios desnutridos del mirar de Dios
He hecho de tanta donación lo que he querido.
La he jugado como un pródigo o un loco
por alegrar y bendecir a alguien,
a cualquiera,
con tanto mar azul, con tanto cielo,
con que he sido injustamente afortunado
Y el rayo furioso no ha querido
dejar en paz a su pradera.

Mira... puedo morir mañana
sin necesidad de duelo.
Morirme en ti.
Morirme en mí.
Morirnos, digo, sin extrañar demasiado
este rincón estrecho.
Esta infinita y repetida rueda
donde acordamos con sólo una mirada,
morir amando...



EN LOS QUIROGA

Desde el ocaso mudo que fatiga
el hábito copioso de tu risa
en Los Quiroga,
aférrate a mi amor
como a este río,
donde sueñas de noche
y  te cobija la tierra,
como un vientre marrón
y omnipotente.

Desde el verano agita
el espejo fabuloso
que te llama.
Arrástrame a tu corazón,
tormentera.
Vamos a alumbrar entre horneros,
entre pacientes pescadores de la orilla.
Donde el cielo se incendie
con tu paso,
y sueñe aún la niña
de labriegas trenzas,
entre garzas y canastos y pañuelos,

vamos a andar este camino desprolijo.
Anida en este espacio de América.
No te vuelvas del hechizo salado
que tiene tu piel
en Los Quiroga.



MI PROPIA FÁBULA

Llevo tu adiós 
anudado a mi garganta.
De algún costado del tiempo
tendrá que aparecer una esperanza..

Cargo un mundo que rompe mis espaldas
y alimento sueños de gorriones.
Nadie sale a responder 
por los pájaros perdidos
mientras voy,
mochilero de estrellas y dolores.
Flaco de verdades,
con una seña por saludo.

Me desmiento a los astros
y se ensancha
y arruga en mis espejos
un rostro acumulado de silencios.
Me rebelo a seguir agazapado
a lo largo de mi propia fábula
como si tantas muertes 
me zumbaran torpemente los oídos.

Quizás el sueño sólo encuentre
un fiscal con afán desorbitado.
Aún así no detendré mi grito
que sale impostergable
a buscar luz
en los ojos cerrados.



TERRITORIO DE SED

Territorio de sed y de indigente espera,
gime tu corazón en este mapa dolorido
como un gigante acorralado
por tanta herida insólita,
como si una cruz palideciera
sobre tu geografía 
de polvoriento cielo.

Ponte de cara a las estrellas.
Vuelve tus tardes a los pájaros
que se aventuran azules en el aire.

Los pájaros no mueren, país,
ni los árboles, que aún yertos,
dejan su raíz profética en la tierra.
Mi pobre país del desencuentro.
Yo sé que convaleces de guerra y de destierro
y que no es cierto tanto horizonte moribundo.

Hay un volcán despierto
en el fondo de la noche,
y el eco que atruena por tu historia
es un tambor que engendra los latidos a tu suelo.
Al fin de cuentas, quién eres, país,
sin nuestra sangre.
Qué muerte será tuya
sin ser nuestra.

Aguanta un poco más.
Resiste esta brutal embestida del destino.
Hay un urgente verdor que te reclama.
Sacúdete el dolor. Pónte de pie.
Levántate país que aquí estaremos.



INSTANTÁNEAS DEL DOLOR

Si esos niños que lavan parabrisas
en los semáforos
y esperan la minúscula moneda...
Si esas niñas que exhiben su orfandad
y la de sus hermanitos
en el umbral de las iglesias...
Si esos hombres que en las márgenes de la ciudad
regresan con sus bicicletas en zig zag
vencidos por el alcohol...
Si esas ancianas que mendigan
en la peatonal una moneda para el pan...
Son tan sólo instantáneas del dolor,
vergonzosa presencia en el paisaje,
agujeros negros en la tierra
en cuya boca reza la palabra: peligro,
agujeros incapaces en la conciencia,
que se tapan distraídamente.

Si el que yace tirado en una esquina,
el que yace sentado
con su ruego abierto en una mano,
el que yace de pie clamando por trabajo,
el que yace al sol excluido de la mesa,

no forma parte de tu país
de tu ciudad, de tu presente,

no hemos aprendido a caminar
bajo la sonrisa de los astros
y hemos hecho de la vida
un pasatiempo inútil. 



      
INDÓMITO CORAZÓN

Indómito tu corazón huele a pradera.
Viento que no sabe adónde azota.
Galope tenaz y silencioso
extinguiendo tras de sí la hierba.
Roca y sin embargo llanto.
Ansias de olvidar.
Ahogado grito en la quietud llamando.

