viernes, 29 de mayo de 2015

HUGO SALAZAR VALDÉS [16.142]


Hugo Salazar Valdés 

Nació en Condoto, Chocó, Colombia (1922), y murió en Cali, Valle (1977). Hizo estudios literarios en Popayán. Vivió en ciudades del sur de Colombia, como Cali, Pasto, Buga y Tuluá. Pasó sus días entre los libros, "sustanciándome de su sabiduría", segpun sus palabras. Se jubiló como docente. Fue subdirector de la Biblioteca Nacional y director de Cultura Popular y de la revista del Teatro Colón.

La presente antología es un inventario literario realizado por el propio poeta, poco antes de su muerte. Es una revisión minuciosa y crítica desde sus primeros poemarios de finales de la década de los cuarenta, hasta los últimos de los años setenta. Si bien en sus incios fue influido por el piedracielismo, pronto hizo un giro hacia el verso libre y el lenguaje rítmico y sincopado de la poesía afroamericana. Además de su pasión por "Don Quijote", sus autores favoritos fueron Luis de Góngora y Argote, César Vallejo y Nicolás Guillén. Su obra canta al mar, a la selva y a sus pobladores negros.

Este mundo es su marca, tal como lo señala en el prólogo Fabio Martínez: "Mundo que lo distancia del centro para convertirse en un poeta excéntrico, que lo emparenta directamente con la poesía afrodescendiente inaugurada en el continente americano por Candelario Obeso, Nicolás Guillén y Luis Palés Matos. Mundo que servirá de rito de pasaje entre la invisibilidad del negro y el universo de lo visible"




Hugo Salazar Valdés: una poética olvidada




SONETOS TALÍACOS



Uno

Asomas al balcón de tu sonrisa
la luz que guardas infantil y bella
y aminoras el brillo de la estrella
y la suave frescura de la brisa.

Pones en fuga el alba que destella
fragante en la noche, su nodriza,
y a la alondra del agua que eterniza
su cristalino acento de doncella.

Dorada la luz de trigo se enamora
de tu piel y la undosa cabellera
en testimonio de la ruiseñora.

Sueña en tu lar heraldo de perfumes
inspirado en la rosa que lidera
amanecer y ocaso que resumes.



Dos

Tu amor es de rubí desconocido
en su naturaleza seductora,
de bálsamo el alivio sin demora
y benévolo al ánimo afligido.

Si hablas, se hace tu voz río de aurora,
y tus manos, un sueño repetido;
miras, y tu mirada halagadora,
deja entrever el reino presentido.

La paz del agua que hunde la corriente
repite el rostro de estrellado cielo
en su joven espejo refulgente.

Recobra el alma su expresión dorada
y ante el asombro del sublime anhelo
irrumpe el himno de la bienamada.




Tres

Por la voz de tus manos, bella mía,
imagino de tu alma la colmena
y el coloquio de alondra y azucena
en tu adentro donde nace el día.

La evanescente serenata plena
de los perfumes en tu fantasía
y el anhelo del bardo que confía
en el amor ileso de la pena.

La luz que condiciona su venero
filtra sutiles lampos del estío
en tu delectación de jardinero.

Y en tu adorable corazón que ansío
escuchar en la palma del lucero
el verbo amar en beneficio mío.




Cuatro

Las cavilaciones del amante
junto mi corazón con el rocío
y lo encuentro en celeste desvarío
digno del agua para el caminante.

Mi comarca de eneros y de río
transparente de linfa susurrante
y dulce brisa de aromar constante
te espera con sus dones y lo mío.

En soñar el futuro en nuestra mano
transcurrirán sin advertir la vida
las estaciones del amor humano.

Y no habrá con tu idilio comparada
quien recuerde en la unción desconocida
símbolo igual por la mujer amada.





Cinco

Por la dulzura de tu compañía
y tu especial sonrisa deliciosa,
por esa cabellera primorosa
y tu racimo en flor que me extasía.

Por tus delgadas manos de algún día
que el milagro hizo tiernas y mimosas;
por tu modestia, por tu sal sabrosa,
porque tú alegras la existencia mía.

Porque en tu bien delira la palmera
y el caracol juglar de la ribera
prolonga tu marina melodía.

Digo que este que soy te pertenece
y que en el fondo, que tu ser florece,
te amo como ninguno te amaría.




