miércoles, 18 de febrero de 2015

DORA GUERRA [14.950] Poeta de El Salvador



Dora Guerra

Nació En París en 1925, ciudad en la que vivió, hasta hace muy poco tiempo, durante cincuenta años.

Hija del notable escritor y erudito Alberto Guerra Trigueros, nicaragüense de origen y que hizo de El Salvador una segunda patria y de doña Margoth Turcios, quién también heredó a Dora la veta poética, ya que era sobrina del gran Rubén Darío (hermano de su abuela).

En este entorno familiar tan propicio para desarrollar una vocación artística creció nuestra poeta, quién se inició en las letras a los 14 años de edad.

En 1958 publicó el libro Signo Menos, perteneciente a la “Colección Poesía”, editada por el entonces Departamento Editorial del  Ministerio de Cultura, hoy Dirección de Publicaciones e Impresos.

A continuación se transcribe un párrafo de la conferencia  dada por Hugo Lindo y leída en la Universidad de Concepción, Chile, en 1954 y posteriormente recogida en el libro Recuento y denominada “Presentación de Poetas Salvadoreños”  (esta es una cita que hace el escritor David Escobar Galindo en su Índice Antológico de la Poesía Salvadoreña)

“¿Qué decir de Dora Guerra? … su historia es más bien una historia familiar: el recatado ambiente que hacían su padre, el muy católico, muy sabio y muy artista Alberto guerra Trigueros, que había llegado a El Salvador cuando joven, de su nativa Nicaragua, y ahí echado anclas definitivamente, y Margoth, la mamá sobrina directa de Rubén Darío. Todo era en esa casa inteligencia y hogareño afecto, hasta que la muerte puso punto final a las inquietudes de Alberto. Dora se formó en silencio. Ni sus propios padres sabían que aquella criatura, nacida en Julio de 1925, se escondía para escribir sus poemas, y luego los dejaba encerrados en un cuaderno íntimo. Un día Serafín Quiteño la descubrió y la presentó al público. Ya Dora no era una principiante. Había pasado el rubicón de los ensayos, y se encontraba madura, plena, hermosamente florecida  en la poesía”.

Carlos Ortega en su artículo publicado en el Guión Literario del departamento Editorial del Ministerio de Cultura No. 34 de Octubre de 1958 acerca de la poesía de Dora dice:

“Es una poesía religiosa, en el fondo. Grave. Ancha para que abarque gran espacio y haga sentir la fuerza que la impulsa. Contrastada para acentuar el campo de lo real y de lo abstracto, sin pretender marcar un límite a esas zonas.”



Tiempo Sin Tiempo

I

Nací un día,
sin después, ni hoy, ni antes.
Nací por un resquicio de la vida
desde un Ay desgarrado por la tarde,
entre un grito impreciso de la tierra
y un asombro celeste de los ángeles.

Nací con el cansancio de los sueños
que soñaba mi madre,
con el dolor inmenso de preguntas
infinitas que se abren
y la carga tremenda de los siglos
que transcurre rieron antes.

Nací ya desterrada de mi tierra
en ajenas ciudades,
con la mente compleja y preocupada
de herencias de mi padre.

Con la corriente tierna de mujeres
engendradas de adanes
y el torrente fecundo de varones
nacidos de su madre.

Nací con las pestañas doloridas
de llantos ancestrales
y el corazón ya contraído
de ignorados pesares.

Nací, porque alguien quiso que naciera,
con eterno equipaje:
mi yo, mi tiempo, mi dolor
y mis palabras fáciles.

Nací ya con mi espacio limitado
por fijos litorales:
con mi trozo de cielo ennudecido
y mi tierra sin mares.

Nací,
por alguna razón de la existencia,
porque los hombres nacen;
porque la vida se busca un pretexto
de resurgir en embriones fugaces.

Nací por el amor y por el llanto,
con mi dios, y mi piel, y mis pensares.




II

Una sonrisa húmeda de lágrimas,
florecida en los labios de mi madre,
me empujó al porvenir, ya balbuciendo
la palabra de todos los lenguajes.

El agua del bautismo me bendijo
con antiguas señales,
poniendo en la entraña sumergida
lámparas que siempre arden.

Entré en contacto con la madre tierra
por mi cuerpo de lastre.

Luego fui vertical: como los hombres,
como las cruces y como los árboles.