Antes de tu corazón era la niebla.
Cachorro temblando en el desierto.
Yo era del mundo
sucumbiendo al relámpago.

Porque tu corazón busca la noche.
La noche mansa,
la noche sin nostalgia.
Labra el idioma del aura y el incendio.

Mientras puedas háblame desde tu corazón.
Posada en la benevolencia de la tierra.
Tu corazón y el desconcierto
imperan obsesivamente sobre mí.
Sobre esta atardecida piel,
siempre esperándote.



A MI MADRE

Andan girasoles luminosos
por tu corazón,
madre del sueño.
Sales a velar el porvenir
de quienes
nunca terminarán de ser tus hijos.

Isla en este océano
donde a menudo nos perdemos.
Colmena en primavera,
no voy a renunciar a esta luz
de encontrarte todas las mañanas
en el fresco de la tierra regada.

Madre del sueño
de los pájaros errantes que me habitan.
Tuyo es el huerto que cultivo
con las manos que un día modelaras.
Generadora de trigales que esparces por la tierra,
nunca se cortó el mágico cordón
que aún nutre mi vida agradecida.

¿Sabes madre? Ya no cumplimos años.
El camino tiene claridad de madrugada.
Mi vida crece en tu oración de madre
y mis ojos recuperaron el asombro de los niños.

Digo perdón
desde mi vida peregrina
y desde mis ojos, madre,
te bendigo.


   
TEJEDORA

Con la textura antigua del misterio,
vas germinando en el telar
la simple geometría de tus sueños.

Sobreviven tus manos, tejedora.
Sobrevive tu terco silencio a contramuerte.
Tu canto de amor
en el dudoso devenir del tiempo…
El firme trazo en la entramada
afirmación de tu manta.

Tejes el lenguaje de los montes.
Con verdes vegetales y marrones,
la mansa tierra pones en tu manta.
Y el sol naciente y el ocaso
y el rojo fuego, en hilos paralelos,
se disputan tu empeño de artesana.

Tejes la utopía de la libertad,
polvorienta en el santuario
de tu corazón aborigen.
Con hebras de lana entrecruzas
los conjuros contra el éxodo,
las plegarias contra el hambre,
los ruegos contra la injusticia.

Tejen tus manos, tejedora.
Libran batallas en el telar hermano,
y tu corazón acoge voces
de tierra adentro, de monte adentro.
Son voces que bendicen, mensajera.
Voces que bendicen desde adentro,
la semilla madura de tu manta.



PALABRA QUE AVANZA RETROCEDE

Qué importa si lo dije ayer
y no lo viste.

Puedes venir
y amar también en este día,
en tu tierra carnal,
la persistente sombra 
de la edad de piedra.

Con la misma pasión.
Inmensa.
Arrolladora.
Sin que sepa de lágrimas,
por el día que viene,
la palabra que avanza retrocede



REGRESOS

Cuando vengo así,
con los ojos saltados,
soy yo mismo,
pero quedándome sin voz.

Las guerras perdidas
dejan como un aire
de plumas pequeñas
rasando por el suelo.
Si me ves así
mejor no digas nada.

No vaya a ser
que cuando den la luz
estas pupilas ya no reconozcan
el lugar donde reposan
los miramundos olvidados.



LLUVIAS

Cada vez que me sorprende,
perdida la mirada,
la soledad, de pie,
comienza a leerme mis derechos.

Y entonces no me inspira
volver a tu ciudad.

Ella se guarece de los sueños
que en la mañana no recuerdo.

Como sea,
no hay camino cierto para mí.

Más bien deambulo por las calles
donde vive
la caricia leve
y esa jauría
como lluvia animal
que mojó para siempre
alas, corazón.
Esa canción que siempre canto.



PERDIDO TÚNEL

Como pájaros que vuelven
de un cielo de tormentas,
procuras sacudirte la tristeza,
te empeñas en reírte junto a mí.
Hablas de quitar el barro
de las vencidas botas
y vaciar de los bolsillos
el dolor que percude todavía.

Y yo no puedo
recuperar aún a mi alma.

En vano intento
emerger de lo profundo.
Como  pájaros que buscan
afanosamente el sol,
te sacas el escombro de los días.
Tú que has sufrido como yo.
Somos, amor, pequeños pájaros
sobrevolando los espesos pantanos
de la muerte.
Ex presidiarios
donde la vida sólo es resto.
Secos silencios
donde la lágrima es nada más
algo que vive.
Porque yo sé que nuestros ojos
llegan en busca de nuevas alboradas
y persisten inconscientes
por un perdido túnel
donde nacen y renacen los colores
sobre un pálido horizonte
que se había quedado sin primicias.


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Hugo Orlando Ramírez






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