lunes, 18 de mayo de 2015

HUMBERTO JARAMILLO ÁNGEL [16.010] Poeta de Colombia


Humberto Jaramillo Ángel  

(Calarcá, 1908-1996)

Fue poeta, ensayista, cronista, narrador y uno de los más importantes agentes del desarrollo cultural y literario del Gran Caldas. Dirigió por muchos años la revista Mensaje y colaboró en incontables medios, en especial con sus ensayos y artículos de reflexión (El Espectador, El Tiempo, la Revista de la Universidad de Antioquia, el Boletín Bibliográfico del Banco de la República, Mundo al Día, El Gráfico, la Revista de Indias, Kanora, etc.); de especial importancia fue su colaboración en La Patria de Manizales, con el seudónimo de Juan Ramón Segovia. De formación autodidacta y con variados intereses literarios, Humberto Jaramillo Ángel fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Recibió múltiples condecoraciones y homenajes que dan fe de la importancia de su obra para la literatura colombiana.
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BIBLIOGRAFÍA

Cuento:

Multitud. Manizales: Editorial Atalaya. 1940.
Temperatura. Manizales: Imprenta Oficial. 1944.
Paralelos de angustia. Bogotá: Editorial Iqueima. 1953.
Camino adelante. Medellín: Editorial Bedout. 1959.
Regreso del viento. Armenia: Editorial Quingráficas. 1972.

Poesía:

Boletines de mar [Prosas poéticas]. Calarcá:
Tipografía Vigig. 1941.
Viento en los caminos [Prosas galantes y notas del
diario íntimo]. Armenia: Impresora Dutor. 1979.
Límite de la sombra. En Kanora (Calarcá), 26-27, 1988.
Coros de otoño. Calarcá: Ediciones Kanora. 1992.
Final del amor. Calarcá: Ediciones Kanora. 1997.

Crónica:

Viaje a la aldea. Armenia: Editorial Quingráficas. 1983.

Ensayo:

Letras y letrados. Manizales: Impresa Departamental
de Caldas. 1962.
Cerca y lejos de España. Armenia: Editorial
Quingráficas.
1974.
Camino de imágenes. Armenia: Ediciones Kanora.
1990.
  Vargas Vila con otros escritores. Armenia: Editorial Quingráficas. 1998.







CANCIÓN PARA QUE NO ME AMES HOY

No me ames hoy
porque hoy quiero tener las manos
olorosas a tierra,
como dos raíces hondas
y que en vez de palabras
en los labios me nazcan hojas.

Quiero tenerte ausente
para que crezcan en mis pupilas ríos
y que mi sangre sea profunda savia de planta
y que mi carne brote ramas
y que todo mi ser florezca racimos y espigas
para que me sacuda un ágil viento de palmas.

No me ames hoy
que tengo unas largas manos de tierra.
Que mi lengua se torne en una llama de tierra.
Que mi corazón sea un grito de tierra.
Que mi frente sea una palabra negra de tierra.
Que mi voz sea del sabor de la tierra.

Sí.  No me ames hoy.
Ayúdame a hundir mis pies en las eras
para que me sacuda un ágil viento de sierras
y me circunde un fuerte anillo de piedra. 

Quiero tenerte ausente
como una estrella lejana.

Quiero que me dejes hoy
que yo ame largamente la tierra.



TODO LO PARTÍ CONTIGO

Todo lo mío lo partí contigo:
el blando pan de mi mesa,
el agua pura y fresca
de mi tinaja de barro;
el grano de la espiga madura;
el vino dulce de mi copa llena;
el viento abrileño
que llegó a mi ventana,
la piedra y el verde pino
de mi largo sendero,
la leve lluvia y la clara luz
de mi candil de arcilla.
Todo lo mío, amor, en mi destino
lo partí contigo.
Mis lentas y mejores horas
en silencio las partí contigo.
El canto del ruiseñor del alba
lo partí contigo.
La delirante serenata de Schubert
y las ardientes notas de los preludios
de las flautas ambiguas
del infeliz Chopin, todo lo mío, 
amor, mis ensueños y quimeras,
lo partí contigo.  Y, sin embargo,
todo lo mío está conmigo.





Mientras cesa la lluvia

Mientras cesa la lluvia 
se adormecen los árboles, 
se apagan los ecos del martillo, 
se cierra la última ventana, 
se prende el primer candil, 
canta el último ruiseñor, 
cruza, en busca de su nido, 
la parda golondrina 
y ladra, a la distancia, 
el primer perro callejero.
Mientras cesa la lluvia 
Prometeo sigue encadenado,
Endimión borra el paisaje de la tarde, 
Ariel sigue siendo joven, 
Próspero se obstina en su cátedra, 
Proteo pisa la tierra, 
Sísifo torna, con su carga, 
a la montaña, 
Caín vuelve al mundo 
y Gestas se reprime y suda.
Mientras cesa la lluvia 
Josefina danza su danza griega 
hacia el crepúsculo 
en el Partenón, 
a Friné los jueces la absuelven, 
Beatriz inspira al Dante, 
Judith decapita a Holofernes,
Esther seduce al viejo Assuero, 
la serpiente habla en el manzano, 
Sara se ríe de Abraham, 
la mujer de Lot 
al mirar hacia Sodoma 
en llamas 
se convierte en estatua de sal, 
Judith deja de ser virgen 
y Job se llena de lepra.
Mientras cesa la lluvia 
Luis, en Francia, pierde la cabeza, 
María Antonieta es decapitada, 
Dantón y Robespierre van a la guillotina, 
el Sena se llena de cadáveres, 
París es río de sangre,
se toman la Bastilla, 
crece la muerte en las calles, 
truena la metralla, 
se nubla el horizonte, 
y triunfa la revolución.
Mientras cesa la lluvia, 
surge Napoleón, 
Italia es vencida, 
llegan los ejércitos al Cairo, 
el emperador sube a la pirámide, 
es invadida Rusia, 
arde Moscú, 
huyen los franceses 
y, a lo lejos, 
se divisan, ya, Elba 
y Santa Helena, 
la muerte para el héroe llega
y Francia entera 
se hunde en sombras. 
Y el mundo clama 
por un nuevo amanecer.
Cuando cese la lluvia, 
volarán las águilas romanas, 
resonarán las campanas, 
cantarán los ruiseñores, 
florecerán las amapolas, 
espigarán los trigales, 
hablarán las piedras 
y se escuchará la Marsellesa.
Cuando cese la lluvia
Jesús volverá a la tierra.





