viernes, 4 de marzo de 2016

FACUNDO D'ONOFRIO [18.192]


Facundo D'Onofrio

Facundo D’Onofrio nació en Buenos Aires en 1990. Publicó La mujer que vino de Lorraine y Los relatos de Fermín, (Buenos Aires, Dunken, 2012) y Cada pliegue del cielo (Buenos Aires, El ojo del mármol, 2015). Participó en la antología El rayo verde, antología poética 2015. Dirige, junto a Juan Escolar, el ciclo de entrevistas Bestiario. Actualiza el blog facundiainfecunda.blogspot.com.ar. Algunos de sus poemas fueron traducidos al italiano.




Selección de poemas de "Cada pliegue del cielo"


1

Toda
la civilización
en mi cuarto.
Extinta.
Hubiera sido otro el futuro.
Sí.
No.
No lo sé.

En la selva
no hay hombres
que resistan la furia.

Hubiera seguido el oficio mudo
de decir mucho
para decir así
todas las palabras.


3

Nunca comí al limón
como se come a las frutas.
Hubo siempre un perro
al lado de mi silla.
Las dos de la tarde es una hora sospechosa
decía la abuela.
Yo salía igual a andar en bicicleta.


5

Nunca pensé que el frío
diera tanta dicha.
Un abrazo de invierno puede más
que todo el verano.
El calor es un misterio entre dos personas.

Las plantas no pueden mentir
ni decir la sombra
sin embargo nosotros
no sabemos lo que ocurre
entre ellas y el mundo.

Pienso en cómo se ablanda
un corazón congelado.
Es como robarle un suceso
al pasado y darle
un sentido que no existe.


8

La ciudad es una montaña
de tierra accidentada.
Es un mamotreto
con andamios herrumbrados.

¿No es acaso mejor
la selva
de los cuerpos como son?

Con su gracia primitiva
y su comodidad despojada
de valores intrusos
y de interpretaciones sin piel
que nada dicen
y nada saben
de lo verdadero.


10

Prometí no involucrarme
en el sufrimiento
de una estrella.
Tampoco en la fiebre
que empaña el aire
cuando nace la lluvia.
Ni en el rayo que lacera
la carne estrepitosa
del desastre.
Lo prometí en el patio
vulnerado y seco
del día después
junto a un limón empobrecido
que observaba
burlón
el sinsentido de las cosas.


11

Un desierto
o un durazno.
El juego consistía
en elegir.

Nunca elegí el desierto
porque sospechaba
que no podías dármelo.

En cambio el durazno,
el arenoso durazno
era el consuelo
del atardecer.


19

De nochecita y en verano
el patio es una sombra
que deja correr el viento.
Los helechos se humedecen
rogando
la llegada de la lluvia.

Me demora un durazno
salado como el fuego
que patina
en la dicha de su almíbar.

Por qué no arrancarle
de un tirón el presente
y absorber el jugo alegre de su vida
si el tiempo ya lo hizo
y lo hace conmigo.



Quiero para mí
cada pliegue del cielo
el infierno de sus nubes
chocando contra mí
y la tormenta
azulada negra tormenta
como un incendio de agua
ardientes gotas de fuego
empapándome
cada pliegue del cuerpo
hasta consumir
mi carne mis huesos
las cenizas
y no dejar nada
desplegado
en el suelo.







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