jueves, 7 de enero de 2016

ALFONSO DEL GRANADO [17.860] Poeta de Bolivia


Alfonso del Granado

Don Félix Alfonso del Granado Anaya (18 de octubre de 1938), es un médico, novelista y poeta boliviano.

Hijo del poeta don Javier del Granado, éste le cedió la tradición de benéfica labor humanitaria arraigada dentro de esta noble familia, cuando se recibió de médico en 1964. Es descendiente directo de ese gran benefactor de la humanidad que fue el primer conde de Cotoca.

El galeno, reconocido como una autoridad internacional en Ginecología y Obstetricia, es miembro titular del American College of Obstetricians and Gynecologists, del American College of Surgeons y de la American Society of Abdominal Surgeons, miembro honorario del Instituto Médico Sucre y del Royal Society of Medicine, y creador de un instrumento quirúrgico utilizado en la mesa de operaciones por cirujanos en sus intervenciones en todo el mundo: la aguja de sutura curva. Es, además, miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Estudió medicina en la Universidad Mayor de San Simón con una beca Fondation Simón I. Patiño de Genève y luego se trasladó a Estados Unidos para efectuar sus estudios de especialidad médica en el Hospital Chicago Lying-in, la maternidad más antigua de Norteamérica fundada por Joseph Bolívar DeLee en 1889, donde fue residente principal. En 1974 la Universidad de Chicago recurrió a la medida extraordinaria de modificar sus estatutos para concederle el nombramiento de profesor clínico de medicina, sin que tenga que dejar su práctica en zonas económicamente desfavorecidas de los estados de Illinois e Indiana. En Bolivia en 1978 con otros facultativos estableció la especialidad médica en Ginecología y Obstetricia de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Simón, y ejerció brevemente como ministro de Salud en el gobierno que condujo Juan Pereda Asbún. En 1982, a través de su afiliación al hospital Monte Sinaí de Chicago, impulsó el primer programa de fecundación in vitro de la región central de los Estados Unidos. Por último, desarrolló una intensa labor docente de formación de médicos residentes en técnicas de cirugía mínimamente invasiva y de microcirugía que abrieron nuevas fronteras en la medicina en los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Obra literaria

A los 30 años inició su carrera literaria con sus primeros textos publicados, en torno al encuentro entre medicina y literatura, en el que una y otra se complementan, porque ambas aspiran a abordar los abismos de la experiencia humana y la constatación del terrible paso del tiempo y del colapso de la vida frente a la muerte. Con una poesía moderna en lengua española marcadamente distinta a la de su progenitor, demostró que la medicina también puede ser escrita en lenguaje literario. Recuerda su admiración por Saul Bellow, de quien fue colega en la Universidad de Chicago y de quien aprendió la práctica del humor como técnica literaria que posibilita una visión crítica del mundo. En sus novelas ha construido una obra que combina el desborde imaginativo del realismo mágico con un sentido del humor que va de la ironía más fina a la sátira más mordaz y salvaje. Como un forense literario, en estas novelas disecciona la sociedad, su entorno, y también expone sus miserias e hipocresía, así como sus valores caducos y su naturaleza atroz e inhumana.


1990 Poemas del Amor y de la Muerte

LA POESÍA Y LA MEDICINA

En Occidente, la lírica ha nacido uncida al culto de la muerte. La primera colección de poemas líricos que se conoce en esta tradición es una antología (anthos: flor. logia: colección) de epitafios ateniense que resumen los hechos y virtudes del ciudadano ido. Como bálsamo o como antídoto, los poetas han escrito frente a la piedra fría de lo irremediable. Así Orfeo, el héroe lírico por excelencia del mito griego, conmueve con su canto a la naturaleza inánime que lo circunda cuando ya no puede rescatar a Eurídice del Hades. Su lira, desplazándose, anima a las piedras, pero no logrará rescatar a la amada de debajo de la tierra.

Así como Cicerón -pensando en Sócrates- estimaba que el filósofo era aquel hombre virtuoso cuyo cuerpo de estudio es la muerte, una poderosa tradición, acompañada, también, por varios doctores de la Iglesia ha establecido a la poesía como remedium intellectus y al poeta humanista como «un médico para todos los hombres». La poesía, tradicionalmente, ha sido el gran argumento contra la muerte, quedando suspendida en el abismo de la fosa, ya para suplementar al héroe épico o trágico con un fama imperecedera, ya para estirar al mismo escritor más allá de sus propias cenizas y dar sentido a su fragmentación y dispersión finales en el manojo de palabras que -en la Modernidad- lo conocen por Autor.