Cromo de invierno

Vientos ligeros.
Brisas tempranas.
Nubes oscuras.
Cerradas ventanas.

Pasan las horas.
Caen las hojas.
Lentos murmullos 
de bocas rojas.

Oh, la nostalgia 
de leves brisas.
Oh, la presencia 
de tus sonrisas.

Alba de invierno.
Brumas errantes. 
Dialoga el viento 
con los instantes.

Cerradas ventanas 
bajo el conjuro 
de las mañanas.

Nada conturba 
mi pensamiento, 
ni borra el eco 
en los confines 
de la mañana.

Oh, la nostalgia 
de leves brisas.
Oh, la presencia 

de tus sonrisas.


ÚLTIMA NOCHE DE LOCURA


I

Estaba solo. Nunca, acaso, estuve, en mi larga vida de ocios y desdenes, de silencios y de hastíos, creo, más solo. Una bruma rebelde e intensa llenaba, esa noche, el jardín. Llenaba el huerto. Llenaba los patios, los corredores y las alcobas de mi vieja casa provinciana. Y el viento, tal vez un helado viento de invierno, contribuía, de minuto en minuto, a la confusión de las cosas y de la penumbra circundante. Era, aquella, supongo, una fría noche de lunes. Un lunes de octubre.
Solo en mi alcoba. Otras ocasiones, sin duda cuando empecé a darme exacta cuenta de mis primeros trastornos mentales, también estuve, en idénticas condiciones, y en esta misma alcoba, solo. Entonces me aburría mucho. Uno, en determinadas épocas y circunstancias de su vida, comprende, sin remedio, que vive solo en la tierra o que tiene que morir, solo, en el mundo. Y se pone triste. Es absurdo. Yo he vivido, casi siempre, muy solo. De tanto estar solo, hace años, fue que me provino el terrible mal de la locura. No de mi hábito de leer. No. Ciertas lecturas, como ciertas drogas, suelen aprovecharle más al espíritu que a la materia. A mí me ha sucedido, de continuo, eso.
Un tío mío - que se ordenó de sacerdote y que murió mala muerte de vejez y de abandono me decía, un poco profético y sarcástico, al mismo tiempo:
- Hijo: si no dejas de leer, si no te tomas un largo descanso, terminarás, a la postre, por enloquecerte.
Pobre Juan de Alfonso, el único cura que hubo entre la numerosa familia de los Grisales. ¡Murió de abandono y de vejez!
No estaba, sin embargo, por mero capricho mío, solo en mi alcoba. El médico, al despedirse, días antes, fue categórico:
- La noche del primer lunes de octubre, estábamos a mediados de septiembre, usted deberá pasarla, solo, en su alcoba. Ojalá no se lo comunique a nadie. Ni aún a Berta, su amante.


II

Al principio de la noche, como ustedes pueden suponerlo, yo tuve no sé qué extraña desconfianza o no sé qué extraño miedo. ¿Por qué, me decía, tiene que ser, esta, mi última noche de locura?
Y un miedo atroz, como de niño que se encuentra, de pronto, perdido y solo en un bosque, se apoderó de todo mi enfermizo estado de hombre para quien no habían existido, en su pueblo, en el feo y antiguo pueblo en donde nació, ni halagos, ni riquezas, ni honores, ni ventura de ninguna clase.
Era, el mío, un miedo horrible. Hondo. Y tan cargado de dura incertidumbre y de sospechosas dudas que, sin poderlo evitar, sin poder reprimirlo, me decía, en un complicado abatimiento de nervios y de rara incapacidad de dominio:
- Esta habrá de ser, para mí, acaso, mi última noche de locura. Habrá de ser, también, mi primera noche de muerto.
Y, por largos minutos, quizás por largas horas, me ponía a esperar la súbita llegada de la muerte. Me dolía, así, la cabeza. Yo he sufrido, desde mi lejana infancia, cruelísimos dolores de cabeza.


III

No sé, al fin, cómo pude dominar el miedo. Me tomé unas pastas. Me sequé el helado sudor de la frente. Estiré, hasta donde pude hacerlo, los brazos. Abrí la boca para gritar. Pero no pude gritar. Era, naturalmente, inútil que yo, en medio de mi soledad total, gritara. Me asomé a la ventana. Afuera, en la calle, la noche hervía de frío, de viento y de bruma. Había, en verdad, aquella gélida noche de primer lunes de octubre, en la aldea, mucha y muy hermosa bruma. Había, como se los dije ya, mucho viento. O no mucho: un poco de viento, nada más. No es lo mismo.
Abandoné la ventana y torné al borde de la cama en donde, por fuerza, y por mandato del médico, debía pasar, sentado, la totalidad de la noche.


