martes, 19 de mayo de 2015

BERNARDO PAREJA [16.020] Poeta de Colombia


Bernardo Pareja

(Colombia,  1918 - 2011) Este poeta nacido en el municipio de Quimbaya es uno de los pocos que quedaban, por no decir que el último, de principios del siglo XX.

Su obra, que inicia cuando escribe sus primeros sonetos a la edad de 19 años, ya dejaba vislumbrar su espíritu rebelde, no sólo de pensamiento sino también de forma, ya que nunca perteneció a la parafernalia de ninguna corriente literaria. Gracias a esto, pudo abrir un camino novedoso y transformador en la poesía colombiana.

Su primer libro de poesía “Arcilla Iluminada” lo escribió en el año de 1940, libro que posteriormente fue editado en 1953. Humberto Jaramillo Ángel, en el prólogo de esta obra, hace el siguiente comentario respecto al trabajo del poeta Bernardo Pareja: “En su universo alientan espíritus enfermos. En sus cantaros hay aguas luminosas. Su vino esta hecho de jugos terribles. Su huerto interior está guardado de viejos cancerberos y en su noche tétrica no brilla una sola lámpara de consolación y de esperanza. (...) Es frenético. Es humilde y soberbio. Impreca a Jesús y a Luzbel. Cree en el Cielo y delira con verse hundido en las llamas del infierno”.

La poesía de don Bernardo Pareja, parece reflejar la angustia del ser humano. Un ser humano que no puede encontrar su futuro, siempre esta pensando en su presente y en su pasado oscuro. Por eso mismo, Las palabras empleadas en la narrativa de este poeta logran recobrar el valor de síntesis, y como el mismo lo expresa; “es desde la oscuridad de donde se puede ver brillar mejor a las estrellas y es del polvo de donde se levanta para escuchar la música de los astros”.

En su segundo libro “Limo Constelado” escrito en 1988, la pasión por lo impronunciable se traslada al lenguaje. En el prólogo de esta obra Gabriel Jaime Gómez anota lo siguiente: “hay que conocer al hombre para saber de donde viene esta poesía, a veces tan alambicada y críptica, y entender que se trata de una creación de talante existencial. Es una obra para élites, capaces de hollar en las canteras de la cultura universal para entenderla”.

Las palabras de don Bernardo sintetizan la respuesta a este comentario. La poesía debe existir en espacio tiempo, y ojala este bastante alejada de lo popular”.

Después de este libro, escribe “Celajes contra el Azar” en 1997. En esta obra ya aparece más apaciguado y nostálgico, a veces casi idílico, aunque de vez en cuando la presencia de lucifer hace por ahí su aparición espontánea.

En los tres últimos años la producción poética de don Bernardo ha sido considerable. Libros inéditos como “Erotemas del Adanida” “Poemario Occidual” y un libro de ensayos titulado “Argonautas del Espíritu” donde hace una valoración universal de los indeclinables luminares del espíritu y la cultura humanos, descansan en su extensa biblioteca en espera de que algún editor los acoja en su seno.




Larisa en el alba de mis sueños

Yo conocí en ti el prodigio
del amor que incendia la sangre.
Y supe del deleite contenido
en el pétalo sonrosado de tu carne.

En tu pasión, Larisa, se condensó el goce
espiritual del alba de los sueños.
Vivimos la realidad sensual y ardiente
del renovado edén de los luceros.

Yo canté el pavor huracanado
de los antros nocturnos;
y ahora cantaré con unción sagrada
el amor que embriaga el corazón
y grita insaciado en rosas renovadas.

Los enervantes efluvios de los goces supremos
en triunfales hechizos en ti se agitan;
transfigurada en el fruto prohibido
haces fruitivo mi destino de cenizas.
Ebria deidad de pasiones sonorosas,
espejo de mis ímpetus indomados.

Palpo en el alba, en el día y en la noche
la llameante sensualidad de tu vida.
Mi soberbia de águila de candela
fue por la paloma conquistada.

Larisa… Vivirás en el alba de mis sueños,
en mis anhelos y en mi soledad frutecida.
Yo vi en tus ojos glaucos el incendio
del velamen tormentoso de mi vida.

Cuando en el verde espacio de las hojas
asoman las constelaciones del rocío,
siento una nostalgia honda y conmovida,
y es, Larisa, la de no haber visto
mi sangre insaciada y procelosa
florecida en tu carne sonrosada.





Cuando el Amor se fue

Me parece que fue en octubre,
en uno de sus días grises
y de pautas invernales,
se fue mi Amor...

Y los luceros danzaban
sobre las ondas del río.
Dialogó mi Amor con los manantiales
y con las nubecillas que unce el viento
a su litera de músicas matinales.

Se fue mi Amor cantando
sobre la diafanidad del día.
Mi Amor está muy cerca
al dolor supremo de la vida.