No es del todo arriesgado sostener que en lírica (más allá de la intensidad abismal del coito y de la famosa dicotomía Eros-Thanatos), el amor constituye un tropo que permite eclipsar o ritualizar eficazmente la paradoja de lo que ha dejado de ser, la instancia de lo que se ha muerto. La felicísima traducción quevediana de la elegía de Propercio, en la que el poeta mesmeriza el polvo con el veredicto de «polvo será, mas polvo enamorado» es un mojón apenas de este largo trayecto encantatorio que conoce, más recientemente, momentos como la meticulosa putrefacción de la carroña baudelaireana o el poema a la amada de Fernández Moreno, en el que la voz lírica se detiene celebratoriamente en los detalles más nimios y más perecederos de la amada: sus nervaduras, sus epiplones y espiroquetas. Es la palabra que, como el canto de Orfeo, se lanza a dar un soplo vital a lo que es mecánico o está fatalmente yerto.

La medicina puede ser paradojalmente entendida como un avatar de la muerte. El juramento de todo legatorio de Hipócrates la invoca para negarla. Curar es denegar la muerte, y ejercer la medicina, a la vez, recordarla. Indagar en los arcanos de lo que vive es, a un tiempo, darle un nombre innumerable y puntual a las distintas máscaras de la muerte. La historia literaria conoce de médicos famosos; piénsese en Rabelais o Descartes, o en Keats, quien quiso ser médico pero se limitó a escribir poesía cuando lo atrapara la misma tuberculosis que se llevara a su madre y a su hermano y que finalmente habría de llevarlo a él. Rabelais celebró la vida, pero Asunción Silva fue a visitar a su amigo médico para que le marcara con yodo el círculo del corazón que el poeta terminó de abrirse con un balazo. Su médico le dio una medida a su muerte.


POEMA DE LA MUERTE

Una ilusión pasó rasgando el tiempo,
y en la negrura yerta de una noche de invierno,
sentí dos manos frías sobre mi sien sombría,
un murmullo de voces y gemidos
que más que locos cantos parecían quejidos.

Una vela que ardía trocó su luz en sombra,
y era esa sombra, sombra del amor y la vida.
Y la ventana vieja de la casona mía, se abrió pesadamente.

Yo me hallaba confuso y el frío me mataba,
mas de repente alzando mi voz acrisolada,
con la negrura bruna de esa noche de sombra,
pregunté quedamente si era mi dulce amada
y esa sombra en la noche ya no me dijo nada.

La forma se acercaba despacio a mi aposento,
era una bella dama, mi luz, mi pensamiento,
y sus labios reían cual pálidas violetas.
Oí que aquella sombra despacio susurraba,
«Yo soy tu amante, amado, que entró por la ventana.
Para dormir contigo mi noche está estrellada».

Vi sus pálidos muslos, reflejo de la luna,
vi su vientre cautivo con su pubis de nácar,
vi la albura en sus pechos, y en su forma una estatua.
Se movió quedamente ingresando a mi lecho,
sentí el calor divino de aquel cuerpo que mata,
y bebí de sus labios fuego de amor prohibido.

La amé un momento y nada cambió su faz de cera,
la hice mía en la noche y ella no dijo nada.
Mas sentí que su cuerpo perdía su armonía,
y su carne de flores, en huesos se tornaba,
y en su boca, cual rosa, la sonrisa brotaba.

Era la muerte, amigos, que pernoctó conmigo,
y esa noche de sombras sutil y misteriosa
huía con la dama que pernoctó conmigo,
aquel azul camino, fugaz, cual mi destino.



INFARTO

¡Oh! pareces el grillo de la voz tan doliente
que corre sobre arena tenebrosa y desierta,
catarata de voces, emociones fallidas,
como trágica nota de oraciones confusas.

Parece que persigues lo que nunca se alcanza
y te pierdes lozana en la noche desierta.
Tu conjunto armonioso de esperanzas fallidas
parece que ahora alcanza la negrura del limbo.

Me pareces desierta, no hay canción en tu pecho,
no hay calor en tu cuerpo, ni ternura en tus labios.
Eres nívea violeta de los campos perdidos,
eres ángel de luces al compás de tu muerte.