IV

No sé, en forma precisa, cuánto tiempo estuve sentado al borde de mi cama. Pero no importa. El tiempo, a veces, es lo que menos importa cuando de lo que se trata es de esperar una mejoría de salud, una mujer amada, el arribo de un barco o la partida de un tren. Pude haber estado, casi inmóvil, en completo silencio, una hora. Dos. Tres. O más. La noche, ante todo, se prolongó inquietante y lúgubre.
Lo que sí recuerdo muy bien, con entera precisión, es el desfile de tácitos recuerdos. De tácitos fantasmas. Todos me hicieron inesperada compañía. Viejos recuerdos. Y viejos fantasmas de otros tiempos lejanos.
Al principio, el primer recuerdo que se hizo presente ante mi extraño estado de ánimo, fue el de Simbad el marino. Llegó, Simbad, a mi alcoba, en compañía de Cosme Grisales, un pariente mío que murió ahogado, una noche de tormenta y naufragio, en el mar del sur. ¡Pobre Cosme! ¡Y pobre Simbad! Ambos, como venidos de ultratumba, me hablaron de sus viajes, sus aventuras, sus riquezas y sus lances de amores y piraterías.
Cosme, más que Simbad, me habló de fabulosos tesoros marinos y de sumergidas minas de oro, sumergidas ciudades y sumergidos barcos de cuya oscura existencia sólo él poseía el secreto, el dominio y la clave. Simbad, oyéndolo, no sé si lo que fingía sentir era envidia o emoción. Creo que era envidia: Simbad, mi amigo Simbad, era, a diferencia del Simbad árabe, un ser malo, torpe, sensual y envidioso. Sumamente envidioso. Cosme, en cambio, no era envidioso.
Luego de Simbad y de Cosme, mi pariente trasegador de mares, llegó un verdadero ejército de mendigos, de harapientos, de enfermos, de lisiados y hasta de mujeres que se exhibían, ante mi loca estupefacción, desnudas, ebrias e indefensas. Unas de aquellas mujeres no habían rebasado, acaso, los veinte años. Otras, por el contrario, ya eran casi ancianas. Unas ancianas, por cierto, con los cabellos en perfecto desorden, trágicos los ojos, secas las bocas, caídos los senos y desdentadas las mandíbulas. Danzaban, en torno a mi lecho, como bailarinas de circo. Las jóvenes, en cambio, permanecían hieráticas, mudas y como hechas, todas ellas, de piedra o de mármol.
El último en llegar, pasada la media noche, fue el lívido esqueleto de un perro. Aullaba. Abría, al hacerlo, una boca inmensa, fétida, honda y tan cargada de agudos dientes que más que a boca a lo que se me parecía era a un túnel, tachonado de piedras blancas. Le sonaban, como esquilas trémulas, los huesos de las costillas y de la cola. De las fosas nasales le salía humo, humo azul. Humo de azufre. Infernal.
Cuando al cabo se marchó ese esqueleto viviente, cuando se apagó el acre olor a satánico azufre, se me ocurrió encender la lámpara. Entonces la encendí. La luz, una luz roja y violeta, llenó la alcoba. Su presencia, la amable presencia de dicha luz, me llenó de plácida alegría. Me sentí como acabado de salir de un fresco baño. Como recién venido de un vergel. Como joven viajero que baja de un avión, de un transatlántico o de una sucia carreta urbana. Me sentí nuevo. Sin deudas en los bancos. Sin casa hipotecada. Sin acreedores y sin la mortal pesadilla de la locura. Me sentí aliviado. Sano. Sin el más leve síntoma de enfermedad mental.


V

Al llegar a esta parte de su relato, Fausto Grisales, un hombre taciturno y huraño, hizo -para ofrecerles a sus visitantes, una copa de vino- una larga pausa. Luego, poniéndose de pies, concluyó:
- Era, en efecto, aquella, la noche del primer lunes de octubre. Al amanecer, como el médico me había recomendado soledad y entereza de ánimo, no quise levantarme hasta ya muy avanzado el crepúsculo. Dormí, así, todo el día. Una barbaridad.
Desde entonces, y de esto van corridos algunos años, yo uso este vestido negro. Uso esta corbata de lazo. Uso este sombrero de anchas alas. Uso esta larga melena. Uso este bastón y esta hermosa violeta morada en el ojal de la solapa.
Por eso, también desde aquella noche, las gentes se obstinan en llamarme poeta. Quizás tengan razón.





LA DIMENSIÓN DE UNA OBRA

Humberto Jaramillo Ángel Una operación aritmética valida la afirmación del escritor en la entrevista que en junio de 1994 realizaron, Juan Diego Lozano y Luis Fernando Londoño, para la televisión comunitaria de Calarcá: de los 88 años de edad que registraba a su muerte, en 1996, estimemos en 65 años su ciclo intelectual, ya que todo indica que muy temprano, antes de los 20, producía las primeras colaboraciones periodísticas y aún a sus 84 agostos, vigorosos poemas mítico-históricos como el incluido en esta edición. Durante ese extenso lapso, calculemos en 300 columnas de 2 páginas cada una, su producción anual, concediendo que no todos los días ejercitara su oficio: obtenemos la impresionante cifra de 19.500 artículos, ó el doble de páginas (39.000) –diseminados en periódicos regionales y nacionales como La Patria, Diario del Quindío, El País y varios otros-, equivalentes a 100 libros de 200 hojas (400 páginas) cada uno.

A esto sumemos 16 libros editados en los disímiles géneros literarios que también abordó en su trabajo de prensa: narrativa (crónica, cuento, novela), ensayo (reseñas bibliográficas y de cinematografía, tema en el cual fue pionero nacional, semblanzas, crítica, etc.), comentarios de actualidad regional y mundial, poesía; de igual forma añadamos otros trabajos periódicos o casuales para revistas, libros compartidos, poesía inédita, otras publicaciones, como el prestigioso Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, encargos, exposiciones e intervenciones públicas, y hallaremos, a través y al final de la indagación, una obra de dimensión y densidad asombrosas, sin comparación posible, por lo menos en una amplia comprensión regional. Casi toda construida en el estrecho dominio de Skyros, su casa de la calle 41, en Calarcá.

