viernes, 3 de julio de 2015

KIM KYUNG-JU [16.454] Poeta de Corea del Sur


Kim Kyung-ju

Kim Kyung Ju es un poeta y artista coreano.

Kim Kyung Ju nació en Gwangju, provincia de Jeolla del Sur, Corea del Sur en 1976 y estudió Filosofía en la Universidad Sogang. Debutó en 2003 en el Concurso Literario de Primavera de Seoul Shinmun. Empezó como poeta "clásico", pero ahora hace performances de poesía, teatro, musicales y películas independientes. Su primer poemario Soy una estación que no existe en este mundo se publicó en 2006 y vendió más de diez mil ejemplares.

Obra

A menudo sus poemas tienen un narrador que vaga sin parar en ningún sitio. Como los nómadas, los narradores de sus poemas rechazan instalarse y disfrutan explorando los límites de la libertad. En medio de este viaje, sienten la profunda esencia de la vida.

Kim Kyung-ju trabaja desde diversos ángulos para preservar "lo poético" en un mundo que le da la espalda a la poesía. Busca superar la crisis que sufre la poesía a través de contactos con otros géneros del arte, por eso no solo escribe poesía, sino que está muy interesado en performances y eventos, como exhibiciones y conciertos de libros. Con su activa experiencia en diversas actividades culturales, incluyendo teatro, musicales y películas independientes, además de la literatura, trabaja denodadamente para permitir una comunicación fluida entre los jóvenes poetas y escritores y sus lectores organizando festivales literarios.

Su primer libro Soy una estación que no existe en este mundo está siendo traducido al inglés. Secciones del libro irán apareciendo en importantes publicaciones literarias de Estados Unidos como Boston review, Guernica, Hayden's Ferry Review, Fairy Tale Review, Spork y Asymptote'.

Obras en coreano (lista parcial)

Poemarios

Soy una estación que no existe en este mundo (Na-neun i sesang-e eops-neun gyejeol-ida 2006)8
Epitafio (Gidam 2008)

Premios

Premio Literario Kim Soo-young (2009)9
Premio al Artista Joven Actual. Sección de literatura (2009)




El mundo externo 

Nacido sin brazos, él fue un pintor que dibujaba sólo al viento.
Sosteniendo el pincel con la boca, sobre el lienzo
dibujó vientos que nadie conocía.
La gente no podía discernir la forma de sus dibujos.
Pero su pincel fluía muy muy lejos y luego de regreso,
emitiendo un sonido igual a la suave respiración de un niño.
Si un dibujo no tenía éxito,
se subía a un acantilado y abría la boca durante meses.
Para encontrar un color jamás visto antes
dejaba caer un volcán negro en el interior de sus ojos.
Lo que solía dibujar eran
las manos que había dejado en el vientre materno.





En mi walkman fluye el Ganges

En días solitarios me toco la carne. 
      Me pregunto si la música que ha rondado por cada rincón de mi cuerpo aún sigue viva dentro de mi piel. 
      Desde la noche en que cumplí doce, he estado encendiendo hogueras azules dentro de la radio. Aun cuando la brisa es muy ligera, la música vacila como a punto de la desaparición, la desaparición, pero bajo una lámpara baja que da una luz húmeda estoy recordando un eco que vuela en dirección opuesta a la Tierra.
      Estoy esperando a que esa tarjeta postal llamada alma venga volando desde mi antípoda.
      Esta noche, al recordar lo que un artista alguna vez dijo sobre la sensibilidad imposible, ya de vuelta en el callejón tras comprar una manada de veinte cigarrillos, bien pude haber pensado en los fríos ojos del Buda que podría haber frecuentado este callejón, el Buda que se habría apoyado, temblando, contra la pared, sin poder recordar su pueblo natal. Finalmente regreso a la música al pensar que una pestaña de Buda podría estar tirada aquí en algún lado.
      De todas las disciplinas de Buda, la de vagar siempre fue mi predilecta. Vagar es así. Sentado en cuclillas, con la vida de uno temblando toda. Incluso en días en los que el corazón colapsa de amor. Despierto. Solía sentarme temblando en un cuartito trasero. Cuando pensamientos como éstos me visitan, mis ojos sueltan un olor a río.
      Mi walkman gira y enrolla varios miles de años del Ganges en mi oído, y de las grietas junto a la ventana asciende el olor de los sueños que los muertos sueñan junto al río. Tal vez el olor de todos los sueños que nunca pudieron soñar en vida está fluyendo hacia cada ventana en la ciudad. Aunque me pregunto por qué la cabra blanca atada al palenque de la posada llora toda la noche.
      Podría ser que la cabra blanca recuerda todos esos astros para aprender la expresión humana soledad. Aquella noche, mientras el joven Buda se sienta mordiéndose las uñas sucias en el alféizar de la Casa de Huéspedes de Baba, mirando hacia abajo al agua oscura, hay una vida que desea escribir, mientras las tierras extranjeras de mi cuerpo son muchos gritos. Cada lágrima era un punto de fuego temblando finamente en mi ojo.