Ya no se escucha el timbre de tu voz melodiosa,
ya no veo tus ojos y contemplo tu muerte.
¡Oh! torrente de perlas en canción desmedida,
porque calla la fuente su compás de gemidos
para que un cuerpo virgen se deshoje en latidos.

¡Oh! divina violeta de los campos perdidos,
ayer nació tu vida, ahora llegó tu muerte,
por fin cesó en tu pecho el martillo salvaje
y tu blondo cabello me parece doliente,
y aquel reloj que marca ese espacio de tiempo
que se lo llama vida mientras llega la muerte,
también se ha detenido llorando por tu suerte.

Ayer vieron mis ojos nacer un cuerpo albo,
y ahora esos mismos ojos contemplan negra muerte.
¡Oh! juventud tronchada, azucena de armiño,
ayer con tu sonrisa como flor te ofrecías
cual perfume sediento de deseos ocultos;
hoy tu cuerpo sin forma yace en blanco sepulcro.

¡Oh! obstáculo de siempre que acabas con la vida,
nublaste mi camino, dame también la muerte,
convulsiones de espanto, galopar de sonidos,
esfuerzo amargo y triste cual un final latido.

¡Oh! compulsión de rostro, ojos nublados, yertos,
¡oh! dedos encrespados cual gaviotas heridas,
¡oh! sublime obsesión de obsesiones perdidas...
eras tu la esperanza de ilusiones fallidas.



EL ALTIPLANO

Voy a partir a las lejanas tierras
donde el indio acrisola con la pampa
forjando en llanto su canción de cuna,
triste y amargo, como luz de cacto.

Voy a partir donde la pampa inerte
forja el paisaje azul de la quimera,
que en nubes de oro y tempestad de tiempo
pintan la tierra legendaria y yerta.

Acicatea su cincel el maestro
forjando ensueños de nevados picos,
que danzando en anillos de infinito,
cual espuma de puna y abatida,
se alejan a la vista fugitiva
remontando el recóndito paisaje
del azul de ese cielo enloquecido.

A lo lejos rasgando el firmamento
y ocultando su vuelo entre las sombras
se lanza a los abismos, cual saeta,
el ave rey del viento y la quimera,
y ante el impulso de sus torvas alas
se sacude la tierra estremecida
quedando, cual Madona dolorida,
en la sombra divina del paisaje.

Y los ojos convulsos de la fiera
fijan su cruz sobre la presa loca,
que inclinando su testa ante el verdugo
troca en silencio su ilusión en rosa
y su cuerpo en canción de despedida.

Dos ojos tristes miran a lo lejos,
dos ojos turbios sangran de amargura
y con su sangre riegan lontananza
espolvoreando nubes de oro grana,
nubes que flotan en la puna agreste
como polvo de estrellas esparcido.

La noche cubre con paisaje yerto
y en la osamenta, cual suspiro amargo,
gime el cadáver del sol de oro muerto.

Todo entra en calma, todo es lejanía.
La noche cubre con su manto, plata,
y una diadema de brillantes lunas
ciñe la frente astral de altiplano.

Irradia el sol y sus dorados lazos,
cual serpientes, comprimen los picachos
y el Illimani, cual feroz gigante,
sacude airado su melena al viento.

La luna en el espacio se abrillanta
constelando de luz el altiplano
y entre sus manos trémulas levanta
la Hostia inmaculada, el gran nevado.

Nada se mueve aquí, todo está en calma,
hasta las diosas sueñan en la pampa,
y transformando el cuerpo en lejanía
se alzan altivas en la gran comarca.

Y esas diosas en llamas convertidas
parecen las estrellas fugitivas
en el desierto cielo de la pampa.



CADÁVER

Algo canta en tu cuerpo sin que tú lo presientas.
Algo quema a tu lado sin que jamás lo sientas.
Me pareces tan fría como la serranía.
Me pareces tan grande como el Ave María.

Hay algo misterioso que envuelve tu figura
y te vuelve tan negra, tan negra y tan sombría,
que escapas a mis ojos y no te alcanzo a ver,
una sonrisa basta de tus labios de fresa,
para que tu mirada tan triste y tan callada
se parezca a la noche de estrellas constelada.

Todo me gusta, entonces, todo en ti vuelve y queda,
tu mirar de llanura, tus colinas de carne,
tu hermosura de diosa, tu tersura de luna.

Mas al caer el día, tus labios de azucena
se cierran nuevamente y en ti canta la pena.

Y tu cuerpo callado donde todo se ha ido,
solloza en la distancia trocándose en gemido,
y tu conjunto triste como un molino de agua
sigue girando solo, solo como perdido.