Elegías


Elegía suplicante

Toma este ramo de mi sangre
que ya la aurora se ha encendido
y oye mis versos esfumarse
en el aroma de los lirios.

Y de mis labios la canción
del emigrante y bien venido,
porque ellos saben del amor
la miel oculta y el hastío.

Mira mis ojos en la bruma
de quien no encuentro lo perdido,
mis pardos ojos que te buscan
en obediencia a su destino.

Piensa la sombra en que me hundo
cuando tu amado nombre digo,
por defenderme del crepúsculo
más bello y cruel si no has venido.

Y en los temblores de mis manos
de haber libado inútil vino,
en la tiniebla de los astros
que no fulgieron con mi grito.

Escucha el tiempo doloroso
nublar mi claro raciocinio
y oscurecerme el horizonte
en su insistencia de granizo.

Dulce es la flauta en la floresta
con los perfumes del racimo,
mas no en el lucero del poema
en la elegía del exilio.

Toma la clave de mi canto
para que sepan el motivo,
de hallarme siempre a ti ligado
como la luz a los caminos.

Dame la paz de tu bahía
para el final de mis oficios,
que voy a anclar mi corazón
en el silencio de tu olvido.




Elegía azul

Como cae la tarde dorada en las colinas
llenan mi corazón tu imagen y tu aliento
y me voy con tu nombre de perla delirando
hasta la primavera sin fin de tu mirada.

Esplendor de rosal y elegancia de júbilo
en cenit de zafiro limpiamente gozoso,
fulges en el estuario que danzan las espigas
hermosa y deseada de los fuegos del norte.

El bello Sur que amara tu delicado rostro
le confirió el encanto de despertar mi voz;
orto y poniente suman gemelas geografías
y en el símbolo gime la sed de mi canción.

Con novia mano escribo tu nombre de jacinto
para que nunca pueda marchitarlo la muerte
y si en la lejanía de la tristeza se oye
que la acallen alegres los vientos siderales.

Bella mía que habitas en la aurora de mi alma
con lento andar delgado de niebla vagarosa,
cuando mires al cielo recuerda que en las nubes
tu corazón y el mío son las alas del sueño.





Elegía infinita

La madre luz, la brisa y hasta las aves huyen
de la conmovedora soledad de mi alma.
En su lugar prospera sin compasión la espina,
yo soy casa de miedo perdido sin sus ojos.

Contra todo lo mío prevaleció el naufragio
de su risa y su pelo de alegres mariposas
y su invasora piel de garúa en verano.

Nada responde ahora al pronunciar su nombre
sino mi corazón negrez enamorada;
juntos, él y yo somos un par de niños ciegos,
que entre la noche vamos cayendo de su lado.





Elegía maternal

¡Aquí te callo, Amor! ¡He comprendido
que el silencio es el último alarido
del que sabe que ya no queda nada!





Elegía reflexiva

No tengas celos de la poesía.
Eres tú misma en ella madrugándome
la respuesta del sueño.

Su inquietud de distancias y de insomnios
es la fiebre de ti, lo que me das.
El deseo de ser sin que lo entregues.

Tu verdad esencial y la alegría
donde mi paraíso rinde sus alamedas
y me nombra campana de tu bosque.

Piensa tú en ella como yo en tu alma.

Solamente de amor, sin la figura,
que el amor, nuestro Dios, no tiene forma.

¡Yo soy tu casa y tú la habitas toda!
Oye a las margaritas sollozando
nuestro perdido sitio.





Elegía de Rocinante


I

El orbe aplaude el ideal y avío
de tu loco señor y su escudero
y olvida tu pavesa de lucero
cual si no hubieras encarnado el brío.

No sospecha los signos del hastío
en que te das desde el andar primero
ni los pesares que pensar no quiero
en tu senda sin pausa ni desvío.

No hay sin tu aval molinos de aventura
ni gracia en la burlesca desventura
de un soñador en trono de esqueleto.

Sin ti tu don Quijote muerto habría,
Sancho flor de sustancia no sería
ni Miguel iniciara el alfabeto.



II

Carnación de martirio. Nocherniego
símbolo del dolor y la tristeza.
Rumiante del ayer. Lágrima presa.
Orto vernal de telarañas ciego.

Rocinante o helado sol manchego.
Suma endeblez de la naturaleza.
Espina que en el alma se interesa.
Ancianidad de lastimoso ruego.

