martes, 2 de junio de 2015

BEATRIZ BOLSI DE PINO [16.170]


BEATRIZ BOLSI DE PINO

Argentina.
Profesora en Letras, egresada de la Universidad Nacional del Litoral. Docente e investigadora  en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la U.N.L.

Disertante en Congresos de Lingüística y Encuentros de Escritores en el país y en el extranjero (En Las Palmas de Gran Canaria-(España); en Quito (Ecuador);y en Santiago de Chile). Sus cuentos y poemas han merecido numerosas distinciones en certámenes literarios provinciales, nacionales e internacionales.

Ha sido distinguida como Mujer Destacada de la Colectividad Italiana por el Com.It.Es, de Rosario en marzo de 2007, por su trayectoria cultural.

Libros individuales publicados: en 1991 “Los caminos del aire”(poemas); en 1999 “El trazo infinito” (poemas) ; en 2005 “Imprevistas criaturas” (poemas y relatos), en 2008 “Tradiciones y leyendas del mundo”, y en 2011 “Mujer que escribe” de la Colección “Luz Azul”, “La vida por delante” (2012), Del Centro de Publicaciones de la U.N.L. Su obra poética se encuentra en más de treinta antologías.

Es  Presidenta de la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.) Filial Santa Fe desde el año 2005 y organizadora de la Biblioteca de esta Institución.


Niebla

Se extraña
          en estas horas
la silueta del sol
                    entre el follaje.
No hay fiebre de luces
y en el ancho lienzo
                           del horizonte
oscila un pájaro.
Las tinieblas
                   todo le han robado
                                    a este paisaje.
Busco mi rostro
         en la tarde
                           y no lo encuentro.




EL OLVIDO DEL ÁNGEL

                                                                         (A una calesita abandonada)

Dicen que un día
                           un ángel
con un tajo del cielo
                                          le milagró la vida.
Que el viento le soltaba las riendas
e inundaba de luz
                              los pájaros perdidos.
A un lado
del camino
le han colgado las sombras
de tiesos maniquíes.
Muere
                             sin gestos
la tarde.
Como se apaga un rostro
                                      en la cuna vacía.





(Poema inspirado en un trabajo de técnica mixta de la artista plástica Zulma Molaro-Muestra Amalgama III)

NACER PALABRA

Nace de mano abierta
entra por cualquier ventana de la casa.
Canto de arena
                      desde la piedra antigua
la despierta
y un apenas fueguito alcanza
                                       para entibiarla.
Asciende
por los ojos del día
                  hasta el silencio blanco.
Garúa de infancia
Sombra de ala  volando bajo
                         en el atardecer rosado.
Nacer palabra. Con hambre  y llanto.
Con desnudez
                          y rebeldía.
Azul de mariposa sin peso
                                       por el viento
                           para desordenarnos la mirada.
Volverse harina que se amasa
     para que en panes
                   llegue su fragancia.
Lo dice todo
en su delgado universo
                             de sonido y de página.
Lo dice todo
aunque – a veces-
                      parezca
                                   que no dice nada.




La espera

Viene de pétalos húmedos
azulclareando el aire
tatuada de polen y en falda de brotes
la nueva tarde
de esta primavera.

Viene de mecer
el norte de los ríos
el viaje incierto de una helada estrella
sobre la llanura.

Viene de luz
de otros cristales
a descorrer cortinas
en armoniosa majestad de lluvia.

Viene de andar la espera
del invierno
de calentar su claridad de alba,
tan de dolida sombra
de cenicienta desnudez de vuelo,
tan de eclipse de verdes y
pleamares de viento.

Viene de prodigar milagros en las
rubias esquinas
azulclara
en falda de brotes
la nueva tarde
de esta primavera.





Ofrenda 

Hoy ha dejado el ceibo
su centenaria ofrenda.

Con los brillos del alba
ha modelado en ráfagas
de pétalo sangrante
los charquitos pequeños
los bancos
las hamacas.

Y siente el caminante
un milagro de alfombra
enrojecida
sobre los silenciosos caminos de la plaza
después de la tormenta.