Hielo seco

—De hecho soy un fantasma. Un ser vivo no podría sentirse tan solo. 1

Hay veces en las que, de pronto, olvido la letra de mi madre.
Y puedo sentir en las ventanas de diciembre que
el tiempo que me separa de mi lugar natal está en estado crítico.
Eso es romance.
Esta vida será problemática hasta el final.

Con mi cabeza metida en el refrigerador del supermercado al final del callejón,
esculco los bienes congelados,
y toco de pronto un pedazo de hielo seco.
Las horas congeladas me queman y se pegan a mi piel.
¿Qué podría la vida —viviendo en tal frío, para luego desaparecer en partículas tan calientes—
estar deseando negar?
¿Podría ser que, en ese breve contacto,
las horas, más puras que el ardor apático,
consumieron todos los momentos que habían echado raíz en mi cuerpo?

Tiemblo como si hubiera perdido todo mi calor corporal.
Brillo brevemente en el callejón con el resplandor del mercurio,
como si hubiera revelado todos los paisajes nocturnos que llevo dentro.
He de perecer como mártir en los tiempos en que no pude vivir.
Un viento lodoso atraviesa la luna
mientras los aires que no pudieron ascender lentamente a los cielos
fluyen, congelados, hacia las casas
como fantasmas.

1. Tomado de un poema del antiguo poeta Chim Yeon.


Versiones del inglés de Eduardo Padilla






From I Am a Season that Does Not Exist in the World

Kim Kyung Ju


The Ganges In My Walkman

          on lonely days I touch myself

          the music roams the empire of my inner and outer body
and yet I wonder whether it lives

          the blue campfire in the radio I've smoked since the night I turned 12 and the blurred wind flickering, it picks up white noise and waves it goodbye; just now, dimming the moist light under the low lamp I think of one echo flying to the opposite side of the earth
          and from that farthest side of our planet, opposite to myself, is a postcard named the soul that I wait for

          I guess tonight is about an impossible sensibility, I remember a certain artist's saying, in this alley buying 20 cigarettes I might've thought the Buddha's cold eyes came and left, not remembering his home, leaning against the wall in shivers; and because the Buddha's one eyelash seems to have fallen somewhere, from just the idea, I barely become music

          among Buddha's accomplishments I love wandering most; wandering is just so. crouching, one's life trembling, on the day love and the heart break I wake in the attic where I used to quiver. when I think of this my eyes smell of the river

          for several thousand years the Ganges wind and turn in the ears of my Walkman. rising through a tiny crack in the window, the smell of the dreams that dead people on the river are dreaming. it is either that or they are alive and can't dream the smell of dreams which draft through every window in this city. either way, why does this goat tied to the post outside the inn cry all night?

          from so many constellations rooted in the sky the goat might remember one single expression people call loneliness; at night, perching from the windowsill of the Baba Guest House, young Buddha bites his bloody finger. peering down into the black water there is life when the cries of my body's foreign lands wish to write, and in my eyes, slightly trembling, the tears are a fever





Touch Of

                    for Lee Ahn

          I must speak with a critical lens about dusk as a pattern in my eye— I will talk of a pattern as an interval that you hold and that grips you

          Between the chamber inside the elapsed tree and alley where a dead bird lives, there is a wind wedding them that is missing silence— and because I meet you, the wind dispersed the street within the night's scent and grief swept people through the deep sleep of time— here I will write a word; wind is an orphan

          I will talk between the bicycles I discard and the bicycles I lose— the inside we ride is being well groomed— birds without ears like snow falling and the white snow dipped in the sea, it injures the color— on that day I must endure the snow and bring back my love to the home I have known

         The cloud hangs a red stomach on the mountain gate— around that time, lying on some desolate rotation, I think of the relationship of the earth in the key of snow exorcising a star

         Because the sound of water inside falling snow is dark around the time of winter, dark grows bleak in the wave of my eyes— today you stand and sleep— silence wishes to return my deep abnormality in the scales of the stone and shadow, for when shadow and river stone become one, it is of a single darkness that wetly relates.