EXTENSIÓN Y CALIDAD

Se nos dirá que extensión no implica calidad o importancia. Concedido. No obstante, si se estimara insuficiente la presumible exigencia de los medios destinatarios de sus textos y de sus editores, atengámonos a conceptos de contemporáneos suyos, escritores e intelectuales del prestigio del también calarqueño Luis Vidales, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Rafael Maya, Otto Morales Benítez, Héctor Ocampo Marín, Lino Gil Jaramillo, Julio Alfonso Cáceres, Adel López Gómez, entre otros, o de estudiosos actuales de su obra como el profesor Carlos Alberto Castrillón, y César Reyes vélez. La edificación literaria de Humberto Jaramillo Ángel -coinciden ellos- tiene un sólido sitial que soporta con suficiencia los embates del tiempo y del voluble canon estético.

CALARCÁ, REFERENTE LITERARIO Y CULTURAL

No será esta la forma más ortodoxa de resaltar la importancia de un escritor y de su obra, titulares de todas las preseas y menciones culturales de su época, incluyendo su designación como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua; pero en la contemporaneidad que nos cobija, las cifras y las distinciones cuentan. Nos importa, en últimas, más que redundar en la condición de Jaramillo Ángel como prolífero emblema de la intelectualidad, en esta conmemoración del centenario de su natalicio, reconocer en él uno de los fundadores, quizás el más importante, del referente cultural y literario que distingue a Calarcá y al Quindío.

No es patrimonio desdeñable el legado del maestro y de quienes lo acompañaron en ese logro colectivo, espontáneo, subsidiario al trabajo individual, pero de valor social inestimable. En el sentir de quien hoy recordamos con calarcariñosa admiración, expresado en varios de sus escritos, a riesgo cierto de omitir nombres, fueron colegas y coterráneos suyos: el ya citado Luis Vidales Jaramillo, Baudilio Montoya, Carlos Restrepo Piedrahita, Antonio y Arturo Cardona Jaramillo, Héctor Rojas Castro, su hermano, Rodolfo Jaramillo Ángel, Jaime Buitrago, Rogelio Maya López, Fernando Arias Ramírez, Carlos Cuartas, Evelio Arbeláez. El solo despliegue de esta nómina parcial de creadores literarios, la mayoría de ellos ya extintos y por desgracia sólo parcialmente relevados, legitima el prestigio de nuestro municipio como nicho cultural. La utilidad de tal condición y su vigencia actual son temas extensos que ameritan reflexión ciudadana. Proponemos un amplio espacio de debate, auspiciado por los actores culturales activos.

OLVIDAR Y EVOCAR

Lo controversial de la personalidad de Humberto Jaramillo Ángel, sus, irascible intemperancia, ego desbordado, desenfrenos pasionales, actitudes clasistas, que concitaron odios y desafectos, lo dejamos a la anécdota. Preferimos evocar al disciplinado, autodidacta creador que contra la tiranía paterna se negó a consumir su existencia en una pira de carbón, al maestro formador de juventudes, al librepensador, al bibliófilo con miles de títulos y autores de la literatura orbital en su biblioteca y en su mente, al escritor generoso en el elogio, en el reconocimiento del mérito ajeno, y leal en la crítica, al defensor exaltado de la dignidad del oficio, de la profesión del intelecto, a quien convocó y mantuvo connotadas amistades, al padre de Umberto Senegal, único escritor de oficio y compromiso en la Calarcá de hoy, inexplicablemente relegado como docente a un aula de educación primaria; en fin, a quien comprendió, filtró y proyectó la universalidad desde esta entrañable localidad.

 HISTORIA DE JOSÉ CARLOS
JUAN RAMÓN SEGOVIA (Seudónimo de Humberto Jaramillo Ángel)

En un país extraño, lejano, casi perdido en el Asia, murió, hace meses, el amigo José Carlos. Fuimos compañeros de infancia. Era un espíritu rebelde y altivo. De la escuela, una mañana, lo despidió el maestro. Entonces se marchó de nuestra aldea brumosa y hosca. Y no volvió nunca. Una ocasión, recibí de su puño y letra, fechada en un pueblecillo de Bolivia, una carta suya. Aquella, en realidad, no era lo que pueda llamarse una epístola. No. Era un grito de alegría, un suspiro de ensueño o una forma hermosa de la felicidad. José Carlos, entre otras cosas, recuerdo que me decía, en sus cuartillas escritas sin ortografía, sin cuidado y sin arte literario de ningún género: Nada más delicioso que las aventuras. Se vive de tumbo en tumbo. No se sabe en dónde se pasará la noche ni hacia dónde nos guiará el sol. Se va como sin rumbos fijos. Es muy grato amanecer en un pueblo y anochecer en otro. Los puertos y las aldeas son todos parecidos. Las mujeres aman lo mismo en una ciudad de Argentina que en esta aldea de Bolivia en donde ahora me encuentro. Esta aldea está perdida entre la nieve, el olvido y el silencio. Y los días siempre tienen veinticuatro horas. Hay, aquí, una capilla pequeña. A veces voy a misa. Conocí en la sierra, un pastor protestante que se llama, como cualquier gringo, John. Jamás se me ha ocurrido echar de menos el pueblo donde nací. El pueblo que tienen una escuela de donde me expulsaron por rebelde, una mañana de no recuerdo qué mes.

José Carlos anduvo y anduvo. Fue, con su alegre corazón, a todas partes. Parecía un amable judío errante. No le quedó, acaso, tiempo de pararse en el camino de la vida, a descansar. Supongo que no descansó nunca. Iba como el viento o como los pájaros migratorios. De un mar pasaba a otro mar. Y de una ciudad a otra ciudad. Una vez lo condujeron a la cárcel. Aquello sucedió en Guatemala. Luego lo pusieron en libertad. Entonces se marchó a México. En una población mexicana trabajó como herrero. Pasó a Cuba. Vivió en Cienfuegos. De allí lo hizo huir el calor. Tenía el alma de un beduino. Era la suya, sin embargo, un alma limpia. Conoció todos los caminos. Durmió en todas las posadas. Y fue alegre, alegre, alegre.

