miércoles, 27 de mayo de 2015

CAUPOLICÁN MONTALDO [16.125]


Caupolicán Montaldo

(1904-1960)
Escritor chileno; fue director del periódico La Patria. Fue Jefe de Bienestar social de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, y Secretario del Rotary Club de Puente Alto por dos periodos (1944-1945), colaborador en las páginas del "Esfuerzo" y escribió y publicó el libro de poesía "A la orilla del Alba" en 1935; "El Segador de Rocío" en 1939 y la crónica de la Villa de Puente Alto y del Cajón del Maipo "Itinerario Maipino" en 1942. Los libros de cuentos "El Sublevado del Maipo" y "Tres Biografías Breves" no llegaron a publicarse. En el año 1948, Editorial Zig Zag publica "Las Aventuras de Penacho y Cataplún", cuya portada e ilustraciones estuvieron a cargo de Coré.


EL PAISAJE

Campos de Chile,
linda acuarela,
sol, vientos, ríos,
oro y canela.
Montes de plata,
canción que vuela,
el alto monte
de centinela.
Entre los campos
suena la espuela,
y sobre el lago
la luna riela.



CLAVE Y PRESENCIA DEL RÍO PETROHUE

Ángeles de esmeralda combatiendo
con rugientes dragones de esmeralda,
mil pajarillos de esmeralda en fuga
y un bosque de banderas de esmeralda.
Aquí-escuchadlo bien-detuvo el tiempo
su sandalia inmortal. Esta es la infancia
del mundo. La partida
desenvuelta y feliz. La euforia máxima.
y es la embriaguez de toda fuerza joven
la querella, el afán , la batalla.
Vive aquí la pasión del sur alegre
en el vuelo imperial de la cascada,
en la paterna majestad del monte
que sube hasta los límites del alba,
en el rugido de los pumas de oro
y el circulo agorero de las águilas,
la selva de aromáticos cimientos,
y el árbol rojo que vigila y canta.
Y es entre toros de granito y bronce
cada volcán un cíclope de nácar.
Pífanos de esmeralda, cabelleras 
de prodigiosas infantinas de agua,
fino veneno verde del remanso,
geometría de espejos y de espadas,
largo coro de estrellas y de plúmulas,
de escarapelas leves y distancias,
besos de espuma a los pies del padre
con el collar, la flor y la girándula.
Infancia, recia infancia del mundo.
Ángeles y dragones de esmeralda,
banderas de esmeralda,
y en primigenia exhaltación de fuerzas
primaveras y mundos de esmeralda,
música de esmeralda
y eternos alhelíes de esmeralda.





Segador de rocío
Santiago de Chile: Impulso, 1939


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1940-01-07. 
AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA

Desde el título del libro se nos presenta Caupolicán Montaldo como un poeta delicado, fino, emotivo. “Segador de Rocío” es, de antemano, un acierto. Se abre a los ojos del lector un paisaje de amanecida, tembloroso en su misma frescura, radiante.

Hemos hecho nuestro camino con el poeta que nos cuenta en el primer poema:


“En la admirable locura
del segador de rocío,
la noche y el alba alientan
maravillosos designios.
La noche vuelva su vaso
de silencio en los caminos,
burbujas de mil estrellas
rompen el cielo de vidrio,
mientras en la gracia intensa
de los árboles altivos
y en el desmayado gesto
del pasto liviano y tímido,
va surgiendo la cuajada
milagrosa del rocío.”



Con acierto Caupolicán Montaldo maneja el romance y no se deja ilusionar por modas transitorias en cuanto a verificación. Serenamente ha ido plasmando la maravilla de su verso que tiene arcilla, lirios, rocío, estrellas. Todos estos elementos nos salen al encuentro en las páginas de este libro puro.

Es natural que algunos poemas no presenten la misma calidad literaria de otros hermanos; hay caídas, pero son pequeñas. Quizás el mayor defecto del libro sea el no ser conciso. El poeta se ha dejado conducir por su facilidad para versificar y su rica fantasía, de tal modo que no ha tenido un control capas de evitar repeticiones, de vigorizar ideas, de pulir imágenes.

En “Segador de Rocío” se insinúa el poeta delicado que habla sinceramente, que traduce sus pensamientos en versos plenos de un sentido espiritual y humano.