Recóndito gemido de Cervantes.
Debilidad de diligencia ufana.
Mofa del caballero caminante.

En el decurso de la vida humana
tu gradual menoscabo de diamante
precipita la noche castellana.




El mar bifronte



La cruz

Este es el viejo símbolo que un día
sobre sus hombros en letal tormento
y asediado de espinas el aliento
glorificó la sangre del Mesías.

Aquí fue el huracán del mandamiento
cuando alcanzó su edad la profecía
y angustiosa en rigores se cumplía
la anunciación en el deslumbramiento.

Mano de pan para la especie humana
surgió de la tiniebla en la mañana
resplandeciente de inmortal alianza.

Aquí, carne de luz, la rosa crece
y el corazón de mieles reverdece
aunque se haya perdido la esperanza.




Retrato

Míralo allí clavado en la clausura
de su voz en la muerte derramada
y entre soles de sangre deshojada
la flor inmaterial de la ternura.

La hiel en abismática tortura
y en aguijones de dolor plantada,
hinca en la mansedumbre inmaculada
su empecinado diente de amargura.

Flébil de viento y sed y ligadura
y salivas y escarnios y vendido
y en el costado herida la dulzura.

El lucero cordial enceguecido,
un leve lienzo en torno a la cintura
y el himno de la vida suspendido.



Acuarela

Esta preciosa noche
en la ciudad astral,
ha llenado la luna
de amores con el mar.

Célicas islas verdes
de tierna luz vernal,
desfilan el recinto
del corazón del mar.

Y bellas nubes blancas
del aéreo solar,
copian a las sirenas
en su antigua heredad.

Sonoro sol del agua
con cabellos de sal,
mece novias espumas
de fábula beldad.

Azucena nocturna
la bombilla lunar,
matiza la bifroncia
del cielo azul y el mar.



Dónde

¿Dónde andará aquel marinero
tambaleante y andrajoso,
que oí una noche de sirenas
en la cantina del Escorpio?

¿Con su temblor de desahuciado
y la cruz negra del alcohólico,
soñando vagas lejanías
en la amargura de ser otro?

Acaso un viento aridecido
silbe su fardo en los escombros
o los tugurios infernales
la cocaína de su rostro.

Cuando de joven timonel
y pensamiento fabuloso,
soñaba unir en dos mitades
la despedida y el retorno.

Entonces eran de veinte años
los alcatraces de sus hombros,
que entusiasmaban a las bellas
si pernoctaban los de a bordo.

Quién sabe dónde vagará,
en cuál extremo del oprobio
y el sol caníbal de los años
entre las víboras del odio.

Viejo marino abandonado
en las tormentas del insomnio:
aquí en la espina del recuerdo
como a un hermano yo te nombro.





Historia de Mary Bann

Fue en un amanecer de libaciones
con marineros y guitarras,
marimbas y tambores.
Deseada fruta de solar extraño
Mary Bann se llamaba;
la rumba florecía el embrujo
de sus caderas libertinas,
que en ágiles cadencias
prendía hogueras de soles antillanos.

El carmín de la boca presagiaba
las tempestades de Eros
y el viento de perfumes esculpía
la marea bicorne de su pecho.
En la piratería de las manos
el ritmo coronaba el embeleso,
bajo la cabellera alborotada,
en los hombros eléctricos,
que hacían pensar en la princesa
de algún imperio negro;
su demencia floral enardecía
gritando los excesos.

Fiel al demonio de los tripulantes
en la bahía de sus abrazos
anclé la proa de mi nave;
y buzo juvenil,
toda mi sangre
tocó fondo en su abismo
y acalló los impulsos ancestrales.
Fue en un amanecer de libaciones
con marineros y guitarras,
marimbas y tambores.




El mar bifronte

i

¡Este es el mar: acuático delirio!
¡Cementerio de ríos suicidas que se buscan!
¡Lámpara torrencial de espumados sollozos!
Viejo solar brumoso de obreras lejanías
su barba de sal sabe circunvalar la tierra;
es amistoso abismo con sus hombros veleros
y su esplendor bilingüe de orfebre y hortelano.

Solazado en su lecho de claridad materna
se oye bajo el remero voraz de su pelícano;
fabulosa bodega de ambulantes tesoros
el mar es el espejo sonoro del poeta.
Acuarelista ileso de comunes paisajes
decora su esmeralda de cunas y sepulcros
y porque nadie pueda penetrar su secreto
se refugia en la cámara del caracol invicto.