Con todos sus viajes, con todas sus bellas aventuras en el mar y en los puertos, en las sierras y en los valles, entre marinos ebrios y entre negros estibadores, entre caucheros y entre viejos gauchos, no tuvo, en efecto, el amigo José Carlos, lo que pueda ser llamado historia. Porque no fue historia la suya. No fueron historia sus fugas de un país hacia otro. Ni los meses de cárcel en Guatemala. Ni los años de errancias por Bolivia o por las pampas argentinas. No fueron historia, dulce e inefable historia, sus nostalgias de París ni sus noches de frío en plena Nueva York. Nada, en el vivir errabundo de José Carlos, merece ser considerado, tal vez, como verdadera historia. Todo fue en él, a manera de una gran mentira azul, fugaz, irreal, fantástica y absurda.

Nada descubrió José Carlos para que su vida merezca los honores de la historia. Nada inventó. Nada hizo para el mejoramiento de la humanidad. No fue casi nadie. Nada creó. Nada agregó a todo lo ya conocido. No realizó una obra de aventurero. No escribió un libro. No tomó parte en el derrocamiento de un régimen. No fue anarquista. No fue nihilista. No perteneció a ningún partido político ni se hizo desterrar de ningún país. No fue revolucionario. Ni monedero falso. Ni contrabandista. No hizo, en total, otra cosa distinta a la de andar, andar por todos los caminos, por todas las ciudades y por todos los rincones de la tierra. ¿A dónde no fue, con su sed de caminante, de peregrino insatisfecho, el amigo José Carlos?

Fue, en efecto, a los más remotos lugares. Su vida fue una fuga constante. Desde niño. Nació para fugarse. Para no permanecer, en un sitio, por más de un año, un mes o una semana. En ocasiones, en un aduar, apenas demoró una mañana o el tiempo necesario para que un barco se hiciera, de nuevo, a la mar. Iba de playa en playa como las olas marinas. Andar fue su único destino. Y lo cumplió a cabalidad. Sin mengua de su voluntad. Sin ahorrar esfuerzos para la marcha. Era como el viento o como las aves migratorias.

Y la muerte lo encontró, como era lógico, lejos de la patria querida. Lejos del solar nativo. ¿De qué murió y cómo murió José Carlos Bermúdez? No lo hemos sabido. La noticia llegó a sus familiares como llegan, de pronto, todas las malas noticias. Solo se sabe que ese hombre, ese judío errante, dejó de existir en la aldea remota de un remoto país del Asia. Con ello debe ser, quizás, suficiente. José Carlos Bermúdez, en su extraña vida, no dejó al morir, historia. Su historia, aunque parezca mera paradoja, es la de no haber tenido historia.

HOJAS DE DIARIO

Junio 15. El padre Canuto (Casafus), -que ahora administra la única parroquia de una pequeña villa con escaso rendimiento de misas y parco cocido de habas en la artesa -haciendo un chiste tonto, como todo lo suyo-, aseguró que él, antes que leer el "Otoño del Patriarca", leía, más bien, a Juan Ramón Segovia. Estúpido chiste, repito. ¿Qué pierde, García Márquez, con el simple hecho de que Canuto no lo lea? Más de quince millones de americanos, europeos y asiáticos leen a "Gabo". Además, Casafus ni lee al Otoño ni a Bertoldo ni a nadie. ¡Qué va a leer si un libro como el citado cuesta $170.oo y ese gasto puede disminuirle, en mucho, los femeniles estipendios calarqueños de Canuto! No paga, Canuto, un libro que recibe, al "fiado", ahora fuera a gastar semejante cantidad en "inútiles compras".

Junio 17. Me opuse a que en Calarcá se le diera, este año, la medalla Baudilio Montoya a una dama calarqueña, de clara inteligencia y de viejo trajín en las burocráticas labores en cierta botánica dependencia del Estado. Fui enfático y sincero. Esa dama, dije, tiene, de sobra, inteligencia. Lo que le hace falta es obra literaria. Poética, digamos. ¿Qué ha escrito, en sus ya luengos años de vida, en torno a la literatura, la ilustre señorita? Nada. Jamás ha escrito un verso. Un cuento. Una novela. Un ensayo crítico. No ha escrito ni siquiera un modesto artículo en donde se hable de Calarcá y sus letradas gentes importantes. En esto consistió mi oposición.

Junio 25. Hoy, día de lluvia, he terminado la lectura de "Racine", la hermosa y minuciosa biografía escrita por el francés Pierre de Lacretelle. El libro empieza con 12 ensayos sobre el teatro de Racine. Los escribió Jacques de Lacretelle, hermano de Pierre. Desde "La Tebaida" –primera pieza teatral del genial Racine- hasta "Atalía", se discurre, por ese pequeño universo de sesenta páginas, como bajo el hechizo de un misterioso bosque de ensueño. Al iniciarse, en sí, la biografía, el autor se interroga:

"Cuál de las dos cosas preferiríais: ¿o que hubiera sido un buen hombre, identificado con su mostrador –como Briasson- o con su alma, como Barbier, que cada año hacía con regularidad un hijo legítimo a su mujer; buen marido, buen padre, buen tío, buen vecino, comerciante honrado, pero nada más; o que hubiese sido bellaco, traidor, ambicioso, envidioso, perverso, pero autor de "Andrómana", Británico, Ifigenia, Fedra y Atalía"?

Julio 4. Compro, en Armenia, en la librería de Luciano Moreno, dos libros. Se trata de dos diarios íntimos. Uno lo vivió y lo escribió un pobre señor nacido en el año 1.633 y de nacionalidad inglesa. Son 209 páginas. Y qué asombro: no hay, en tales páginas, una sola que valga un bledo. Su autor, Samuel Pepys, más que poeta, que novelista o que crítico, lo que de veras parece haber sido fue un asno. Voté los cuarenta pesos que di por este imbécil compendio de estupideces. En cambio, el "Diario" de Jorge Tichnor –nacido en Estados Unidos en el año 1.791-, sí es una maravilla. Qué prosa. Qué fluidez de estilo. Y qué interesantes las notas escritas para referir el encuentro con Byron, Goethe, Walter Scott, Humboldt, Wordsworth, William Russell, Stael, Meternicch y Hamilton:

¡Ticknor sí vivió y escribió un auténtico diario!

