martes, 23 de febrero de 2016

CLAUDIO ROJO CESCA [18.152]


Claudio Rojo Cesca 

(1984, Ciudad de Santiago de Estero, Provincia de Santiago del Estero, Argentina.) Es psicoanalista y escritor. Publicó la plaqueta de poesía, Fotos de mi chonga desnuda dentro de una nave espacial (Larvas Marcianas, 2015). Su libro de cuentos, Viñetas del insomnio no resuelto (Ministerio de Cultura de la Nación, 2015), fue editado para la colección Leer es Futuro. Además, escribió artículos para Nuevo Diario y La Gaceta (Tucumán). Sus cuentos y poemas fueron publicados en las revistas literarias Los Inquilinos, Maten al Mensajero y Tardes Amarillas;  en los fanzines Larvas Marcianas, El Megáfono y Quince minutos con vos (Almadegoma Ediciones)  y en el blog Toukouman Literatura. Dos de sus cuentos integran el Picados-Antología Lata Peinada (Editorial Bellas Alas, 2015). Actualmente forma parte del espacio Editorial Larvas Marcianas.



Me da miedo Vicente Luy,
la costumbre de estacionar la vida
en un frasco de pastillas.
Que la poesía no sobreviva
después de él
y que tampoco sobreviva yo,
por no tener jardines
donde quemar la basura.

Claudio Rojo Cesca




CATEXIA CHIMANGO

Mi respuesta valiente es que salgamos
los dos
a la calle
esta madrugada
Que nos encontremos
en la puerta
de tu casa
y caminemos
sin prisa
por ese pasillo
de paredes altas, escritas
con crayones
por chicos
que van a jugar
todas las siestas.
Y vos no me preguntes qué me pasa
y yo no te pregunte
si volviste a escribir algo
desde el último lunes.
Y me invites a tomar cerveza
en tu dormitorio
y yo tome
y vos tomes
y nos apure
un silencio incómodo
a meternos
en el cuerpo del otro
y vos te sonrojes cuando diga
que nunca he dejado de pensar
en tus piernas.
Y después de coger tanto
y tan lindo
nos quedemos un rato
acostados en tu cama,
fumando
bajo las aspas
del ventilador de techo,
o leyéndonos poesía mientras
nos seca el aire
y nos prepara
para cancelar
esta felicidad precoz
y un poco
caníbal.



TEXTO ESCRITO AL DORSO
DE UNA PUBLICIDAD DEL IAC

El chico que me dio este papel podría llamarse Horacio.
“Horacio” me recuerda a alguien que conocí en la escuela y era buena persona.
Igual que el chico del papel, tenía el pelo muy corto a los costados
y un buzo azul oscuro con letras blancas.
La mayoría de la gente que conozco tiene
o tuvo, en algún momento de sus vidas, por lo menos un buzo azul oscuro
con letras blancas.
Cuando los veo con el buzo puesto
pienso que son buenas personas, como Horacio de la escuela,
e imagino que el mundo es
un lugar menos brutal y mezquino
de lo que nos quieren pintar.
Gracias, Horacio de la escuela, por estos lindos castillos
en el aire.
Y gracias, Papelito, por esta ventana de tinta.




CAGÓN!!!!!!

Me da miedo Vicente Luy,
la costumbre de estacionar la vida
en un frasco de pastillas.
Que la poesía no sobreviva
después de él
y que tampoco sobreviva yo,
por no tener jardines
donde quemar la basura.
Tengo miedo de que lo tóxico
se convierta en mi alimento.
Que mis uñas se caigan
una por una
y sobre la piel expuesta
crezca una filmina rojiza
y filosa
que lastime
mis dedos.
Tengo miedo de que me quieran
toda la vida.
Que alguien me abrace desnudo
cuando cumpla ochenta años
y no le importe, ni siquiera un poco,
el deterioro de mi sangre.
Miedo de que entren a mi pieza
engendros pisadores de espaldas,
y remuevan de mis ojos, de una vez y para siempre,
la prenda rosada
que me preserva de la luz.
De una aparición fugaz entre lunas,
de la voz de mi padre, resucitado.
De un pie desconocido
soldándose
a mi cuerpo.
Miedo
del color verdadero
de la noche
cuando ya no quede nadie
para nombrarla.




El zumbido de la mujer mosquito

Vuela en dirección al rostro
y pica el párpado cerrado,

zumba, mientras chupa,
el gel blanco que escurre
desde el fondo. 

La mujer mosquito sobrevuela 
mi pecho
burlándose de la ciencia 
de la espiral y su brasa,

eso que sirve para embrutecer 
y alejar
a hordas de picadores
se vuelve inútil en ella
mientras se recrea
en el humo venenoso
como una atleta.

Intuyo, como cada noche, que estaremos 
juntos hasta que aparezca el sol
y fulmine su encatamiento 
de sorber a oscuras
la viscosa memoria de los ojos. 

Me vuelve a zumbar, gigante y perfecta,
en su disfraz humano.
Ningún mosquito imita mejor
un par de piernas de mujer,
los pechos ínfimos y blancos
que se deslizan hacia la mordida,

el murmullo empalagoso
en la hora veloz del sudario.

Sólamente la delatan
unas alas de celofán alambrado
y la sangre reseca alrededor
de los labios.

Mujer mosquito
zumba y duerme y agosta
su cuerpo amedrentado
por el rayo de sol. 
Me vacía y se quema
y nada conserva en su retorno
a la forma original.
Nada mío,
nada de ella,
nada en mis cuencas abiertas
donde reverbera
el dolor del último beso.  

(inédito)



Elegante flameo de banderas blancas

Mi palabra contra
la tuya.
Leche contra leche, dada en el beso,
en el celaje que precede
al refusilo nocturno. 
Cama: la fiesta de los rivales.
Por este reposo de nubes, un cansancio
de la existencia de mi nombre
y todo lo que mi nombre lleva 
con él. No te conozco 
tanto, pero te combato,
pérfido enemigo, y lo haré
hasta que por fin te conquiste
con mi amor de pieles suaves, 
de apretarme con vos en la silla 
y despertar a los vecinos.
Mi palabra candombe en tu baile
de caretas, rival abierto y desnudo
con el pecho donado al forraje 
de la luna. 
Habitante fugaz, mate en mano, bombilla
entre labiecitos rojos, mordidos,
puestos a secar
luego de desabrigarlos para 
la nieve. 
Todo se volverá humo, adversario bello, incluso
la tormenta de tu orgasmo.
Y no habrá recuerdo de la tregua
excepto, quizás, en la memoria
de mis cortinas. 

(inédito)




Suficiente hidrógeno para matar una ciudad

Creo que he sido bueno todos los días
excepto los martes.

Los martes me gana
la sensación de venir de otro nido. 

Una nube con forma de pájaro 
me caza de las muñecas
y me alza por el aire
más allá del espanto 
de volverme líquido.

Recuerdo, mientras vuelo,
haber tenido huesos,
y haber sufrido
ataques de pánico cuando veía pasar a esa piba
por la peatonal Tucumán, 
con una mochila cargada de libros. 
Y entonces, convertido en piedra sudorosa,
me reía del amor que la piba tiene por los animales.
Un amor inútil, incapaz
de rozarse con lo humano. 


Yo deseaba, en esos momentos, 
que fuera martes
para soltarme de la nube
y caer
al ruido
y al asfalto
como una bomba 
de hidrógeno. 

(de la plaqueta de poesía: “Fotos de mi chonga desnuda dentro de una nave espacial”, Editorial Larvas Marcianas, 2015)





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