Flores de edad metálica sus islas orquestales
reconstruyen el eco seglar de las sirenas;
renovador eterno es tambor de las olas
porque su estudio sea el templo de la música.

La tarde multitodo de mural y pañuelos
en el bar del crepúsculo despide las gaviotas;
atraca lento el barco cargado de luz muerta,
el corazón es flujo del mar que no termina.


II

De su ruda vigilia enamorado
el mar, toro sin sombra, cabecea
el almanaque de los pescadores;
y la llaga del miedo con el frío
de prontas calaveras, sube, crece,
la seca voz de la ansiedad, en una
vieja estación de ruinas olvidada.

Águila enfierecida y lauro onírico
la vida sin aceites ni esperanzas
del pescador, en el peñón del día,
rueda muda de grises en la ola
que eleva el cero a déspota invencible;
en el acero blanco de los ojos
circulares de sal baila la muerte.

Y miro el mar: rugiente cordillera,
trampa de sal azul, adiós que vuelve;
el mar sin él, sin mí, sin tu presencia,
tuyo, mío, de sí, mar solamente.



Dimensión de la Tierra

– Fr ag m e n t o –

Porque al norte comienza el cautiverio
sangra mi voz con Acandí en la arena
honda de peces, de tinieblas y ángeles.
¡Allí empieza la selva! ¡La ancha selva
que devora, que atrapa, que acribilla,
descomunal, satánica, sin tiempo,
en hoguera de sola lengua verde!
¡La selva muscular y troglodita
con sus tentáculos desconocidos
y su vientre fatal de miles de hornos
doblegando los hombres uno a uno;
apabullando su naturaleza,
su corporal potencia por instantes
de succionador lodo y brea en fuego:
el manto vegetal, la nube verde,
la cordillera de calor, la cárcel,
la casa de la muerte, el mar inmóvil,
la noche pétrea, el huracán del grito!
La selva en donde Dios se perdería
de misterios sin número y caídas.

La presencia del monstruo, la zozobra,
la entraña del abismo, las ficciones,
la fiebre vegetal con ojos ásperos,
la luz crucificada, la tormenta.
El murmullo del tiempo que transita
con pasos milenarios. El follaje
que vigila en su propia faz oculto.
La flor que alumbra hermosa de lucero
e indefensa de niño entre leones.

Las ramazones en antenas verdes
y recias telarañas libertinas.
La visión sepulcral en donde intentan
caminar en la noche los cadáveres
y el silencio con bóvedas de espanto
en enconada soledad caníbal.
La selva ardiente, cruda, temeraria,
fiera, asombrosa, heraldo de agonías.
Artera, en sus encinas enigmáticas
y brumas de diabólica insistencia
o invertidos abismos donde cae
la luz entre la sombra y viceversa.

¡La selva, sí, la ceguez atmosférica;
el cráter lujuriante, espesa, sola,
despótica, bravía, laberíntica,
en mudez de raíces y exterminio;
el recinto de ausencias delirante,
el universo del planeta verde,
la prisión verde, el incendio verde,
el tiempo detenido en color verde,
la manigua infernal, la trampa, yo!
¡La selva que me arrastra y precipita
en ignoradas fuerzas antropófagas!

¡Que me desciende y voy por sus bejucos,
por sus raíces, por sus troncos fúlgidos,
por la absorbencia de su mundo aparte,
por el vaho caliente de los légamos
con huesos de otro ayer y que interrogan;
por el demonio oculto entre los árboles,
por mí mismo que avanzo persiguiéndome
y caigo en su maraña y me incorporo
de sus secretos y sus bichos, su ánima
o aspiro el aire putrefacto y puro;
la nocturna preñez ruda del suelo,
su vigor secular, su extraña vida,
su vegetación terrestre y me contemplo
en la vida que cae y se levanta
en liquen de otras vidas, prepotente;
en los árboles jóvenes, surgidos
del mismo caos, de la misma muerte,
porque la vida es pasto de la muerte
para engendrar la muerte en otras vidas!




Baila negro

Tin tan, tin tan, tin tan,
suena el timbal;
porongo, oblongo, marongo,
ronca el bongó;
gime la flauta,
ruge el tambor
y entre los «chasquis»
de las maracas
va el lagrimón.