MINICUENTOS DE HUMBERTO JARAMILLO ÁNGEL
Leidy Bernal

Incluir 20 minicuentos bajo el nombre de Estampillas, en Suenan Timbres, convirtió a Luis Vidales en uno de los precursores en la escritura y publicación de textos con este formato, no sólo en Calarcá, el Quindío y Colombia sino en Latinoamérica. Según datos señalados por Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer en Los minicuentos de Ekuóreo (2003), en 1903 se publicó por primera vez en Hispanoamérica una muestra de nueve minicuentos, en Notas humanas, del colombiano Alfonso Castro. En 1917, el mejicano Julio Torri, quien antes de dicho descubrimiento, ocupaba el primer lugar publicó su microrrelato A Circe en Ensayos y poemas.

La anterior relación cronológica, permite ubicar el trabajo de Vidales en el desarrollo histórico del minicuento y trascendencia, desde el punto de vista de la preocupación que teóricos europeos, estadounidenses y latinomericanos muestran por las raíces de esta forma narrativa en tales espacios geográficos. Hasta hace poco, de acuerdo con estudios recientes de la minificción en el Quindío, encontramos que luego de Luis Vidales, Humberto Jaramillo Ángel, según un ajado recorte de periódico, en 1932, a sus 24 años de edad, publicó siete minicuentos, bajo el título Crónicas de la calle. Es desconocido el diario del cual se recortó el artículo pero existe la hipótesis de que perteneció a "El Esfuerzo", periódico para el cual este colaboró durante su juventud en el Quindío.

Este hallazgo es relevante no sólo por la época en que los textos fueron escritos y publicados, sino también porque confirma que el Quindío, en especial Calarcá, tuvo una importante participación en los orígenes del microrrelato en lengua española, con escritores representativos como Vidales (1926), y Jaramillo Ángel (1932), Julio Alfonso Cáceres (1936), Roberto Restrepo (1953), Jaime Lopera (1967) y Nelson Osorio Marín (1976). Dicha participación y representatividad la mantienen vigente cultores como Umberto Senegal, consagrado a la escritura, estudio y difusión del género, Fabio Osorio Montoya, Jaime Lopera, José Raúl Jaramillo, Hugo Hernán Aparicio y Alfonso Osorio Carvajal.

En las Crónicas de la calle de Jaramillo Ángel, encontramos el impacto e influencia de las Estampillas de Vidales. Historias sencillas e hiperbreves, donde puede escucharse el tono de Enrique Ánderson Imbert, en diálogos como el empleado en Los vendedores de arepas, cuyo final se resuelve a la manera de este maestro argentino del minicuento, gritando: arepas, arepas, arepaaaaas.

Tomado de la revista Minificciones 67, monográfico dedicado a Humberto Jaramillo Ángel. Calarcá, 29 de agosto de 2008.

OBRA LITERARIA DE HUMBERTO JARAMILLO ÁNGEL
Umberto Senegal

Luis Vidales y Humberto Jaramillo en "Skyros" La obra publicada en libros, del escritor calarqueño Humberto Jaramillo Ángel, quien firmó centenares de glosas con el seudónimo Juan Ramón Segovia, consta de 16 títulos editados entre 1940 cuando se publica Multitud, primero de ellos, y 2007 cuando la joven editora quindiana Leidy Bernal, dentro de su exigente proyecto de recuperación de literatura regional edita Cuentos, selección hecha y comentada por el escritor Carlos Alberto Castrillón.

En vida de Jaramillo Ángel (1908-1996) se publicaron 13 libros. Cinco de cuentos: Multitud (1940), Temperatura (1944), Camino adelante (1959), Paralelos de angustia (1963) y Regreso del viento (1972). Cuatro de poesía: Boletines de mar (1941), Viento en los caminos (1979), Límite de la sombra (1989) y Coros de otoño (1992). Tres de ensayos: Letras y letrados (1962), Cerca y lejos de España (1974) y Camino de imágenes (1990). Uno de historia municipal, Viaje a la aldea (1983), descripciones y reminiscencias comarcales de la antigua Calarcá, el más allegado recuerdo literario de gente, costumbres y paisaje urbano, rural y cultural de dicho pueblo.

De manera póstuma se publicaron Final del amor (1997), poesía donde Jaramillo Ángel alude, con lírica confidencialidad, a la relación que sostuvo a finales de los 80 y principios de los 90 con dos lúbricas jóvenes de Armenia quienes, de una y otra forma, son protagonistas de estos poemas. Vargas Vila con otros escritores (1997) ensayos en torno al autor de "Ibis". Y Cuentos (2007), citado atrás, cuya segunda edición se publica, con motivo del centenario del natalicio de Jaramillo Ángel, junto con El escritor y Calarcá, selección de glosas hecha por el escritor Hugo Hernán Aparicio Reyes, ambos con patrocinio de la alcaldía de Calarcá.

Su primera obra la publicó Segovia a los 32 años de edad y la última a los 84. Es el autor quindiano con más textos publicados en periódicos y revistas colombianos. Si se compendiaran sus cuentos, glosas, ensayos, poemas y otros escritos dispersos en incontables publicaciones colombianas, producidos entre 1925 y 1994, a lo largo de 69 años de persistente oficio literario, su obra superaría el centenar de volúmenes. Nada fácil recuperar, para la bibliografía de tan fervoroso escritor, sus textos publicados en revistas y periódicos de Bogotá, Medellín, Cali, Popayán, Manizales, Cartagena, Pereira, Armenia y otros lugares de Colombia y Suramérica, ocultos en hemerotecas, archivos y bibliotecas nacionales que preservan ejemplares de revistas y periódicos que no devoraron el tiempo y la negligencia de quienes debían conservar dicho patrimonio.