El ángel desterrado

Omnipotencia del abismo oscuro
y emperador del palacio ignito.
¡Ah, ya sé…! Tú también eres infinito
y dueño de un pensamiento puro.
Eres tétrico, pero jamás impuro,
en tu vejada caverna de granito.
Los obcecados ángeles del mito
te llaman réprobo de pávido conjuro.
¡Oh, Satán…! Fuiste príncipe de las alturas
y hoy centinela fiel de las negruras
del infierno donde sueñas silencioso;
eres magno artífice de epinicios
allá en tus insondables precipicios
donde vibra tu grito proceloso.





Exhalaciones del sol naciente

Alegres danzan las libélulas
en aguas de la alberca.
La lluvia,
noble samaritana, sed a las eras calma.
Júbilo de nemorosa hontana
arrulla la mañana.
Dominio oscuro del silencio,
sin rumores, sin ecos.
Palomas del sol
a los milanos abrazan con sus dardos.
Cocuyos decoran y orifican
el manto de las sombras.



Adiós a un musageta

Por: Miguel Ángel Rojas Arias


Con Bernardo Pareja murió el último escritor quindiano de la generación greco-caldense. Publicamos la última entrevista a un periodista de la región.
Hace cerca de un año, en una silla reclinatorio en el corredor de la casa de la finca Amerindia encontré al poeta Bernardo Pareja, con las manos y los pies enrojecidos y extendidos hacia el techo, como si los tuviera quemados. “Véanme aquí, como Blas de Leso”, me dijo cuando nos saludamos. Recordaba al valiente comandante francés que defendió a Cartagena de piratas y corsarios a nombre de España, a pesar de haber perdido la pierna y el ojo izquierdo y el brazo derecho. Sí, como Blas de Leso, con una meridiana claridad mental. A sus 94 años, el maestro Bernardo Pareja García seguía dando batallas infinitas en su vieja máquina de escribir, venciendo el facilismo idiomático de la posmodernidad, a pesar de su impenitente diabetes.

Bernardo Pareja era, sin duda, el último poeta de la generación greco-quimbaya de Caldas, que bebió de los clásicos y del decadentismo francés, de los poetas malditos y del existencialismo de Jaspers y Nietzsche. Heredero de una concepción que le rindió culto a la lengua, adelantado de una cultura refinada y purista, con una visión estética superior. Creador de palabras. “Mi encuentro con los clásicos me fue marcando un camino para abrillantar, darle lumbre, plasticidad, movilidad al idioma. Soy un musageta (poeta)”, decía.

Hijo de fundadores de pueblos

Hijo y nieto de combatientes de las guerras civiles del siglo XIX y de los fundadores de pueblos como Pereira y Quimbaya. Su tío abuelo, Agapito Cifuentes vino de Sonsón, Antioquia, huyéndole a la guerra de 1887 y fundó la finca Palermo, donde ahora vive el poeta con su familia. Don Antonio Cifuentes, hijo de su tío abuelo, fue miembro de la junta pobladora de lo que se llamó Alejandría y luego primer alcalde de Quimbaya. Su madre, Julia García Sánchez era nieta de José María García, uno de los fundadores de Pereira, liberal radical de Cartago, exiliado de Río Negro, que había participado en la famosa batalla de los Chancos, entre Buga y Tuluá en 1876. Así mismo, su abuelo Andrés García, hijo de José María, fue un combatiente liberal en la denominada Guerra de los Mil Días. 

“Nací el último día de la creación divina, un domingo de octubre de 1917 a las seis de la mañana, en un pequeño hospedaje del recién fundado pueblo de Alejandría, en el hotel de las Pareja, las hermanas de mi padre Juan Pablo Pareja Cifuentes. Era día de elecciones en el régimen conservador. Mi padre no pudo ir a Filandia a votar porque había nacido su primer hijo”. 

Así, contando la historia familiar, el poeta mostraba sus pergaminos de liberales y conservadores, combatientes de guerras que lo hicieron a él, por un lado anticlerical y rebelde como sus abuelos maternos, pero conservador como su padre y los Cifuentes que colonizaron a Quimbaya. Anticlerical y conservador, purista y esteta del lenguaje, una especie rara, casi única y en vía de extinción. Que finalmente se extinguió el pasado 6 de noviembre.

Un esteta de la palabra

Desde muy temprana edad, tal vez a los ocho años, empezó a pensar en la palabra, seguramente por su contacto permanente con la naturaleza, con ríos y montes. “Recuerdo mucho a puerto Alejandría en predios de mi gente: el paisaje, el mundo natural de mi infancia. La naturaleza fue creando en mí un mundo interior que era difícil definirlo, hasta que fui entrando en las lecturas, en la literatura universal y empecé a comprender y a cultivar la palabra. Mi teoría es que la poesía no se hace, se escribe con palabras, porque la que se hace es versificación. El poeta es el ser supremo de la palabra, es atemporal, que interpreta todo tiempo, hay una universalización en su palabra”.

Bernardo conectó la visión literaria local con la de universalidad artística, no se dejó obnubilar por el verso fácil, buscó la palabra atemporal y trascendente. Su poesía no es de este tiempo, como dice el profesor Carlos Fernando Gutiérrez, uno de sus estudiosos.