Abuelo inmigrante

No te conocieron
mis ojos de niña.
Quedó suspendido en mitad del tiempo
mi ademán de mano
buscando
tu mano.
Y aún retiene el viento
que viene del Norte
recuerdos de un cuento
que hubiese querido
oír de tus labios.
Pero soy lo mismo nieta de tu sangre.
Siembra de ese sueño que tuvo
por cuna
la proa de un barco
y en lento camino
hacia raíces hondas
extravió los mares
resumió distancias
y ahogó soledades
bajo la ancha sombra de los paraísos.
Fue la nueva tierra
de aquel inmigrante.
Asombro de un mundo de vastos albores
y campos de lino
que bebió sin pausa tus ansias
de muchacho gringo.

Y esta geografía
supo de tus sueños,
de noches de insomnio,
del llanto de un hijo,
de andar horizontes
-polvo, pueblos, campos-
y cielos iguales.

Y un día cualquiera
-tiempo de calandrias-
con el mate amargo en las manos fuertes
de algún viejo amigo
la esencia del sauce, del ceibo y el río
te entibió la tarde,
mitigó el recuerdo y
fuiste, nono gringo,
un poco argentino.

No te conocieron
mis ojos de niña
por eso
mi marcha por la misma senda,
por las mismas calles de veredas altas
del que fue tu pueblo,
rescató el recuerdo
del cuento perdido.

Y es dulce saber
que esta tierra mía
-toda pampa y cielo-
te brindó una cuna para
que descanses
del largo camino.

Abuelo lejano,
mitad italiano
y tan argentino.




Alfarero de voces

A Oreste Abbiate, querido maestro

“Cuando me vaya de mí
por qué la greda...
sin alfarero?”
O. Abbiate. “Por el atardecer”


Déjenme un instante.
A solas y en silencio.
En el silencio memorioso de la tarde.
Necesito hablar con alguien.
O tan sólo evocar, espiar por la ventana de mis días
una imagen.
Tan leve como el beso de un niño,
cálida como el abrazo que damos al amigo.
Inamovible y feliz como pocos recuerdos.
La imagen de un amigo.
Mi querido maestro trabajando.
Trabaja el sembrador,
el alfarero,
el músico,
el poeta.
Una palabra escala latitudes
y vuelca en lava de volcán su acento.
De dos palabras nace una
y nace ya con su tonada de árbol
con su perfil oral entre los juncos
con mágico clamor de pregones urbanos.
Palabra que es de todos, y sin embargo,
es “su” descubrimiento.
En la arcilla intocada duermen
todas las formas.




La sílaba que elige

el alfarero
nombra
el círculo del tiempo que retorna;
otra, la línea recta
al infinito.
Aquélla traza, “en un batir de alas la uve
de los vuelos”
más lejos dibuja “ bocas que muerden frutos”
o duerme, horizontal,
su eterno sueño.
La palabra es arcilla, esclava misteriosa
que responde al latido y cabalga a la grupa
de los versos nuevos.

El mundo no es el mismo después que él lo ha nombrado.

Así labraba Oreste sus poemas
semillas en el surco.
Entero, “por el camino de las heridas”,
alfarero de voces
derrotando al olvido.

21/08/2000





Familia

Con el latido breve
virginal
de la simiente
el blanco lienzo arropó la vida.

Desde ese instante
desde el ayer
y siempre
alguien fue abriendo
las puertas del lucero,
desnudó claridades
en canciones de cuna
improvisó manojos de rocío
para ahuyentar
los miedos
y fue lavando
en su regazo de agua
la doliente impiedad de cada día.

Intima comunión de lumbre y ala.

Sobre su almohada de árbol
germinó todo el cielo.




Utopía

Se me ocurre pensar
a veces
- hebras de desaliento que me asaltan-
que quizás en el fondo
nada nos pertenece.
Ni esa mesa en la que tantas horas
inclinamos la espalda
ni la casa y su patio
los amplios ventanales
hacedores de luz en la fría mañana,
ni esos libros ajados
que llevan en el margen el trazo
de quien fuimos.
Ilusorias
cautivas
todas nuestras pertenencias.

Baldías propiedades de un territorio triste y único:
ése que acoge los trozos de un camino
sin rostro.
Nada nos pertenece:
ni la guarda de cielo que ocupa nuestro patio
ni el segmento de río que viniendo de verdes
roza una orilla urbana
que se le vuelve ajena.
De soñador
creer que algo se tiene.
(¿Es utopía
pensar en dejar huella?.)

