lunes, 16 de marzo de 2015

GUSTAVO DE LA ARADA [15.223] Poeta de Argentina


Gustavo de la Arada

(Rancul, La Pampa, Argentina 1972) Estudió Ciencias de la comunicación y Lengua y literatura en la Universidad Nacional de Río Cuarto, donde reside y donde ha trabajado en medios radiales y gráficos. Entre 2002 y 2005 vivió España e Italia, donde realizó tareas periodísticas para movimientos sociales vinculados con la defensa de los derechos humanos. Algunos de sus cuentos se han publicado en la sección “La ciudad ficcional” del diario Puntal. Como Willy Rancul firmó Sinco relatos, narraciones en órbita (2002, Imprenta de la Municipalidad de Río Cuarto). Como Rudyard Killing firmó Panic attack (cuentos, 2006, Cartografías) y la novela Criaturas del furor (2010, Cartografías). Ha escrito también numerosos poemas, buena parte de ellos firmada como John Dos Pesos. Tiene una novela inédita.



Riego

Llueve al fin sobre las cosas.
Sobre mi auto con cagadas de palomas.
Sobre los árboles donde las palomas duermen.
Desde la noche que no afloja llueve tarde y
no huele a que llueve. Aguacero inventado
con cuchillas cortando el aire del campo
por donde llovió la sal, que en la tierra se disuelve,
borra la huella del embrujo.
Llueve y no hace mella en la sequía
como huella de un destino oscuro.
De un desierto que no afloja bajo el manto de la noche.
Y la sed bajo esta sucia luz acrecienta el desacierto,
el encierro, la proximidad de las paredes húmedas,
agobiante como el concepto de una libertad tan pobre.
La idea de una felicidad insulsa que se compra bajo un sol
canalizado hacia los pobres y los perdedores
palidece con la noche.
Me concentro en lo que se mantiene seco,
como los diamantes.
Hay pétalos que no se mojan,
albergan gotas, las deslizan hacia lo permeable.
Mi cabeza progre, de tierra, todo lo absorbe.





Aludes

Está la voz en el viento. Desde adentro
observo cómo se tuercen las cosas. La basura
gira en remolinos, eleva imágenes caídas
de los árboles del sueño. Postales de la edad
en que mirábamos el sol a los ojos.

La tierra vuela el tiempo le despeina las hojas.
La muerte no cabe en este lugar.
La dejamos atrás con el viento,
la fe en el tiempo, la curiosidad perenne
apenas despeinada por el soplo de la duda.

La razón de los que afuera se enarbolan
deja caracteres de ansiedad,
dicta los patrones de idiotez viral
que los disfraces cuelgan.

La fe vuela con la tierra.

A un costado de mi templo
crece el mundo en un supermercado nuevo.

Llueve.

La humedad silencia los metales,
endurece la ceniza.
Con texturas de una obstinación violenta
el mundo afina su voracidad.

Las gentes vienen con sus dientes afilados,
les vendo engaños que se desvanecen,
les estallan como el presente entre las manos.
Me pagan con sus miserias, yo las encajo
en cuerdas destempladas.

No hay canción
que nos redima, dice la canción
con que afilo mis dientes.

Voy a morder las máquinas del mundo,
a chupar sus góndolas hasta hacerlo acabar.

Y no habrá más postales que leyendas tibias a la hora del fuego,
la mitología de una edad entre frutales, un árbol olvidado,
la estrella perdida de los desterrados
y las doce patas del verbo
reduciendo a imagen el signo de los tiempos.




Muerto a laburar, de Gustavo de la Arada

La pulsión vital como escritura

La escritura de Gustavo de la Arada es de una energía vital que borra límites entre el adentro y afuera, entre la percepción “onírica” y desvelada del mundo. Una pulsión tan intensa que no permite lo que en literatura se le llama una construcción “correcta”, pulida o refinada de la pieza narrativa. Muerto a laburar, la pulsión vital de una escritura fresca, desinhibida y honesta.