Jamás pierde de vista su amor por la tierra, por las cosas más pequeñas. El color, la luz del campo chileno, se asoman en estos versos de “Carta del Sur”:



“Yo que tenía mi canción alzándose
como un rústico cántaro que espera,
ahora soy el que goza en los dolores
de los surcos, y el agua y el silencio
que es orgía de luz para el espíritu.
Ahora soy el que busca los designios
transparentes del ulmo y de la abeja,
el cuenco melodioso, de las flores
y la emoción eterna de la espiga.”



Adivinamos ese íntimo deseo de Montaldo en todos sus poemas. Es él “el segador de rocío” que va por el campo auscultando el canto de los pájaros, el crecer de las yerbas, la diafanidad de la luz. No debe buscarse en estos poemas el verso pulimentado, perfecto, no. vibra aquí ante todo un temperamento que es a veces infantil para contarnos:



“Hoy he perdido un caballo de plata
donde se abrieran los lirios de oro.
Entre los pasos serenos del agua
su huella acaso es motivo de gozo.”



Caupolicán Montaldo ha dejado en estos poemas una malla de idealismo que nos satura; su palabra ennoblece todo pensamiento y nos relata su emoción íntima sin retorcimientos, con espontaneidad, siempre animado por deseo de ser claro, sin traicionarse nunca. Ha comprendido que su misión de poeta es ésa y parece no importarle lo que piensen de él los demás.

Uno de los poemas más hermosos de “Segador de Rocío” es, ciertamente, el titulado “El Gigante, el Pájaro y la Estrella”. En ese poema hay un derroche de imaginación, de novedosas imágenes llenas de colorido; agilidad en la expresión y una frescura muy a tono con el título del libro. Dice Montaldo



“El gigante traía sobre sus hombros
un pájaro blanco y una estrella de oro.
El río, mensajero de cielos y de noches,
le tendía sus brazos mentirosos,
música verde, vino de distancias,
certero espacio de maduros tópicos,
fiesta de espadas y de vasos
entre una geometría de abandono”.



Nos cuenta que el gigante venía de muy lejos y que traía sobre sus hombros “un pájaro blanco y una estrella de oro”. El río envolvió en sus aguas el cuerpo del gigante, y después:



“Un pájaro aletea junto al río,
eterno buscador, canto sin odios,
ronda de trinos para que despierte
el dueño fuerte que lo alzó en sus hombros.
Y en las tardes rotundas del verano,
y en los minutos agrios del otoño,
entre la cabellera de las aguas,
hurgando el rojo légamo del fondo,
rosa febril, desorientada brújula,
diamante melancólico,
rueda de luz inquieta
de una estrella de oro.”


Y así Caupolicán Montaldo nos habla de su visión de las cosas de la tierra, nos ofrece la imaginería de su verso y pone una nota de intimidad en cada palabra.






Provincia
Santiago de Chile: Nascimento, 1952



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1952-10-05. 
AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA

Premiado por la Sociedad de Escritores de Chile, este nuevo libro de Caupolicán Montaldo tiene la honda significación de una cosecha plena, conseguida, por el poeta de “Segador de Rocío”, obra publicada en 1939, en la que ya se insinuaban los elementos que en este nuevo libro con tanto dominio han sido depurados.

Pertenece Caupolicán Montaldo a la escuela de los poetas subjetivos y si habla del paisaje, lo hace con miras a expresar un hondo sentido anímico. No se traiciona y es siempre claro, limpio de artificios cerebrales, porque no puede ocultar la honda emoción que sacude su inspiración. No por esto Montaldo deja de ser un poeta contemporáneo que gusta de originales imágenes y de acentos que lo revelan avezado artífice.

“Provincia” es un libro homogéneo, enriquecido con una resonancia en sordina, sabiamente conmovida por el humano estremecimiento ante el milagro de la vida y la belleza de las cosas. Poeta generoso, sabe descubrir vetas áureas para dar amplitud al canto y llegar a recónditos recintos anímicos. El lector no puede sustraerse a la belleza que comunican estos versos tan pulcramente escritos. En su poema “Agreste” nos dirá sin mayores complicaciones:



“Eras alegre como el ritual del aromo
bajo el cielo frutal de la leyenda,
como los ojos claros de los lagos sureños
y las lenguas del aire con gusto a hierbabuena”.