El número purísimo en la escuela,
me introdujo en el aire
y abrí la sinfonía del sonido
con las cinco vocales.

El ojo mío se encendió a la luz
con los siete colores primordiales
y descubrió la sombra, siempre unida
a cada rayo en que la luz se halle.

Y entré en el catecismo
con sus siete pecados capitales.

Después me vino el verso.
sin sentirlo,
como viene la tarde:
con un recuerdo azul de la mañana
y la promesa de una noche grande.

Pero mi verso se  acercó a la noche
poblada de puñales
y se olvidó de la mañana azul
con sus dulces paisajes.

Lo revestí de sombra dolorida
y le di de beber mi propia sangre.

Y aquí estoy yo. Clavada sobre el mundo,
con mi carga infinita de tristeza,
con mi canto sombrío,
con mis ayes.




III

Y he de morir
un día sin después,
pero con hoy y antes.

He de morir, porque los hombres mueren,
porque los quiere Alguien.

Dejaré para el paso de otros ríos
el surco de mi cauce,
y el peso de los tiempos y mi tiempo
sobre los hombres frágiles.

Yo dejaré el legado de mi cielo
y mis dulces paisajes,
dejaré mi dolor para los tristes
y mi sed y mi hambre.

Dejaré la corriente de mis venas
en humanos canales,
mis oscuros sentidos a la tierra
y mi sueño a los árboles.

Dejaré el grito lívido
que la muerte me arranque,

Y dejaré, a los hombres que me escuchen
mis voces en el aire.




IV

Qué ligera seré ya sin mis venas,
sin mis ríos de sangre,
sin mis ojos de barro entristecido,
sin mis pies terrenales.

Qué liviana me iré yo por el viento
cuando todas las horas se me acaben.

Y ya no habrá después.
ni habrá hoy.
ni siquiera habrá un antes.

Yo sola iré en mi viaje sobre el tiempo
hacia el eterno instante.

Y llegaré a la luz, fuente de luces,
negadora de sombras y de males.
generadora de hombres
y propulsora de astros y de aves

Y seré yo la luz, junto a la luz
en la continua aurora de los ángeles.





Te He Conocido

En la última hora de la tarde,
Señor, te he conocido.
En el espacio inmenso del minuto
más pequeño del día.
En el correr alegre del cordero
dulcificando brisas
y el tenderse las manos inocentes
tras su lana amarilla.

Te conocí, Señor
en este nuevo intento
de llegar hacia ti
en la hora propicia.
Por el lugar tan puro del recinto,
por el agua tan limpia.
Te conocí, Señor, por lo perfecto
de esta suave delicia
de sentir casi dulce mi tristeza
y el corazón al borde de la vida.

Te conocí, Señor. Te he conocido.
¿No he sentido tu soplo que todo purifica?
¿No he sentido tu voz en el anuncio
del Angelus del día?

Me llegaste, Señor, te me has llegado
dulcemente sencillo, en armonía
con la última hora de la tarde
y la primera estrella vespertina.

Ah si el soplo no fuera tan liviano
si no fuera mi cuerpo leve filtro
si se quedara fija esta mi hora
marcando para siempre el reloj mío.

Ah si no fuera tan ligero el viento
ni tan pequeño el hueco de mi oído,
si se quedara siempre entre mis manos
este vellón suavísimo.

Guarda, Señor, este primer renuevo
dentro del nuevo corazón nacido
y llámame, señor, cuando me llames,
en la última hora de la tarde,
con la primera estrella
que yo sabré encontrarme en tu camino.





Viaje

Subiendo por amor y por ternura
hasta tu corazón en plena selva,
bajo el ramaje inquieto de tus nervios,
atravesando peligrosas venas.
quedándome perdida en tu espesura,
pasándome tu amor de tal manera
que el viaje por ti mismo me ha robado
hasta el último esfuerzo de mis fuerzas.

Estoy rendida, amor, bajo tu sombra
y con el poco aliento que me queda
quiero trazar tu dulce geografía
sobre el mapa que todo lo recuerda.

Por ver si así no pierdo mi camino,
si ajustando mi brújula a tu estrella
puedo llegar al centro de tu centro
y puedo al fin decir dónde te encuentras.


Poemas del libro Signo Menos de Dora Guerra
(San Salvador, El Salvador, publicado por el Ministerio de Cultura Departamento Editorial, 1958)

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