Reviso a solas
las habitaciones de un tiempo
recolector de recuerdos y presagios.
Y me pregunto entonces
mientras escucho las bocinas
del mundo
alargando la mirada más lejos
de los primeros brotes de los árboles
me pregunto- decía-
dónde quedaron
los pasaportes de un territorio
que pudo
alguna vez pertenecerme.
Repetición del tiempo

Primer minuto del nuevo siglo.
Lo reciben estruendos y petardos.
Fuegos artificiales
y murgas en el cortejo del viento.
Nudos de algarabía en las roncas gargantas.

El nuevo tiempo se inauguró en el cielo.
Hasta la madrugada.
Todavía goteando las manos del rocío.

Más tarde
-muchas horas más tarde-
vinieron las preguntas a insolentarme el día:
¿cambia acaso el amor
con el cambio del siglo?
¿la simpleza esencial de los abrazos?
¿se vuelven agua clara los fangales?
¿encontrarán los cuerpos
en los días que llegan
el incierto alimento?

Todo el rumor del siglo ardió por un instante.
Y en el silencio sin respuesta
un único minuto consumido:
este andar incesante por las mismas heridas
y por las futuras que soplan
cenizas en las sienes.
Este mirar de sombra
que estalla.
Desnudo.
Vanguardia de la noche.
La ciudad ocurrirá –siempre-
a contraurgencia
madrugando a sus hijos ignotos.

Bajo la huyente luz
de los inviernos
algún suicida
colgará sus cruces
muriendo en sueños
por caminos de aire.




Tierra y Estrella

Me sostiene este día
con sus amplias ventanas
este día casual
inalterable.
Me sostiene las manos
de pájaros dormidos
como riendas de luna sujetan la marea.

En los suaves silencios
en las encrucijadas
allí donde la tarde me presenta sus muros.
En el exacto punto donde el viento
se vuelve torbellino.

Me sostiene de perfil, con su abrazo
descubriendo palabras en islotes
de sueño
buscándome en el plano del agua
de mapas memoriosos,
invisibles.

Me sostiene
encendiendo la esperanza
cuando camino desnuda de horizontes
en los tensos repiques del insomnio
cielo triste de invierno sin vuelo
de gaviotas.

Y me sostiene aún
cuando se acorta el plazo
de pintar la alegría en altos miradores
o de vestir con hebras de la noche
las pequeñas terrazas de la ciudad desnuda.
Cada día,
incansable
para hacer el milagro.
Pulso de estrella y tierra que me afirma.
De raíz y lumbre
el gesto.

Me sostiene tu amor.




Los otros matices

La ancha ciudad
domina
los matices del gris.
Ese gris blanquecino de la niebla
que agrieta los tejados
y silencia los pasos en el alba.
O este gris ceniciento
de la mansedumbre
que llovizna en los ojos
como oscura carcaza,
este gris de fingida indiferencia
necesario
cada día
para cruzar el asfalto.

Yo me quedé tendida muchas veces
sin ansias ni armaduras
sin avaricia de sueños ni defensas
tendida
para esperar la luz
por el camino del viento,
para ser, quizá, la primera huésped
de la simiente del sol.

Esta mañana
avanzó sin premura
tan igual a las otras
tan gris de bronca y escasa de redaños.

Una vulnerable oscilación del péndulo
confinó las comarcas de los grises
sacó pañuelos y cuerdas de guitarra
de la húmeda raíz
de la memoria
y en impensable recompensa
recibí -lánguido viento de latitudes del naufragio-
con la voz en la grupa,
la franca libertad
de otros matices.




Imprevista criatura

Poesía: “imprevista criatura, breve como el relámpago”.
(Octavio Paz)

Le suelto mi cabello a la esperanza
brotan semillas
y van cubriendo
las manos de la brisa
y es una inmensa luz
que se resbala
este poema abierto en el espacio.

Pentagrama de soles
despierta
con notas atrevidas
los pliegues de mi falda.

Va por mi cuerpo como agua de cascada
como aroma de antaño
como una piedra virgen que hace estallar las manos
como una chispa de árbol
doblándose de incendio...

Tambor en el pecho
que combate en los labios.

Si se rompe en fragmentos diminutos
cada nube en azul
cada vuelo que se tensa en un himno
cada piedra rodando
y repartida
al otro lado de la calle clara
esparce en abanico
los cielos imprevistos
de un poema.







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