Leyendo a Caupolicán Montaldo en este nuevo libro, recordamos la poesía de Juvencio Valle, poeta vegetal, y de Julio Barrenechea, el poeta puro de la estancia del jazmín bajo cielos del sur. Caupolicán Montaldo no imita ni sigue a otros poetas, se hermana con algunos por el acento y la limpidez de su estilo.

Tienen mucho de acuarela estos versos enraizados en la vida provinciana. Así en “Itinerario del Sur” canta con delectación infinita:


“Partí el día en que el ulmo definido
a la montaña azul vistió de novia.
Consagrado de sol y de poleo
llegué a alcanzar la rubia caracola
de extraños mares, sueños y caminos,
en un sorbo de almas y victorias.
Y una mañana limpia, una mañana
alta y cordial como ninguna otra,
llegué otra vez a hablar con el poleo
en mi montaña grávida y sonora”.



Montaldo tiene una limpia visión de las cosas y nos refiere con sencillez la sabiduría que ha aprendido al contacto íntimo de la naturaleza; con ojo de artista puro ha ido desentrañando el misterio de las cosas franciscanas y quiéralo o no, es un poeta eminentemente cristiano. Con maestría ha sintetizado este “Destino del Árbol”:



“El ala fina entre el ramaje nombra
toda una pauta de ternura. El trino
desde su rostro hace morir la sombra.
Y sobre el leño que gozoso prende,
oh, venturo y natural destino,
es la mano de Dios la que la desciende”.



Este libro de Montaldo es ciertamente una lección para los poetas jóvenes que divagan y buscan atrevidas formas, sin ahondar en la verdad poética; poetas que destruyen su personalidad a fuerza de ser ininteligibles para asustar al lector. “Provincia” está saturado de ese anhelo de ser un libro veraz, nacido del corazón y no del cerebro; poesía que no se ensortija, porque no hay necesidad de ello.

A veces se entrega a más hondas reflexiones y su poesía adquiere ondulantes resonancias interiores, mientras el verso se desmadeja como lana en la rueca; así en estos versos de “La Caracola”:



“Está el mar dentro de la caracola
con sus castillos de agua y poesía
y el canto de las hélices con su magnolia de oro.
La caracola
vino del mar un día cuando el mar era niño
y en un ballet de estrellas y delfines
despertaban las ágiles sirenas de la aurora”.



Remotas sugerencias, cantos lejanos, perfiles de las cosas inasibles. No disimula la tristeza que la vida suele dejar en el corazón del poeta que vaga por caminos inhospitalarios. Pero siempre la fe en la belleza, el canto pronto a convertirse en alabanza y acción de gracias. Con cuánta elegancia estampa los versos de su “Arenga”:



“La noche es nuestra. Sube
la voz de las clemátides y el reflector austero
de las campánulas, y la onda corta de las clavelinas
diciéndonos que cabe lo propicio y preciso”.



Noble libro el de Caupolicán Montaldo, cuyos versos nos trasladan a una vida sencilla y buena bajo cielos provincianos. Aquí se ha logrado plenamente la verdad del artista y eso basta.





A la orilla del alba
La Serena, Chile: El diario, 1935



CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1935-05-12. 
AUTOR: ALONE

Entre muchos esbozos de canciones modernas, de imágenes voluntariamente desdibujadas y conceptos que la moda retuerce con su artificio gongorizante o nerudiano, unos romances destácanse, briosos, sencillos, y entre ellos este Romance Simple de una Noche de diciembre, dedicado a un pinto muerto:



“Koek-Koek ha subido
por la escala del silencio
hacia las nobles regiones
de los infinitos sueños.
Alguien enluta la noche
con unos brochazos negros
y coloca luces trémulas
en lo más alto del cielo
…hay que decorar la noche
con unos colores nuevos…
…Koek-Koek va subiendo
por la escala del silencio…”



Es un bello romance digno del extraño vagabundo, del bohemio misterioso que pasaba, no se sabía de dónde ni adónde, y un día se quedó inmóvil, con los pinceles en la mano, sin haber dicho una palabra. Montaldo, su amigo y su poeta, supo interpretarlo y escribió en su homenaje la mejor de sus poesías.











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