Ese billete lo estoy debiendo.
Suena el silbato del afilador. Sueño un caramelo y otra vez el afilador que me devuelve al sueño.
Ese billete lo estoy debiendo.
Decido levantarme y no olvidar la frase. Aquellos que tienen que levantarse saben. Es una opción envidiable: Decido levantarme porque quiero, pero no tengo que levantarme.
Arma el mundo afuera su concierto, la estructura de su encanto desparejo. Arrastro mis pies hacia el baño, me rasco, lento. Abro apenas los postigos para que la mañana meta un brazo, dos, de sol.
Estoy solo, no cabe duda. Los otros desaparecieron hace rato. La mujer, los amigos. A veces me los cruzo y creo que habitamos tiempos diferentes, dimensiones. Ellos tapan con su mano el sol y yo saludo desde el rayo. Pasamos. Cumplimos con las palmas el deber de hacer paréntesis el espacio que hay en medio y seguir, saber que no vinimos de Neptuno. El pasado es un fantasma bueno. Merodea por las calles, acecha ese momento en el que el cuerpo del presente le permite introducir una moneda. Lo deja, por un instante, valer la pena.
Ayer atropellé a un tipo. Pensé que era un amigo, alguien de otra dimensión, pero resultó ser coetáneo. Mientras lo atropellaba y tanto él como su bici llenaban el espacio de mi campo, tuve el deseo o el reflejo de retrasar la escena: Rewind, fue la palabra en mi cabeza y la sensación que la palabra subtitulaba era de placer, era agradable. Sentí que ingresaba en un tramo de la estructura del mundo, que me hacía carne con él en esa perfección de sonidos de quiebre y en la imagen de algo que se fuga, se escapa de los órdenes, se eleva, estampa a un bicivolador patas arriba como inmediato horizonte.
Pero el auto siguió y el tipo aterrizó con una pierna en pedazos. Que después de aterrizar y de rodar ya fueron pedacitos, trozos rotos, restos precarios de una imagen de fragilidad.
Asesido, asesido, gritaba una vieja.
Entonces llegó el sonido de una sirena, después luces y debajo una ambulancia. Es todo lo que recuerdo. Me falta la imagen de cuando me agarraron del cogote, a juzgar por las marcas, y me partieron el labio.
Mi abogado me sacó rápido, teniendo en cuenta el tiempo que se toma con los pobres. Pobres diablos. Se supone que el diablo es poderoso. ¿Por qué diablos, a esos pobres?
En fin, dormí en casa.
Me levanto, me deslizo hacia el baño, abro a medias un postigo, otro, todo el tiempo me rasco mientras trato de asociar la frase con el sueño.
Ese billete lo estoy debiendo.
Caramelo. Silbato…
¿Cómo sobrevive un afilador de cuchillos?
Me asomo pero no alcanzo a ver la figura del afilador. Vuelvo al baño. A la imagen, tentadora, de un caramelo.
Compraba uno solo. Me lo regalaban, no tenía cambio. Guardé el billete. Lo estoy debiendo.
Me lavo los dientes, esquivo mirarme.
Por cada afilador hay diez vendedores de cuchillos. Nuevos, robados, baratos, famosos, alemanes, cuchillos que sólo podría usar Rambo.
Nunca detuve a un afilador de cuchillos para ver lo que hace. Cómo.
Nunca vi los Bicivoladores, ni Rambo II.
Fui precoz, es cierto. No porque tuviese erecciones tempranas ni porque en el jardín supiera o supiese quién es o fue Manuel Belgrano. Fui precoz en saltearme caramelos, fanatismos, ilusiones de un infante, rebeliones de pendejo. Esperé, paciente, que madurara el resto.
Viento, hojas, páginas, tiempo.
Lo veo ahora, que estoy podrido. No fue consciente. Y me admiro, admiro todo lo que ya no soy. Me siento un número de bingo que alguna vez habitó la cima sin esfuerzo, concibió el azar como destino, premio. Mientras, voy hacia el baño, esquivo los cambios, evito el espejo.
Retención de líquidos, cachetes inflados, arrugas, un diente menos, la mirada oscura, trasfondos de miedo. La cabeza gacha, la panza in crescendo, los hombros caídos, la memoria en blanco, la memoria en negro.
El tipo al que choqué me compró el auto, ayer mismo.
Me miro en el espejo.
Ha ocupado mi lugar alguien parecido pero viejo, gordo, arruinado. Arrastra los pies, no accede a mi memoria, no concibe la esperanza.
El silbato del afilador estaba fuera del sueño. Salgo a llamarlo pero no lo veo, ni tengo cuchillos…
Tenían tus huellas, los cuchillos del sueño. Los tiré cuando te fuiste por la espalda y mi cadáver repetía No te entiendo.
Busco un disco. Leo contratapas. Para que sea bueno, en lo que voy a escuchar no tiene que haber ningún título de canción que tenga la palabra Love, ni Cry, ni Baby, ni Live, ni diez o doce palabras más que siempre están.
Hay tres, de cien. Pero uno tiene la palabra Way, y Overcome, de Tricky, tiene la palabra Love, a pesar de que el disco empieza con Fuck You, una pena, así que me quedo con Like Swimming, de Morphine.
Prendo un faso. Me acuesto. Se me pegotea un caramelo en la cara. Un billete inalcanzable monta en pelo sobre el sueño. Lo estoy viendo, debiendo. Un billete.
Nunca te compré un vestido, un caramelo: Te compré una bicicleta, entradas de un concierto, gafas, carritos llenos de supermercado. Idioteces. Nada cotizaba en el ensueño. Tu silencio era una dote en el brillo del amor y tus ojos lo guardaban, me ahorraban la miseria. Pero yo me ahogaba en desprecios contra los clichés, aborrecía lo cursi, despotricaba contra lo naif y me llenaba de palabras como naif, clichés, despotricar o cotizar. Armaba y enarbolaba mis días como pancartas de un idiota sin marchas que marchar. Estaba en contra del mundo, y vos eras el mundo. Descarnado, entero, al natural.
Agoté bastante rápido tus recursos naturales, debo reconocerlo.
Pero de noche.
La noche te da sorpresas.
Se desliza como un cordón por tu cuello. Cuelga primero un diente, para que muerdas la libertad. Después otro, y otro más, y así hasta completar las fauces del miedo.
Hiena camaleónica, mujer feroz.
Ingenio de laberintos desnudos, de cuerpos sedientos.
Y cada ingenuo que se cree genio cae, creyendo que sube.
Y cada genio que cree que gana pierde. El genio, la cordura, la postura de un par entre mortales.
Me queda una latita en la heladera. Dos quimeras, tres ensueños. Un vocabulario acongojado y apropiado en el cansancio, comodín que sale cuando quiere para el muerto cómodo.
Al cuarto intento me levanto.
Río Cuarto sigue ahí, desatenta, ciega a mi entrar y salir, llamar afiladores, quebrar ciclistas.
Con la plata del auto compro una nueve y me voy hasta el diario. Le apunto al editor, le doy este escrito. Me hacen un cheque y salgo a gastarlo en llamadas telefónicas para encontrarte y decir:
El muerto va a salir, al menos en el diario.






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