LLUVIA

Llueve en mi corazón como en el campo
empapando mi tierra con las gotas,
gotas ardientes de un amargo llanto.

En las ventanas de mi cuerpo frío
corren las gotas de mi amargo llanto
y al caer a la tierra ensombrecida
emergen de sus huellas las estrellas
forjando en el silencio melodías
que asemejan tal vez un suave canto.

Llueve en mi corazón y allí florece
el recuerdo de amor de tu sonrisa
y el perfume sutil de las violetas
emerge de la tierra en ilusiones
regadas con las de mi llanto.

Llueve en mi corazón y todo es lluvia,
el amor con sus goces y dulzura
y la plegaria que a los cielos sube
de la tierra sin fin de los pesares.



ROCÍO

Quisiera ser rocío del relente
para colmar tus ansias de ternura,
quisiera ser, la fuente de agua pura,
para darte de beber mi agua ardiente.

Quisiera ser el Halo del poniente
para nimbar de ensueños tu figura,
y ser también, los brazos del torrente,
para estrechar en ellos tu cintura.

Quisiera ser tu vida y ser tu muerte,
y fecundar tu fosa con mis huesos,
porque vencí al destino con mi suerte.

Pues vi en tus pechos, de combadas lomas,
dos pezones piando por mis besos
y una blanca nevada de palomas.



ME GUSTA CUANDO ME MIRAS

Me gusta cuando miras con tus ojos ausentes,
me gusta cuando miras y me miras ausente.

Son tus ojos dos lagos donde el amor se mece,
y en tus ojos de lago donde las algas crecen
veo un amor de río, siento un río de voces,
torbellino callado, callado y muy sombrío.

Me gusta cuando miras y me miras ausente
y tus ojos se agitan y tu voz se retuerce,
me gusta que me mires cuando me hallo presente
porque al mirarme, miras y me buscas, ausente.



POEMA DEL AMOR

Una mano pase sobre aquel vientre
modelando sus líneas y figura,
poco a poco esculpí su gracia pura
llegando al fondo sacro de su fuente.

Mis ansias escapaban locamente
de la armonía de su cuerpo frágil
y de su pubis, nívea melodía,
emergían las notas de su canto.

Mis deseos bajaban lentamente
y con ellos su sexo palpitaba.
Mas llegando al volcán de su cintura,
sentí que sus dos labios me besaban,
y rasgando el capullo de la vida
mi mano entre sus piernas suspiraba.

Era una virgen morena y dolorida,
y mis dedos salvajes la violaban.

Un húmedo calor de primavera
emergía del fondo de su tierra
y aquél néctar de virgen anhelante
embriagaba de amores el ambiente.

Musitaba palabras trasnochadas
y sus ojos sedientos me llamaban
como agua cristalina en el desierto.
Y aquella virgen dulce y suplicante
sería mía como yo del tiempo.

Nuestros ojos de nuevo se cruzaron
y anhelantes los cuerpos se buscaban.
La contemplé de nuevo suavemente
y sus ansias de amar me arrebataban.
Yo estaba ciego y ella ante mis ojos
se deshojó en mil pétalos de rosa.

Su cuerpo se mecía tiernamente
y sus olas sin fin me trastornaban.
Yo era una frágil barca que bogaba
y ella la mar azul que permitía
en medio de borrasca tenebrosa
anclar en aquél puerto majestuoso.

Y al contemplar la estrella rutilante
que, cual faro de amor, me socorría,
caí sobre la virgen anhelante
como un rayo de fuego que desgarra
la recóndita gruta del pecado.

Y en medio de sollozos, yo exploraba
aquella selva virgen desflorada.



OSAMENTA

Y hoy mi vida se mece en osamenta
al vaivén de las olas del destino,
siento el dolor terrible de tu ausencia
y mis ojos perdidos ya te buscan
en las sombras fatales de la angustia.

Hoy es distinto para mi alma triste,
ya no siente el calor de tu mirada
y mis dedos se encrespan tras los tuyos
como buscando eternidad o nada.

Nunca sufrí con otra despedida,
mas hoy me encuentro anonadado y triste,
siento en mi pecho un peso que me mata,
y al vaivén del tiempo misterioso
mi barca ya naufraga en el destino.

Mis ojos están tristes, como lo está la noche.
Siento flotar mi alma solitaria,
que se eleva a las cumbres en plegaria.









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