Translated from the Korean by Jake Levine and Jung Hi-Yeon






Read translator Jake Levine's interview with Kim Kyung Ju:


Salt Farm at Night

dragging like dead men on the river
darkness falls on the salt farm
island shadows are carried on the wind
soaked fish in water
white snow fogging the surface
through a scrapped vessel’s window, the reflection of the river’s darkness
a stain seagulls left on the cabin floor
water at night peeling off the scales of fish
the collarbone of the clouds reflect the distant light of a house in mourning
eyes come to see the ebbing tide blur the salt farm
and at night evaporate to white
as a man placing a stone on his injured horse
sinking it into the river and returning
here is the landscape that wind might have painted
spreading the white sound of water like words from the dead
inside the sea without light, why don’t we call that sound the soul
red doesn’t spread across the sky, red crosses underwater
for many thousands of years watch the bitter light of the river rolling
the water’s internal organs to see






The Night Text Messages from the Young Girls of the Sugar Factory Roll By

Below freezing my beautiful sugar is melting. Ugh. Like bacteria, floating snowflakes. People come out on the streets and are hit by snow like “D”. They say if lots of snow falls on the body, the body melts. With soft feet we climb to the roof and text. I miss you. Below freezing tonight, they say they will give us a blanket because it is cold. My beautiful sugar is melting. I have to buy new bird feed. Tonight, below freezing, will the snow fall “Do Re Mi Fa Sol La” and sleep fly through the window? At dawn while watching falling snow through the dormitory window “Do Rae Mi Fa So La” like a charcoal brick, I took one shit. Ugh. My beautiful sugar is melting, but if the bird freezes to death I must sit on the chair with my eyes open all night. My brother who wrote beautiful poems put me up a barren tree. He told me they say if you are holding the bird that died with its eyes open, you must fly following the floating snow in the eyes of the dead bird. You must fly all night and that’s life. Brother, where are those sentences now? Dig a dog hole in the wall. Got to buy bird feed, but the plastic earrings I bought keep falling on the floor. My beautiful sugar is melting and the bugs that melted to death in the sugar bite their nests and fly away. Every time I carry down the off-white panties I hung on the roof, piece by piece against my chest, where does our sugar fly off to? My calves break like sugar cubes. My beautiful sugar is melting and red snow inside my head flies wildly. Gathering next to the wall, we pass around the frozen gum from our pockets. My beautiful sugar is melting and snowflake fins waft in the city. Below freezing, I want to live whispering at night and curl my eyelashes like a mannequin. Ugh. Dreams where I wear pajamas and am packing boxes are awful. My sugar is melting, but I am Spearmint. I am Juicy Fruit. Underneath my skirt, gym clothes. Underneath my skirt, gym clothes. Like lowering panties in a cramped bathroom, goodbyes are not as embarrassing as ideas. Ugh. My beautiful sugar is melting, but I am inside the snowman I made. Will you come and play at my grave? I will give you all the deer I carved from soap.





After Life    
    
Does the existence of time have anything to do with God?
—Levinas, “Le temps et l’autre”



At the end of an alley, clothes in a yellow box
old clothes I used to wear and blankets
I cram and run
from the clothes I don’t perfectly fold
and feel uncomfortable when I turn away.
One day soy sauce spilt on one side of a sleeve
falling out the box like a melted window
if darkness completely fills in this alley
and some shadow rummages through the box
it may understand others’ heat
like the interior of another’s eyes I borrowed for a moment
or a pocket, again and again, I used to turn inside out
time and so on is not something that is all mine, I think
I will cover the clothes, I will return the blankets
during the passing of this life
for a moment the heat of my body will comfort and warm.
With two hands in the pockets of my pants
all day when I lie against the wall
and the window covers me with heat
and my skin is outside every blanket, the seams loosen
and I lie down in the pale yellow clothes of death.
The space I don’t understand
that I entered through borrowed time
is moral in a different life.
And at night others in the afterlife begin to congest.


Translated from the Korean by Jake Levine, with the assistance of Jung Hi-Yeon ("Salt Farm at Night"; "Afterlife) and Hedgie Choi ("The Night Text Messages from the Young Girls of the Sugar Factory Roll By").








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