Muchas glosas de Jaramillo Ángel, por su insistencia autobiográfica, sirven de referencia para identificar y rastrear nombres de periódicos y revistas donde colaboró. En las colecciones de diarios y revistas bogotanos publicados entre 1930 y 1950, se pueden recuperar decenas de sus textos en prosa; así mismo, en las entidades manizaleñas que conservan documentos periodísticos de las citadas fechas. Y en Medellín. En Armenia, por fortuna, el estudioso de su obra encontrará abundante material literario. Humberto, generoso con sus textos, publicaba en cuanta revista o periódico solicitaban su colaboración. El retrato más humano, poético y minucioso del Quindío, se haría recopilando y publicando en libros cuanto Jaramillo Ángel escribió sobre la región.

El alcalde de Calarcá, Carlos Enrique López, avanzó un importante paso al respecto, acción de trascendencia literaria que bien podría extenderse a otros autores calarqueños como Eduardo Norris, Nelson Mora, Rodolfo Jaramillo, Baudilio Montoya, Jaime Buitrago, Rogelio Maya López y Carlos Restrepo Piedrahita, entre otros.

HUMBERTO JARAMILLO ÁNGEL: VITAL ESFUERZO LITERARIO
Apartes del primer capítulo de la tesis magistral del investigador calarqueño César Reyes Vélez.

Sus padres fueron Vicente Jaramillo Restrepo y Ana Josefa Ángel Mejía, llegaron de Antioquia para residir en la región de Navarco, tierra fría y hermosa, siendo las labores del campo y la quema de carbón las actividades cotidianas. Don Vicente era alto, rubio, de bigote, recio y fuerte. Doña Ana Josefa tenía parentesco con Epifanio Mejía. De esta unión nacieron en orden cronológico, los siguientes hijos: Gilberto, Elvira, Inés, Carlota, Humberto (quinto hijo), Luciano y por último Rodolfo (también escritor); todos han fallecido. Don Vicente y doña Ana Josefa compraron la casa-quinta de la calle 41 con 27 a un pariente, al frente vivía su hija Elvira donde tenía una fragua, era herrero, y se dedicaba a la fabricación de chapas (propias de las casa antiguas) y herraduras.

Como podemos apreciar, nuestro cuentista es de raíces genealógicas totalmente antioqueñas, sus cuatro (4) primeros apellidos son netamente paisas. Con cierta sangre poética, heredada de su madre, según nos dice Iván Jaramillo y que brotó en los hermanos Rodolfo y Humberto, Jaramillo Ángel.

...Humberto Jaramillo Ángel nació en Calarcá el 29 de agosto de 1908 y falleció en Armenia el 11 de marzo de 1996. Asistió a una casi escuela primitiva donde sobresalió por su rebeldía y su vivaz talento. Dedicado a los trabajos del campo, y alternando sus labores con la lectura a luz de vela, comenzó a conocer a los clásicos franceses: Lamartine, Baudelaire, Racine, Montaigne, Zola, France, Flaubert, Guatier, etc. Al respecto, Rogelio Maya López afirma: En Navarco, una zona cordillerana aledaña a Calarcá, su ciudad natal, pasó toda su juventud sembrando hortalizas, quemando carbón y arriando bueyes. ¡Cuántos pudiéramos decir lo mismo! Siempre en todas estas faenas, andaba con el periódico, la revista o el libro, buscando la luz de su verdadero camino. Tal vez estas mismas labores, estas sanas faenas de campo, le trazaron su ejemplarizante destino. En los días de mercado, bajaba con sus domésticos animales cargados de carbón, quesos, mantequilla, flores y verduras, y en su carriel, venía el cuento, que luego despachaba por el correo nacional para Mundo al Día o El Gráfico, dónde le daban su adecuado sitio y su oportuna publicidad y cuyos directores, veían aflorar al magnífico escritor de hoy, por su vocación y constancia, y de quien creían que era un señor feudal o un caudillo de multitudes semibárbaras; pero nada de eso, Humberto era un oscuro labriego que apenas había pasado dos o tres años por la escuela y nadie le conocía sino en razón de su oficio por la nobleza de sus ascendientes y porque siempre hemos creído que Humberto más parece un gringo importado que un coterráneo nuestro. **

Humberto Jaramillo Ángel sólo estudió hasta tercero de primaria en la Escuela Atanasio Girardot, donde posteriormente fue profesor; luego ejerció la docencia en la Escuela General Santander (ambas escuelas en Calarcá). Trabajó poco tiempo en el Colegio Rufino J. Cuervo de Armenia.

No había cumplido los 18 años cuando ya era uno de los principales colaboradores de Mundo al día y El Gráfico, dos de las publicaciones bogotanas más importantes de aquel tiempo. Posteriormente fue nombrado maestro de escuela rural, cargo que desempeñó por varios años.

...el habitus de Humberto Jaramillo fue duro y arduo, esa formación, desde su nacimiento en medio de una familia antioqueña trasplantada al Quindío, con el trabajo en el campo y la lectura de los clásicos en las letras universales, fueron labrando un conocimiento que iba creciendo en su espíritu, un haber, un capital como dice Bourdieu, más que todo intelectual y también de relaciones: unas de odio y otras de simpatía; en cuanto al capital económico en su vida fue muy escaso, siendo éste según el sociólogo francés el haber más significativo, pues, con él se logran más fácilmente los otros dos capitales, el del conocimiento y el de las relaciones sociales.

