lunes, 28 de diciembre de 2015

CARLOS L. ZAMORA [17.827] Poeta de Cuba


Carlos L. Zamora 

(Matanzas, Cuba  1962). Licenciado en Filología en la Universidad Central de Las Villas (1985). Poeta y narrador. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). 

Entre sus títulos destacan Estación de las sombras (Sanlope, 2001), que fuera Mención en el Concurso Internacional de poesía “Nicolás Guillén” (México, 1999), la antología El amor como un himno. Poemas cubanos a José Martí. (Centro de Estudios Martianos, 2008), el poemario Cada día la eternidad (UNIÓN, 2011), la novela En la mañana viva o Tan cerca hemos dormido (UNION, 2012), la noveleta para niños A Puerto Blanco no llegan las lluvias y el libro de cuentos La noche de Judas, estos dos últimos por Ediciones Matanzas, 2013.

Ha recibido, entre otros, el Premio Fundación  de la Ciudad de Matanzas 2012 (Literatura para niños y jóvenes), el Premio de Narrativa Guillermo Vidal (2011), el Premio del Concurso Nacional Cuentos de Amor (2000), el Premio Décima joven de Cuba (1996) y ha sido finalista del Concurso internacional ARTÍFICE, de poesía (Loja, Granada, España) en el 2005 y Mención especial en la II y VI ediciones de ese propio certamen (2002 y 2006), entre otros reconocimientos.. 

Sus textos han sido incluidos en numerosas antologías, compilaciones y revistas cubanas y extranjeras.


BIOGRAFÍA

Las flores que olvido; 
los nombres que tuve en otros labios; 
el cuerpo 
donde crecieron las palabras 
como hierbas silvestres. 
Huellas. 
Sólo el corazón, al fondo. 
Como un oscuro mástil 
en tierra prometida.



RAZONES

Porque mi nombre es oscuro
como la hondura del salmo,
porque toda fe que calmo
sigue escrita en el futuro
y no hay huella de mi duro
soñar. Porque nada queda
sino aferrarse a la veda
del corazón y ser casa
de otra luz, de otra amenaza.
Porque cedió ya mi rueda.



DIÁLOGO

La oveja contempla el agua que le ofrezco. Sus ojos esperan la señal y no la martirizo: bebe despacio, atenta a las pulsaciones escapadas al oasis de mis manos, turbada apenas por mi rubor de complacencia.
Miro cómo desciende, al impulso de la sed, toda esperanza de infinitud. Se extinguen de su frente las gotas mínimas, los últimos signos de la necesidad. Y cuando parece marcharse, cuando el aire comienza a copar las paredes húmedas de mis palmas, ella desliza su lengua por los surcos rosados y siento que se ha desprendido en mis entrañas una víscera y que debo enmendarlo, porque ahí está la clave, el mensaje cifrado de la oveja. 




NOCTURNO Y ORACIÓN

La noche se deshace en finas hebras
que trenzan con el polvo sus descuidos,
yo las calzo al pasar y de algún modo
soy penumbra y mantel, tierra de nadie.

No sabré si me aguarda la tormenta
hasta que el rayo duela en mi costado,
paciencia del futuro: sangre y luz
que habrán de poseerme sin lascivia.

Noche mía que escampa en el desvelo:
expulsa a los bufones, alza el puente,
no sea que proscriban tus palabras

y yo no pueda más que desearte,
lodo y salutación: cuerpo deforme,
indigno de tu abrazo y tu memoria.



EL MERCADER

Listos a prescindir están mis cuerpos, que en la memoria han debido nacer y  yacen solos, a merced de los  mundos, como bestias de cambio.

Pero es uno el corazón, el resto espejos que dibujarán la muerte si son desconocidos.

Venga el tajo...

Pobre mercader si el corazón no canta.



CARTA

a Judith

Náufrago escribo, gladiador el viento
mi botella alza sin mirar la costa
y aun naciendo de mí  ya llega otra
esa palabra en la que puse el sueño.
Como si el ir le dibujara el cuerpo
con paleta distinta a mi latido
llega a tu corazón un acertijo
cuando debió arribar la primavera.
Náufrago en el azar de la botella
recibes lo que el agua me deshizo.



ESCRIBA

Todo lo que en  mí canta se deshace
y debo repetirme en la mañana;
buscarme por doquier como si nada
estuviera prescrito y aún de nadie
fueran mi nombre y mis derroteros;

renacer entre todos los vestigios
como un absorto paria, ya perdido
de la razón cordial y de lo eterno...

Todo lo que barrunto palidece 
la fogata del prójimo: la lumbre
en mi húmeda sombra se desteje.

Pero es inútil, me denuncia todo;
como un gran barco que en la luz se hunde
todo lo que en mí calla, canta solo.




VOLVER

Vuelvo otra vez a ser lo que había sido
Rafaela Chacón Nardi

En la corriente de nuevo,
carnada y pez: albedrío.

De la orilla desconfío;
de mi pasar sólo bebo.

Y si a mi suerte me atrevo
es porque carnada y pez
son la gloria y el revés
en una sola moneda.

Infalible, el tiempo rueda...
A lo que he sido, otra vez.




ESTACIONES

Con su puntualidad tardía los trenes nos alejan.
Nos aferramos a esos pueblos que pasan demasiado rápido.
Y al final hemos llegado otros.
Desconocidos, rompemos los espejos.
Comulgamos con las fotografías.
Pero no somos aquellos.




GUERRAS

Uno escucha la víspera el zumbido fatal, pero resiste confiado a la ventana. 

Uno alcanza los altavoces y los huérfanos cuando las granadas han mordido la tierra. 

Uno atraviesa el frente silbando una canción de siemprevivas. 

Uno amanece mártir por todas las campanas que han sobrado, por todo el fuego que ahogó nuestras semillas. 

Uno amanece harto de morir la siesta.   

Uno amanece soldado sin atarse a la espalda los muertos y la pólvora.



LOS ACOSADOS

La noche escribe. 
Nos escurrimos apenas de su paréntesis trivial.

Simulamos alguna dignidad 
entre el sueño y la multiplicación. 

Tapiamos las ventanas para creernos solos.
Pero la tempestad se avecina.

En el umbral se han pertrechado los silencios.
Y vigilan.

Pasa un gato feroz sobre el tejado. ¿Huye?

La noche escribe. Leo apresurado.
Antes del punto final debo saber.




LA RUTINA

Se reclina hasta encontrarnos. 

Desciende espalda abajo, con el temblor del asesino a punto de la muerte; confiada en su transparencia, obsesa. 

Se le vaticina desde el cenicero o desde la bastardía del café; incluso en cierta cordura tiene asiento. 

Musita a veces un antídoto, pero lo escamotea el aire como un naipe dorado; es ceniza de sueño: un escalón en la nada. 

Cae como una tarde, coqueta. Con su tonadilla. Como si no temiera. 

Se reconoce en casa, repetida entre nosotros como una sombra diurna. Pujando para que sobre el cuerpo, pudriéndonos los ojos. 

Como si izara el horizonte un enorme pantano.






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