Bernardo tuvo ocho hermanos, incluyendo a Atilano, que murió de dos años. “Fue mi primer encuentro con la muerte, cuando yo tenía cuatro años. Nadie me supo explicar qué era la muerte. Yo creía que Atilano estaba dormido. Mis tías lo limpiaron con flores de Jazmín y lo pusieron en la pequeña cajita de madera. Luego vino Raquel”. El poeta guarda un profundo silencio y las lágrimas le corren por las mejillas. “Era muy cercana a mí”.

Lector impenitente

Cuando publicó su primer libro Arcilla Iluminada (1953), se le tildó como poeta negro. Y él mismo lo reconoce: “Sí, éramos renegados de nuestro tiempo, distintos a los confesionales que acribillaban el espíritu con mentiras”. Para entonces, Pareja ya conocía los llamados poetas malditos de Francia. “Conocí los poetas malditos de Francia entre ellos a Baudelaire, a Verlaine, Rimbaud, y la extraordinaria poeta Marcelina Desbordes- Valmore. Leí las traducciones que de ellos hizo Emilio Carrere y luego las Letanías de Satán, de Andrés Holguín”.

Admirador de Rubén Darío, de José Asunción Silva y de Guillermo Valencia, Bernardo Pareja se inclinaba, entre los colombianos, por Porfirio Barba Jacob: “El intérprete de la desesperación de una angustia de un mundo circundante, Porfirio carga toda esa cosa tremenda, existencial de por qué el mundo y por qué yo, por qué mi desesperación”.

Este lector impenitente buceó en la generación del 27 y creció con Cernuda, Lorca, Huidobro, Larrea, Emilio Prado, Gil Vicente y Borges. “Yo venía de un mundo desesperado, angustiado, el mundo de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Rusa, que habían calado en mi submundo, en el mundo interior, y busqué la imagen que lo interpretara, que me situara en la época, esa imagen la encontré en la palabra y la poesía”.

Un agrómena

Bernardo Pareja se atravesó todo el siglo XX como un agrómena, un hombre que vive en la finca cafetera pero frecuenta la ciudad, donde halla expresiones culturales y tertulias y, al tiempo, un mundo en convulsión. “Viví ese siglo buscando un horizonte más nuevo, mejor, una esperanza, una de las grandes pestes que quedó encerrada en el cántaro de Pandora. Hoy veo ese mundo más confuso, más caótico”. 

Agrómena y musageta, es decir poeta que vive en el campo y frecuenta la ciudad, a sus 94 años todavía se sentaba en su vieja Remington en busca de la belleza esencial, con una sonrisa florecida, coronada por la bondad de su hija Pilar, y vigilada por cientos de libros viejos que le siguen hablando de la necesidad que tiene el hombre de enaltecer el idioma y escapar al preciosismo, contraponerse a los románticos y a la poesía telúrica para buscar el valor absoluto en la palabra.

En el momento de su muerte, Bernardo terminaba el libro Una veintena de antipoemas y un S.O.S desesperado, con su particular forma de escribir: “Un poema se hace interiormente, adentro, durante mucho tiempo y arcanos pensamientos, y después se escribe, y luego se pule, fundiendo, iluminando, sacándole facetas a las palabras”. 

Pero Bernardo Pareja también ensayó los cantos bucólicos, aquellos que hablan de caminos y veredas, de montes y bambucos. Y, por supuesto, es el Quindío y la gesta de Colonización las que lo inspiraron. Su nombre está inscrito en el Cancionero Mayor del Quindío con una decena de canciones, entre las que se destacan Tierra quindiana. La poeta Carmelina Soto siempre afirmó que este bambuco debería de ser el himno del Quindío. “…en hamacas de bejucos/ las aves mecen sus nidos/ hablan de viejos caminos/ biografía de bambucos/ La dulce tierra quindiana/ nos dio acento de guaduales,/ querencia de cafetales,/ y rumores de fontana…
Adiós al musageta, al agrómena, al maestro greco-caldense.


DOS POEMAS DE BERNARDO PAREJA DEL LIBRO ARCILLA ILUMINADA


Voz sin motivo

La soledad canta 
en la colina de los sueños, 
cuando la brisa nocturna
embriaga el silencio.
Y viene el milagro del día
Por caminos iluminados.

Mi vida, en la angustia congelada,
Espera con placidez unciosa
la noche inanimada
y sin auroras de la Muerte.

¡Oh, sabiduría del sueño…!
Me duele en el alma un amor.
El alba la llevo en mi corazón.




Exégesis

Digan cuando yo me vaya: fue un marino 
que ancló su esquife en el puerto 
de la vida. Sintió la sed del desierto 
y las inclemencias ferales del destino.

Fue un desolado. Fue un luciferino 
que llevó feliz el corazón abierto
para la siega de los sueños. (El huerto de su pavor tenía un río cristalino).

Volvió un día a su esquife destrozado 
a dialogar con el mar. Abandonado 
soñó sobre ondas de augusta claridad.

Fue un marino y ha vuelto al mar 
con el corazón recóndito anhelo de remar 
hacia la isla de la eternidad.



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