...Jaramillo Ángel con unos padres económicamente pobres, pues su progenitor al vivir en la naciente urbe de Calarcá se dedicó a la forja del hierro, elaborando chapas de puertas y herraduras para los animales de montar, sus ingresos monetarios debían ser muy escasos. A pesar de su entorno con circunstancias adversas, fue un hombre admirable, como lo anota su segundo hijo Humberto Senegal, por su capacidad autodidacta, nada de universidades o colegios o talleres, no tuvo ninguna persona que lo orientara. Toda la fuerza investigativa estaba dentro de él mismo, con una pasión enorme por la indagación, en directo contacto con los libros diariamente. Nunca dejaba el libro, no para exhibirlo o para que pareciera un personaje muy culto, cuando no estaba admirando el paisaje o galanteando a las mujeres, leía y subrayaba o hacía escritos en hojas aparte, con un lapicero Parker de tinta verde.

* Entrevista con Iván Jaramillo Londoño en abril 15 de 2006
** MAYA LÓPEZ, Rogelio, Introito, En: Paralelos de Angustia, Bogotá: Editorial Iqueima, 1953, Solapa

 CONCEPTOS SOBRE LA OBRA DE HUMBERTO JARAMILLO ÁNGEL
Jaramillo Ángel es una abeja incansable de la cultura que aparte de propiciar actos como el mencionado antes y de estimular la labor editorial en su comarca y la difusión de las obras que allí se producen, continúa elaborando en sus panales interiores la miel de su propia belleza, de sus personales reacciones frente a la vida y el mundo, frente a los seres y las cosas, autores, libros, obras de arte, sucesos literarios, poemas, ensayos, biografías, cuentos, crónicas, todo ese papel impreso y encuadernado en que el hombre contemporáneo descarga sus inquietudes intelectuales en su afán de comunicárselas a los demás e interesarlos en ellas.

Humberto Jaramillo tiene la gran pasión de España, de sus escritores y artistas, de sus ciudades y monumentos, de sus aldeas y paisajes, de sus mesones y posadas, de sus vinos y sus viandas. Habla de ellos como si hubiera vivido allí toda la vida. Y nunca los ha visitado, como no sea en fantasías y delirios, en las páginas de sus autores predilectos, en el sabor de la manzanilla, en el ritmo de los bailaores gitanos.

Lino Gil Jaramillo

En 1941 Humberto Jaramillo Ángel publicó un libro de prosas poéticas, Boletines de Mar, al cual me referí en otra oportunidad. Este libro, junto con Viento en los Caminos (1979) son algo así como remansos de placidez verbal entre el conjunto apesadumbrado de sus cuentos. Pero no son esos dos libros, sino otros dos poemarios más recientes, Límite de la Sombra (1988) y Coros de Otoño (1992), los que aquilatan su expresión poética.

Su obra es, en verdad, una reacción contra el medio comarcano, una constante beligerancia y lucha subjetiva contra toda expresión vana.

Pero ¡qué diferente es su prosa de su poesía!. Mientras aquella reclama para sí el reconocimiento de ser incontrovertible lenguaje escrito, con el espíritu de Vargas Vila vigilando cada palabra y retorciendo la sintaxis, los poemas de Jaramillo Ángel son lengua hablada que fluye sin tropiezos en versos huérfanos de geometría. Con expresión clara y sencillez expresiva –que muchos no esperarían encontrar en un escritor que ha poblado nuestra literatura de los seres más cogitabundos y desolados-, el poeta reserva un espacio en su obra a las cosas elementales que son fundamento de las más complejas construcciones.

Carlos Alberto Castrillón

Humberto Jaramillo. Otto Morales y Gustavo Quintero ...era un intelectual en "vigilia combatiente". Que su peregrinaje no obedecía sino a un mandato: al arte y, en especial, la literatura. Esta lo mantenía en constante arrebato. Un estremecimiento espiritual impulsaba cada adjetivo que llevaba a sus escritos. Estuvo, invariablemente, en el sitio del hombre que tiene un compromiso. Este, no en el sentido político tradicional en las letras, sino en relación con una misión que él comprendía y aceptaba como su procuración íntima. Leía, comentaba, buscaba libros desaparecidos de la circulación; volvía sobre prosistas que dejaron huella singular, por su estilo, en el pasado. Revisaba lo que se publicaba en el país. Era fiel a sus amigos: los que estaban cerca, en el diálogo personal o en el epistolar, o aquellos –ideales y lejanos- que reunía en los estantes de su biblioteca. Se compenetraba con ese riquísimo mundo de la creación y de la inspiración. Nunca estuvo ausente de ese marco ideal.

Otto Morales Benítez

Pero en Humberto Jaramillo Ángel alentaba un escritor de verdad. Sin exégetas ni turiferarios fue ganando día a día la valiosa condecoración de ser leído. Por eso logró cruzar sin mayores vacilaciones la puerta estrecha de la consagración nacional, hasta dejar su nombre en la pizarra del tiempo, donde sólo brillan los que tienen el poderío de su claridad.

...Cuando entramos en sus relatos, nos vamos conduciendo con cierto recelo, como si nos asaltara el presentimiento de que en la primera vuelta del camino nos alarga sus garras la emboscada. Y finalmente caemos en el delirio, en la embriaguez de las pasiones, olvidándonos del límite de las palabras y la dimensión de las escenas, pues ya apenas tenemos ojos y corazón para seguir tras el fantasma, tras la nube, tras el perfume, tras el susurro lejano que aviva la ansiedad. Porque el arte del escritor consiste, definitivamente, en cambiarnos de sitio, haciéndonos olvidar que emplea palabras como decía Bergson.

En el cuento, Colombia ha sido un territorio privilegiado. Ha tenido grandes y brillantes cultores desde don Tomás Carrasquilla hasta Alfonso Bonilla Naar. Luego, alcanzar una distinción allí donde tantas firmas han puesto su hito luminoso, es razón suficiente para confirmar la jerarquía de un escritor. Y Humberto Jaramillo Ángel, con el solo patrocinio de su voluntad y de su inteligencia, ha logrado traspasar el biombo impenetrable tras el cual se congregan los elegidos. Esto dice, mejor que cualquier ensayo crítico, el valor fundamental de su obra.

Julio Alfonso Cáceres











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