sábado, 31 de octubre de 2015

LIDIA SALAS [17.315]

Las poetas Lidia Salas, Marisol Marrero y Anabelle Aguilar en Caracas


Lidia Salas 

(Cartagena, Colombia)
Colombia y Venezuela han resuelto el conflicto sobre si Lidia Salas es venezolana o colombiana. Ambos países quieren quedarse con ella, o que  permanezca siempre en sus querencias. Decidimos compartirla, ella es y será colombo-venezolana y universal. Lidia Salas es Licenciada en Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico Barranquilla, Colombia. Cursó Maestría en Literatura venezolana en la Universidad Central de Venezuela. Crítica y ensayista, colabora con diarios y revistas venezolanos y extranjeros.

Magister en Literatura de la Universidad Central de Venezuela. Dedicada gran parte de su vida a la crítica literaria, es autora de los poemarios: Arañando el silencio, Mención de Honor del Primer Concurso de Poesía Libre de la Universidad de Córdoba, Colombia (1984),Coautora con Elena Vera de la Antología Quaterni Deni. (1992). Su obra se encuentra recogida en la Antología de Poetas Venezolanos del Círculo de Escritores de Venezuela. Obra publicada: Mambo Café, 1º Mención de Concurso de la I Bienal del Ateneo Casa de Aguas (1994). Venturosa Premio Único Mención Poesía del VII Concurso Nacional del IPASME (1995). Luna de Tarot (Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. 2000). Y de las Plaquettes Sedas de Otoño (Taller Editorial El pez Soluble, 2006). Itinerario Fugaz editado por la Universidad Nacional Abierta en 2008.




E l   s a l o b r e   d e   t u   r a s t r o

 El salobre de tu rastro fluye a veces
desde el centro de mi boca.
El salitre de tu arena en las pupilas.     
                                                                   
Diviso tus esquinas
en las visiones
de mis sueños.
La piedra de tus muros,
los muelles en el Puerto
se hacen humo, bruma, nada.  

Esquivas este gesto de encontrarte,
como fruta lejana y sazonada.

La luna humedecía
un aroma de azahares.
Aquel  patio, ya es olvido.

A veces dudo del recuerdo.  
Y si tu espejismo de ciudad abandonada
es saudade de otro exilio?

Difuminado país de la utopía.

 Para la aldea asentada en las Barrancas de San Nicolás




 E l   v e r a n i l l o   d e   S a n   J u a n 

            El veranillo de San Juan
en el azul cálido y seco.

            Los pétalos morados
de los matarratones florecidos
tenían ese color de mis pezones.

En las estampas del verano:      
el viento desordena la hojarasca
y hace estragos en la escritura
de los astros.

Seducida por los augurios de la fuga
se confunden las señales.

Pueden unos escasos días de luz
convertirse en estación del alma?

            En memoria de aquel veranillo de San Juan.




 D e s o l a d a s

 Desoladas.  Como pájaros ciegos
de un árbol arrasado, parten de mí las voces.
El silencio sabe decir de ausencias.

Restauro en estos versos
girones de recuerdos.

           En nidos de la fragua,
la incierta materia de mis duelos.
Incendiaré en mi canto,
las palabras desnudas.

Transmutaré  – en el glorioso cuerpo 
del poema – mis días oscuros, solitarios.                       
 Para los pájaros de tus amaneceres.





  E s   e l   f i n a l   d e   l a   f i e s t a

 Es el final de la fiesta.
Mi corazón como copa olvidada
se inclina a la intemperie
libre de perdón y de inocencia.

La otrora música es un fardo
de soledad.
Algunos danzan todavía.
No saben que es tan sólo el eco de las notas.
Sus sordos movimientos los delatan.

Hay un crujido de rocas
en el vientre de la tierra.
Busco algún amanecer en mi cronología
de recuerdos.
Encuentro la mañana del primer día
de escuela.  La mirada de la madre
y el aroma de lluvia
en esa hora temprana
indemnes al olvido.
         
La encrucijada es un interrogante.
Dónde guarecernos en estos tiempos
de bestia enfurecida?

A Raquel de Urbina, mi maestra de primaria.




I n a u d i b l e   s o n i d  o

          Inaudible sonido de la vida
Sabor de uva macerada entre los labios.

Creer que el milagro de los nardos
lava la piel oscura de la muerte.

            Reconocer en la delgada voz,
en la desafinada voz del jazz
el grito de otro cuerpo.