La voz gitana de la marimba,
la sed doliente de las orillas,
la negra danza mil maravillas
y entre sus labios de rojo y negro
rieles, panderos y cascabeles
y lunas brillan.
Ay, ay, ayyyyyyyy
la negra da media vuelta;
sube los brazos
y en la epilepsia
de las caderas
hay fogonazos
y batatazos
y entre los senos,
boas perversas,
como en los ojos
de borrachera,
laten los perros
de los ancestros
y de los ritos
de África negra.

Chin, chin, chin,
son los platillos
con voz de anís:
la negra danza mil maravillas
y es todo ritmo su desacuerdo:
ahora se baja, tiembla, camina
la vorágine del cuerpo,
y entre zalemas y giros
salaz y ansioso la sigue el negro
rítmico, loco, carbón de ébano,
noche su vida, grito sus miembros.
Sudan petróleo los negros
en la lucha de la rumba:
el hierro de la alegría
sobre el yunque de la angustia
galopa la voz alcohólica
de las visiones esdrújulas;
rompe el cielo de los cocos
las estridencias agudas;
el negro sigue danzando
tras la fugaz cintura
y hay un instante en que el cuerpo
solloza de caucho y música.

Chin, chin, chin,
son los platillos
con voz de anís.
Porongo, oblongo, marongo,
ronca el bongó,
Gime la flauta.
Ruge el tambor
y entre los «chasquis»
de las maracas
va el lagrimón.
Los negros danzan mil maravillas,
los negros matan sus agonías,
los negros beben y se emborrachan…
¡Ah! ¡Raza mía!




Despedida

Toma mi mano marinera
que llegó el tiempo de zarpar
y están llamando en la ribera
las emociones de la mar.
Llevo en el alma tu recuerdo
y de tu vida la canción,
mas parto, sí, porque en el puerto
he prometido el corazón.

Grumete fiel del litoral
en el navío del amor,
anclo en la rosa nocturnal
y donde nace y muere el sol.
A las mujeres de las islas
flores telúricas de ardor,
canto en las olas que la playa
filtra en diamantes de emoción.
Escucha, amiga de las flores
y de paisajes en la voz:
entre gaviotas y tambores
y las palmeras en su hoz,
Con un pañuelo marinero,
carne de coco y piel de sol,
desde mi barca de luceros
te digo adiós.




La negra María Teresa

Oscura, de tinta china,
era la María Teresa.
Pupilas de lumbre mora,
piel de betún y de brea,
sonrisa de caña dulce
su boca de miel de abejas
y las manos como dos
guillotinadoras negras.
Nunca supieron mis ojos
ola de mar más violenta.

Danzando la cumbia sólo
se puede pensar en ella,
en el trópico vehemente
y oblicuo de sus caderas
como una llama creciendo
en el volcán de las piernas.
El alcohol del currulao
la hundía entre las tinieblas.
Bajo el vestido los senos
tomaban voz de protesta,
en agujas de luceros,
buscando romper la tela
y en la riña las dos palomas
de leche y miel quinceañeras.

María Teresa jugaba
las manos como culebras,
en marejadas de ritmo,
casi loca, casi eléctrica,
casi infantil, casi bárbara,
en arabescos de pena
y era una noche con luna
la sonrisa de la negra.

Prendida de ron podía
verse el fuego de la herencia:
hembra, de africana estirpe,
por la sala cumbiambera,
dengueándose de lujuria,
ya de ron o de ginebra,
ya de aguardiente y guarapo,
repicando con las piernas,
iba enseñando las fauces
de sus enaguas babélicas.

El «bon bon» de la tambora,
el «chingui chingui» que enerva,
el «firilú firilú»
de la flauta nocherniega
y el tronar de los requintos
pólvora de la demencia,
amotinaban su vida
de insondables epilepsias.

Ay, ay, que me ta quemando
la sangre entre laj acteria;
Virgen rel Cajmen, María,
san Antonio, santa Elena,
la calentura mi gente,
la juelza re larechera
y er pícaro rel injuante
que me tiene toa ejtrecha.
Con este decir atávico
ladino de bisabuela,
en el torbellino airosa,
mordida de las flaquezas,
con los brazos entreabiertos
y las manos con dos velas,
iba y venía hierática
la negra María Teresa.








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