            Entonces no sabías
la ruta del destino.
Ahora que ves sobre los hombros.
los meandros del camino,
casi todo es pasado.
Aún persigues el inaudible sonido de la vida.  
           En memoria del sonido de tus cigarras       



Ciudad de azul y vientos

en las memorias del ayer.
De tus ráfagas de arena
caían pájaros en llamas de las horas.
Ahora cuando es irremediable la distancia
la seda de acordeones me devuelve
la belleza desnuda de tus noches.
El arroma de heliotropos humedece
el recuerdo donde alguien con mi cuerpo
atraviesa tus sombras.
¿Cuál destino dilata los secretos
anhelos de la sangre que me trajo
a esta orilla de tu ausencia?
Atrás queda el asombro por la vida,
el grito estremecido de los sueños,
el vino del adiós.
¿Es ilusorio el gesto de alcanzarte
en el poema?
Ciudad de azul y vientos, tu aire
ardía en alas de candela.

      

El estropicio
de las gotas resuenan
sobre el zinc de la memoria.
Remota llovizna de la infancia.
Atisbo la alegría elemental
de la niña que fui bajo tus aguas.
Es la misma canción estremecida
por la risa de mi hija, con sus brazos
abiertos, flor que gira bajo la lluvia
ardiente, en el patio de mi madre.
Un día somos y el torrente del tiempo
nos lleva y nos devuelve al verdín de las acequias
a muros carcomidos por la ausencia,
a la humedad de lluvias que continúan
cayendo para siempre, sobre las palabras.

        

El tiempo
se deshace en el sepia de las tardes,
en las hojas al viento y en el rastro
de jazmines entre abiertos.
Íngrima soledad de las alcobas.
Ventana donde mamá secaba
cortezas de naranja en espirales
para el té de las tardes.
Casa arrasada por crueles
despedidas. Sus frágiles destellos
se derraman en la melancolía
de las lágrimas.
Junto a la hornilla del corazón
las tintas del achiote tiñen
la antigua melodía. Canción
ajena que hice mía:
“No volveré jamás, jamás se vuelve
El sitio de la vuelta es siempre otro”

Del libro de poemas Ciudad de Azul y Vientos, Caracas 2015



Poema de Lidia Salas en homenaje a Caracas

Ha llegado la primavera

Se que ha llegado la primavera
porque el aire se rinde a la transparencia
del violeta. El árbol reclinado entre el puente
a las Mercedes y el río Guaire
incendia con sus ramos de flores
rosa antigua la monotonía de un espacio.
Las buganvilias ensangrentadas
se desgajan en las tapias por los atajos de la ciudad
y las acacias de la Alta Florida
son jardines aéreos que sostienen la autopista.

Se que ha llegado la primavera
porque las guacamayas sedientas desparraman
su acuarela de gritos más temprano
Y la imagen del Ávila
se estruja sobre el corazón
como sonrisa del ser más amado.
Porque los Araguaneyes deshojan
sus corolas de oro en las aceras,
y el aroma de las flores del Caobo
estremecen con su esencia de azahares.

Se que ha llegado la primavera
porque de mis dedos brotan versos
como flores en los pastizales.
Primavera amarga
porque no tengo tus ojos
para mirar como reverdecía nuestro amor en cada Marzo.



“En barras
de bares solitarios
quedan rastros extraviados
                  de palabras
¿Llegarían a sus destinos
esos mensajes en papel de servilleta?
¿Qué somos además de estos intentos
agotados, repetidos de alcanzarnos?”

(Del Poemario Mambo Café, Mención de Honor I Bienal Ateneo Casa de Aguas,
ediciones Círculo de Escritores de Venezuela 1994)
                                              



Candela

De algún junio remoto
viene esta luz: esquiva transparencia
me ciñe como si fuera un exiliado Dios
atrapado en un perfil de lluvias y lodo.
Exige en su palabra
una ciudad de almendros temblorosos
asediada por todos sus costados
                    de espumas y de arenas.
Se mecen en el hueco de la brisa
los pájaros de luto
abajo,
los ojos de perros desolados
reflejan su hambre en las esquinas.
Partió
de la candela de sus calles
la andadura del poeta solitario.

(Del poemario Luna de Tarot, Círculo de Escritores de Venezuela 2000).
Llevado al teatro por el grupo La Máquina, dirigido por José Tomás Angola









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